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Archive for 30 abril 2008

Reflexiones sobre la importancia histórica y filosófica

de las “Investigaciones lógicas”

 

 

A Edmund Husserl

a LXX años de su muerte

A principios de la centuria pasada tuvo lugar un suceso de particular relevancia en el mundo académico. Por él, la forma de “entender” la filosofía y, sobre todo, de “hacer” filosofía, habría de cambiar radicalmente, al menos durante un largo lapso tiempo: todo el siglo xx. Éste fue la aparición, en dos gruesos volúmenes, de las Investigaciones lógicas[1] del filósofo alemán Edmund Husserl, cuyo primer tomo vio la luz en 1900[2] y el segundo en 1901,[3] aunque buena parte del material ofrecido en ellos estaba ya concluido desde 1899.[4]

El autor, que recién había sido nombrado profesor extraordinario de la Universidad de Gotinga, se propuso establecer en ella las bases definitivas, sólidamente fundadas y claramente expuestas, de una “lógica pura”.[5] Su principal cometido era conferir a la lógica de su tiempo el estatuto epistemológico de una “ciencia autónoma”, puesto en cuestión por grandes pensadores de entonces de no poca importancia, como Theodor Lipps (1851-1914),[6] Christoph Sigwart (1830-1904),[7] Wilhelm Wundt (1832-1920),[8] John Stuart Mill (1806-1873).[9]

Casi todos estos pensadores coincidían en hacer de la lógica un mero capítulo de la psicología  -si bien algunos de ellos no se dedicaban de manera específica a esta disciplina-  pues consideraban los fenómenos mentales estudiados por esta ciencia como eventos “reales” de una conciencia humana particular y, por lo tanto, de naturaleza meramente “anímica”. Su explicación más acabada, por ello, debía encontrarse, más que en ella misma, en la ciencia que se aboca precisamente a la determinación última de las estructuras básicas de la mente del hombre, esto es, la psicología. Es en ella donde deben encontrar su fundamentación radical.

  

I

Husserl llegó a este problema de la “lógica pura” de manera indirecta, a través de un camino largo. Como menciona en el prólogo de la primera edición de las Investigaciones lógicas,[10] él estaba interesado inicialmente en la elucidación filosófica de la “matemática pura”, en la determinación conceptual de sus objetos propios, sus principales leyes, su método específico y sus fuentes últimas de evidencia absoluta.

No hay que olvidar que este pensador alemán provenía originalmente del campo de las matemáticas, en el cual se doctoró primero con una disertación sobre el cálculo de las variaciones (1883) y se habilitó después para la docencia con una tesis sobre el concepto de número (1887). Durante su época estudiantil en la Universidad de Berlín, además, había estudiado con los más importantes matemáticos de su tiempo, como Leopold Kronecker, Ernest Kummer y Karl Weierstrass.

Según Husserl, estas cuestiones sobre la naturaleza de la matemática exigían consideraciones particulares de las condiciones epistemológicas de la “teoría” en cuanto tal, especialmente de los sistemas deductivos formales, que no son ya esencialmente cuantitativos y numéricos como la matemática sino, como dirá más adelante, “ideales”;[11] de ahí que se aprestara por ello a desbrozarlas puntualmente desde la perspectiva de la lógica, por ser la única disciplina que podía dar cuenta de las condiciones ideales de la posibilidad de la ciencia en general, en su universalidad más pura.[12]

Pero como él mismo señala en el mencionado prólogo de la primera edición de las Investigaciones lógicas,[13] el estado actual en el que se encontraba la lógica de entonces era insuficiente para responder satisfactoriamente estas cuestiones sobre la matemática pura, porque ella misma no había alcanzado todavía el estatuto de una “ciencia autónoma” en el pleno sentido de la palabra, debido a la decisiva influencia en ella de la psicología, como ya se ha dicho antes. Era necesario realizar, por lo tanto, una reforma crítica de la lógica existente como paso esencial para un replanteamiento riguroso de la matemática pura. Eso fue lo que se propuso hacer sistemáticamente en las Investigaciones lógicas.

