Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 31 agosto 2007

Sobre el robo del auto (I)

Querida A:

Hace algunos años, el “rostro bueno del Destino” puso en mi camino, a través de una circunstancia en apariencia casual, como puede ser una lección universitaria, a una mujer  -entonces muy pequeña de edad-  como estudiante de mi clase de “antropología”.

Sin poder precisar cómo fue, con el pasar de los días la amistad se hizo la cosa más natural y cotidiana y, con ella, la modalidad más común de compartir, comunicar, aprender, convivir la vida. Sobre todo, de “mirarla” y “juzgarla”, pues la vida no está hecha solamente para ser vivida sino, ante todo, para “mirar” de qué está hecha y, con ello, saber  -es decir, “juzgar”-  de qué se trata.

De esta manera, a veces con una conciencia hiper-lúcida de las cosas y otras con una sencilla aproximación semiconsciente, tratamos, desde entonces, de caminar juntos y aprender mutuamente uno del otro.

Una ocasión, en cierta clase, abordamos uno de los puntos más difíciles, dramáticos, polémicos y “oscuros” de la experiencia del hombre; una de esas cosas que más “urgen” su corazón y “definen” su estatura humana, vale decir, su “rostro” humano; uno de esos hechos o circunstancias que lo “tocan” muy profundamente, llenan de “dolor” su corazón y que por eso no puede dejar de mirarlos como “malos”. Dicho lo mismo, pero a manera de pregunta: “los hechos que así nos ‘tocan’, ¿son, por lo mismo, ‘malos’?”.

Ya no recuerdo con acierto cómo abordé en clase la cuestión, de qué manera realicé el desarrollo y a qué conclusiones llegamos: han pasado muchos años y mi memoria no es tan prodigiosa como a veces pienso. Pero de aquellas lecciones conservo como testimonio, la hoja de un examen suyo donde, por el contexto de las palabras, se puede ver que la “cuestión” fue objeto de una pregunta específica, donde todavía nos es posible aproximarnos al estado de las cosas.

No conservo, son embargo, el examen por la pregunta contenida, sino por la “respuesta”  -prodigiosa, si tomamos en cuenta la edad que entonces tenía-  que ella dio a la misma, llena, al mismo tiempo, de claridad y concisión, profundidad y belleza.

Dadas las “circunstancias” que estos últimos días te ha tocado vivir  -y a mí contigo, pues que te acompañaba la vez aquella-  me gustaría transcribirte las palabras impresas de la que hoy es una mujer pero entonces era una chiquilla, por si te sirven de algo, te ayudan a comprender y algún aliento renovado a vivir te comunican. Me atrevo, en la íntima certeza de que entre ella y tú hay más que un simple “parecido”  -¡eres tú misma!-  y porque creo que sus palabras sirven mucho mejor que las mías para comentar  -y, al mismo tiempo, agradecer-  las que me enviaste por e-mail la semana pasada junto con la hermosa fotografía tuya que, desde entonces, galardona mi oficina (si ello no te incomoda).

* * *

“No hay acontecimientos malos, sino sólo dolorosos” (L. Giussani). Ningún acontecimiento de la vida puede considerarse como ‘malo’, sino sólo como aquello que ‘parece’ contradecir nuestra vida y nos causa un ‘dolor’ por ello.

¿Por qué ‘parece’? Pues porque de hecho no la contradice. Al sufrir un dolor, éste nos ‘provoca’ a preguntarnos a nosotros mismos si las bases de nuestro corazón están bien cimentadas; es decir, nos hacen ‘despertar’ y ‘preguntar’.

De esta manera, a partir de este ‘dolor’, aprenderemos si la ‘seguridad suprema’ de nuestra vida está bien cimentada con base en la realidad y las exigencias de nuestro corazón.

Por lo tanto, tampoco este acontecimiento doloroso va contra la experiencia de la vida, ya que al encontrar o tratar de encontrar respuestas a las exigencias del corazón es como ‘obtenemos’ precisamente una experiencia.

(A.V.G.,  examen del 11/x/96)

  

Con cariño

 

José R.

Read Full Post »

Sobre el robo del auto (II)

Querida A:

La pérdida de tu auto es un hecho lamentable, máxime cuando la economía del país no es como para enorgullecernos y “el horno no está para bollos” en tu casa. Quizá de este “golpe” tus padres tarden mucho para estabilizarse y tú algo de tiempo para reponerte.

Y “duele”.

¡Vaya que si duele! Y mientras que por fuera nos avasalla la inconmensurable dimensión de los hechos  -pues finalmente el auto “ya no está” en tus manos-  por dentro nos consume la ira, la tristeza y “la maldita histeria”, como me dices en tu e-mail.

Con todo, este hecho no es más que la “renovación”  -de manera “inefable”, ciertamente-  de las exigencias más urgentes que nos constituyen como hombres  -y de las que el auto era un “símbolo” muy concreto y palpable-  y una dramática provocación a la “recuperación” de las cosas esenciales de nuestra vida, de esas sin las cuales nada seríamos y que continuamente olvidamos o, por lo menos, con frecuencia pasamos por alto, debido al tráfago y excitación con que vivimos.

Una de las cosas que más me maravilla del hombre es que “recomienza”; siempre estamos “recomenzando” todo: los estudios, el trabajo, las actividades cotidianas, las relaciones afectivas. Como “no te queda otra cosa que salir adelante”, alabo tu apertura optimista a “lo que venga”.

 

Con cariño

 

José R.

Read Full Post »

Epifanía

In memoriam
Factus eram ipse mihi magna quaestio.
Agustín
Confesiones, IV, 4, 9

  

Ahora que no estás mi corazón se estruja

herido por la ausencia que por doquier presencio;

ahora que a mis ojos tu faz se desdibuja,

cubiertos por las lágrimas, se llenan de silencio.

 

Ahora que tu cuerpo por fin quedó dormido

y en el fluir del tiempo se cubre de tiniebla,

¡ litiga mi memoria en contra del olvido !,

¡ mi corazón inerme de soledad se puebla !

 

Ahora soy contigo, con tu penumbra densa,

un poco más de carne, un algo más de sombra,

un tanto más de nada,  ¡ una pregunta inmensa !

