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Archive for 20 octubre 2007

La doble importancia de las ciencias

Una ciencia puede ser “importante” para la vida del hombre en dos sentidos distintos: o por el tipo de conocimiento que lleva a cabo o por el tipo de objeto que toma en consideración. La primera puede ser llamada “importancia epistemológica” y la segunda puede ser denominada “importancia ontológica”. Mientras la primera está centrada en los “procesos mentales” que realiza el hombre con su inteligencia, la segunda está centrada en los “contenidos objetivos” que examina la mente del hombre con estas estructuras mentales.

 

 

1. La importancia epistemológica

 

La primera forma de importancia es compartida por todas las ciencias sin distinción alguna: la física, la química, la biología, la psicología, la sociología, la historia, la literatura, la filosofía, etc. Ésta consiste en ser una forma particular de considerar los objetos de la realidad por parte de la inteligencia que se denomina “científica”. A diferencia del conocimiento ingenuo y el conocimiento opinado de la mayoría de las personas, el conocimiento científico de algunos hombres es una consideración crítica, rigurosa y sistemática de los objetos del mundo, después de la aprehensión explícita y plena de éstos por parte de la mente.

 

Aunque el “conocimiento ingenuo” del hombre también aprehende los objetos del mundo de manera inmediata y viva, intuitiva y concreta como el conocimiento científico, no siempre consigue llegar a la evidencia plena de estos mismos objetos debido a su carácter ocasional y fortuito. Además, los intereses pragmáticos que con frecuencia mueven al hombre  terminan por desvirtuar o reducir a nada esta aprehensión o velar la presencia originaria de los objetos ante la inteligencia.

 

Por su parte, el “conocimiento opinado” del hombre, si bien pretende formular enunciados acerca de los objetos de alcance universal y validez necesaria a partir de una serie indeterminada de observaciones y de inferencias  —como hace el conocimiento científico—  no siempre mantiene el contacto primero establecido con los objetos en la experiencia, pues la mayoría de las veces termina sustituyéndolo por ideas preconcebidas, creencias inveteradas, prejuicios arraigados, teorías asimiladas, interpretaciones aprendidas e incluso vivencias personales pasadas mal asimiladas que hay en el interior del hombre.

 

Que un hombre, entonces, pueda tener con su inteligencia la aprehensión de un objeto profunda y plena, decididamente frontal, “cara a cara” con éste (explícita tematicidad); que pueda dar cuenta con claridad de los distintos planos, niveles, dimensiones, aspectos o características particulares con los que este objeto se muestra a su inteligencia (discernimiento crítico); que pueda examinar dicho objeto puntual y exhaustivamente, explorando con precisión y orden mental su naturaleza constitutiva (procedimiento riguroso); y que pueda vertebrar todos estos conocimientos así adquiridos del objeto por su mente en una estructura sólida, consistente, de enunciados y proposiciones, donde determinadas aseveraciones acerca del objeto encuentran una correspondencia llena de sentido con otras previamente adquiridas (elaboración sistemática) es uno de los mayores logros que puede alcanzar en su vida. De esta manera, el hombre “supera” la imagen ordinaria que tiene de los objetos del mundo por otra imagen de mayor claridad, riqueza, profundidad y precisión.

 

En esta primera forma de importancia, sin embargo, muchas veces es más decisivo para el hombre el modo particular de penetrar y explorar los objetos con la mente que los objetos mismos.[1]

 

§  Para un filólogo, por ejemplo, saber que la letra faltante o apenas visible de un antiguo manuscrito griego que está reconstruyendo es “eta” (η) y no “epsilon” (ε) puede ser una cuestión crucial para decidir el sentido de cierta palabra escrita (ethos), por lo que no debe escatimar recurso alguno para que su mente discierna la verdad de fondo.

 

§  Para un biólogo, igualmente, puede ser más determinante fijar todo el procedimiento mental con el que ha de investigar la vida sexual de ciertas especies vivas  —aunque insignificantes dentro del inmenso reino animal, desde cierto punto de vista—  que las especies mismas de esos animales o sus individuos concretos.

 

§  Asimismo, un matemático dedicará más tiempo a la determinación de la fórmula con que ha resolver determinadas ecuaciones algebraicas con su mente que a la comprensión de la estructura interna de la misma.

 

 

2. La importancia ontológica

 

La segunda forma de importancia es propia sólo de algunas ciencias; específicamente, de las distintas disciplinas científicas que conforman la filosofía: epistemología, ontología, antropología, cosmología, ética, estética, teodicea. Ésta radica no tanto en la forma particular que tienen estas ciencias de conocer los objetos del mundo, sino en la relevancia intrínseca que tienen sus objetos mismos de consideración.[2]

 

Así, la antropología es importante para la vida del hombre no porque considera al mismo hombre de manera crítica, rigurosa y sistemática como la biología considera las diversas fases de los seres vivos, sino sencillamente porque estudia al “hombre”, ese admirable ser que, en el contexto de todos los objetos del mundo, se destaca por su inigualable dignidad ontológica y especial estructura óntica.[3]

 

Igualmente, la teodicea es importante para la vida del hombre porque considera un tipo de “ser” cuya existencia absoluta y necesaria y su perfección esencial infinita lo ponen por encima de cualquier objeto contingente, relativo y limitado, y no tanto porque lo considera de forma crítica, rigurosa y sistemática como la química considera las reacciones típicas de ciertas sustancias.[4]

 

Aunque la cosmología considera el mundo natural físico como la física considera las distintas características de los cuerpos materiales  —esto es, de modo crítico, riguroso y sistemático—  aborda un complejo de estructuras fundamentales de este último que ya no son susceptibles de ser examinadas empíricamente, como la esencia de la sustancia (a diferencia de los accidentes) o las complejas relaciones entre materia y forma. La duración, dimensiones y origen, además, son preguntas que suscita este mundo natural físico en la mente humana que no se resuelven ya apelando simplemente a observaciones sensibles e inferencias lógicas.[5]

