-reflexiones antropológicas sobre el problema educativo-
He querido comenzar mi participación de esta tarde con la audición de esta pieza de Wolfgang Amadeus Mozart -la Sinfonia concertante per violino e viola, KWV 364- no sólo porque es una de las composiciones más bellas que he escuchado en mi vida, sino porque continuamente me recuerda uno de los acontecimientos más significativos que me ha sido dado vivir.
Por su concurso pude entender entonces qué es una “persona”, cuál es la naturaleza de lo que llamamos “yo”, qué rasgos delinean el “rostro” de todo hombre y, por lo mismo, cuáles son los pasos más adecuados para un camino educativo que esté en conformidad con todo ello. Y como de estas cosas vamos a hablar en este encuentro creo que no será ocioso si al menos con brevedad los entero del asunto, para que puedan comprender adecuadamente las ideas que rondan por mi mente.
Cuanto va a ser dicho a continuación tiene carácter de testimonio y espero verdaderamente que pueda servir en algo a todos ustedes.
I
Cuatro años atrás había cambiado de domicilio. Recientemente había comprado una casa y, como toda vivienda nueva, estaba necesitada de muchos arreglos que son indispensables para volver un lugar adecuado para vivir. Ese día, sábado, tenía pensado visitar algunos centros comerciales para comprar ciertas cosas que hacían falta para ultimar detalles: pintura para la herrería, topes para las puertas, cortineros para las habitaciones, repisas para los baños pero, principalmente, los guardapolvos que se ponen a las puertas para impedir, precisamente, el paso del polvo por debajo de ellas así como la entrada de los pequeños bichos que merodean por los jardines y que en ese entonces había en abundancia.
Mientras terminaba de alistarme para salir de casa, un hombre que pasaba por ahí, atraído por esta hermosa música que desde hacía rato sonaba en mi aparato estereofónico, se acercó a mi domicilio ofreciendo varios de los servicios que yo necesitaba, aprovechando que la puerta de la casa estaba abierta y que de alguna manera lo invitaba a entrar (una buena costumbre que aprendí desde mi infancia con mi madre).
Después de un breve intercambio de palabras y de acordar los servicios requeridos y el costo por los mismos aquel hombre se puso a trabajar: de entre todos los instrumentos necesarios para comenzar sacó de su maletín una larga extensión y un taladro unido a ella. Lo conectó a la corriente eléctrica, pero no lo encendió. Más bien se quedó unos minutos en silencio con el taladro sostenido entre sus manos. Entonces, a mi pregunta de por qué no comenzaba a trabajar -cuando me di cuenta de ello al pasar ocasionalmente delante de él-, aquel hombre me dijo con acento grave: “¿Sabe? Yo soy un hombre humilde, no tengo ninguna educación y estoy acostumbrado a escuchar todos los días la Tropical caliente, porque es el mundo al que yo pertenezco; pero no he querido encender el taladro porque no puedo negar que esta música que está escuchando es demasiado bella y me da pena tener que interrumpirla con el ruido que hace este aparato”.
Debo reconocer que la confesión de aquel hombre me dejó de una sola pieza. En pocas palabras me dijo todo lo que yo en un curso de Estética en la Universidad no atino a decir a mis alumnos. Pero más que la sencillez del suceso o la ingenua espontaneidad de aquel hombre, me impactó el descubrimiento de una sola cosa, que tiene un alcance universal: el significado de aquello que llamamos “yo”.
Como muchas veces he dicho a mis alumnos de Antropología Filosófica, el “yo” es la conciencia de toda la realidad, es decir, es el “punto” donde la realidad entera despierta a la conciencia de su valor, donde todas las cosas se convierten en urgencia de significado, necesidad de sentido: el cielo, el mar, las flores, las montañas, los animales, el prójimo, la música, pero incluso la matemática o la química, porque la dinámica de relación con todo es la misma, aunque las cosas sean distintas.
Pero por la misma razón, ahí donde falta esta “conciencia”, las cosas se oscurecen; donde no existe este “punto”, el mundo se disgrega; donde el “yo” no está presente, la realidad desaparece o se torna insignificante. No porque el mundo “tenga sentido” a partir del hombre o porque el hombre “deba dar” un valor a cada cosa que se encuentra por la vida -eso está muy lejos de la verdadera experiencia humana- sino porque su ser es el “lugar” donde el significado de la realidad entera emerge, se hace transparente, alcanza su más alto grado de manifestación y evidencia.