 

Ahora que la muerte su golpe nos asesta,

¡ qué duro es el relámpago de luz que nos asombra

cuando el Misterio bueno su faz nos manifiesta !

 

José R.

Read Full Post »

A la muerte de la tía…

Querida M:

             Creo que ahora que murió tu tía podemos encomendarle nuestras cosas más verdaderas, las que cuentan en la vida, las únicas que valen y deciden todo, porque se encuentra allí donde el Ser es claridad y luz, paz y descanso. Ahora ella sabe todo, con ese “saber” que aquellos que se han asomado a la postrera frontera tienen, porque ha experimentado sobre su propio cuerpo la última verdad a la que todo hombre está llamado: la muerte, como el confín que hace emerger nuestra existencia en plenitud. De hecho, desde que nacemos esta verdad se halla oculta en nuestra carne, por eso con frecuencia la olvidamos.

            El que tu tía haya fallecido, y la manera en que ello ha ocurrido, no deja de ser dolorosa para nosotros, porque estruja el corazón y lo llena de preguntas. Pero si algo podemos agradecer  -infinitamente agradecer a ella-  que haya sido así es que a través de su enfermedad, su dolor, sus preguntas y su muerte nos ha mostrado de alguna manera que el Destino al que estamos llamados es el “rostro bueno” del Misterio que hace todas las cosas, que ahora nos ha mostrado ese mismo “rostro” con toda su evidencia, ya que ha hecho sobre ella  -y sobre nosotros-  su voluntad, que no puede dejar de ser “santa” porque también es “buena”. Hágase, Señor, tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

            Me parece que hoy más que nunca debemos pedir por ella y elevar al cielo nuestras preces, no porque las necesite, pues creo que a quien Dios ha tocado de esa manera se encuentra más próximo a Él, ya que lo ha asemejado y hecho uno con su Hijo por medio del sufrimiento y de la muerte, sino, más bien, para que la verdad de su vida, que su trance nos hizo evidente hasta los últimos momentos, permanezca para siempre en nosotros y, en nuestras oraciones, su vida se salve de una muerte vulgar herida por el olvido.

            Sobre todo, debemos pedir al Misterio que hace todas las cosas para que no deje de acontecer continuamente en nosotros y nos muestre su rostro “bueno”; hoy, con la muerte de tu tía, mañana con todas esas formas como Él suele hacerse presente, tocar nuestra carne y cambiar la vida: venga a nosotros tu reino.

            Debemos pedir al Misterio que, así como le permitió a tu tía morir rodeada de quienes la quisieron en vida, envuelta y abrazada de la candidez de los rostros más amados  -con todo y lo dramático que esto haya sido muchas veces-  nos conceda también a nosotros la gracia de vernos abrazados de aquella compañía humana que nos recuerda constantemente la “razón” de todo, porque Él la ha constituido para nuestro bien y felicidad.

            Si muchas veces te pedí (aunque no era necesario, porque te conozco bien y veo en tu corazón) desde que me dijiste que tu tía había enfermado gravemente que, en tu forma de mirarla, en las atenciones prodigadas, en tu silenciosa compañía en las horas de dolor y en tus palabras y gestos de consuelo, le manifestaras que estamos hecho para un Destino bueno de felicidad, verdad y belleza, ahora es momento de pedirle a ella que, donde quiera que se encuentre, ahora que comprende y lo mira todo, que escruta hasta lo más íntimo de nosotros, no deje de interceder por nuestras vidas para que, en las horas obscuras de preguntas que faltan a nuestros caminos y que ya desde ahora tocan dolorosamente el corazón con el peso de su ausencia no apartemos la mirada de lo único necesario que en esta vida es verdadero: que tenemos un Padre nuestro, que está en los cielos.

            Una de las partes más hermosas y más humanas de la Misa  -que se encuentran en el “canon romano”-  es aquella que dice, cuando el sacrificio de Cristo sobre el altar está consumado, allí enjugarás de nuestros ojos toda lágrima, porque, si nos oprime ahora la tristeza de su partida, vivimos, sin embargo, en la promesa de la vida futura que la resurrección misma de Cristo nos ha dejado en prenda. Por eso, el último sentido de nuestra oración por ella, mientras se cumple el deseo de plenitud que llevamos dentro del corazón, es el pedirle que nos enseñe a decir, como quizá muchas veces también lo hizo, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.

            Transmite a tu mamá de mi parte mis condolencias por la muerte de su hermana (así como mis oraciones) y recibe tú estas breves palabras de aliento que te escribo, porque sé muy bien lo mucho que la querías y lo profundo que duele en el alma su partida.

Con cariño,

José R.

Read Full Post »

In hac lacrimarum valle…

  –Epifanía de la persona a través de sus lágrimas de hombre

           

Como dice el filósofo polaco Stanislaw Grygiel  -al que seguiremos muy de cerca en estas breves reflexiones-  “para comprender al hombre es necesario entender sus lágrimas”.[1]

¡Menuda tarea para la inteligencia! Por eso nuestro cometido será intentar penetrar brevemente en su esencia, sabiendo de antemano que será solamente un “intento” pues, como observa atinadamente Saint Exúpery, “¡Es tan misterioso el país de las lágrimas…!” (El Principito).

 

I

            Hay lágrimas de dolor, de sufrimiento, y hay lágrimas de alegría, de gozo. Las más notorias para nuestro sentir inmediato son la primeras  -¡es más fácil derramar lágrimas cuando una pena nos estruja el alma!-  pero, si son verdaderas lágrimas, lágrimas de verdad  -pues también existen las famosas “lágrimas de cocodrilo” que son pura ficción, representación pura, incluso engaño, mentira-;  repetimos: si son verdaderas lágrimas las que asoman, entonces valen tanto  -que no lo mismo-  unas como otras: las que son hijas del dolor como las que son fruto de la alegría. Lo único que sucede es que su razón es diferente, pero el sentido sigue siendo el mismo.

            Sin embargo, la distinción más importante que urge hacer por el momento no es entre las lágrimas de sufrimiento y las lágrimas de gozo, de dolor y de alegría, sino distinguirlas de aquello que es lo más opuesto a su sentido: el sentimentalismo lacrimógeno, la sensiblería derramada en llanto.