 

La ética, por su parte, es importante para la vida del hombre porque considera crítica, rigurosa y sistemáticamente esa forma de estar, de actuar y de moverse en la realidad que poseen los hombres como tal llamada “libertad”  —análogamente a como la psicología considera los diferentes comportamientos humanos—  a pesar de no tener punto de comparación con ningún fenómeno dinámico del mundo natural, como las relaciones de causa y efecto, estímulo y reacción.[6] Especialmente busca determinar los fenómenos fundamentales correlativos a la libertad, como la “responsabilidad”, el “mérito” o la “culpa” o las características principales de ésta, como la “autodeterminación” y la “trascendencia”.[7]

 

Asimismo, la estética muestra su importancia para la vida del hombre al estudiar de manera crítica, rigurosa y sistemática esa forma peculiar de relación de éste con los objetos del mundo denominada “experiencia estética”,[8] tal como hace la misma psicología con otras vivencias humanas (estados de ánimo, pasiones, sentimientos, emociones). A través de ella, emergen ante la mirada absorta del hombre esos contenidos objetivos de los objetos del mundo llamados “sublimidad”, “belleza”, “elegancia”, “encanto”, “delicadeza” y otros,[9] mediante particulares vivencias humanas de “conmoción afectiva” y “complacencia fruitiva”.[10]

 

Por su parte, ontología y epistemología son importantes para la vida del hombre porque abordan los complejos problemas del ser y del conocer que determinan significativamente todos los ámbitos de la existencia. De su satisfactoria respuesta depende para el hombre la posibilidad de dirimir adecuadamente entre realidad y apariencia, evidencia y engaño, sentido y verdad.[11]

 

En todas estas disciplinas científicas filosóficas lo más decisivo para el hombre no es ya tener un conocimiento de sus objetos lo más claro y preciso posible  —además de profundo y rico—  sino saber “qué son”, “de qué se trata”, “cuál es su sentido”. Y aunque es cierto que estas preguntas no pueden tener respuesta adecuada en la mente del hombre si éste no aborda cada una de manera crítica, rigurosa y sistemática como las demás ciencias, lo relevante en todas ellas no es ya el modo de aproximarse a éstas que despliega la mente humana, sino el descubrimiento del vínculo misterioso que guardan con el ser del mundo en general y el ser del hombre en particular, pues cada una toca, de alguna manera, elementos centrales de la existencia misma.

 

Esto es tan fundamental que, aunque el único conocimiento significativo que tuviese el hombre de estos objetos fuese tan sólo un puro “conocimiento ingenuo” y no más bien científico; aunque el camino mental para alcanzar de estos objetos un conocimiento crítico, riguroso y sistemático sobre sus naturalezas se encontrase todavía en sus inicios o estuviese detenido por múltiples dificultades objetivas y determinantes limitaciones subjetivas; aunque no existiese en manera alguna la ciencia adecuada para penetrar y explorar de cada uno sus estructuras particulares, estos objetos no dejarían de tener gran importancia para la vida humana. Así lo demuestra, al menos, un examen atento de los datos más elementales de la experiencia.

 

De cualquier manera, la relevancia intrínseca de estos objetos del mundo es de tal índole que ellos mismos “exigen” al hombre de manera necesaria la creación inmediata de las formas de consideración cognoscitiva adecuadas a su dignidad ontológica única y a su estructura constitutiva interna apenas éste tiene contacto con ellos en la experiencia. De hecho, se sabe históricamente que el hombre comenzó a filosofar sobre estos objetos incluso antes de haber dado los primeros pasos firmes para considerar científicamente otros objetos del mundo.

 

§  Los primeros estudios psicológicos serios acerca del hombre, por ejemplo, no van más allá de mediados del siglo xix; pero ciertas indagaciones significativas del hombre de naturaleza filosófica fueron hechas ya de muchos siglos atrás, en el mundo griego, con Sócrates, Platón y Aristóteles.

 

§  También los griegos  —con Tales, Anaxímenes y Anaximandro a la cabeza—  se habían preguntado ya desde el punto de vista filosófico por las causas últimas del mundo, mucho antes que se conocieran a través de la misma física las estructuras más básicas de la materia.

 

La filosofía, pues, en sus distintas disciplinas científicas, posee simultáneamente las dos formas fundamentales de importancia que se han señalado antes: aquella que se debe al tipo de conocimiento que le corresponde por ser una ciencia y aquella otra que depende del tipo de objeto que estudia de esa manera.

 

La vida del hombre experimentó un crecimiento enorme cuando pudo perfeccionar y profundizar la forma de conocimiento adecuada de objetos tales como los que indagan la física, la química, la biología, la psicología, la sociología, la historia, la literatura, a saber, el “mundo natural”, el “mundo vivo”, el “mundo consciente”, el “mundo social”, el “mundo histórico”, el “mundo cultural”; pero hubiese experimentado una pérdida muy grande de consecuencias incalculables si no hubiera atendido nunca a los objetos de relevancia intrínseca  —como el ser, el espacio, el tiempo, el conocimiento, la voluntad, la afectividad, el hombre, incluso Dios—  que le mostraba la experiencia o los hubiese dejado únicamente a la pura aprehensión del conocimiento ingenuo o a la mera reflexión del conocimiento opinado; es decir, si no hubiera podido constituir la filosofía como “ciencia”.


[1]
  Cf. Dietrich von Hildebrand, Was ist Philosophie?, Habbel, Regensburg, 1976; p. 173

[2]
  Ibídem.