  

II

Emprender esta reforma, sin embargo, no fue nada sencillo para Husserl porque, de suyo, implicó abandonar de manera radical y firme viejas convicciones adquiridas en el ambiente cultural y científico en el que se formó intelectualmente desde su época de estudiante, especialmente el postulado  -en absoluto evidente-  de la psicología como fundamento último de la ciencia, al cual entonces él mismo consideraba como un principio sin más “incuestionable”.[14]

En el único tomo publicado de su Filosofía de la aritmética (1891),[15] por ejemplo, puede apreciarse claramente cómo Husserl hace uso indiscriminado de meros análisis psicológicos para explicar la naturaleza de las representaciones matemáticas y de los métodos prácticos empleados por los hombres en ellas. En esta obra, los números son concebidos como unidades que representan pluralidades de objetos y son obtenidos por la mente del hombre mediante abstracción de entidades concretas, sean éstas físicas (un árbol) o psíquicas (un sentimiento), reales (sol y luna) o imaginarias (ángel o demonio). Estas unidades son, posteriormente, asociadas o disociadas con libertad por la mente del hombre a través de actos psíquicos llamados “conexiones colectivas”, sin importar los contenidos específicos a los que estos números hacen referencia.

Aunque estas consideraciones psicológicas permitieron a Husserl en su momento dar cuenta de los actos mentales implicados en la formación de las proposiciones matemáticas, fueron insuficientes después para explicar la relación existente entre la subjetividad del acto de conocer (psicología) con la objetividad de los contenidos del conocimiento (lógica) de forma adecuada, como reconocerá con agudeza en el mencionado prólogo de la primera edición de las Investigaciones lógicas.[16]

  

III

Las Investigaciones lógicas, pues, son consideradas por el mismo Husserl como una obra de “ruptura”: con sus firmes convicciones personales, ciertamente pero, sobre todo, también con el entorno intelectual dominante en su época.[17] Su primera parte, titulada “Prolegómenos para una lógica pura”, constituye la crítica más penetrante, pero también más despiadada, de lo que a partir de ellas se llamará peyorativamente “psicologismo”, si bien Husserl se esforzó en hacer uso de este concepto con fines meramente científicos y, por lo tanto, objetivos.[18]

Según el “psicologismo”,[19] los fenómenos mentales considerados por la lógica como objetos de estudio propios  -ideas, conceptos, representaciones, juicios-  poseen la misma naturaleza anímica que los actos a través de los cuales son pensados por la mente del hombre: percibir, representar, significar, abstraer, inferir, deducir, juzgar. Las leyes que rigen estos fenómenos mentales de manera necesaria son consideradas, a su vez, como extensiones de las leyes que regulan fácticamente la marcha del pensamiento humano.

Husserl se dio cuenta que sobre estos presupuestos “psicologistas” era imposible fundar objetivamente la lógica, porque en el fondo contravienen los presupuestos formales fundamentales de toda ciencia. Su planteamiento no concluye propiamente en la fundamentación radical de esta disciplina, sino la justificación solapada de toda suerte de relativismo,[20] sea entendido éste de forma particular (relativismo individual)[21] o universal (relativismo antropológico).[22]

Según Husserl, para que pueda constituirse en general una ciencia es necesario, por un lado, admitir la posibilidad de diferenciar en la mente del hombre juicios válidos de simples prejuicios, juicios evidentes y verdaderos de juicios falsos o, al menos, ciegos (condiciones subjetivas de la ciencia);[23] pero, por el otro, es necesario reconocer también la posibilidad de enlazar sus enunciados elementales en proposiciones consistentes a través de leyes necesarias y conceptos objetivos, más allá de la mente humana misma (condiciones objetivas de la ciencia).[24] En una palabra, es necesario que se vuelva a reconocer el problema de la “verdad” como problema esencial para la constitución de la ciencia. Pero es precisamente esto lo que el “psicologismo” niega. De éste, por ello, no puede derivarse otra cosa más que el escepticismo.[25]