Aquel día, la música de Mozart que surcaba el espacio de aquella privada aun vacía de habitantes pudo resonar con toda la potencia de su belleza estética únicamente porque en medio de tanta soledad había un hombre que estaba allí con una conciencia despierta, un espíritu en vigilia, un yo presente en medio de todas las cosas. Sólo por este hombre, viviendas aun en construcción, jardines apenas en desarrollo, accesorios todavía por instalarse no eran solamente un montón de escombros, sino “promesas” de morada humana; pero sin este hombre -aun hallándose como en el estado actual, ya en plenitud- todo aquello no hubiera sido más que un triste cementerio.
La postura de aquel hombre, su forma particular de salir al encuentro de las cosas, de la realidad, me ha parecido una de las más “justas” que haya podido mirar en mi vida: para la música de Mozart que allí sonaba, ciertamente, pero sobre todo respecto a sí mismo, pues había descubierto que aquella música correspondía más a su condición de hombre que perforar una puerta o instalar cuatro tornillos. Por ese motivo, no tuve yo ningún empacho en proponerle volver a escuchar la pieza entera, pero ahora juntos, porque las cosas, cuando son verdaderamente grandes y significativas, en lugar de separar la existencia de los hombres, permiten más bien que éstos se encuentren y se reconozcan como tales.
Las cosas del mundo necesitan la conciencia del hombre para poder aparecer en el horizonte de la existencia en lo que verdaderamente “son”, porque ella es el “lugar” de la manifestación del ser, del acontecimiento de su presencia: bondad y belleza, verdad y orden. Pero para ello las cosas necesitan que el hombre sea plenamente un “yo”; es decir, que sea, en primera instancia, conciencia de sí mismo. ¿Cómo? Volviéndose también conciencia de su propio “significado”, pregunta acerca de su propio “destino”.
Hay un momento del tiempo en la vida de cada uno de nosotros en que ninguno existía, en que nuestro ser no era parte de la trama del mundo; como igualmente lo habrá en el que ya no estaremos más en él. Por esa razón, en este instante, en esta pequeña fracción del tiempo que nos es dado vivir y que llamamos presente -donde el pasado y el futuro de nuestras vidas se conjuntan-, la pregunta que más debe sobrecogernos y llenarnos de admiración es esta: “Y yo ¿qué soy?”.
¡Qué pregunta tan impresionante! Su acento resuena a nuestros oídos cargado de siglos y sabiduría. Se escucha, por ejemplo, en el Salmo 8 de la Biblia, la Antígona de Sófocles, las Confesiones de san Agustín, el Canto nocturno de un pastor errante en Asia de Giacomo Leopardi, El taller del Orfebre de Karol Wojtyla, el poema Hermandad de Octavio Paz y, en general, en todas las grandes obras del espíritu humano, nuevas y antiguas, porque es la raíz de toda nuestra cultura.
Esta pregunta no es en absoluto abstracta; tampoco inútil y, mucho menos, obvia. No es el resultado de una mente ociosa que, de buenas a primeras se pone “filosófica”, tal vez por depresión o por cansancio. Tampoco es el reflejo de una determinada educación o la expresión de cierta cultura. Antes bien, es la manifestación de lo que es más central y constitutivo de cada ser humano, de aquello de donde brota originariamente su impronta personal, su “rostro” de hombre y de donde procede todo el peso y la dignidad de su existencia propia: aquello que, usando una imagen recurrente en la Biblia, se llama corazón y que es igual en todos.
El “corazón” -como me ha enseñado un gran amigo italiano[1]- es el mismo yo del hombre, pero en cuanto exigencia de “felicidad” y, por lo tanto, de verdad, de bondad, de justicia, de belleza, de orden, de sentido, porque no hay felicidad auténtica que no implique todos estos reclamos.[2] En última instancia, el corazón humano es exigencia de “infinito” y, por ello, también de “eternidad”.[3] Como dice una canción italiana que me gusta mucho repetir en clase a mis alumnos:
Povera voce
Povera voce di un uomo che non c’è
La nostra voce, se non ha più un perchè.
Deve gridare, deve implorare
Che il respiro della vita non abbia fine.
Poi deve cantare, perchè la vita c’è,
tutta la vita chiede l’eternità.