[3]
  Cf. Dietrich von Hildebrand, Metaphysik der Gemeinschaft, Habbel, Regensburg, 1975; pp. 19-20

[4]
  Cf. Was ist Philosophie?, pp. 135-136

[5]
 Cf. Was ist Philosophie?, pp. 133-136

[6]
  Cf. Dietrich von Hildebrand, Ethik, Habbel, Regensburg, 1973; pp. 293-313

[7]
 Cf. Ethik, pp. 7, 179-180

[8]
  Cf. Dietrich von Hildebrand, Ästhetik, Band i, Habbel, Regensburg, 1977; pp. 345-370

[9]
  Cf. Ästhetik, Band i, capítulos 14 (279-327) sobre la belleza en la naturaleza; 17 (371-420), sobre la multiplicidad de valores estéticos, 18 (377-382), sobre la elegancia; 19 (383-414), sobre lo cómico.

[10]
 Cf. Was ist Philosophie?, pp. 165-169

[11]
  Cf. Was ist Philosophie?, pp. 139-145; cf. Ethik, pp. 12-18

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  –reflexiones antropológicas sobre el problema educativo

  

He querido comenzar mi participación de esta tarde con la audición de esta pieza de Wolfgang Amadeus Mozart  -la Sinfonia concertante per violino e viola, KWV 364-  no sólo porque es una de las composiciones más bellas que he escuchado en mi vida, sino porque continuamente me recuerda uno de los acontecimientos más significativos que me ha sido dado vivir.

Por su concurso pude entender entonces qué es una “persona”, cuál es la naturaleza de lo que llamamos “yo”, qué rasgos delinean el “rostro” de todo hombre y, por lo mismo, cuáles son los pasos más adecuados para un camino educativo que esté en conformidad con todo ello. Y como de estas cosas vamos a hablar en este encuentro creo que no será ocioso si al menos con brevedad los entero del asunto, para que puedan comprender adecuadamente las ideas que rondan por mi mente.

Cuanto va a ser dicho a continuación tiene carácter de testimonio y espero verdaderamente que pueda servir en algo a todos ustedes.

 

I

Cuatro años atrás había cambiado de domicilio. Recientemente había comprado una casa y, como toda vivienda nueva, estaba necesitada de muchos arreglos que son indispensables para volver un lugar adecuado para vivir. Ese día, sábado, tenía pensado visitar algunos centros comerciales para comprar ciertas cosas que hacían falta para ultimar detalles: pintura para la herrería, topes para las puertas, cortineros para las habitaciones, repisas para los baños pero, principalmente, los guardapolvos que se ponen a las puertas para impedir, precisamente, el paso del polvo por debajo de ellas así como la entrada de los pequeños bichos que merodean por los jardines y que en ese entonces había en abundancia.

Mientras terminaba de alistarme para salir de casa, un hombre que pasaba por ahí, atraído por esta hermosa música que desde hacía rato sonaba en mi aparato estereofónico, se acercó a mi domicilio ofreciendo varios de los servicios que yo necesitaba, aprovechando que la puerta de la casa estaba abierta y que de alguna manera lo invitaba a entrar (una buena costumbre que aprendí desde mi infancia con mi madre).

Después de un breve intercambio de palabras y de acordar los servicios requeridos y el costo por los mismos aquel hombre se puso a trabajar: de entre todos los instrumentos necesarios para comenzar sacó de su maletín una larga extensión y un taladro unido a ella. Lo conectó a la corriente eléctrica, pero no lo encendió. Más bien se quedó unos minutos en silencio con el taladro sostenido entre sus manos. Entonces, a mi pregunta de por qué no comenzaba a trabajar  -cuando me di cuenta de ello al pasar ocasionalmente delante de él-,  aquel hombre me dijo con acento grave: “¿Sabe? Yo soy un hombre humilde, no tengo ninguna educación y estoy acostumbrado a escuchar todos los días la Tropical caliente, porque es el mundo al que yo pertenezco; pero no he querido encender el taladro porque no puedo negar que esta música que está escuchando es demasiado bella y me da pena tener que interrumpirla con el ruido que hace este aparato”.

Debo reconocer que la confesión de aquel hombre me dejó de una sola pieza. En pocas palabras me dijo todo lo que yo en un curso de Estética en la Universidad no atino a decir a mis alumnos. Pero más que la sencillez del suceso o la ingenua espontaneidad de aquel hombre, me impactó el descubrimiento de una sola cosa, que tiene un alcance universal: el significado de aquello que llamamos “yo”.

Como muchas veces he dicho a mis alumnos de Antropología Filosófica, el “yo” es la conciencia de toda la realidad, es decir, es el “punto” donde la realidad entera despierta a la conciencia de su valor, donde todas las cosas se convierten en urgencia de significado, necesidad de sentido: el cielo, el mar, las flores, las montañas, los animales, el prójimo, la música, pero incluso la matemática o la química, porque la dinámica de relación con todo es la misma, aunque las cosas sean distintas.

Pero por la misma razón, ahí donde falta esta “conciencia”, las cosas se oscurecen; donde no existe este “punto”, el mundo se disgrega; donde el “yo” no está presente, la realidad desaparece o se torna insignificante. No porque el mundo “tenga sentido” a partir del hombre o porque el hombre “deba dar” un valor a cada cosa que se encuentra por la vida  -eso está muy lejos de la verdadera experiencia humana-  sino porque su ser es el “lugar” donde el significado de la realidad entera emerge, se hace transparente, alcanza su más alto grado de manifestación y evidencia.

Aquel día, la música de Mozart que surcaba el espacio de aquella privada aun vacía de habitantes pudo resonar con toda la potencia de su belleza estética únicamente porque en medio de tanta soledad había un hombre que estaba allí con una conciencia despierta, un espíritu en vigilia, un yo presente en medio de todas las cosas. Sólo por este hombre, viviendas aun en construcción, jardines apenas en desarrollo, accesorios todavía por instalarse no eran solamente un montón de escombros, sino “promesas” de morada humana; pero sin este hombre  -aun hallándose como en el estado actual, ya en plenitud-  todo aquello no hubiera sido más que un triste cementerio.

