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Archive for 10 noviembre 2007

Sobre el término de los estudios (I)*

Estimados amigos

Hoy ha tenido lugar la última actividad que deben realizar en el ámbito de esta Universidad. Con ésta, no una parte, sino toda una vida transcurrida en ella, culmina. Les dice, a cada uno, en forma personal y única, que aquello que un día comenzó en sus vidas  -tal vez a partir de una intuición imprecisa y vaga-  y se desarrolló sistemáticamente hasta alcanzar su forma presente con el paso de los días y de los años, hoy termina.

¿Se precipita, así, hacia la nada? ¿Se hunde, ya, en un vacío sin sentido? ¿Acaso, sin más, desaparece? En absoluto. Antes bien, les dice que su vida  -en aquella modalidad que se llama “universitaria”-  ha alcanzado su frontera última y, desde ella, pide ser mirada en sus límites precisos, para poder apreciar su pleno sentido. Ella ha tenido, desde el principio, una forma precisa, pero es sólo hasta hoy, que ella termina, que puede comprobarse su figura exacta.

La vida acaba, en cierto sentido, para que no pierda su densidad, su consistencia propia; para que no altere sus proporciones íntimas, su equilibrio interno. En una palabra, para que no se de-forme, es decir, pierda su “forma” única. Que hoy acabe, por eso, no significa que ésta quede impedida, truncada, mutilada; en una palabra, “limitada”. Antes bien, es “delimitada” por ello mismo y, por eso, deja traslucir, asomar, resplandecer su belleza específica. No en balde los pensadores medievales definían la belleza de las cosas como splendor formae: la manifestación de aquello que tiene “forma”.

Con la conclusión de hoy, otras vidas  -o, mejor dicho, nuevas “modalidades” de la misma vida-  comenzarán también para cada uno. Algunas, incluso, más grandes que esta que ahora terminan, comparadas cualitativamente. Pero esta nos recordará continuamente, como anticipado signo de las que vendrán después, que todas son fruto de una gratuidad que misteriosamente se nos dona, sin la cual ninguna comienza a ser en su momento ni a desarrollarse hasta su plenitud última, y que por ello, su última valoración, su juicio más completo y ponderación más justa, se encuentra también más allá de los éxitos alcanzados por nuestras propias manos.

Detrás de cada comienzo nuestro está un “comienzo absoluto”, inalcanzable a nuestras manos; después de cada término nuestro, está un “término definitivo”, inaccesible a nuestros ojos. En medio de ambos extremos está una “vida” que, sin embargo, es más grande que nuestra propia vida, a cuyo amparo es posible vivir nuestra propia vida. Saber estas cosas, por eso, permite que miremos cada comienzo de la vida con enorme expectativa, vivamos cada momento de la misma con sencilla esperanza y nos acerquemos a la conclusión de cada una con gratitud profunda.

  

José R.


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  Palabras dirigidas a los alumnos de la Facultad de Psicología  -generación 2002-  al término de sus estudios universitarios.

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Sobre el término de los estudios (II)*

Estimados amigos

 

I

Hay “hechos” que tocan en cierta forma nuestra vida, la habitan por breve momento, la revisten de ésta o aquélla cualidad, le otorgan un cierto colorido y después se marchan, hundiéndose en la penumbra del olvido.

Hay otros, en cambio, que entran a ella, se abren paso hacia su íntimo recinto, sacuden sus entrañas y se quedan para siempre. Tal vez por la nobleza de su “contenido”, quizá por la profundidad de su “palabra” o, simplemente, por la luminosa “claridad” de su presencia. En todo caso, por la extraña capacidad que tienen para desentrañar los misterios del corazón y poner a descubierto el “rostro” del hombre.

Para distinguir este segundo tipo de hechos del primero, el lenguaje humano ha empleado desde siempre la palabra “acontecimiento”. Genuinos “acontecimientos” de la vida humana  -y no meros “sucesos” que ocurren a ella-  son, por ejemplo, el “nacer” y el “morir”; también lo son la “salud”, el “dolor” y la “enfermedad”; igualmente hay que contar entre ellos “amar” y “procrear”, “estudiar” y “trabajar”.

  

II

Concluir la formación profesional es también un importante “acontecimiento”. Por su índole especial, su peculiar naturaleza, su inefable condición, pertenece a este tipo de “hechos”, por más que la idea popular de que “todo cuanto empieza alguna vez termina” lo reduzca con frecuencia a un simple “suceso” de la vida.