Non può morire, non può finire
la nostra voce che la vita chiede all’Amore.
Non è povera voce di un uomo che non c’è,
la nostra voce canta con un perchè.[4]
Adriana Mascagni
Bajo un análisis científico-objetivo, como el que realiza la física o la química, el hombre no es más que un pedazo de materia, compuesto de la misma sustancia del universo, regido por las mismas leyes; en un análisis empírico-experimental, como el empleado por la biología o la psicología, el hombre no es otra cosa más que un complejo de estructuras y funciones, dinamismos de reacción y desarrollo, que se comportan bajo causas bien precisas. Pero, además de esto, el hombre es un “corazón” que clama lo infinito, exige la eternidad, busca ser feliz. Y mientras nadie “atiende” seriamente una entidad material efímera que se corrompe con el tiempo o se “apiada” con pasión auténtica por un complejo de células y funciones psíquicas, nadie en verdad permanece indiferente ante un hombre cuya estatura ontológica está medida por ese punto rojo -como el Ícaro, de Henri Matisse- vibrante, encendido, inmenso, que se llama “corazón”, y que es la evidencia del destino humano.
Aquel día, a la puerta de mi casa, mientras sostenía silencioso su taladro apagado entre las manos, aquel hombre me enseñó a ver la razón por la cual alguien puede ser amado hasta el martirio, comprendido en un clima de respeto, educado hasta su maduración total, cuidado en una enfermedad penosa o sostenido en la necesidad ingente, cuando escuchaba -todo oídos- dialogar rítmicamente al violín y la viola de esta Sinfonia. Es decir, cuando me mostró su “corazón” de hombre, en nada diferente al mío.
La última imagen que se halla en mi memoria de aquel encuentro es la de ese hombre realizando su trabajo. Si el trabajo, por insignificante que sea, es ya por naturaleza pesada y rutinaria transformación del mundo, sin la presencia de una realidad capaz de provocar al yo a la conciencia de sí mismo, de su propio destino y significado, además de mera manipulación “mecánica” de ésta, también sería inhumano. Pero si “el trabajo es para el resurgir del hombre” -como decía el poeta polaco Cyprian Kamil Norwid- la belleza, en cambio, es para “entusiasmar al hombre al trabajo”.[5]
Además de una “cosa útil”, aquel día ambos levantamos con nuestro pequeño esfuerzo una “obra de arte”, esto es, introdujimos el “reflejo de lo eterno” de nuestro corazón humano en el horizonte material del mundo. Cosa curiosa: esto ocurrió mientras él hacía orificios y ponía taquetes, recortaba plástico o ajustaba tornillos, y yo le servía de ayudante facilitándole las herramientas o sosteniéndole los implementos que se estaban instalando. De cara al infinito misterio de nuestro destino, ninguna cosa es “pequeña”, ninguna acción es “irrelevante”, ningún gesto carece de “valor” porque, en última instancia, nada está condenado a desaparecer, sino a ser y perdurar en el horizonte de la existencia.
II
Esto es -creo yo- en líneas generales, la “imagen integral” del hombre, el “rostro” que de éste se delinea cuando se es atento a los datos de la experiencia. Pero si ahora giramos la cabeza y miramos en torno la realidad que nos rodea ¿qué veremos? Una cosa muy distinta a esta que hemos bosquejado.
En el mundo que nos ha sido dado vivir, dentro de las circunstancias banales en las que nos movemos todos los días, en la trama de relaciones humanas en la que nos hallamos inscritos ineludiblemente, el dato más evidente que lo define todo es la “ausencia” del yo.[6]
Como esta es una afirmación un poco extraña, quisiera precisar esta misma idea de otra manera: existe el “mundo” en el cual nos encontramos, existen las “circunstancias” dentro de las cuales nos movemos, existe la trama de “relaciones humanas” en la que estamos inscritos; existen, incluso, los “hombres” que, desde el nacimiento hasta la muerte, del día a la noche y de la noche al día, habitan un mismo mundo, se mueven dentro de múltiples circunstancias y viven un sin fin de relaciones humanas, pero lo hacen -y esto es lo importante- sin aquello que es más fundamental y decisivo para su condición de hombres: la conciencia de sí mismos. Por doquier hay “hombres”, pero no “personas”, porque a todos falta la percepción viva y despierta de su “yo”. Eso es lo que tratábamos de dar a entender cuando hablamos hace un momento de la “ausencia” del yo en la realidad.