La postura de aquel hombre, su forma particular de salir al encuentro de las cosas, de la realidad, me ha parecido una de las más “justas” que haya podido mirar en mi vida: para la música de Mozart que allí sonaba, ciertamente, pero sobre todo respecto a sí mismo, pues había descubierto que aquella música correspondía más a su condición de hombre que perforar una puerta o instalar cuatro tornillos. Por ese motivo, no tuve yo ningún empacho en proponerle volver a escuchar la pieza entera, pero ahora juntos, porque las cosas, cuando son verdaderamente grandes y significativas, en lugar de separar la existencia de los hombres, permiten más bien que éstos se encuentren y se reconozcan como tales.

Las cosas del mundo necesitan la conciencia del hombre para poder aparecer en el horizonte de la existencia en lo que verdaderamente “son”, porque ella es el “lugar” de la manifestación del ser, del acontecimiento de su presencia: bondad y belleza, verdad y orden. Pero para ello las cosas necesitan que el hombre sea plenamente un “yo”; es decir, que sea, en primera instancia, conciencia de sí mismo. ¿Cómo? Volviéndose también conciencia de su propio “significado”, pregunta acerca de su propio “destino”.

Hay un momento del tiempo en la vida de cada uno de nosotros en que ninguno existía, en que nuestro ser no era parte de la trama del mundo; como igualmente lo habrá en el que ya no estaremos más en él. Por esa razón, en este instante, en esta pequeña fracción del tiempo que nos es dado vivir y que llamamos presente  -donde el pasado y el futuro de nuestras vidas se conjuntan-,  la pregunta que más debe sobrecogernos y llenarnos de admiración es esta: “Y yo ¿qué soy?”.

¡Qué pregunta tan impresionante! Su acento resuena a nuestros oídos cargado de siglos y sabiduría. Se escucha, por ejemplo, en el Salmo 8 de la Biblia, la Antígona de Sófocles, las Confesiones de san Agustín, el Canto nocturno de un pastor errante en Asia de Giacomo Leopardi, El taller del Orfebre de Karol Wojtyla, el poema Hermandad de Octavio Paz y, en general, en todas las grandes obras del espíritu humano, nuevas y antiguas, porque es la raíz de toda nuestra cultura.

Esta pregunta no es en absoluto abstracta; tampoco inútil y, mucho menos, obvia. No es el resultado de una mente ociosa que, de buenas a primeras se pone “filosófica”, tal vez por depresión o por cansancio. Tampoco es el reflejo de una determinada educación o la expresión de cierta cultura. Antes bien, es la manifestación de lo que es más central y constitutivo de cada ser humano, de aquello de donde brota originariamente su impronta personal, su “rostro” de hombre y de donde procede todo el  peso y la dignidad de su existencia propia: aquello que, usando una imagen recurrente en la Biblia, se llama corazón y que es igual en todos.

El “corazón”  -como me ha enseñado un gran amigo italiano[1]–  es el mismo yo del hombre, pero en cuanto exigencia de “felicidad” y, por lo tanto, de verdad, de bondad, de justicia, de belleza, de orden, de sentido, porque no hay felicidad auténtica que no implique todos estos reclamos.[2] En última instancia, el corazón humano es exigencia de “infinito” y, por ello, también de “eternidad”.[3] Como dice una canción italiana que me gusta mucho repetir en clase a mis alumnos:

 

Povera voce

  

Povera voce di un uomo che non c’è

La nostra voce, se non ha più un perchè.

Deve gridare, deve implorare

Che il respiro della vita non abbia fine.

  

Poi deve cantare, perchè la vita c’è,

tutta la vita chiede l’eternità.

Non può morire, non può finire

la nostra voce che la vita chiede all’Amore.

  

Non è povera voce di un uomo che non c’è,

la nostra voce canta con un perchè.[4]

  

Adriana Mascagni

  

Bajo un análisis científico-objetivo, como el que realiza la física o la química, el hombre no es más que un pedazo de materia, compuesto de la misma sustancia del universo, regido por las mismas leyes; en un análisis empírico-experimental, como el empleado por la biología o la psicología, el hombre no es otra cosa más que un complejo de estructuras y funciones, dinamismos de reacción y desarrollo, que se comportan bajo causas bien precisas. Pero, además de esto, el hombre es un “corazón” que clama lo infinito, exige la eternidad, busca ser feliz. Y mientras nadie “atiende” seriamente una entidad material efímera que se corrompe con el tiempo o se “apiada” con pasión auténtica por un complejo de células y funciones psíquicas, nadie en verdad permanece indiferente ante un hombre cuya estatura ontológica está medida por ese punto rojo  -como el Ícaro, de Henri Matisse-   vibrante, encendido, inmenso, que se llama “corazón”, y que es la evidencia del destino humano.

Aquel día, a la puerta de mi casa, mientras sostenía silencioso su taladro apagado entre las manos, aquel hombre me enseñó a ver la razón por la cual alguien puede ser amado hasta el martirio, comprendido en un clima de respeto, educado hasta su maduración total, cuidado en una enfermedad penosa o sostenido en la necesidad ingente, cuando escuchaba  -todo oídos-  dialogar rítmicamente al violín y la viola de esta Sinfonia. Es decir, cuando me mostró su “corazón” de hombre, en nada diferente al mío.

