El conocimiento de los valores
am3200839312008 22, 2007 por diazolguin
1. Experiencia de los valores
Los hombres podemos conocer el “valor” de una cosa de la realidad o de un suceso del mundo sólo por experiencia propia. Los valores son aspectos de la realidad que los hombres conocemos únicamente en su presencia original o, como diría Edmund Husserl, “en carne y hueso”. Lo anterior significa que los valores, en cierto sentido, deben “presentarse” ante nuestra mente y “desplegarse” delante de ella en toda su importancia y significatividad. De nuestra parte, significa que el valor de una cosa de la realidad o de un suceso del mundo debe ser “aprehendido” o “captado” por nuestra inteligencia de alguna manera.
La significatividad de una cosa de la realidad o la importancia de un suceso del mundo son datos sobre estos seres que no podemos deducir analíticamente de nada, ni obtener por inferencia lógica a partir de ciertos indicios. Mientras el valor de una cosa de la realidad o de un suceso del mundo no se “muestre” ante nuestros ojos en forma inmediata o nuestra mente no “perciba” directamente este dato de alguna manera, en absoluto podrá hablarse de conocimiento del valor por parte nuestra en sentido estricto.
Ciertamente podremos conocer “teorías” diversas acerca de los valores; podremos contraponer “concepciones hipotéticas” sobre los valores entre sí distintas; podremos formular “explicaciones posibles” sobre su naturaleza en nuestra mente; podremos, incluso, hacer “enlistados” y “clasificaciones” de valores en muchos sentidos, pero no sabremos nada de los valores en sí mismos. Este particular “dato” del ser permanecerá lejano e inaccesible a nuestro espíritu en su esencia propia.
2. Aprehensión de los valores
Los valores se parecen, en esto, a los colores o a los sonidos de las cosas que hay en el mundo, que son incognoscibles para nosotros sin la experiencia directa de su misma presencia. Sin el contacto inmediato con éstos, sin la aprehensión inmediata de su ser, nadie puede decir que “conoce” colores o “conoce” sonidos, nadie puede afirmar que los ha “visto” o los ha “oído”; más bien sucederá como para el ciego o para el sordo de nacimiento, que “saben” de estas cosas sin haberse aproximado jamás a ellas, debido a sus evidentes impedimentos físicos.
Como muchos objetos del mundo, los valores son “dados” a nuestra inteligencia a través de específicos actos de aprehensión y de captación. Por eso se habla en este terreno de “percepción del valor” de la misma manera que se habla de “percepción de objetos” en otros terrenos.
Así como existe para los hombres un conocimiento de los colores o un conocimiento de los sonidos en el mundo físico, un conocimiento de los números o un conocimiento de las figuras geométricas en el mundo matemático, un conocimiento de los actos o un conocimiento de las vivencias en el mundo psíquico, un conocimiento de lo viviente o un conocimiento de lo inerte en el mundo vital, un conocimiento de lo personal o un conocimiento de lo impersonal en el mundo de los individuos conscientes o un conocimiento de lo natural y un conocimiento de lo artificial en el mundo cultural, existe también, para nosotros, un “conocimiento de los valores” en sentido estricto.
a. Notas epistemológicas
Las mismas notas epistemológicas de la percepción que entran en juego en la aprehensión y captación de otros objetos del mundo —como la mismidad de los objetos ante nuestra mente, el encuentro fecundo entre nuestra mente y los objetos de la realidad y la inmediatez del contacto entre los objetos y nuestra mente— están en juego también en la aprehensión y captación de los valores de cosas y sucesos.
Se trata, sin embargo, de un género especial de percepción de objetos, por cuanto que en ella se movilizan energías espirituales nuestras que no entran en juego en otras especies de percepciones de objetos. El grado mayor de atención que se requiere de nuestra parte, por un lado, y la agudeza intelectual que necesitamos de nuestra mente, por el otro, así como la apertura total de nuestro espíritu ante la presencia de éstos —incondicionada y franca— son algunos de los aspectos de nuestro ser que se encuentran involucrados en todo momento en la aprehensión y la captación de los valores de cosas y sucesos.
Los valores, además, son aspectos del ser que ponen en evidencia la integridad moral de nuestra voluntad y el recto orden que impera en el ámbito de nuestra afectividad, de tal manera que muchas veces despiertan en nosotros “resistencias” ante su presencia muy profundas, que oscurecen su plena evidencia ante nuestra mente o provocan que nuestro ser se cierre ante ellos. Por eso el conocimiento genuino de los valores no tiene lugar en el interior de los hombres sin cierto “escándalo” para nuestro espíritu las más de las veces.
La percepción de los valores no tiene lugar en el ámbito de nuestra inteligencia exclusivamente, si bien se trata siempre de su conocimiento intelectual, objetivo y adecuado. Aunque los valores están llamados a ser captados y aprehendidos por nuestra mente como muchos otros objetos del mundo, su estructura interna y su constitución ontológica son de tal índole que implican necesariamente la esfera de nuestra afectividad en el mismo acto de conocimiento. Son datos del ser que no pueden ser nada más “vistos” por nuestra inteligencia y “registrados” por nuestra conciencia sino, además, requieren ser “sentidos” por nuestro corazón, “vivenciados” por nuestra afectividad, para desvelar ante nuestra mirada intelectual toda la riqueza de su contenido.