Esta concepción “psicologista” se sustenta en prejuicios bien determinados. Husserl repara especialmente en tres de éstos, desmontando analíticamente sus enormes equívocos con gran sutileza.[26]

El primer prejuicio[27] consiste en interpretar las leyes lógicas como normas regulativas del pensamiento, esto es, como criterios para pensar correctamente. Como estas normas regulativas se obtienen, además, inductivamente, dependen de un cúmulo de experiencias particulares que pueden variar de un individuo a otro.

Husserl evidencia que, si bien ciertas leyes lógicas pueden fungir como normas regulativas del pensamiento  -como aquella que dice que “un a que es b debe también ser c si todo b es, a su vez, c”-  no toda ley lógica es de suyo una norma regulativa del pensamiento; muchas de estas leyes tienen un sentido por sí mismo  -independientemente de una función específica para el pensamiento-  sencillamente porque son verdaderas, como aquella que dice que (a + b) × (a – b) = a² – b².

No es evidente, además, que estas leyes sean obtenidas por la mente humana de manera inductiva, pues ni siquiera es posible determinar con precisión el tipo de experiencias humanas al que remiten como origen específico. Otra cosa muy distinta es saber, sin embargo, cómo son concebidas por la mente del hombre.

El segundo prejuicio[28] consiste en identificar los actos psíquicos que realiza el hombre con los contenidos específicos que considera la mente de éste con dichos actos. Husserl sostiene que, si bien es cierto que el hombre, al enunciar el principio lógico de no contradicción realiza un determinado acto psíquico  -precisamente el acto de “enunciar”-  la exigencia intrínseca de necesidad y universalidad que este principio lógico conlleva no es ella misma un acto mental ni depende esencialmente de ésta.

Según Husserl, esto es mucho más evidente cuando se consideran no los fenómenos lógicos en sentido estricto, sino más bien los matemáticos, con los cuales aquellos están estrechamente emparentados.

Las operaciones aritméticas, sin duda alguna, son “operaciones psíquicas” realizadas por la mente del hombre; son “hechos” anímicos de un hombre concreto que tienen lugar en un espacio y un tiempo determinados. Pero los números 3 o 5 que son considerados por ellas son entidades inmutables que, además, no se hallan en ningún sitio. Incluso están más allá del individuo concreto que los piensa, porque su naturaleza es de otra consistencia ontológica que la meramente psicológica.

El tercer prejuicio[29] consiste en confundir la evidencia en la que descansa la verdad de todo juicio lógico con el “sentimiento de seguridad” que experimenta interiormente el hombre en razón de ella. Husserl aclara que la evidencia no es un sentimiento humano en modo alguno, sino la “manifestación” ante la mente humana de la verdad en sí misma de un juicio lógico, esto es, la “constatación” de la correspondencia entre el juicio lógico y el hecho al que se refiere.

Si la evidencia fuese un sentimiento humano sería factible comprobar que estaría presente en algunos juicios y en otros no, de la misma manera que en determinados hechos reales del hombre  -como quemarse un dedo con una flama-  están presentes a veces ciertas vivencias (ardor o dolor) de éste y en otras no. El sentimiento de evidencia, además, estaría presente en muchos juicios lógicos considerados por el hombre sin importar el contenido específico de los mismos, esto es, sin atender a lo que en sí mismo es dado originariamente a través de estos juicios. En todo caso, si la evidencia fuese una determinada vivencia, ésta sería vivencia de la verdad misma, una vivencia de su idealidad.

  

IV

Las ganancias que obtuvo Husserl de sus aceradas críticas al “psicologismo” fueron muy grandes.