La última imagen que se halla en mi memoria de aquel encuentro es la de ese hombre realizando su trabajo. Si el trabajo, por insignificante que sea, es ya por naturaleza pesada y rutinaria transformación del mundo, sin la presencia de una realidad capaz de provocar al yo a la conciencia de sí mismo, de su propio destino y significado, además de mera manipulación “mecánica” de ésta, también sería inhumano. Pero si “el trabajo es para el resurgir del hombre”  -como decía el poeta polaco Cyprian Kamil Norwid-  la belleza, en cambio, es para “entusiasmar al hombre al trabajo”.[5]

Además de una “cosa útil”, aquel día ambos levantamos con nuestro pequeño esfuerzo una “obra de arte”, esto es, introdujimos el “reflejo de lo eterno” de nuestro corazón humano en el horizonte material del mundo. Cosa curiosa: esto ocurrió mientras él hacía orificios y ponía taquetes, recortaba plástico o ajustaba tornillos, y yo le servía de ayudante facilitándole las herramientas o sosteniéndole los implementos que se estaban instalando. De cara al infinito misterio de nuestro destino, ninguna cosa es “pequeña”, ninguna acción es “irrelevante”, ningún gesto carece de “valor” porque, en última instancia, nada está condenado a desaparecer, sino a ser y perdurar en el horizonte de la existencia.

 

II

Esto es  -creo yo-  en líneas generales, la “imagen integral” del hombre, el “rostro” que de éste se delinea cuando se es atento a los datos de la experiencia. Pero si ahora giramos la cabeza y miramos en torno la realidad que nos rodea ¿qué veremos? Una cosa muy distinta a esta que hemos bosquejado.

En el mundo que nos ha sido dado vivir, dentro de las circunstancias banales en las que nos movemos todos los días, en la trama de relaciones humanas en la que nos hallamos inscritos ineludiblemente, el dato más evidente que lo define todo es la “ausencia” del yo.[6]

Como esta es una afirmación un poco extraña, quisiera precisar esta misma idea de otra manera: existe el “mundo” en el cual nos encontramos, existen las “circunstancias” dentro de las cuales nos movemos, existe la trama de “relaciones humanas” en la que estamos inscritos; existen, incluso, los “hombres” que, desde el nacimiento hasta la muerte, del día a la noche y de la noche al día, habitan un mismo mundo, se mueven dentro de múltiples circunstancias y viven un sin fin de relaciones humanas, pero lo hacen  -y esto es lo importante-  sin aquello que es más fundamental y decisivo para su condición de hombres: la conciencia de sí mismos. Por doquier hay “hombres”, pero no “personas”, porque a todos falta la percepción viva y despierta de su “yo”. Eso es lo que tratábamos de dar a entender cuando hablamos hace un momento de la “ausencia” del yo en la realidad.

Que el yo se encuentra “ausente” de la realidad significa que los hombres dejan de ponerse en juego en el horizonte de toda la existencia desde la particular tensión que produce en su ser las exigencias elementales de su humanidad; es decir, que los deseos de felicidad, de justicia, de verdad, de bien y de belleza que caracterizan el “corazón” de éstos dejan de ser la fuente última de juicio, de afecto y de acción tanto de su inteligencia y afectividad como de su libertad; en última instancia, que el modo de habitar el mundo, la forma de vivir las circunstancias cotidianas y la manera de entablar las relaciones con los semejantes más elementales dejan de tener las dimensiones de eternidad e infinitud de antes para diluirse irremediablemente en una multitud de instantes fugaces que sólo ostentan el sello de lo finito y limitado. Y todo ello, en razón de factores “extraños” que determinan a los hombres desde “fuera”.

Cuando un hombre pone como último horizonte de su existencia en el mundo la consecución del “éxito” o del “poder” en el trabajo o los estudios; cuando discrimina unas circunstancias respecto de otras sólo por el nivel de “vibración emocional” que experimenta, el “agrado placentero” que excita sus sentidos o sencillamente porque no quiere “dejar pasar la ocasión” de vivirla; cuando entabla relaciones con sus semejantes movido ya sea por la “conveniencia” del momento, el “activismo” estéril que llena su vacío o la inmensa “soledad” que lo aniquila; resulta evidente que no hace todo aquello desde el núcleo original que constituye su persona; que no juzga, ni siente, ni decide  -ciertamente-  desde las exigencias más íntimas de su humanidad, sino desde “algo” que lentamente se ha apoderado de su conciencia y determina todos sus juicios, sentimientos y acciones en otro sentido. En una palabra, que le ha “usurpado” el corazón. Ese “algo” que subyuga a la persona es el poder,[7] cuya forma de dominio sobre ésta es a través de una “mentalidad”[8] que se impone sutilmente sobre ella como un nuevo sistema de valores desde el cual debe juzgar ahora todo.

Por razón de tiempo es imposible en este momento desarrollar toda la compleja problemática del poder que se ha mencionado y describir las diversas modalidades con que se expresa en la sociedad, la política, la empresa, la escuela, la familia; pero sí puedo decir, al menos brevemente, que uno de los éxitos más grandes que tiene sobre los hombres el dominio de su “mentalidad”  -¡tal vez el principal de todos!-  es la “alienación” que experimenta el hombre de su propio corazón. Es más sencillo “medir” la realidad en que se vive desde cualquier otro criterio que se asimila “sabe Dios de dónde” que desde el propio corazón, sencillamente porque sus exigencias fundamentales se consideran simples “sentimientos” o vagos “ideales”, cosas de jóvenes inmaduros que nada conocen de la vida, y el deseo inapagable que mueve continuamente hacia éstas se confunde con la “avidez de poseer” o la “instintividad” reactiva, que nada tienen de humano y mucho, sí, de irracional y subjetivo. No creemos en nuestra propia humanidad.

 

III

Si nos preguntamos ahora por las consecuencias antropológicas que se desprenden de la “ausencia” del yo en la realidad que muy rápidamente hemos descrito nos encontraremos con un panorama ciertamente terrible, pero también familiar, porque se trata de la situación en la que, por desgracia, actualmente vivimos. No pretendo ser exhaustivo, por lo que enuncio brevemente las que yo considero fundamentales y que en la experiencia del trabajo universitario he tenido oportunidad de ver múltiples veces, aunque soy completamente conciente de que se trata de una situación que no se circunscribe al mundo de las clases sino que abarca el de la vida entera.