 

II

            Las lágrimas no son llanto. Las primeras, si son verdaderas, como se ha dicho, son una expresión, un “gesto humano”. Mejor aun: son la respuesta nuestra, la que nos corresponde  -¡quizá la única que podemos dar en el momento!-  a un acontecimiento. Todavía mejor dicho: es nuestra respuesta, a la manera de las lágrimas, a una verdad que nos está aconteciendo, que en este momento se nos está de-velando (en el sentido de la palabra griega  “verdad”: a-letheia; “correr los velos”) y nos muestra su rostro luminoso (epi-faneia: algo divino que nos muestra su “faz”), lleno a la par de profundidad (a-byssus: “sin fondo”) y misterio (mysterium, sacramentum). Como acota atinadamente Grygiel:

“Las lágrimas brotan cuando el ser se revela en toda su verdad. En ellas se refleja no tanto sus problemas cuanto su misterio que acontece. Por eso las lágrimas son casi los nombres que hablan de las cosas existenciales y no de las abstractas. Con las lágrimas el hombre se une a lo que acontece”.[2]

Y, en el acontecer de la verdad, nuestro propio y personal acontecer: nuestra verdad. Las lágrimas son la manifestación, hecha acontecer, de nuestra verdad y la verdad de todo; de lo que son las cosas y lo que somos:

“Las lágrimas aparecen en nuestros ojos cuando estamos ante el misterio de las cosas. No es normal llorar ante los problemas que podemos resolver por nosotros mismos. El misterio nos com-prende, los problemas en cambio los podemos com-prender nosotros. Com-prendidos, empezamos a vislumbrar la grandeza de la verdad que somos, aun cuando vivamos en medio de cualquier miseria temporal. Quien comprende, acoge. Acogidos por el misterio del propio ser lo devenimos en la medida en que nosotros mismos lo acogemos, es decir, aceptamos ser acogidos”.[3]

            El llanto, en cambio, no es una “respuesta”, sino una reacción; no expresa nada, no manifiesta nada, no es un intus legere  -“leer por dentro”, “inteligencia”-,  por eso lo único que anuncia es el vacío. En suma, el llanto no proviene de la “verdad”, porque lo suyo no es un “acontecer”, sino simple “devenir” y, por lo mismo, está condenado desde el inicio a desaparecer “como gotas de agua en medio de la lluvia”.[4]

  

Las lágrimas, en cuanto hijas de un acontecer, son siempre trascendencia: el camino que tenemos trazado para superar la situación que nos atrapa y, al atraparnos, nos ahoga. Pues hay una gran diferencia: el devenir es un simple subseguirse mecánico e indefinido de instantes en el tiempo; fluir y fluir; no permanece; el acontecer, en cambio, a pesar de su condición móvil y, por ello, temporal, no es tiempo; mejor dicho: no es sólo tiempo, sino eternidad. Es  -en una palabra-  el asomar de lo eterno dentro del tiempo:

“Hablamos de las lágrimas mediante las cuales el hombre dialoga con lo inefable del otro hombre y con lo de toda la realidad. […]  Lo inefable es la eternidad que sigue aconteciendo en cuanto que entra en el tiempo. Lo inefable en el tiempo, por tanto, constituye el horizonte de la verdad de todo lo que es, verdad que ha sido confiada al hombre”.[5]

Por ello, cuando un acontecimiento “acontece”, lo que hay es cumplimiento y plenitud, no fugacidad estéril. Las lágrimas son una respuesta nuestra a ello y, cuando asoman, ayudan a que la plenitud del “acontecimiento”, la verdad que porta, se instaure. O quizá, como dice Stanislaw Grygiel, simplemente sólo “revelan que el hombre ha empezado a vivir en el acontecimiento”.[6]

 

III

            Si las lágrimas son el asomar de nuestra verdad de hombres por los ojos, quiere decir que el llanto, entonces, es el derramarse de nuestra animalidad por la cara. El instinto nada sabe de la verdad, de la misma forma como la libido nada sabe del “amor por cosas lejanas” como el desiderium, sino nada más de las que, en lo presente, está apegado. El llanto es encadenamiento; las lágrimas, libertad. Por eso el llanto nada sabe decirnos del “hombre” que somos.

            Peor aun: pues todos los seres cuya naturaleza es ser “instinto” no solamente carecen de lágrimas, sino que tampoco derraman llanto: mudamente se quejan solamente; a lo sumo, exhalan sonidos comprimidos por la situación que los aqueja. El llanto, al igual que las lágrimas, es sólo propio de los hombres. ¿Qué lo aleja, entonces, de las lágrimas?

            Las lágrimas, como se dijo más arriba, son un “sí”, una respuesta formada desde la intimidad de las entrañas mismas del hombre, de su tejido interior a aquello que lo solicita:

“El misterio del ser com-prende al hombre entero, su razón y su corazón. Precisamente por eso no puede éste responder adecuadamente a la llamada del misterio con las palabras del lenguaje de la razón. Necesita las lágrimas que expresan el conocimiento propio de la persona, conocimiento que consiste en comprender siendo com-prendido”.[7]

El llanto, en cambio, es una negación, un “no” pronunciado a la situación que nos reclama, al rostro de la verdad que nos acontece. Es el “no” que pronunciamos precisamente a esto: a que nuestro ser es “com-prendido” y, como tal, no es el paradigma del ser y del espíritu, no es una palabra arquetípica (Ur-wort), sino humilde respuesta (Ant-wort).[8] Como alguna vez dijo cierto autor contemporáneo: es la experiencia de saberse hasta el fondo “ser participado”, pero en la actitud inversa, esto es, en la mentira.[9] Por eso, continúa diciendo Grygiel, no es extraño que en el llanto, o después de él, el hombre experimente, aun más, el peso oprimente de la vida, su cansancio:

” ‘¿Por qué lloras?’ preguntó a Pericles un amigo. ‘Porque he perdido a mi hijo’, respondió. ‘Pero llorar no sirve para nada’, siguió diciéndole su compañero. ‘Precisamente por eso lloro’, fue la contestación de Pericles. Pericles llora porque está frente al misterio. Pero no lo com-prende, porque no piensa que pueda ser com-prendido por él. Llora como si fuese aplastado por el Destino de las cosas. Para él el horizonte no nace del Amor del Cielo y de la Tierra, sino que resulta de la Necesidad Celeste que oprime a la Tierra. En consecuencia, también su amor está cerrado en la Necesidad. Pericles no es libre. Mora en el horizonte en el que la sumisión substituye completamente al amor. […] Pericles llora porque, como diría Hegel, toda su vida había luchado contra la alienación de las cosas para poder ser libre y al final ha sido vencido por la naturaleza de la inmanencia de éstas”.[10]

 

IV

            Por último, no se pueden entender las lágrimas sin la esperanza o, mejor aun, sino estando “dentro” de la esperanza y, en la esperanza, sin estar con los ojos abiertos oteando el Futuro. Pero no el tiempo que llamamos “futuro”, pues éste realmente no “acontece”, sino simplemente “subsigue”; viene inmediatamente después de lo que “hoy” vivimos. Es más bien  -nuevamente-  el Futuro: el futuro mismo de las cosas, el futuro mismo del destino humano, el futuro del “gran” acontecimiento. El futuro que sólo puede ad-venir de la verdad del ser: de su eschaton. Debido a ese Futuro y a la esperanza que lo aguarda con paciencia, la esencia de las lágrimas se revela siempre ambigua: son aflicción y bienaventuranza, tribulación que alumbra la consolación del gozo, felicidad envuelta en los rudos pañales de la tristeza. Como dice Grygiel:

“Las lágrimas del hombre tienen un doble sentido. La bienaventuranza y la aflicción se compenetran la una a la otra durante toda la vida del hombre y sobre todo en el momento final de la misma, es decir, en el momento de la muerte. En cada lágrima derramada en el hoy finito se refleja el infinito mañana. En la que brota de los ojos del hombre en el último acto de su vida ‘lo imperfecto se completa’, ‘das Unzulängliche hier wird’s Ereignis‘ (J.W. Goethe, Fausto, 12106/7)”.[11]

 

V

            ¿De qué están hechas las lágrimas? ¿Cuál es su sustancia? ¿Qué escondido misterio quiere asomar a través de su conducto? ¿Por qué son una alegría manifestada en la forma de una pena? ¿Por qué son una pena nacida en el corazón mismo de la alegría? Magna quaestio!

            Cuando los amantes  -filo-sofos-  de las “preguntas grandes”, deseosos de las “cosas lejanas”, nada saben decir y callan, quizá es mejor unir la pregunta a quienes sólo saben “mirar” con reverencia tan hondos misterios y los “cantan”: los poetas.

Lágrimas.

Rumor de no sé dónde,

secreto inmarcesible,

la noche.

Dulzura que acibara,

felicidad salobre.

¿Qué dice tu murmullo?

¿Qué son tus voces?

¿Lamentos o quejidos?

¿Dicha, entonces?

Si son tan poca cosa,

carencia pobre,

casi aire, casi nada,

cosas sin nombre,

¿por qué agradan tanto,

se ansía sus sabores?

Lágrimas.

Pequeños cofres,

arcas minúsculas

donde el amor se esconde.

¡Vaya misterio,

secreto a voces!

Si son lo mismo

que decir: ¡Hombre!

José R.
Lágrimas,
vv. 35-58

[1] “Lacrimae rerum” y la libertad; Rev.Cat.Int. Communio, Encuentro, Madrid, n. 2, 1992; p. 68

[2]

Idem, p. 65

[3]

Idem, p. 68

[4]

  Estas son las últimas palabras que pronuncia el “replicante” Roy Roy antes de morir  -en la famosísima película de Ridley Scott Blade Runner-  cuando no logra descubrir el por qué de la existencia que lo especifica como ser “personal” (lágrimas) frente a la muda “naturaleza” (la lluvia).

[5]

Idem, p. 66

[6]

Idem, p. 68

[7]

Idem, p. 65

[8]

Cfr. Balthasar, Hans Urs von; Gloria. Una estética teológica. 1. La percepción de la forma; Encuentro, Madrid, 1985; p. 21

[9]

Cfr. Giussani, Luigi; «Tu» o dell’amicizia; ejercicios espirituales; Rimini, 1997 (apuntes)

[10]

Op. cit. pp. 69-70

[11]

Idem, p. 71

Read Full Post »

Educación verdadera*

            Dadas las condiciones actuales de nuestro mundo actual, podemos decir que hemos llegado a una situación tal en que, aquel que grita más posee la verdad; el que tiene más fuerza da las razones de lo bueno; el de sensualidad más desarrollada establece los parámetros de lo que es bello. Y esta situación no es privativa de algunos ámbitos de la vida humana, sino que se ha asentado en la totalidad de ellos, al grado que se ha convertido en el horizonte de todas las posibilidades del hombre. Basta repasar bajo esta perspectiva la concepción que tenemos del Estado y la política, la economía, el arte, el derecho, para darnos cuenta de ello. El prblema de la educación no podía tampoco escapar a esta lógica.

 

I

Antes de abordar el problema de la educación repasemos más detenidamente esta lógica de lo verdadero como “el que grita más”.

El que “grita” es aquel que “puede alzar más la voz”. Aquí hay dos elementos dignos de resaltar: que esta acción es una muestra típica de fuerza, poderío  -“alzar” la voz-  y que la palabra humana se ha reducido a su mínima expresión: la “voz”.

            La palabra, como fenómeno típico de la vida humana, es la captación en el interior del hombre de “la verdad de las cosas”, esto es, de su logos. Cuando el hombre logra abrir paso en su interior al surgimiento de una palabra quiere decirse, al mismo tiempo, que ha abierto el espacio de la verdad entre él y la realidad; espacio necesario para que éstas puedan manifestarse en lo que son, en su “evidencia”. Cuando ello ocurre, cada cosa resalta de una manera tal ante la vista humana que éste no puede menos que dejarse alumbrar por esta luz y acogerse a ella. Por la misma razón, entre el hombre y las cosas se abre también el espacio del bien, de la belleza y de la justicia que le permite una forma de relación diferente con ellas que podríamos denominar piedad. Del entreveramiento de todos estos espacios ha surgido la cultura, entendida como “la comunión del hombre con la tierra”. La cultura es, por tanto, amor terrae.

