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Archive for 17 enero 2008

El estanque

  –cinco poemas

  

I

Nada reposa.

Estanque en movimiento;

cayó la sombra.

  

II

Cesan las ondas.

En el cristal del agua

el cielo asoma.

  

III

Viven las cosas.

El estanque refleja.

Muda memoria.

  

IV

Lenta, la atmósfera,

con la hondura del agua,

se hace una sola.

  

V

Cambio en la bóveda.

Mas, bajo el estanque,

tiempo sin horas.

  

José R.

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“Posturas” y “actitudes” humanas

Su importancia antropológica

 

 

1. Las “posturas” humanas

 

Cuando el hombre entra en relación con los objetos, además de adquirir un conocimiento de la existencia y de la esencia de los mismos también asume determinadas posturas con relación a éstos.[1]

 

Un hombre, por ejemplo, se entera que va a ser padre cuando su esposa le comunica el hecho al llegar del trabajo (conocimiento de la existencia); si reflexiona con cuidado, puede llegar a comprender la naturaleza de la “paternidad” a través de la existencia de este hecho (conocimiento de la esencia). Pero, además de esto, se “admira”, se “alegra” y se llena de “gratitud” en su interior por el hecho o, en sentido inverso, se “sorprende”, se “entristece” y se llena de “indignación” en su interior por el hecho (posturas).

 

Otro hombre, igualmente, conoce que ha muerto un amigo querido en un lamentable accidente (conocimiento de la existencia); el hecho mismo puede llevarlo a meditar con detenimiento en el sentido específico de la “muerte humana”, a diferencia de otras formas de muerte (conocimiento de la esencia). Mas, por encima de todo, hay un sentido “pesar” en su corazón por la desaparición del amigo, su interior se llena de “pesadumbre” por la ausencia de éste, su humanidad se “conmueve” toda por dicha muerte (posturas).

 

Se entiende por “conocimiento”, en el presente contexto, el acto mediante el cual el hombre aprehende objetos con la mente y obtiene determinadas noticias de ellos, adquiere cierta información acerca de su ser. “Postura”, en cambio, es la forma específica que el hombre tiene de ponerse ante dichos objetos; indica el modo como el hombre está colocado interiormente con relación a los objetos, es decir, de qué manera se sitúa con todo su ser ante ellos.

 

En sentido estricto, toda postura ante los objetos se genera en el hombre después de tener un conocimiento de ellos. La admiración, la alegría, la gratitud o la sorpresa, la tristeza, la indignación del hombre del primer ejemplo por la paternidad en ciernes no existían en él como posturas propias antes que la esposa le hubiese comunicado la noticia; la pesadumbre interior, la conmoción de su humanidad, el pesar de su corazón del hombre del segundo ejemplo son posturas que éste ha asumido con su ser apenas ha tenido conocimiento del hecho, no antes.

 

Sin embargo, al ser dos fenómenos humanos por completo distintos, el conocimiento de los objetos y las posturas ante los objetos pueden tener lugar en el hombre de manera independiente.

 

En efecto, para un hombre es posible tener conocimiento de un objeto sin que ello implique asumir una postura determinada ante éste; antes bien, se mantiene ante el objeto con cierta “neutralidad”. Así sucede, por ejemplo, al saber que ciertas palabras que en castellano se escriben con la letra “h” provienen de palabras que en la lengua latina se escribían con la letra “f”.

 

Asimismo, es perfectamente posible que en un hombre exista determinada postura ante un objeto del cual, sin embargo, no tiene ninguna noticia, nada sabe con precisión de éste, es perfectamente ignorante del mismo. Así sucede a los estudiantes de un grupo escolar con relación a un profesor del cual ni siquiera han visto su rostro, pero ante el que ya están de alguna manera dispuestos o indispuestos para recibir sus clases.

 

Con todo, ambos fenómenos humanos se reclaman recíprocamente, pues entre ellos existen determinadas conexiones de sentido, que no es sencillo deshacer sin más.

 

Para un hombre, el conocimiento adquirido de un objeto se continúa de manera orgánica y natural en una postura específica, asumida ante éste, como a la verdad sobre un objeto le sigue la certeza del sujeto que la conoce. Así ocurre, por ejemplo, en el “respeto” asumido por un hombre ante un hombre bueno y justo que ha tenido oportunidad de conocer en un encuentro ocasional.

 

En sentido inverso, la “postura” específica asumida por un hombre ante un objeto se encuentra fundada en el conocimiento adquirido de dicho objeto, como la primera planta de un edificio se encuentra sustentada en la planta baja del mismo. La “gratitud” de un hombre, por ejemplo, soporta su inmenso sentido en el conocimiento de un bien recibido antes de manos de otro hombre.