La primera de ellas tiene que ver con la naturaleza de la inteligencia, esto es, con la dinámica de nuestro conocimiento. Si “conocimiento” sencillamente significa conciencia del ser, reconocimiento de su presencia, ésta primera consecuencia se manifiesta, entonces, como una incapacidad del hombre para alcanzar precisamente esta conciencia, conseguir este reconocimiento. A nosotros ya nada se nos presenta como evidente, como verdadero; en lugar del “ser”, nos hemos llenado únicamente de “apariencias”. Y como las “apariencias”  -psicológicamente hablando-  no son capaces de engendrar jamás una certeza en el interior del alma, la vivencia que más domina dentro de nosotros es la “duda”. Nos hemos convertido en hombres cuyo juicio sobre la realidad es “parecer” y su respuesta habitual a lo conocido es “desconfianza”.

La segunda consecuencia sigue inmediatamente a la primera. Como la dinámica del conocimiento está estrechamente ligada a la dinámica de la afectividad  -pues no hay en el fondo un verdadero “conocer” que no implique de alguna manera una “conmoción” humana por lo conocido[9]–  de la incapacidad de reconocimiento de la presencia de las cosas se origina en el hombre postreriormente la falta de sentimientos de “admiración” y “asombro” por la existencia de éstas. El entusiasmo que antes dominaba la vida de los hombres por el “milagro” de las cosas  -esencial para alcanzar la percepción de la belleza-  se ha transformado ahora en la indiferencia afectiva que produce la “costumbre”. Así, mientras el mundo se ha vuelto a nuestros ojos “monótono” y “sombrío”, nosotros nos hemos vuelto para éste “melancólicos” y “tristes” o demasiado “sentimentales”.

Esto último es importante, porque también tiende a afectar la dinámica de la libertad humana. Sin la “reverberación afectiva” que sacude profundamente el corazón del hombre  -que nace, como hemos dicho, de la existencia de las cosas, del reconocimiento inteligente de su presencia-  la libertad deja de ser decidida determinación al “bien” como “respuesta agradecida” a la infinita gratuidad del ser, al valor de su existencia; en lugar de la amorosa adhesión a la presencia de la realidad que determina un modo de comportamiento, la libertad se torna puro “libre arbitrio” respecto a ésta, porque a su actuar ordinario faltan muchas veces motivos adecuados, procede de forma caprichosa. Pero además de arbitraria la libertad también se vuelve frágil, porque la decidida determinación al “bien” como capacidad de coherencia dentro del tiempo no nace ni del rigorismo de las “normas” que se dictan desde fuera (moralismo fariseo) como tampoco de la pura “fuerza de la voluntad” que proviene desde dentro (voluntarismo): es afectiva.

Todo esto viene a confluir en una sola cosa: el problema de la cultura. La palabra cultura  expresa la “configuración” que asume la realidad en su conjunto a través de la actividad humana. En la cultura, el mundo de las cosas y el mundo de los hombres alcanzan la plenitud de la existencia: al tiempo que se construye la “morada humana” a través de la multiplicación de obras objetivas, se delinea en todas ellas la “imagen total” del destino de los hombres. Gracias a la cultura, la actividad humana de la que brota alcanza también el rango de auténtico “trabajo”.

Para que haya cultura, sin embargo, es necesario que el hombre se convierta en sujeto: fuente de acciones significativas a través de la conciencia de sí mismo, pues únicamente un yo hecho sujeto es capaz de “crear” una nueva realidad y no sólo “transformarla”.[10] Las dinámicas del conocimiento, de la afectividad y de la libertad que hemos mencionado, de hecho, existen propiamente para esto. Por eso, un hombre que no conoce la verdad, que no vibra ante la presencia de lo bello y no experimenta el reclamo de lo bueno es incapaz de generar cultura, no porque esté impedido para realizar acciones, sino porque éstas surgen de él sin un “contenido”. Ha sido la Revolución Industrial la que nos ha enseñado lo que es el homo faber: el drama de un hombre que no crea “obras”, sino productos; que no “trabaja”, sino transforma. Con este precedente ¿de dónde habría de tomar fuerza la cultura nihilista que vivimos, más que de la multiplicación indiscriminada de homines fabri, que sólo conocen la esterilidad de sus acciones y la vacuidad de sus productos?

 

IV

Puesto que el problema de nuestra cultura moderna proviene de la “ausencia” del yo en la realidad, la pregunta que ahora nos ocupa es esta: ¿cómo recupera el hombre la conciencia de sí mismo, de su dignidad y su valor? ¿Cómo recobra las dinámicas fundamentales de su humanidad que le permitan ser de nuevo protagonista verdadero sobre la realidad, sujeto creador de pueblo y de cultura? En una palabra: ¿cuál es el camino adecuado para el “renacer” del yo? Con esta pregunta entramos a la última parte de estas reflexiones.

De hecho, un aspecto de esta respuesta lo he presentado en el relato que compartí al principio de este encuentro: el hombre “despierta” a la conciencia de sí mismo a través del impacto que la realidad suscita en su corazón.[11] El carácter de verdad, bondad, orden, belleza que ostenta el ser como profundo mensaje que proviene del misterio de la vida despierta en el hombre, de muchas maneras, una “nostalgia” de que la vida se cumpla, de que el destino se alcance, de que tenga un sentido. Pero aun falta otra respuesta, incluso más importante que esta primera, porque corresponde aun más con nuestra condición de hombres.

El yo “renace” en el encuentro con una presencia viva,[12] en la confrontación con una realidad donde la pasión por el descubrimiento del propio rostro es continuamente despertada,[13] en una compañía donde la certeza por el propio destino se torna, de súbito, evidente.[14] En una palabra, en una presencia que corresponde admirablemente a la estructura de exigencia que posee la vida.