1. La primera fue poder diferenciar dos tipos de fenómenos completamente distintos que antes se consideraban idénticos o al menos interdependientes: el de los fenómenos psíquicos y el de los fenómenos lógicos. A los primeros pertenecen los actos y vivencias del hombre y a los segundos pertenecen ciertas entidades o unidades de estructura precisa, que son independientes del hombre. Los actos son, por ejemplo, percibir, representar, juzgar, pensar y las vivencias son, por su parte, dudar, estar cierto, amar u odiar, alegrarse o entristecerse. Las entidades, en cambio, son ideas y juicios, representaciones y significaciones.

2. A cada uno de estos tipos fenómenos corresponde una naturaleza determinada. Los fenómenos psíquicos son sucesos concretos de la vida anímica del hombre, hechos contingentes a los que corresponde existir en un aquí y en un ahora en múltiples variaciones; en una palabra, cosas “reales”. Los fenómenos lógicos son unidades universales y necesarias, objetos estables que escapan a las condiciones del tiempo y del espacio, que se mantienen idénticos siempre a sí mismos; es decir, entidades “ideales”. Valiéndose de la terminología filosófica del pensamiento griego, especialmente de Platón, Husserl llamó “eide” a estas entidades ideales o también “esencias”.

3. Fenómenos psíquicos y fenómenos lógicos pertenecen, pues, en razón de su naturaleza propia, a dos ámbitos de ser ontológicamente distintos, dos reinos de realidad completamente autónomos, entre sí irreductibles: el mundo de las cosas reales y el mundo de las entidades ideales. Al primero pertenecen aquellos seres que tienen una estructura fáctica; al segundo pertenecen aquellos seres que tienen una estructura eidética. Cada esfera se rige por leyes específicas: las cosas reales se someten al imperio de leyes empíricas; pero las entidades ideales se sujetan al dictado de leyes aprióricas.

4. El mundo que conforman las entidades ideales es muy amplio; al menos tan amplio como el mundo de las cosas reales pues, en última instancia, no hay ninguna de éstas que no posea una esencia propia, que remita a una entidad ideal como sentido propio. Todo el conjunto de fenómenos lógicos apenas constituye una región específica del vasto mundo de las entidades ideales; al lado de éstos también se encuentran los fenómenos matemáticos y, más allá de ambos, el infinito conjunto de esencias materiales.

5. Las “entidades ideales”, al ser independientes del hombre, a los actos y vivencias de éste, tienen sentido por sí mismas, valen por ellas mismas, por encima del empleo que pueda hacer el hombre de éstas en su vida concreta. Son entidades a las que compete ser en sí y para sí, fuera de la relación específica que guarden con cualquier hombre. Esto hace que la verdad inherente a ellas sea objetiva y absoluta, no subjetiva y relativa. Cuanto pueda decirse de ellas en la predicación, por lo tanto, trasciende las vicisitudes de los individuos o de las razas, se encuentra por encima de las condiciones culturales, históricas, políticas o religiosas de los hombres.

6. Pero, no obstante la esencial diferencia entre los actos y vivencias reales de la psique humana con los objetos ideales que conforman el ámbito lógico, entre ellos existen precisas relaciones de referencia, correlaciones puntuales de intención: percepciones y representaciones, juicios y pensamientos del hombre hacen referencia a entidades percibidas o representadas, juzgadas o pensadas por éste; dudas y certezas, deseos y esperanzas del individuo humano apuntan a situaciones objetivas puestas en duda o hechas certidumbre, deseadas o esperadas por él. Las entidades ideales constituyen los “contenidos” específicos de los actos y vivencias del sujeto; los actos y vivencias de éste son los fenómenos psíquicos con los cuales “se dirige” de manera particular a estas entidades. Husserl llamó a este fenómeno de correlación entre los actos y vivencias humanas con las entidades ideales de la esfera lógica  -con un concepto tomado en préstamo de la escolástica medieval a través de su maestro Franz Brentano-  “intencionalidad”.