 

Ciertamente puede pensarse que la postura asumida por un hombre ante un objeto es un “añadido” psicológico al acto epistemológico de conocimiento de este objeto; que, en realidad, los hombres únicamente se concretan a conocer los objetos y que la postura asumida ante ellos es sólo “cuestión personal” de algunos hombres, pero de otros no. Incluso puede llegar a pensarse que se trata de dos fenómenos concomitantes que tienen lugar en el ser del hombre, unidos en su interior por una extraña asociación, pero sólo eso.

 

A esta concepción se vincula, además, el hecho de que el conocimiento de un objeto, no obstante ser un acto realizado por un sujeto humano, es mucho más “objetivo” que la postura a través de la cual este sujeto humano se pone en juego delante de un objeto, porque esto último es más “subjetivo”, esto es, más específico del “yo” de cada hombre. Para conocer un objeto se necesita únicamente un “yo pensante”, que puede ser cualquier hombre en el ejercicio actual de su mente; pero una determinada postura ante un objeto es propiedad exclusiva de un hombre específico: de éste, de aquél, del otro. Esto es así, porque la postura asumida ante un objeto no sólo revela cómo un hombre se encuentra “situado” frente a dicho objeto, sino que el mismo hombre se revela a sí mismo en su postura.

 

Pero que una postura implique más la “subjetividad” del hombre, que revele de manera más específica su propio “yo”, no la hace ser, por esto, menos objetiva que cualquier acto de conocimiento realizado por la mente del hombre, no le confiere un carácter mucho menos preciso o le otorga un carácter mucho más voluble. Sobre todo, no le da sólo la condición de un fenómeno accesorio al acto de conocimiento; al contrario, los actos de conocimiento del hombre exigen muchas veces, como profundización y plenitud de su aprehensión de los objetos, la postura de cada hombre que los realiza. Un hombre sabe que ha conocido un objeto verdaderamente a través de la postura que ha tomado ante dicho objeto.

 

La objetividad de una postura, su sentido pleno y su estructura precisa, se aprecia mucho mejor cuando se la considera no como una simple “reacción” humana, arbitraria y voluble, sino como una auténtica respuesta dada por el hombre, plenamente consciente, al objeto aprehendido a través del conocimiento. En cierto sentido, una postura es la “palabra” que un hombre dirige de manera personal e intransferible a la “palabra” que primeramente un objeto le ha dirigido a través del conocimiento.[2] Sin la “palabra” previa del objeto, aprehendida en primera instancia por el conocimiento, no tendría lugar en el hombre el surgimiento de la “palabra” propia de todo su ser, es decir, su postura. Se trata de una palabra “personal” porque, como se ha dicho antes, pone de manifiesto la forma como un hombre está puesto  ante un objeto, que no se compara en absoluto a la de ningún otro hombre. Las diversas posturas que un hombre asume frente a los objetos revelan el “rostro” más auténtico de éste, muestran lo que éste es en su propio “corazón”.

 

Las posturas del hombre ante los objetos conocidos, no obstante la espontaneidad e inmediatez con la que se presentan, son expresión de la libertad del hombre; precisamente por eso pueden ser “respuestas” que el hombre da  —desde sí mismo—  a los objetos conocidos. Ningún hombre está obligado a ponerse delante de un objeto conocido de determinada manera, determinado a colocarse ante ellos de una manera específica, sino que es él mismo quien se sitúa así ante los objetos. De alguna manera, estas posturas son la manifestación de lo que el hombre “siente” por los objetos o “quiere” con relación a ellos.

 

Toda postura que el hombre asume con relación a un objeto conocido puede ser “adecuada” respecto a la esencia y la existencia de éste o “inadecuada”. Eso significa que no basta, desde el punto de vista subjetivo, que dicha postura ante el objeto sea “propia” del hombre, sino que también es necesario que dicha postura del hombre “corresponda” a lo que el objeto es en sí mismo desde el punto de vista objetivo. De ahí la importancia de no sólo “medir” toda postura humana con el conocimiento, sino también de “fundarla” en éste.

 

La postura “indolente” de un hombre ante la desgracia de un semejante o la postura “desdeñosa” de otro hombre ante la belleza de un paisaje u obra de arte son, a todas luces, inadecuadas, cotejadas con la plena evidencia de los contenidos específicos de estos sucesos: en el primer caso, un “mal objetivo” que no debiera existir en el mundo; en el segundo caso, un “bien objetivo” cuya existencia en el mundo es del todo positiva. De igual forma, la postura “jubilosa” de un hombre por la liberación de una persona, injustamente encarcelada, o el “pesar” de otro hombre por la destrucción de una importante obra de arte, como La Pietà de Miguel Ángel o el Réquiem de Wolfgang Amadeus Mozart son, ciertamente, adecuadas a la índole específica de estos hechos: en el primer caso, un “mal objetivo” que ha sido revertido finalmente por la libertad humana; en el segundo caso, un “bien objetivo” que no ha podido mantenerse en el ser por diversas razones.