En realidad, lo que acabo de decir no es nada nuevo; constituye una de las verdades más elementales de la convivencia entre personas. Se halla, por ejemplo, en la relación que tiene un padre con su hijo o un chico con su novia; también tiene lugar en el vínculo entre amigos. Pero precisamente el drama humano que antes hemos descrito nos dice cómo estas verdades tan elementales son las primeras que pasamos por alto todos los hombres a la hora de realizar la vida. No nos resulta tan clara su evidencia.

Lo que “salva” al hombre de la ausencia de sí mismo no es un profundo análisis filosófico, tampoco una exitosa praxis pedagógica o psicológica, mucho menos un proyecto cultural que transforme su conciencia, sino una presencia que se propone a su vida como ayuda para caminar hacia su destino.[15] Lo que “rescata” al yo del anonimato en el que vive en este mundo es encontrar un rostro al cual mirar continuamente, le haga experimentar cómo es amado por sí mismo y no tenga miedo de seguir a donde sea.[16]

La cultura en la que vivimos nos ha hecho creer que es imposible que un hombre se conozca y se cambie a sí mismo “únicamente” siguiendo a otra persona, “sólo” estando en su compañía.[17] Por esa razón, mientras en otros periodos de la historia existía la figura de la “autoridad moral” que acompañaba el camino de los hombres a través del tiempo -como el profeta, el sabio o el santo-  hoy existe, más bien, una proliferación de líderes y expertos, de profesionales y trabajadores competentes, que conocen las teorías y dominan a la perfección sus métodos, pero no generan humanidad[18] en su torno porque no “aman”;[19] no suscitan cultura a su alrededor porque no forman “comunidad” con nadie;[20] la amistad que viven con otros semejantes es más bien un epifenómeno de su eficacia que un fin en sí misma.[21]

Ciertamente: para que una presencia así no se “escandalice” de la inmensa pequeñez del yo humano, no se “avergüence” de su evidente fragilidad moral o lo “desilusione” sus múltiples limitaciones, necesita estar ella misma radicada en algo más grande que la supere; necesita, al menos, estar “cierta de algunas grandes cosas”  -como dice mi amigo el italiano[22]–  como es la naturaleza del corazón humano, las exigencias fundamentales que lo mueven, una conciencia viva del destino y, en última instancia, una memoria continua de sí mismo, porque también es hombre. Cosas todas de las que ya hemos hablado antes.

Pero una vez enunciadas estas “grandes cosas”, tal vez pueda sorprenderme cómo yo no soy una presencia para nadie; me asombre que nadie encuentre en mí una ayuda para caminar verdaderamente en su vida o acuda a mí por la posibilidad de hallar una fuente de amistad. Estos son los misterios que envuelven la vida de los hombres que tal vez no consigamos entender jamás.

Lo que sí debe sorprenderme, en cambio, es que yo no tenga delante de mí una “presencia”; que no tenga un “rostro” al que mirar como razón de mi esperanza, principio de mi alegría, motivo de mi cambio; que no haya una “autoridad moral” en la que reencuentre mi persona, sustente mi identidad.[23] Y con el tiempo quizá  -como dice una canción italiana-  pueda descubrir que mis ojos “de tanto mirar al cielo, de negros que eran, se han vuelto azules”; es decir, comience a devenir presencia yo mismo, sin querer.

Este es el éxito que ha tenido, por ejemplo, el cristianismo a lo largo de dos mil años: mirar una Presencia. Siempre. Toda la eficacia de sus obras ha tenido como único sustento esto.[24] Tal vez por ello ha sido una de las instancias más educativa de los hombres que ha habido sobre la historia, pues la educación  -como se sabe-  no consiste en otra cosa que en ayudar a una persona a caminar hacia su destino, en hacerla madurar hasta la certeza de la posibilidad y razonabilidad de su cumplimento.[25] Y esto lo ha podido hacer precisamente a partir de la “Presencia” que se encuentra en su mirada y constituye su punto de partida.

No obstante, de esto ya no puedo hablar aquí, porque mi intención ha sido mantenerme estrictamente sobre el plano del análisis filosófico, y ello desbordaría con mucho este objetivo.


*

 Conferencia impartida en la reunión de planeación de los profesores de Formación Humanística de la Universidad Popular Autónoma del estado de Puebla el día 16 de junio del 2004

[1]
  Luigi Giussani, Realtà e giovinezza. La sfida, sei, Torino, 1995; p. 35

[2]
  Luigi Giussani, L’uomo e il suo destino. In cammino, Marietti, Genova, 1999; p. 76

[3]
  «[…] cuanto más uno es hombre, cuanto más el yo es conciente, impulsivamente amante, tanto más advierte que, sin el Infinito, todo sería sofocante e intolerable. El yo tiene sed de eternidad, el yo es relación con el Infinito, esto es, con una realidad más allá de todo límite». Ídem, p. 12

[4]
  «Pobre voz, de un hombre que no existe / nuestra voz, si no tiene un por qué. / Debe gritar, debe implorar / que el aliento de la vida no tenga fin.  // Después, debe cantar, porque la vida existe, / toda la vida pide la eternidad. / No puede morir, no puede acabar / nuestra voz, que la vida pide al Amor.  //  No es pobre voz de un hombre que no existe, / nuestra voz canta con un por qué».

[5]
Cf. Promethidion, diálogo y. Citado por Karol Wojtyla, “El problema del constituirse de la cultura a través de la ‘praxis’ humana” El hombre y su destino, Palabra, Madrid, 1998; p. 196. El verso original de Norwid dice: «Lo bello es tal, para hacer fascinante el trabajo  /  el trabajo, para que se resucite».