7. Estas entidades ideales son “adquiridas” por la mente del hombre; en modo alguno son “puestas” por sus actos o vivencias o “elaboradas” mediante complejas abstracciones. Tampoco las leyes relativas a estas entidades ideales son “obtenidas” por el hombre tras largos procesos de inducción o de inferencia, de lo contrario nunca se podría establecer su necesidad y absolutez. Más bien son “vistas” por la inteligencia humana a través de actos a los que Husserl llamará más adelante “intuición eidética”.[30] Serán estos actos los que propiamente “donen” a la mente del hombre estos objetos. Eso no quiere decir que se haga apelación a inspiraciones súbitas o iluminaciones místicas, ocurrencias instantáneas o revelaciones prodigiosas, pues estas “visiones esenciales” son resultado, más bien, de arduos trabajos de distinción y clarificación realizados con la mente, no siempre exitosos.

  

V

Es difícil exagerar el impacto intelectual que estos importantes descubrimientos husserlianos tuvieron en el ambiente espiritual y cultural de la época.

Por un lado, constituyeron el camino de retorno hacia un nuevo “realismo”, un “objetivismo” conquistado rigurosamente mediante múltiples análisis críticos, tras largos siglos de dominio inflexible del subjetivismo cartesiano-kantiano. Después de la despótica hegemonía de las estructuras trascendentales del sujeto, nuevamente eran “las cosas mismas” las que tomaban la palabra ante la mente humana, con sus contenidos propios. Por eso las Investigaciones lógicas fueron consideras por muchos pensadores posteriores a Husserl como una “nueva escolástica”,[31] un rayo de luz en medio del oscuro cielo de la filosofía imperante,[32] el cumplimiento de la promesa largamente esperada de alcanzar una certeza absoluta con la mente sobre los objetos de conocimiento.[33]

Por otro lado, también fueron la puerta de entrada a un mundo nuevo de importantes problemas filosóficos, un continente virgen de cuestiones cardinales de la existencia, dispuesto a ser explorado por la mente humana con otros criterios de investigación científica. A partir de las Investigaciones lógicas, se estaba en posesión de un método que da cuenta de los objetos con mejores instrumentos cognoscitivos que la percepción sensible y la experimentación empírica, resabios ambos del empirismo sajón y el positivismo galo. Los objetos por fin podían hablar directamente a la mente humana, en carne y hueso, pasando por encima de hipótesis y teorías, interpretaciones y explicaciones con que la ciencia de antaño los había recubierto con el pasar del tiempo.

No es de extrañar, entonces, que a partir de la publicación de las Investigaciones lógicas llegaran hasta Gotinga personas provenientes de todas partes del mundo (rusos, franceses, canadienses, checos) y de las más distintas procedencias (médicos, matemáticos, psicólogos, abogados) para estudiar con Husserl y aprender el “método” de su autoría, haciendo de esta pequeña ciudad ubicada al centro de Alemania  -al menos durante un breve lapso de tiempo-  una importante capital de la filosofía,[34] donde no se dejaba de filosofar día y noche y sobre cualquier cosa.[35]

  

VI

No obstante su evidente éxito, muy pronto Husserl se sintió insatisfecho por los resultados alcanzados con sus Investigaciones lógicas, a las que siempre consideró más un punto de partida que una meta y, por lo tanto, un estadio siempre a superar.[36]

1. Respecto a los análisis fenomenológicos con que fueron preparadas, por ejemplo, vio la inmediata necesidad de una exposición más exhaustiva y clara de sus principales presupuestos epistemológicos, que completara las sumarias explicaciones ofrecidas en la breve introducción a la obra, como señala en el prólogo a la segunda edición de las Investigaciones lógicas.[37]

2. Además, como afirma en esta introducción a la segunda parte de las Investigaciones lógicas, que lleva por título “Investigaciones para la fenomenología y teoría del conocimiento”,[38] hacía falta incluso corregir el nombre de “psicología descriptiva” con que inicialmente se denominaban estos análisis fenomenológicos, por ser demasiado equívoco, ya que si la psicología es tradicionalmente concebida como una ciencia de hechos, de eventos reales ocurridos en la conciencia, no se podía entender, entonces, cómo ella misma podía analizar también estos mismos hechos o eventos reales en su esencia propia, en su estructura ideal, por más “pura” que sea realizada esta descripción.