            Sin embargo, cuando el hombre reduce la palabra a sólo “voz”, ya no es el espacio que permite el abrirse de la luz de cada cosa en su interior, sino sólo el poder indicativo que el hombre tiene sobre cada cosa. La “voz” sólo designa las cosas, pero ya no escucha su “nombre”. Por eso la “voz” no proviene de las cosas como la palabra, sino de la boca del hombre, de su fuerza, su poderío. Así las cosas, no es extraño que la relación del hombre con la realidad sea vista en términos de violencia. En este sentido la “técnica”, fuera de la verdad de las cosas  -su palabra –  ¿no será una forma de violencia ejercida sobre la tierra, de una cultura mortis?

            Una palabra reducida a “voz”, como hemos dicho, ya no posee una fuerza manifestativa, una evidencia; por eso hay que imponerla “alzando” la voz. Dicho a la inversa: la “voz” tiene que alzarse para poder darla a entender a otros porque, como cada quien tiene voz distinta, la única forma de relación es que una “voz” se imponga a otras y unifique; ¿debemos decir más bien “homologue”? Así, los grupos humanos se congregan no en torno a una palabra que manifiesta verdad, sino a una “voz” que impone…  ¿qué puede imponer sino vacío, flatus vocis?

 

II

            La situación de la educación actual ha seguido tales derroteros que ha derivado paulatinamente, según lo expuesto líneas más arriba, en mera “palabrería” o, como decía Martín Heidegger en Ser y tiempo, en simple “cháchara”. Existe una honda preocupación por implementar mejores técnicas de enseñanza-aprendizaje y de optimizar recursos pedagógicos que nos hemos olvidado de plantearnos  -o re-plantearnos-  la esencia misma del acto educativo. En una palabra, en tener la razón a fuerza de “gritar más” que otros respecto a los procesos educativos. Pero no siempre una educación efectiva es una educación verdadera.

            ¿Qué es una educación verdadera? Aquella que sabe corresponder a las exigencias del corazón humano, la que es capaz de suscitar sus más elementales deseos. Si no entendemos torpemente el corazón humano con una serie de impulsos y de instintos, sino como aquello en el hombre  -su “rostro” propio-  que se constituye a través de la verdad, el bien, la belleza y la justicia sabremos mejor que el quehacer educativo consiste en que el hombre se relacione con las cosas de tal forma que ellas se abran paso a través de su interior en formas de “palabras” que revelan un contenido significativo, una verdad, un bien, una belleza, la justicia. Este abrir el corazón del hombre a la escucha de la palabra de la realidad se logra no con técnicas más o menos refinadas, sino con la presencia comprometida de “otro” que nos antecede en esta misma óptica en su esfuerzo mismo de alumbrar la realidad en su interior.

            Lo mejor que puede dar un hombre a otro hombre en términos educativos es quizá esta pasión de elevar a “palabra” lo que le es dado en la realidad; tal vez sólo su deseo de buscar, de encontrar; en suma, su sola pregunta ante la vida. Pero como esto es demasiado comprometedor tanto con la realidad como con otro hombre, porque nos desnuda por completo ante nosotros mismos, nos contentamos en abstractas relaciones de métodos y técnicas. ¿Tal vez porque así tenemos a otros hombres bajo control?


*

 Artículo aparecido en la sección editorial del periódico El Sol del Puebla (fecha incierta).

Read Full Post »

El pasado 5 de octubre se publicó en este mismo periódico un artículo del pensador italiano Luigi Giussani que se titula Educación: introducción a la realidad total. Reconozco que el artículo es muy interesante para quienes nos dedicamos a la actividad docente, especialmente para quienes tenemos la necesidad de una continua clarificación respecto a este quehacer. Es por ello que, a la luz de tan acertadas reflexiones de ese autor, quisiera expresar algunas ideas complementarias al respecto.

 

I

Si, por un lado, para un niño el nacimiento representa la introducción al mundo de las cosas  -donde él mismo pasa a formar parte como una más de ellas-  por el otro lado, la educación es la introducción a la realidad total de esas mismas cosas que permite al niño la aprehensión de su ser como una realidad única e irrepetible. Mientras que la primera acción es un hecho  -dicho simplistamente-  tan sólo biológico y psicológico, la segunda acción es un acontecimiento eminentemente espiritual y, por lo mismo, humano.

En efecto, al nacer, el niño pasa del ámbito cerrado y oscuro del seno materno al espacio abierto y translúcido de las cosas; la lógica interna de “dar a luz” de la madre impulsa al pequeño ser a hacer frente al entramado de cosas, acontecimientos y relaciones que conforman la complejidad de lo que llamamos “realidad”. Pero, para el pequeño, esta “introducción” no es suficiente, porque de esa manera la realidad se le presenta como un todo macizo y homogéneo ante sus ojos, una totalidad inescindible difícil de penetrar por su mirada. Es aquí donde se abre el espacio para el segundo modo de acción: la introducción a la realidad total.

 

II

Decir: “introducción a la realidad total” quiere decir, al mismo tiempo, “introducir a la comprensión del significado de las cosas”, de lo contrario, jamás se superaría en el niño el shock y el impacto traumático que la experiencia del nacer ha dejado en impreso en su interior.

Cuando al niño se le presentan las cosas no sólo como unidades físicas, compactas, en relación recíproca con otras, sino también como preñadas de hondo significado y profundo sentido, se abre para el niño la posibilidad de “habitar” o “morar” en ellas como en su segundo seno en el cual es nuevamente engendrado y generado en su ser, hasta alcanzar la auténtica estatura humana. Este espacio o “morada”, como es obvio, no es de ninguna manera una circunscripción espacial o temporal de cosas, sino el ámbito donde estas cosas se “abren” para el niño en su inteligibilidad inagotable; es decir, es el espacio o “morada” de la verdad, del bien y la belleza que cada una y en conjunto reportan.