 

En razón de lo anterior, una postura que sea “adecuada” al objeto conocido será, por lo mismo, también objetiva en su propia naturaleza, por corresponder de todo a todo a la naturaleza del objeto mismo; pero una postura que sea “inadecuada” con relación al objeto conocido también será, por ello mismo, de naturaleza meramente subjetiva, es decir, carecerá por completo de “objetividad”, pues se apartará necesariamente de la naturaleza del objeto conocido. Ello mostrará, en el fondo, que ciertas posturas asumidas por los hombres son “estúpidas” e incluso “injustas” respecto a muchos objetos de la realidad; que las posturas de los hombres muchas veces no están “a la altura” de los objetos sobre los que traban conocimiento.

 

 

2. Las “actitudes” del hombre

 

Un postura ante un objeto conocido puede ser sólo un hecho particular y concreto en la vida de un hombre, una situación meramente casual y fortuita en el ámbito de ésta, que en otras circunstancias  —objetivas y subjetivas—  podría ser muy bien otra. Por ejemplo, la mofa de un hombre ante la necesidad objetiva de otra persona o la indiferencia de un hombre ante una gran obra de arte frente a la cual pasa de prisa y con descuido.

 

Pero esta postura también puede ser la manifestación de una “disposición” del hombre ante los objetos de manera mucho más estable y permanente, más fija e inmutable. Una postura así, de hecho, no muestra tanto cómo está colocado un hombre en ese momento ante un objeto, sino revela, más bien, cómo éste está “dispuesto” o “indispuesto” hacia los objetos incluso antes de encontrase con ellos mediante el conocimiento. Cuando esto es así, es decir, cuando una postura del hombre frente a un objeto conocido hunde sus raíces en estratos más profundos del ser del hombre, en dimensiones menos cambiantes de éste, se convierte entonces en una “actitud”.[3]

 

Una actitud es, en el hombre, una postura que ha asumido con relación a un objeto, pero de manera radical y, en muchas ocasiones, casi absoluta. Puede considerarse también como una postura que se ha “radicalizado” con el paso del tiempo en un determinado sentido, sobre todo si ha sido reiterativa. No está mediada por las circunstancias, lo cual quiere decir que no cambiará con el paso del tiempo o de los hechos, sino que muchas veces se mantendrá la misma; de alguna manera se “sedimenta” en lo más profundo del hombre.

 

Las actitudes tienen un valor positivo o negativo en la existencia del hombre  —en relación muy estrecha con la “adecuación” o “inadecuación” de las posturas iniciales de las que el hombre ha partido al ponerse en relación con los objetos—  porque conforman de alguna manera la “personalidad” del hombre, moldea incluso su mismo “ser”. Los distintos ámbitos de la existencia personal del hombre es constante testimonio de esto.

 

En el ámbito moral, una “actitud positiva” (basada en muchas posturas adecuadas frente a determinados hechos morales) es lo que da lugar a la virtud en el hombre; mientras que una “actitud negativa” (basada en muchas posturas inadecuadas ante hechos morales determinados) da lugar al surgimiento de un vicio en éste. En este mismo terreno se sabe, además, que mientras una postura con relación a un determinado hecho moral puede cambiar en la vida de un hombre apenas éste tome conciencia de la adecuación o inadecuación de la misma, en las actitudes del hombre que se llaman “vicio” o “virtud”, en cambio, éstas se constituyen poco a poco en una determinación del carácter moral del mismo hombre, en una “disposición” o “indisposición” de su ser ante estos hechos morales que ya no es sencillo cambiar sin más.

 

En el ámbito intelectual se pueden encontrar grandes paralelismos con los fenómenos mencionados del ámbito moral. La necedad es, muchas veces, la “actitud negativa” que el hombre mantiene establemente con relación a determinados hechos de la realidad, fomentada por continuas posturas inadecuadas ante los mismos, como la “duda” o la “suspicacia”. Asimismo, la razonabilidad es la “actitud positiva” que el hombre mantiene ante los hechos de la realidad propiciada por múltiples posturas adecuadas tomadas ante los mismos como la “curiosidad” o el “asombro”.