Cada vez que una persona llega al término de la formación adecuada para el desempeño de una profesión que le ha de abrir paso en el mundo sabe que algo verdaderamente grande “toca” a las puertas de su vida, “provoca” las íntimas energías de su libertad y “define” toda la trama de su existencia, no sólo la futura (que comienza a delinearse a partir de ese instante entre la incógnita y la expectativa), sino también la de un remoto pasado que únicamente hasta ese momento alcanza toda su madurez y plena claridad y la de un presente que comienza ser cada vez más una historia propia, llena de sentido y unidad.

Todo ello, ciertamente, no en razón del género específico al que pertenece dicha persona (si es hombre o es mujer) o la estructura psicológica que la constituye (introvertido o extrovertido, activo o pasivo); tampoco al rango de su posición social (solvente y pudiente o económicamente limitado), del poderío de sus convicciones religiosas (fervoroso cristiano o decido ateo) o incluso el alcance de sus aspiraciones individuales (metas o sueños), sino sencillamente por el hecho de ser un “hombre” y poseer una “verdad” intrínseca.

“Acontecimientos” como este de concluir la formación profesional son, por eso, “definitivos” en la vida de cada hombre, en el doble sentido de la palabra. Porque, por un lado, apuntan a una evidente “conclusión”, revelan el “término” absoluto, conducen a una “frontera” inexorable que ya no es posible prolongar sin más; pero, por el otro, “delinean” una figura concreta, “develan” una forma precisa, “esbozan” unos contornos específicos. En una palabra, porque “definen” quién es ese hombre, cuál es su “rostro”.

Para cada hombre, llegar al último paso de la formación profesional es salir, por eso, al encuentro con el Destino, esto es, de aquello que está en el fondo mismo de la vida, como su sentido total, su entraña íntima, su consistencia última. Ocasión de una “alegría” indescriptible, preludio de una “felicidad” que se avizora, ciertamente, pero también motivo de una “nostalgia” que llena de dolor el alma, punzante “memoria” que recuerda siempre que la vida nace continuamente de la carne y no meramente de una “teoría”.

  

José R.


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  Palabras dirigidas a los alumnos de la Facultad de Psicología  -generación 2003-  al término de sus estudios universitarios.

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Estimados amigos

Fiel a mi costumbre de profesor, más que “hablar” ante la cámara de video que me está grabando, me permitiré “leer” las palabras que para cada uno de ustedes he escrito con afecto.

Dice un pensador italiano que una de las experiencias más imponentes de la existencia de un hombre, además de la de traer una vida nueva al mundo, es la de acompañar esta misma vida en el camino que lo ha de llevar hasta su destino.[1]

Yo no soy todavía padre; aun no tengo la fortuna de vivenciar esta experiencia fundamental del hombre. Pero más de alguna vez el trabajo de profesor me ha enseñado que una persona que entra por primera vez a la Universidad es también como un niño que nace y al cual de una u otra manera hay que ayudar a crecer hasta la imagen completa de su “rostro” del hombre. Esto se logra a través de las cátedras, con sus distintos contenidos y variadas formas; pero, sobre todo, a través de la compañía que espontáneamente surge de ellas con los más jóvenes fuera del salón de clase. Sólo espero sinceramente haber estado a la altura de tan imponente tarea.

Ignoro qué futuro habrá de tener cada uno en esta vida; pero el trabajo, por un lado, y las relaciones personales, por el otro, enseñarán a cada quién cómo desvelar sus misterios, si viven lo primero y cultivan lo segundo adecuadamente. De esta manera podrán ver que el futuro seguramente será “oscuro”, pero nunca “incierto”.

No quiero desear a ninguno  -como muchos otros-  que alcancen sus “sueños” o que cumplan sus “metas”; sí espero, en cambio, que sus vidas se “cumplan” en su verdad auténtica y en su sentido intrínseco. Sólo espero que la vida misma, con el tiempo, les dé la oportunidad de comprender la diferencia. De ello dependerá, tal vez, que puedan ser felices, de forma auténtica.

José R.


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  Palabras dirigidas a los alumnos de la Facultad de Psicología  -generación 2004-  al término de sus estudios universitarios.

[1]
  Cf. Luigi Guissani, Il rischio educativo, Rizzoli, Milano, 2005

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