 

III

Ahora bien, una introducción a la realidad de esta manera no es una actividad puramente intelectual  -¡el niño aun no está en condiciones de tales elucubraciones!-  por ello, no basta con una mera “instrucción” indicativa de conceptos o enseñanza de los mismos, porque de esta manera se reduce la educación del pequeño a una forma de relación con las cosas siempre extraña, es decir, a mirar el entorno desde “lejos”, ajeno a la percepción de su propio significado, cuyo único puente de unión es el esfuerzo de la memoria que repite lo enseñado, pero no la intimidad de su ser que valora y comprende lo que se mira.

Antes bien, en la introducción a la realidad total la presencia de la madre juega un papel decisivo para el niño, porque es a la luz de esta presencia como el niño aprende a “morar” entre las cosas. Esto quiere decir que la relación del niño con la realidad nunca es directa, inmediata, sino que es encontrada, propuesta, por la presencia de la madre. Es así como se asientan los dos ejes primordiales de la educación: una “presencia” y una “propuesta”; en síntesis, un encuentro logrado gracias a otra realidad humana.

“El niño aprende a ver el mundo a través de los ojos de su madre”, escribía en alguna ocasión el poeta francés Charles Péguy. Lo único capaz de volver significativo el entramado de cosas que llamamos realidad para un niño, lo que se dice “mundo”, no es su esfuerzo personal de penetración intelectual, sino “los ojos de su madre”. Para el niño esos ojos no son otras cosas más en el entorno natural, sino las “ventanas” que revelan una presencia humana, una mirada que lo envuelve. De esa mirada es de donde brotan las cosas preñadas de sentido, emergen las palabras que las llaman por su nombre, su significado. Pero lo pueden hacer porque no son ojos que se vuelven en primera instancia sobre esas cosas, sino porque están dirigidas de antemano a los ojos del pequeño, a su mirada. ¡El niño es un ser que “mira” una mirada, no un ser que “ve” las cosas!

Porque existe esa mirada, el niño se sabe “com-prendido”, esto es, mirado en la totalidad de su ser, valor, significado y destino únicos. Es acogido como hijo. Por ello se entiende que el niño pueda también “com-prender” el significado y la totalidad del “mundo”: porque de antemano acoge, asimismo, la mirada de esa presencia en su mirada: el ser, valor, significado y destino de una madre, de “su” madre.

Cuando al niño no se le permite vivir en la libertad de esa presencia que lo mira  (el juego de miradas es siempre libertad inextinguible) se le arroja a la realidad completamente inerme, desprotegido; de ahí que ya no sepa después por qué está en medio de tantas cosas que reclaman su presencia y a las que no sabe responder adecuadamente. Además de absurdo, es por completo pretensioso querer reducir el trabajo educativo sobre un niño a planes y proyectos; todavía más: a técnicas novedosas de enseñanza-aprendizaje. Para una madre el niño nunca es proyecto o técnica, sino su hijo. Esto es, un destino puesto entre sus manos.


*

 Artículo aparecido en la sección editorial del periódico El sol de Puebla (fecha incierta).

Read Full Post »

“¿Qué hace el filósofo?”, “¿Qué hace la filosofía?”. Con estas preguntas llegó Alejandro Macías  —estudiante de la Facultad de Filosofía de esta Universidad—  al umbral de mi oficina un día que me encontró (extrañamente) desocupado, sentado ante mi escritorio. Al principio me sentí un poco desconcertado, porque es “filosofía” precisamente lo que él estudia en esta Universidad en el segundo grado, por lo que  —según yo—  ya debería haber descubierto por él mismo algo de la respuesta a esta pregunta; pero también porque, después de tanto tiempo de impartir lecciones de filosofía de todo tipo uno cree ya como profesor tener una respuesta formulada a una pregunta como ésta, pero no es así. De pronto, una cosa que parece tan cierta, tan común, tan normal en el ritmo de la propia existencia se vuelve difícil, oscura, enigmática.

¿Qué es eso que yo hago, si en verdad soy “filósofo”? ¿Qué es eso que yo estudié, la “filosofía”? Sólo con el paso de los días fue tomando forma en mi cabeza una serie de ideas acerca de la filosofía que esta mañana quisiera compartir con ustedes en este encuentro que nos convoca.

En síntesis, las ideas que he ido pensando en estos días son las siguientes: el filósofo “filosofa”, es decir, hace filosofía, por lo que el acento hay que ponerlo finalmente en esta última palabra, más que en la otra. Si no “filosofara”, esto es, si no hiciese filosofía, el filósofo no podría llamarse “filósofo”, no sería tal. Ahora bien: la filosofía se encuentra en el ámbito del conocimiento; es una forma de conocimiento, que se aparta, por ello, de todo tipo de creencia, convicción, suposición del hombre. Puesto que en éste existen varios tipos de conocimiento, hay que distinguir la filosofía del “conocimiento ingenuo” y del “conocimiento opinado” de los hombres, para inscribirla plenamente en el conocimiento científico alcanzado por éstos. Esta diferencia se funda en su relevancia epistemológica. Entre los distintos conocimientos científicos posibles a la mente humana, sin embargo, la filosofía ocupa el puesto más elevado y de mayor dignidad por su valor existencial; eso significa que incide en la vida del hombre de manera que ninguna otra forma de conocimiento puede alcanzar.

Antes de comenzar, me gustaría indicar que he titulado mi participación de esta mañana con las mismas palabras con que Martin Heidegger tituló una célebre conferencia suya hace ya muchos años,[1] porque me parece que refleja perfectamente el “espíritu” con el que yo quisiera ir desgranando una por una todas estas ideas. Ante nuestra mente hay algo, una cosa, un objeto (das); de alguna manera sabemos cómo se llama (Philosophie), pero el hecho que la enfrentemos con una pregunta (was?) significa que, después de todo, su sentido se nos escapa, que no es del todo evidente. Sin embargo, que conozcamos al menos su nombre nos permite abrir una puerta de acceso a su interior para comprender su sentido. Especialmente, porque no se trata de una cosa ajena a nosotros, sino que nos concierne íntimamente de alguna manera.

 

I

La filosofía es un tipo de conocimiento desarrollado por el hombre, de carácter muy peculiar. Delante del “conocimiento ingenuo” y del “conocimiento opinado” de multitud personas, el conocimiento alcanzado por la filosofía es comparable tan sólo con el conocimiento elaborado por la mayoría de las ciencias  —como la física y la química, la biología y la psicología, la matemática y la sociología, la literatura y la historia—  por su “grandeza epistemológica”.