[6]
  Cf. Julián Carrón, “Hæc est generatio quærentium Eum, quærentium faciem Dei Iacob”, aparecido en la revista Tracce. Litteræ communionis, n. 8, settembre 1998; p. II ss.

[7]
  Cf. Luigi Giussani, Un avvenimento di vita, cioè, una storia. Itinerario di quindici anni concepiti e vissuti, Il Sabato, Roma, 1993; p. 213

[8]
Cf. Luigi Giussani, L’autocoscienza del cosmo, Rizzoli, Milano, 2000; pp. 266-267

[9]
  «Por eso no se puede conocer si no se conoce con afecto: sin afecto no hay conocimiento, sino proyección de un prejuicio sobre la cosa. Es el asombro que la cosa engendra lo que hace capaz a la inteligencia para aprehenderla (el niño es así)». Luigi Giussani, L’io, il potere, le opere. Contributi da un’esperienza, Marietti, Genova, 2000; p. 78. Al respecto, decía un Padre de la Iglesia griega: «Los conceptos crean los ídolos; sólo el estupor conoce». Gregorio de Nisa, La vida de Moisés, pg 44, col. 377 b.

[10]
  Cf. Luigi Giussani, Alla ricerca del volto umano, Rizzoli, Milano, 1995²; p. 9

[11]
   Cf. Luigi Giussani, Il senso religioso, Rizzoli, Milano, 1998; pp. 139-151

[12]
  Cf. Luigi Giussani, Un avvenimento di vita…, pp. 210-211

[13]
  Cf. Luigi Giussani, Alla ricerca…; p. 13

[14]
  «Cuando estaba en segundo de carrera estuve a punto de dejarlo [el estudio] para ponerme a trabajar: la pensión de mi padre no bastaba y mi madre había muerto hacía años. Mi gran amigo (al que me referí antes), me dijo que siguiera estudiando, que él me ayudaría. Aunque no fue fácil aceptarlo, lo hice por la estima que tenía  -y tengo-  hacia él y porque me hizo entender que estaba dentro de una relación humana mucho más grande, que me ayudaba a crecer, y no se reducía a una cuestión de dinero. Nunca había experiementado una estima así hacia mi vida; me daba confianza en el futuro, al tiempo que me hacía estar contenta».  Alina Boanca, “Alina. Nadie educa si no es educado”, aparecido en la revista Huellas. Litteræ communionis, n. 3 (año VIII) marzo 2004; pp. 20-21.

[15]
  «El influjo que ejerce sobre ti esta compañía es el recordarte la “razón”. Estás en la tempestad e irrumpen las olas; pero cerca hay una voz que te recuerda la razón, que te reclama a no dejarte llevar por las olas, a no ceder. La compañía te dice: “Mira que después sale el sol; estás dentro de las olas, pero después sales y encontrarás el sol”. Ante todo, te dice: “Mira”. Porque en cada compañía vocacional existen siempre personas o “momentos” de personas a los que mirar. En la compañía, la cosa más importante es mirar a las personas. Por eso la compañía es una gran fuente de amistad. La amistad se define por su finalidad: ayuda para caminar hacia el destino». Luigi Giussani, Un avvenimento di vita…, p. 459

[16]
  Cf. Luigi Giussani, Alla ricerca…, p. 14

[17]
Cf. Luigi Giussani, «Dalla fede il metodo»; aparecido en la revista Tracce. Litterae communionis, n. 2 (xx) febbraio, 1994; p. ii

[18]
«Es de adultos […] de lo que el mundo tiene necesidad, no de excelentes profesionistas o trabajadores competentes, porque de éstos la sociedad está llena; sin embargo, todos son profundamente cuestionables en su capacidad de crear humanidad». Luigi Giussani, Un avvenimento di vita…, p. 128

[19]
  «No se reune a la gente con iniciativas; lo que la reune es el acento verdadero de una presencia […]». Ídem, p. 127

[20]
  «La comunidad no es una reunión de gente para realizar iniciativas; no es el intento de construir una organización partidista; la comunidad es el lugar de la efectiva construcción de nuestra persona […]». Ídem, p. 128

[21]
  «No es una casualidad que la amistad sea una de las virtudes que el Movimiento fundado por don Giussani ejercite con más gusto; una amistad que llega a cualquiera que se encuentre por la calle, y que no viene a menos ni siquiera cuando el amigo toma caminos que no se pueden aprobar. […] El Movimiento fundado por don Giussani posee una característica que tantos cristianos comprometidos no siempre han considerado suficientemente: una conciencia clara del hecho de que no se debe instrumentalizar la amistad ni siquiera por los fines más sublimes». Nikolaus Lobkowicz, «Prefazione» al libro de Luigi Giussani, Il rischio educativo come creazione di personalità e di storia, sei, Torino, 1995; p. x

[22]
  Cf. Luigi Giussani, Un avvenimento di vita…; pp. 142-144

[23]
  Cf. Luigi Giussani, “Nessuno genera, se non è generato”; aparecido en la revista Tracce. Litterae communionis, n. 6 (xiv) giugno, 1994; pp. i-iv

[24]
  Cf. Luigi Giussani, Un avvenimento di vita…, pp. 134-138

[25]
  Cf. Luigi Giussani, Il rischio educativo…; p. 21ss

 

 

 

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Viento divino

¿Tiemblas, mujer, ante el vaivén del viento

porque te mece como débil hoja?

¿O por razón de que ávido sonroja

la flor de tus mejillas con su aliento?

  

¿Temor te causa el cálido elemento

porque a tus labios con pasión se arroja

para tocarlos en su carne roja

con aires de sutil atrevimiento?

  

¡Ah, déjalo, mujer! Pues tú no sabes

que el Dios creador, por su pureza en acto,

para tocar tu piel no tiene forma.

  

Y ve en el viento como dedos suaves

que te dicen con su íntimo contacto

el modo en que, callado, se conforma.

  

José R.

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