Que el yo se encuentra “ausente” de la realidad significa que los hombres dejan de ponerse en juego en el horizonte de toda la existencia desde la particular tensión que produce en su ser las exigencias elementales de su humanidad; es decir, que los deseos de felicidad, de justicia, de verdad, de bien y de belleza que caracterizan el “corazón” de éstos dejan de ser la fuente última de juicio, de afecto y de acción tanto de su inteligencia y afectividad como de su libertad; en última instancia, que el modo de habitar el mundo, la forma de vivir las circunstancias cotidianas y la manera de entablar las relaciones con los semejantes más elementales dejan de tener las dimensiones de eternidad e infinitud de antes para diluirse irremediablemente en una multitud de instantes fugaces que sólo ostentan el sello de lo finito y limitado. Y todo ello, en razón de factores “extraños” que determinan a los hombres desde “fuera”.
Cuando un hombre pone como último horizonte de su existencia en el mundo la consecución del “éxito” o del “poder” en el trabajo o los estudios; cuando discrimina unas circunstancias respecto de otras sólo por el nivel de “vibración emocional” que experimenta, el “agrado placentero” que excita sus sentidos o sencillamente porque no quiere “dejar pasar la ocasión” de vivirla; cuando entabla relaciones con sus semejantes movido ya sea por la “conveniencia” del momento, el “activismo” estéril que llena su vacío o la inmensa “soledad” que lo aniquila; resulta evidente que no hace todo aquello desde el núcleo original que constituye su persona; que no juzga, ni siente, ni decide -ciertamente- desde las exigencias más íntimas de su humanidad, sino desde “algo” que lentamente se ha apoderado de su conciencia y determina todos sus juicios, sentimientos y acciones en otro sentido. En una palabra, que le ha “usurpado” el corazón. Ese “algo” que subyuga a la persona es el poder,[7] cuya forma de dominio sobre ésta es a través de una “mentalidad”[8] que se impone sutilmente sobre ella como un nuevo sistema de valores desde el cual debe juzgar ahora todo.
Por razón de tiempo es imposible en este momento desarrollar toda la compleja problemática del poder que se ha mencionado y describir las diversas modalidades con que se expresa en la sociedad, la política, la empresa, la escuela, la familia; pero sí puedo decir, al menos brevemente, que uno de los éxitos más grandes que tiene sobre los hombres el dominio de su “mentalidad” -¡tal vez el principal de todos!- es la “alienación” que experimenta el hombre de su propio corazón. Es más sencillo “medir” la realidad en que se vive desde cualquier otro criterio que se asimila “sabe Dios de dónde” que desde el propio corazón, sencillamente porque sus exigencias fundamentales se consideran simples “sentimientos” o vagos “ideales”, cosas de jóvenes inmaduros que nada conocen de la vida, y el deseo inapagable que mueve continuamente hacia éstas se confunde con la “avidez de poseer” o la “instintividad” reactiva, que nada tienen de humano y mucho, sí, de irracional y subjetivo. No creemos en nuestra propia humanidad.
III
Si nos preguntamos ahora por las consecuencias antropológicas que se desprenden de la “ausencia” del yo en la realidad que muy rápidamente hemos descrito nos encontraremos con un panorama ciertamente terrible, pero también familiar, porque se trata de la situación en la que, por desgracia, actualmente vivimos. No pretendo ser exhaustivo, por lo que enuncio brevemente las que yo considero fundamentales y que en la experiencia del trabajo universitario he tenido oportunidad de ver múltiples veces, aunque soy completamente conciente de que se trata de una situación que no se circunscribe al mundo de las clases sino que abarca el de la vida entera.
La primera de ellas tiene que ver con la naturaleza de la inteligencia, esto es, con la dinámica de nuestro conocimiento. Si “conocimiento” sencillamente significa conciencia del ser, reconocimiento de su presencia, ésta primera consecuencia se manifiesta, entonces, como una incapacidad del hombre para alcanzar precisamente esta conciencia, conseguir este reconocimiento. A nosotros ya nada se nos presenta como evidente, como verdadero; en lugar del “ser”, nos hemos llenado únicamente de “apariencias”. Y como las “apariencias” -psicológicamente hablando- no son capaces de engendrar jamás una certeza en el interior del alma, la vivencia que más domina dentro de nosotros es la “duda”. Nos hemos convertido en hombres cuyo juicio sobre la realidad es “parecer” y su respuesta habitual a lo conocido es “desconfianza”.