3. Asimismo, aunque los criterios aplicados sistemáticamente en cada investigación particular fueron los correctos  -el análisis lingüístico, la exclusión radical de presupuestos, la remisión continua a las fuentes originarias de evidencia, el uso deliberado de la intuición eidética, la desconexión de actos psicológicos y contenidos objetivos de su existencia empírica[39]–  la conjunción de todos ellos no había alcanzado todavía la articulación orgánica de un “método”.

4. Por otro lado, estaba aun por resolverse satisfactoriamente el problema de la fundamentación última de las entidades ideales a las que hacían continua referencia los análisis fenomenológicos de las Investigaciones lógicas. Para Husserl, aun no era plenamente claro cuál era el origen radical de la evidencia absoluta de las esencias en esta obra, el sustento necesario de su estructura intrínseca. Precisamente porque no se inclinaba a una explicación metafísica de las esencias, a semejanza del ultrarrealismo platónico,[40] esta cuestión era tanto más que urgente, para no recaer de nueva cuenta en el empobrecido realismo psicológico del empirismo.[41]

  

VII

Como se sabe, Husserl creyó poder satisfacer ambas cuestiones en otra obra, publicada trece años después de las Investigaciones lógicas: las Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica.[42] En ella, como reza su mismo título, Husserl pretendió ofrecer una “filosofía fenomenológica”, a condición de alcanzar con gran esfuerzo una “fenomenología pura”.[43] Para ello, puso en marcha el plan de la “reducción fenomenológica”,[44] con sus tres momentos constitutivos, de sobra conocidos: reducción gnoseológica, reducción eidética, reducción trascendental.[45] Correctamente ejecutado, este programa permitiría, por un lado, sentar las bases definitivas del método fenomenológico y, por el otro, reconducir a las esencias a su fuente última: la conciencia pura.[46]

Los admiradores de las Investigaciones lógicas, sin embargo, en vez de un verdadero avance, vieron en todo ello un retroceso. En esta obra encontraron, para sorpresa suya, un retorno al “idealismo”, justo allí donde esperaban hallar un realismo fundado rigurosamente en una ontología adecuada.[47] Las Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica se presentaron como un camino que muchos de ellos ya no desearon recorrer. El motivo que antaño los llevara hasta Gotinga de pronto había perdido su atractivo. A partir de entonces, la ciudad quedó vacía y el maestro quedó solo. Este suceso trajo desilusión en ellos y dolor a Husserl que, en razón de ello, siempre se sintió incomprendido.

Cerrábase así, quizá de forma un tanto cuanto melancólica, un capítulo importante de la historia de la filosofía contemporánea.

 


*
Comunicación preparada para la celebración del Día Internacional de la Filosofía, organizada por la Facultad de Filosofía de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla en el mes de noviembre de 2007, con el tema “Hitos de filosofía mexicana”.

[1]
  Edmund Husserl, Logische Untersuchungen, Max Niemeyer, Halle, 1900-1901. Todas las referencias a esta obra están tomadas de la segunda edición castellana (Alianza, Madrid, 1985) en dos volúmenes, hecha por José Gaos y Manuel García Morente.