Sin perder en ningún momento su carácter cognoscitivo, la percepción de los valores es, para cualquier hombre, una “percepción emotiva” o una “percepción sentimental”, en oposición a otras percepciones de objetos. Por eso la percepción de los valores tiene el carácter de verdadera “experiencia” para nosotros —y no sólo de una simple aprehensión intelectual— por el alto grado de reverberación afectiva que implica en nuestro interior. Por ello su conocimiento no puede ser nunca para nosotros “frío” e “indiferente”, sino “ardiente” y “comprometido”.
b. Exigencias antropológicas
Para percibir los valores adecuadamente, por ello, es indispensable que nuestra mirada esté libre de impedimentos de cualquier índole, especialmente de pretensiones vehementes que dominan nuestra voluntad, afectos desordenados que subyugan nuestra afectividad y prejuicios irracionales que estrechan nuestra mente.
Las primeras, porque nos indisponen ante el valor de sucesos o de cosas por razón de las intenciones meramente subjetivas que perseguimos interiormente al aproximarnos a éstos y a éstas —como placer o poder, fama o prestigio, por ejemplo— al margen de su importancia intrínseca y su significatividad propia. Los segundos, porque desfiguran el valor que poseen a la par sucesos y cosas en razón de sí mismos, ya sea magnificando innecesariamente su importancia intrínseca o minimizando hasta la nada su significatividad propia. Los últimos, porque introducen un sinfín de objeciones intelectuales —como “pero”, “no obstante”, “a pesar de todo”, “en el fondo”, “finalmente”— a la evidencia plena que muestran los valores de cosas y sucesos ante nuestra conciencia.
En estos tres casos, el resultado es siempre el mismo: una incapacidad para poder “ver” los valores, para “reconocer” su evidencia en sucesos o cosas, para dejarnos “tocar” interiormente por su presencia. En última instancia, para dejarnos “educar” y “formar” por ellos. Pretensiones vehementes, afectos desordenados y prejuicios irracionales son las causas más comunes entre los hombres de la “ceguera” total o parcial de su espíritu ante los valores.
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Escrito en Ensayos | 4 comentarios
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No viene bien el significado de “valor del conocimiento”.
Estimada Sara:
Gracias por dejar tu comentario en mi blog. Lamento que mi pequeño ensayo no haya sido de utilidad respecto a lo que buscabas. Esta “inutilidad” quizá pudo deberse a que buscaste en él algo que el texto en verdad no podía ofrecerte.
Éste, en efecto, no versa sobre el “valor del conocimiento” -es decir, la importancia, la trascendencia, la significatividad del conocimiento para la vida del hombre- sino del “conocimiento de los valores”, esto es, del modo como los valores (religiosos, estéticos, morales) son captados, aprehendidos, alcanzados por la mente del hombre. Desde este punto de vista, el texto hace hincapié en el acto cognoscitivo de la “percepción” como la forma más elemental de dar cuenta intelectualmente de los valores. Una de las afirmaciones centrales de este texto es que los valores no son “conceptos abstractos” que el hombre precisa consultando los manuales de filosofía o yendo al diccionario, sino “datos” llenos de sentido que capta su mente a través de los órganos perceptivos, a partir de su encuentro con la realidad.
Aunque en el blog no hay todavía un texto acerca del “valor del conocimiento” -pues no he tenido tiempo de pensar con detenimiento acerca de esta cuestión- pueden servirte, sin embargo, algunos textos que están en él publicados sobre algunos temas epistemológicos para hacerte una idea sobre este tema. Por ejemplo: “El hombre y su conocimiento de los objetos”, “Importancia existencial del conocimiento”, “El conocimiento ‘ingenuo’ de los objetos”, “El conocimiento ‘opinado’ de los objetos”, “Los temas fundamentales del conocimiento”. Espero que algunos de estos ensayos pueda servirte mejor para lo que tú necesitas.
José R.
Es justo lo que buscaba.
Muchas gracias.
Maestro, es un gusto leerlo. Soy maestra del Instituto Juan Pablo II para el Matrimonio y la Familia. Imparto la materia de “Antropología Sexual”. Particularmente me ha permitido comprender varios temas sobre Filosofía y específicamente sobre el método fenomenológico, que es fundamental para comprender el Personalismo de Karol Wojtyla.
Tenemos mucha necesidad de maestros como usted en México. Particularmente en nuestro Instituto sería de gran ayuda. ¿Usted podría dar alguna cátedra o conferencia para nuestro instituto? ¿Cómo podemos tener un contacto vía telefónica?
Muchas gracias y mucho gusto.
Claudia Pittaluga de Rojas