La segunda consecuencia sigue inmediatamente a la primera. Como la dinámica del conocimiento está estrechamente ligada a la dinámica de la afectividad -pues no hay en el fondo un verdadero “conocer” que no implique de alguna manera una “conmoción” humana por lo conocido[9]- de la incapacidad de reconocimiento de la presencia de las cosas se origina en el hombre postreriormente la falta de sentimientos de “admiración” y “asombro” por la existencia de éstas. El entusiasmo que antes dominaba la vida de los hombres por el “milagro” de las cosas -esencial para alcanzar la percepción de la belleza- se ha transformado ahora en la indiferencia afectiva que produce la “costumbre”. Así, mientras el mundo se ha vuelto a nuestros ojos “monótono” y “sombrío”, nosotros nos hemos vuelto para éste “melancólicos” y “tristes” o demasiado “sentimentales”.
Esto último es importante, porque también tiende a afectar la dinámica de la libertad humana. Sin la “reverberación afectiva” que sacude profundamente el corazón del hombre -que nace, como hemos dicho, de la existencia de las cosas, del reconocimiento inteligente de su presencia- la libertad deja de ser decidida determinación al “bien” como “respuesta agradecida” a la infinita gratuidad del ser, al valor de su existencia; en lugar de la amorosa adhesión a la presencia de la realidad que determina un modo de comportamiento, la libertad se torna puro “libre arbitrio” respecto a ésta, porque a su actuar ordinario faltan muchas veces motivos adecuados, procede de forma caprichosa. Pero además de arbitraria la libertad también se vuelve frágil, porque la decidida determinación al “bien” como capacidad de coherencia dentro del tiempo no nace ni del rigorismo de las “normas” que se dictan desde fuera (moralismo fariseo) como tampoco de la pura “fuerza de la voluntad” que proviene desde dentro (voluntarismo): es afectiva.
Todo esto viene a confluir en una sola cosa: el problema de la cultura. La palabra cultura expresa la “configuración” que asume la realidad en su conjunto a través de la actividad humana. En la cultura, el mundo de las cosas y el mundo de los hombres alcanzan la plenitud de la existencia: al tiempo que se construye la “morada humana” a través de la multiplicación de obras objetivas, se delinea en todas ellas la “imagen total” del destino de los hombres. Gracias a la cultura, la actividad humana de la que brota alcanza también el rango de auténtico “trabajo”.
Para que haya cultura, sin embargo, es necesario que el hombre se convierta en sujeto: fuente de acciones significativas a través de la conciencia de sí mismo, pues únicamente un yo hecho sujeto es capaz de “crear” una nueva realidad y no sólo “transformarla”.[10] Las dinámicas del conocimiento, de la afectividad y de la libertad que hemos mencionado, de hecho, existen propiamente para esto. Por eso, un hombre que no conoce la verdad, que no vibra ante la presencia de lo bello y no experimenta el reclamo de lo bueno es incapaz de generar cultura, no porque esté impedido para realizar acciones, sino porque éstas surgen de él sin un “contenido”. Ha sido la Revolución Industrial la que nos ha enseñado lo que es el homo faber: el drama de un hombre que no crea “obras”, sino productos; que no “trabaja”, sino transforma. Con este precedente ¿de dónde habría de tomar fuerza la cultura nihilista que vivimos, más que de la multiplicación indiscriminada de homines fabri, que sólo conocen la esterilidad de sus acciones y la vacuidad de sus productos?
Saludos sinceros, Mtro. Díaz:
Es difícil comenzar a escribir; la verdad es la primera vez que me siento nerviosa ante una computadora, escribiendo un mensaje sobre mi sentir de un tema que realmente me impactó y agradó mucho, no sólo por el mensaje que me transmitió, sino por el descubrimiento que tuve durante el transcurso de la lectura.
Sé que no es importante que lo sepa, pero es mi primer trabajo solicitado y no sabe cómo me ha ayudado a reflexionar sobre muchas cosas, entre ellas, el estar siempre alerta a cualquier circunstancia o momento que se me presente, ya que esto puede cambiar el rumbo de mi destino y de todo aquello que me rodea.