[2]
  Band I: “Prolegomena zur reinen Logik”, Max Niemeyer, Halle; 1900

[3]
  Band II: “Phänomenologie und Theorie der Erkenntnis”, Max Niemeyer, Halle, 1901

[4]
  “El texto de los Prolegómenos fue estampado a partir de finales del mes de noviembre de 1899 y publicado, por circunstancias accidentales, con mucho retraso”. Edmund Husserl, “Autopresentazione delle Ricerche logiche (1900-1901)”, en: Logica, psicologia e fenomenologia, Il Melangolo, Genova, 1999; p. 173; cf. El “prólogo” de la segunda edición de las Investigaciones lógicas, p. 28

[5]
 “El concepto de lógica pura […] comprende un círculo teóricamente cerrado de problemas, que se refieren de un modo esencial a la idea de la teoría. Como no es posible ninguna ciencia sin explicación por los fundamentos, o sea, sin teoría, la lógica pura abarca del modo más universal las condiciones ideales de la posibilidad de la ciencia en general”, p. 209

[6]
  Gründzuge der Logik, Hamburg, Voss, 1893

[7]
  Logik, Laupp, Tübingen, 1873 (Band I: “Die Lehre vom Urtheil, vom Begriff und vom Schluss”), 1878 (Band II: “Die Methodenlehre”)

[8]
  Logik. Eine Untersuchung der Prinzipien und der Methode wissenschaftlicher Forschung, Stuttgart, 1880 (Band I: Erkenntnis Lehre), 1883 (Band II: Methodenlehre)

[9]
  A system of logic, 1843

[10]
  pp. 21-23

[11]
p. 21

[12]
p. 209

[13]
p. 21

[14]
p. 22

[15]
“Philosophie der Arithmetik. Mit ergänzende Texten (1890-1901)”, en: Husserliana, Band XII, Martinus Nijhoff, Den Haag, 1970

[16]
p. 22

[17]
pp. 22-23

[18]
p. 68, nota 3

[19]
Cf. El capítulo 3 de los “prolegómenos”.

[20]
Cf. El capítulo 7 de los “prolegómenos”.

[21]
Cf. El parágrafo 35 de dicho capítulo, pp. 112-113

[22]
Cf. El parágrafo 36 de dicho capítulo, pp. 113-117

[23]
pp. 109-110

[24]
p. 110

[25]
pp. 110-111

[26]
Cf. El capítulo 8 de los “prolegómenos”.

[27]
pp. 139-147

[28]
pp. 147-155

[29]
pp. 156-163

[30]
Cf. El capítulo vii de la “sexta investigación” lógica.

[31]
Cf. Edith Stein, “Autobiografía. Historia de una familia judía”, en: Obras completas I: Escritos autobiográficos y cartas, Monte Carmelo, Burgos, 2002; p. 355

[32]
Cf. Alice von Hildebrand, Alma de león. Biografía de Dietrich von Hildebrand, Palabra, Madrid, 2001; p. 85

[33]
Idem., p. 81

[34]
“¡Querida ciudad de Gotinga!  -dice emotivamente Edith Stein en su autobiografía-  Creo que solamente quien haya estudiado allí entre los años 1905 y 1914, en el corto tiempo de esplendor de la escuela fenomenológica de Gotinga, puede comprender lo que nos hace vibrar este nombre”. Op. cit., p. 345

[35]
Idem., p. 327

[36]
p. 25

[37]
p. 28

[38]
pp. 226-227; cf. p. 28

[39]
Cf. La “introducción” a la segunda parte, pp. 215-230

[40]
pp. 307-308

[41]
Ibídem.

[42]
Max Niemeyer, Halle, 1913. Esta obra apareció en el primer volumen del famoso Jahrbuch für Philosophie und phänomenologische Forschung, que habría de convertirse, con el andar del tiempo, en el principal órgano de difusión del pretendido “movimiento fenomenológico”. Las referencias a esta obra están tomadas de la tercera edición española (fce, México, 1986) hecha por José Gaos.