  • El conocimiento ingenuo del hombre, en efecto, aprehende los objetos del mundo de manera inmediata y viva, intuitiva y concreta; entra en contacto con ellos en su presencia original. Por eso fecunda la mente del hombre con la “densidad” del ser cuando tiene lugar en la mente del hombre. Esta aprehensión del conocimiento ingenuo, sin embargo, no siempre alcanza la evidencia plena de los objetos debido a su carácter ocasional y fortuito, determinado de muchas maneras por múltiples circunstancias; la presencia original de éstos, además, se encuentra en ella muchas veces velada e implícita. Y aunque así no fuera, los intereses pragmáticos que con frecuencia mueven al hombre  —aunque sea de forma inconsciente—  terminan por desvirtuarla o reducirla a nada.

  • El conocimiento opinado del hombre, por su parte, en razón de su carácter eminentemente reflexivo, pretende formular enunciados acerca de los objetos del mundo de alcance universal y validez necesaria, a partir de una serie indeterminada de observaciones y de inferencias. Por ello supera ampliamente el conocimiento ingenuo y se avecina más al conocimiento científico. Las observaciones de partida del conocimiento opinado, sin embargo, no siempre mantienen el contacto primero establecido con los objetos en la experiencia, pues ideas preconcebidas, creencias inveteradas, prejuicios arraigados, teorías asimiladas, interpretaciones aprendidas e incluso pretéritas vivencias personales mal asimiladas terminan por sustituir la mayoría de los datos objetivos que capta la mente de éstos. Además, las conclusiones a las que llega acerca de los objetos son, con frecuencia, groseras generalizaciones y afirmaciones inconsistentes  —las más de las veces banales y superficiales—  porque las inferencias de las que brotan son hechas con demasiada precipitación por el hombre y elaboradas por su mente con técnicas inadecuadas.

  

El surgimiento de las ciencias en el mundo moderno ha representado, por eso, un enorme paso para el perfeccionamiento y el enriquecimiento del mismo conocimiento humano. Ellas han permitido, con su peculiar tipo de conocimiento, llevar adelante las posibilidades positivas del conocimiento ingenuo, penetrándolo de manera rigurosa y explorándolo de forma crítica, pero también sortear los escollos negativos del conocimiento opinado, purificándolo de contaminaciones indebidas y elaborándolo de modo sistemático. Todo ello, a partir de un explícito contacto con los objetos del mundo.

Explícita tematicidad, discernimiento crítico, procedimiento riguroso y elaboración sistemática son características mucho más esenciales del conocimiento científico que la pura observación sensible, la experimentación reiterada y la comprobación empírica, como suele considerarse de ordinario la actividad mental de las ciencias. Son éstas las que garantizan propiamente la auténtica universalidad y la validez necesaria de sus afirmaciones acerca de los objetos del mundo.

 

II

A esta meritoria tarea, también la filosofía ha hecho contribuciones no despreciables, por su eminente carácter científico.

A pesar de las enconadas protestas de positivistas y neo-positivistas, es necesario considerar a la “filosofía” como una ciencia a la par de las otras ciencias y al “conocimiento filosófico” como una especie particular  sui generis  del conocimiento científico, porque también busca aprehender sus propios objetos de forma directa y plena, explorarlos minuciosamente mediante múltiples distinciones, penetrarlos gradualmente a través de estrictos pasos mentales y estructurar sus resultados particulares de manera ordenada y clara, como hacen aquellas.

Si bien es cierto que en el ámbito de la filosofía no se habla nunca de “resultados exactos” como en las otras ciencias, ella intenta alcanzar de sus objetos propios una “evidencia apodíctica” como aquellas otras, que es un objetivo mucho más importante desde el punto de vista epistemológico. La evidencia  —y no la exactitud—  es, en efecto, el distintivo del genuino conocimiento científico. Éste tiene que ver propiamente con claridad y luz, no con “medidas” y “reglas”.

 

III

El conocimiento filosófico, incluso, puede considerarse el prototipo del conocimiento humano porque, además de favorecer la “apropiación” de los objetos más original y plena, más rica y fecunda de parte de la mente  —como todas las ciencias—  dispone también al espíritu del hombre a la “unión” más íntima y profunda con éstos.

  • En efecto, la filosofía busca  —como las demás ciencias—  adquirir “noticias” de los objetos, obtener de los objetos una serie de “datos” pertinentes a su naturaleza, enriquecerse con la “presencia original” del ser de cada objeto del mundo, informarse con la “palabra única” de cada objeto; en suma, pretende adquirir un “saber” específico de los objetos, asimilándolos a la mente.

  • Pero, por encima de las demás ciencias, la filosofía permite al hombre entablar un “contacto único” con los objetos, “tocar” los objetos con la mente de manera íntima, “dialogar” con los objetos cara a cara; hace al hombre, en última instancia, “instalarse” en los objetos como en su propia casa y deja a su espíritu “habitar” en ellos.

  

Así pues, mientras las demás ciencias permanecen, por lo general, en la “dimensión apropiativa” del conocimiento de los objetos, guiadas únicamente por el específico deseo de saber que hay en la mente humana, la filosofía se mueve, en cambio, por los caminos estrechos de la relación unitiva con los objetos, propia de la “dimensión contemplativa” del conocimiento del hombre. Aunque es cierto que todo hombre busca “saber” de los objetos  —como decía el antiguo filósofo—  también es cierto que busca, por encima de todo, “permanecer” en los objetos una vez que ha sabido algo acerca de ellos, especialmente si estos objetos son de una relevancia enorme desde el punto de vista metafísico y no sólo epistemológico.

 

IV

Evidentemente, para alcanzar esta forma de “relación íntima” con los objetos, el conocimiento filosófico necesita contar con características epistemológicas más determinantes que las del conocimiento científico en general como, por ejemplo, la “penetración interior” de los objetos  —garantizada por el contacto intuitivo mantenido con ellos—  en lugar de la consideración exterior de los mismos, sustentada básicamente en actos de observación e inducción. Mientras lo primero permite a la mente alcanzar una “plena intelección” de los objetos, tanto de sus estructuras constitutivas como de ciertas situaciones objetivas de éstos fundadas necesariamente en aquellas (intuición eidética), lo segundo apenas permite a la mente acceder a descripciones generales de los objetos (observación) o a inferencias de ciertos estados de cosas de los mismos tan sólo altamente probables (inducción).