Otro punto que me pareció interesante y muy certero, es cuando menciona sobre la convivencia entre personas. Es verdad que los seres humanos de alguna forma somos iguales, en el sentido de que sentimos, amamos, lloramos, reímos, etc., por esta razón debemos comprendernos, convivir de una forma equitativa, sin importar las condiciones sociales que la misma sociedad ha remarcado para separarnos unos de otros. Podemos encontrarnos en un mismo espacio una gran diversidad de personas de distintos niveles, características físicas, hasta intelectuales; pero lo más importante, lo que nos une, es el sentimiento (corazón), en eso no diferimos de los demás.
Desafortunadamente estamos rodeados de individuos que aun no valoran lo que les rodea, no son conscientes de lo que tienen y para qué están en este mundo, es por ello que no podemos llamar “personas” a los hombres que aun no comprenden el motivo de su existencia.
No pretendo aburrirlo con un tema que ya conoce a la perfección, pero lo que me hizo sentir es agradable, porque me ha vuelto una ilusión que creí perdida.
Cuando menciona sobre “El yo ‘renace’ en un encuentro vivo”, es aquí donde regresa mi empeño en ayudar a otro ser humano que lo siento perdido (consume droga), tal vez él no lo ve de esta forma, incluso se molesta cuando trato de ayudarlo, por esta razón ya me había dado por vencida, pero ahora las cosas cambian, sé que puedo, sólo necesita de una presencia (la mía) que lo haga sentir amado y que le dé fortaleza para seguir sin miedos, pero lo más importante, quiero apoyarlo para que cambie el rumbo de su destino.
Tal vez me salí del tema, pero eso ha logrado su reflexión, no sólo en mi vida personal, sino también en lo laboral, ya que su mensaje también lo traslado a la educación. Me siento competente para cambiar el rumbo de personas que necesitan seguir adelante para alcanzar sus anhelos, propósitos y sobre todo, éxito.
Me despido con un hasta pronto, Mtro., porque sé que habrá más ocasiones en las que leeré sus reflexiones y podré expresar mi sentir.
Que tenga una excelente tarde.
Faby
Quiero plasmar el sentir de la impresión del autor de esta lectura en la primera parte. Cuando descubre hasta dónde una persona de cualquier clase social y condición puede percibir en un sentido interno la belleza, en este caso, sentir la música, como lo expresó ante la pregunta de Ramón.
También algo significativo de rescatar es ese sentimiento de esa persona que precisamente por su condición humilde está menos viciada con el mundo y es por ello la sensibilidad que manifiesta y entra por sus sentidos para encontrar qué es hermosa la música.
Saludos, Mtro. Díaz:
Sabe, estuve releyendo su lectura y creo que confundí el mensaje, pero bueno, aún así me hizo reflexionar con respecto al tema.
La idea que ahora tengo sobre su texto es que si la persona que se encuentra desorientada no quiere abrir los ojos, es decir, él mismo no acepta una ayuda o no siente el deseo de cambiar para mejorar el rumbo de su destino, difìcilmente se va a reencontrar consigo mismo y seguirá vagando por el mundo como un elemento más, pero sin vida, ya que aún no entiende el motivo de su existencia.
Tal vez sean pocas palabras, pero me gustaría saber su opinión sobre este comentario.
Me despido de usted, deseándole una buena noche.
Atte.
Faby
Estimado Don Ramón:
Su encuentro en la red ha sido para mí todo un acontecimiento.Tendría mucho que decirle,pero no puedo.
Leí, por casualidad, El “Yo” renace de un encuentro vivo, muy Giussaniano, excelente, claro, magnífico, no encuentro esa claridad por estos lares, en España. Domina Usted la lengua.
¿Ha leído Usted a Percy? ¿Conoce a Walker Percy?
Un cordial saludo, desde Asturias,
Ricardo Viejo
Saludos, Mtro. Díaz:
Yo soy psicóloga, y a pesar de haber leído bastantes trabajos de diferentes personajes, hasta ahora no había encontrado un documento en el cual se plasmara tan claramente la visión sobre el sentido y la esencia humana. Su propuesta es enriquecedora en todos los sentidos y, ¿sabe? me sentí identificada, pues mi filosofía de vida ha sido siempre que el ser humano debe ocuparse menos de cosas triviales como “el quehacer” porque, aunque forma parte de la vida, siento que estamos hechos de una sublimidad que pocas personas hacemos consciente.