 

También en el ámbito estético el problema de las actitudes del hombre  —nacidas, a su vez, de reiteradas posturas adecuadas o inadecuadas ante objetos estéticos—  juegan un papel relevante en la trama de la existencia. Aunque no forman parte en sentido estricto de la estructura esencial de las vivencias estéticas del hombre, sí cumplen determinada función en la conformación de éstas en el interior del hombre. Una “postura” puede impedir o favorecer el surgimiento de una vivencia estética de manera casual y circunstancial en el interior del hombre; pero una “actitud” favorece o impide de manera sistemática y permanente el surgimiento de toda vivencia estética en el interior del hombre.

 

La misma experiencia enseña con frecuencia cómo en determinados hombres no tiene lugar el surgimiento de vivencias estéticas respecto a ciertos objetos estéticos  —el mar, el cielo estrellado, una escultura, una pieza musical, un rostro hermoso—  sencillamente porque la “postura” inmediata que asumen ante éstos los limitan de manera fundamental para asumirlos adecuadamente o la “actitud” de fondo que guardan hacia ellos impiden el pleno despliegue del valor de estos objetos en su interior.

 

Los hombres, por su propia naturaleza espiritual y de acuerdo a su interna constitución óntica, están posibilitados para tener vivencias estéticas de los objetos estéticos en determinados momentos de sus vidas. Que ello no ocurra de facto puede deberse a un sinfín de factores tanto objetivos como subjetivos que condicionan su surgimiento, como el cansancio o la distracción que en el momento se vivencia o el simple hecho de hallarse en el lugar equivocado y en el momento menos indicado para poder dar cuenta de la presencia de un objeto estético. Pero muchas veces también puede deberse al influjo que ejercen sobre éstos las “posturas” inadecuadas que se toman ante los objetos estéticos e incluso las “actitudes” de fondo asumidas con relación a éstos que verdaderamente “in-disponen” a los hombres ante su presencia impidiendo, así, la relación adecuada con los mismos.


 

[1]

  «De los actos en los que, como en la representación y la mención, aprehendemos objetividades teniendo o “dirigiéndonos” a ellas, distinguimos las vivencias en las que, como la convicción, tomamos una posición frente a algo. Ejemplos de estos últimos actos son el tender a algo, la espera de algo y otros más». Adolf Reinach, Teoría del juicio negativo, Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense, Madrid, 1997; p. 30; cf. Adolf Reinach, “Zur Theorie des negativen Urteils”, en: Sämtliche Werke, Textkritische Ausgabe in zwei Bänden, hrsg. v. K. Schuhmann und B. Smith, Philosophia, München, p. 109. Al respecto, dice Dietrich von Hildebrand sobre el ensayo de Reinach en la introducción  —nunca publicada—  que escribió para los Gesammelte Schriften, (“Reinach as a philosophical personality”) salidos a la luz en el año 1921: «En el mismo sentido, el escrito Hacia una teoría del juicio negativo clarifica la naturaleza de la representación y la intuición, y realiza la distinción fundamental, dentro de la esfera de los actos teóricos, entre los actos en los que se asume una posición [stellungnehmende Akte], y los actos en los que algo es captado o aprehendido [erfassenden Akte]». Aletheia. An International Journal of Philosophy, vol. iii, “Philosophy of Law”, The International Academy of Philosophy Press, Texas, 1983; p. xvi.

[2]

  Juego de palabras que se entiende mucho mejor en la lengua alemana. En ella, “palabra” se dice Wort y “respuesta” se dice Antwort, esto es, una palabra [Wort] que está vuelta o dirigida [Ant] hacia otra palabra [Wort].

[3]

  “De algunas personas se dice que no poseen ningún interés por el arte. Con ello no se alude a una actitud respecto de esta o aquella obra de arte, sino a una postura general ante la belleza artística. Del mismo modo, cuando decimos que alguien es un misántropo, queremos indicar igualmente una actitud general, a saber, la actitud de esa persona respecto de los hombres en conjunto. Al hablar de esa actitud general no abandonamos la esfera de la realidad concreta para volvernos hacia algo meramente abstracto. ‘General’ no posee, en este caso, el sentido de universal; no, nos referimos a una actitud real de la persona. Sin embargo, se trata de una actitud global fundamental que subyace, en cierta medida, a cualquier actitud actualizada, individual y concreta. Su objeto es algo genérico, puesto que entra en juego un tipo de valor y no únicamente un bien concreto e individual. Esta actitud fundamental responde a toda una esfera de bienes, sea a un tipo de valores ontológicos o a un dominio de valores cualitativos. Las ‘actividades generales’ en este sentido están situadas en un estrato más profundo de la persona”. Dietrich von Hildebrand, Ética, Encuentro, Madrid, 1983; p. 349

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