El conocimiento filosófico, además, carece de la “dimensión pragmática” que mueve con mucha frecuencia el conocimiento científico, incluso el más abstracto y teórico. Si  bien es cierto que el hombre inventó el conocimiento científico muchos siglos atrás movido principalmente por el “deseo de saber” que caracteriza su mente, mediante el cual le fue posible penetrar a estratos cada vez más hondos y centrales de los objetos, también es verdad que el conocimiento científicamente adquirido ha contribuido a volver la vida del hombre más dinámica, más funcional, más eficaz, menos incómoda. Es decir, no sólo ha permitido al hombre “comprender” el mundo en el que se encuentra, sino también “desenvolverse” en él de manera práctica. No es nada extraño, por eso, que el conocimiento científico se haya desarrollado de alguna manera al amparo de finalidades pragmáticas. Pero no así el conocimiento filosófico.

La filosofía considera los objetos por sí mismos y no en razón de otra cosa, objetiva o subjetiva; no los indaga para saber de alguna manera en qué pueden servir al hombre en determinado momento de la vida sino, sencillamente, porque en ellos se encierra una “verdad” fundamental cuya penetración permitirá a éste acceder a la comprensión de la arquitectura del mundo, a la develación de la estructura interna del ser. Además, indaga únicamente aquellos objetos que se encuentran, por su estructura ontológica particular, en el núcleo mismo de la existencia y, por tanto, ostentan una importancia intrínseca. En el conocimiento filosófico no se tiene nunca la impresión de estar abandonando paulatinamente la concreción misma de los objetos, la inmediatez vívida con que se presentan a la mirada del hombre  —como ocurre con mucha frecuencia en el conocimiento científico—  sino en estar ganando en profundidad y penetración de los objetos o, mejor dicho, en estarse “aproximando” cada vez más a ellos. Por eso, al conocimiento filosófico conviene más el nombre de “sabiduría” que al conocimiento científico, porque es la filosofía  —y no la ciencia—  la que sabe “degustar” el sabor específico de los objetos, “deleitarse” en su exquisito aroma existencial.

Las ciencias se ocupan, en general, de objetos concretos y de estados de cosas fácticos, que existen en un lugar específico del mundo y en un determinado momento de su acontecer temporal; objetos que, además, están en dependencia estrecha con ciertos actos cognoscitivos del hombre que los considera  —como la percepción sensible y la observación—  debido a su naturaleza empírica. El conocimiento filosófico, en cambio, considera sus objetos sub specie aeternitatis, esto es, desde una perspectiva que permite aprehender de éstos su “idealidad constitutiva”, más allá del mundo empírico en el que se encuentran y de los sujetos concretos que los aprehenden, de tal manera que si los objetos dejan de existir en este mundo o se descubre la inadecuación a éstos de los actos cognoscitivos del hombre, ello no anula nada de su relevancia epistemológica.

 

V

Con todo, el tipo de conocimiento desarrollado por la filosofía supera por mucho al conocimiento elaborado por las ciencias por su “relevancia existencial”.

El conocimiento filosófico expresa, de mejor manera que el conocimiento científico, el deseo de verdad que tiene el hombre enraizado en lo más profundo de sus entrañas; esa verdad que ha hecho suspirar a los hombres de todos los tiempos por todo aquello que es definitivo e incondicionado. Este deseo de verdad es, ante todo, de los objetos mismos, de lo que son, de lo que significan, del sentido que tienen en el contexto del mundo; pero también es del hombre mismo que se pregunta por todas estas cosas, de su rostro y de su destino. En realidad, es deseo de verdad por la existencia en cuanto tal, donde el hombre concreto y el mundo de las cosas se entreveran en un solo ser, para que ésta llegue a la transparencia más plena.

La filosofía tiene un efecto muy hondo en la vida humana, incluso en el caso que sus resultados no sean alcanzados en forma definitiva. La forma en que dispone al hombre al conocimiento auténtico, como abre su mente a la escucha de los objetos mismos, como coloca su humanidad ante éstos en actitud reverente, como ordena todas sus apetencias  —proclives de otra manera a la vanagloria egocéntrica y el placer efímero—  al deseo de la verdad pura, como capacita a su espíritu a distinguir errores, falsificaciones y apariencias del ser genuino son algunos de los efectos que produce el conocimiento filosófico en el hombre.

La filosofía, además de iluminar el mundo de los objetos con su tipo de conocimiento, de penetrar, explorar y profundizar en sus estructuras básicas con su dinamismo propio, de aclarar los objetos de sus oscuridades con su rigurosidad y purificarlos de contaminaciones indebidas con su criticidad, consolidando de esta manera los contactos elementales que tiene el hombre con los objetos en sus experiencias básicas, también pone las bases para el surgimiento de un mundo espiritual entre los hombres, acorde a su naturaleza. Esto es, facilita el surgimiento de la cultura. El arte, la política, el lenguaje, la educación son otros tantos ámbitos de la existencia humana que se alimentan del conocimiento filosófico, de tal manera que el empobrecimiento de éste constituye también la decadencia de aquellas.

Incluso el ámbito de la religión tiene un estrecho vínculo con la filosofía y el tipo de conocimiento desarrollado por ésta. Ya se trate del sentido religioso natural en el hombre o de la fe sustentada en una revelación, la filosofía constituye una aproximación más acabada a sus problemas y una exploración más estricta de sus cuestiones. El conocimiento filosófico, además, proporciona al ámbito religioso el fundamento de su racionalidad, la base firme en la cual apoyar todas sus convicciones.


 


*
  Participación preparada para el coloquio “¿Qué hace el filósofo? ¿Qué es la filosofía?”, convocado por la Facultad de Filosofía de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla para el mes de abril de 2007. El evento finalmente no tuvo lugar.

[1]

  Was is das  —die Philosophie?, Günther Neske, Pfullingen, 199210; cf. ¿Qué es la filosofía?, Herder, Barcelona, 2004

 

 

Read Full Post »