Gracias por su punto de vista, fue del todo enriquecedor y permite, además, hacer un stop y reflexionar acerca de aquello que nos está esperando por ahí para darle un sentido todavía más real a nuestra vida.
Gracias.
Alejandra De Leonardo Madrid
Alumna de la maestría de Pedagogía
Desde mi particular punto de vista, me parece realmente enriquecedora esta conferencia, pues cae ciertamente en los excesos que está viviendo la humanidad de nuestros días, pero también propone varias alternativas.
Soy maestra de grupo y me considero una servidora “enana”, porque me gustaría hacer más por mis semejantes y por más de ellos, mientras que tengo que conformarme con hacer un poco de conciencia entre mis alumnos (3er. grado de primaria).
Estoy de acuerdo con que la sociedad lo que necesita son “adultos”, no sólo personas mayores que pasen de cierta edad, sino que sean conscientes de su propia formación y que, a su vez, transmitan los valores esenciales a las personas de quienes son responsables; en parte pienso que es por la labor deshumanizadora de la gran cantidad de información (del “poseer”) de los medios, sin embargo, pienso que aún se puede hacer algo.
Su reflexión, me ha enviado un mensaje claro: “nunca es tarde para detenernos y hacer conciencia de lo que realmente vale la pena para vivir”. Partiendo de ahí, ya no me preocuparé tanto por terminar mis contenidos de clase (que además voy adelantada o, al menos, eso creo) y me daré tiempo para llevar a mis alumnos a un día de campo, donde se diviertan, se relajen y convivan, dibujen y sientan consciencia de su yo.
Saludos desde Puebla, México.
¡Hola, Ramón!
¿Cómo estas?
Está excelente tu página, sobretodo porque me alegra ver en acto, en experiencia, lo que vibra en tu corazón y que es la misma experiencia que yo comparto del otro lado del charco, en Venezuela.
Un abrazo y me gustaría conocerte, si es que ya no nos conocemos de alguna manera.
Leonardo Marius
¡Hola, maestro Ramón!
Al leer El yo renace en un encuentro vivo me he dado cuenta que muchas cosas que dice en esta lectura las he vivido en la escuela con los adolescentes con los que tengo contacto y se han despejado mis dudas. Es aquí donde donde entra mi lucha por ayudar a aquellos pupilos que a veces se refugian en mí para brindarles un apoyo.
¡Felicitaciones, maestro!
Lulú Mendieta
Mtro:
Quiero compartir mi sencillo conocimiento; es un momento que me hizo remontarme a una comprension de la que muchas y frecuentes veces descuidamos: si todos pudieramos tener una mirada reflexiva de lo que es el hombre y de lo que pasa a su alrededor, comprenderíamos mejor la vida en la que vive; hoy, el hombre actual pierde casi totalmente su comportamiento ante la vida; no se quiere a sí mismo, no se valora y menos se aprecia para vivir. Su ejemplo del trabajador hace pensar que un hombre para amar y querer sólo necesita apreciar lo que le gusta y así poder vivir su realidad emocional de su vida.
Gracias, Mtro. Yo, como educador, quiero compartir estas reflexiones y ayudar a todos mis compañeros a ver y mirar la vida como una belleza natural en la que todos podemos ayudarnos y mejorar la profesion que nos gustó: ser “educador”.
Lo felicito, Mtro. Gracias.
Varios de nosotros vivimos ausentes de la realidad, y no nos explicamos por qué pasan las cosa. Al leer esta conferencia pude entender mucho, ya que en este mundo donde se están perdiendo los valores, las personas tenemos que hacer algo, conocernos a nosotros mismos y no estar ausentes; y más nosotros los docentes: somos los que debemos estar activos y no perdidos en un mundo vacío.
IDALIA ESCAMILLA ESCUDRO
Maestro Ramón:
Quiero comentar que en nuestro gran país, México, existe la materia prima (en términos ingenieriles) para poder generar ese México que tanto deseamos, ya que permite y se hará que nuestros niños y jóvenes nos contagien de ese amor por el “yo”, que ellos vean el reflejo de lo que no debe existir en nuestro “yo” contaminado por las diferentes ausencias de valores.
Saludos y gracias por compartir.
Atte.
Ing. Rogelio Bravo