[43]
“La fenomenología pura, de la que aquí queremos buscar el camino, caracterizar la singular posición que ocupa entre las demás ciencias y mostrar que es la ciencia fundamental de la filosofía, es una ciencia esencialmente nueva, alejada del pensar natural por lo que tiene de peculiar en principio y por ende por desarrollarse sólo en nuestros días”, p. 7

[44]
p. 9

[45]
p. 10

[46]
p. 11

[47]
Así lo dice Edith Stein en su autobiografía: “Poco antes de comenzar el semestre apareció una nueva obra de Husserl: Ideas relativas para una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica. Había de ser comentada en el seminario. […] En la primera “tarde abierta” fui yo la primera que me presenté en casa de Husserl y le expuse mis reflexiones. Enseguida llegaron otros. A todos les inquietaba la misma cuestión. Las Investigaciones lógicas habían impresionado, sobre todo porque eran un abandono radical del idealismo crítico kantiano y del idealismo de cuño neokantiano. […] Las Ideas contenían, sin embargo, unas expresiones que sonaban como si el maestro se volviese al idealismo. Lo que él nos decía verbalmente como aclaración no podía disipar nuestras dudas. Esto era el comienzo de aquella evolución que habría de llevar, cada vez más, a Husserl hacia lo que él llamaría “idealismo trascendental” […], viendo en él el núcleo de su filosofía. Empleó todas sus energías para fundamentar un camino que sus antiguos alumnos de Gotinga no podían seguir, para dolor suyo y de ellos”. Op. cit., p. 355. Por su parte, Hedwig Conrad-Martius dice: “Ya el segundo volumen de las Investigaciones lógicas pero, sobre todo, las Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica, nos mostraron inmediatamente como una incomprensible recaída de Husserl en el trascendentalismo, en el subjetivismo, si no es que incluso en el psicologismo”, “Die transzendentale und die ontologische Phänomenologie”, en: Edmund Husserl 1859-1959, Martinus Nijhoff, Den Haag, 1959; p. 177

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Metafísica

A…

 

Yo te creía “ser”

-la metafísica mejor que supe-

El tiempo dijo “no es”,

es sólo una quimera, simple nube…

                                                  

José R.

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Los temas fundamentales del conocimiento

Sobre la doble relación de la mente con los objetos

 

 

1. Los temas del conocimiento

 

Existen dos temas fundamentales en el ámbito del conocimiento humano. El primero es el tema “especulativo”[1] del conocimiento; el segundo es el tema “contemplativo” del conocimiento. Ambos están referidos, evidentemente, a la relación de la mente con los objetos; de manera más específica, a las diversas formas de “aprehensión” que puede realizar la mente del hombre de los objetos.

 

 

a. El tema “especulativo”

 

El tema especulativo está abocado, por un lado, al contacto más pleno de la mente del hombre con los objetos de su conocimiento y, por el otro, a la aprehensión más perfecta de estos objetos por parte de la mente. Lo primero  —el contacto “pleno” con los objetos—  está en íntima relación con la “mostración” más acabada de los objetos a la mente humana, esto es, con su explícita “revelación” ante ella; lo segundo  —la aprehensión “perfecta” de los objetos—  está en relación estrecha con la capacidad que tiene la mente de “apropiarse” de los objetos, de “tomarlos” a través de sus múltiples actos con la finalidad de introducirlos al ámbito de su inmanencia.

 

Para que este primer tema del conocimiento pueda tener lugar en la mente del hombre es necesaria, por parte de los objetos, una forma de “donación” y de “entrega” de sí mismos a la mente del hombre profunda y rica, de lo contrario, ésta última no podría obtener de los objetos la “información” tanto de su existencia como de su esencia de manera inmediata y directa.

 

El resultado de este primer tema del conocimiento es, para la mente del hombre, la adquisición de un “saber” sobre los objetos, la obtención de una “noticia”[2] cabal acerca de éstos. Aquí es donde tiene lugar lo que propiamente se llama “conocimiento” o también “aprehensión cognoscitiva” de los objetos.

 

 

b. El tema “contemplativo”

 

El tema contemplativo está abocado al vínculo más íntimo del sujeto humano con los objetos de su conocimiento. A diferencia del primer tema, en este segundo la mente del hombre no se encuentra centrada, propiamente, ni en la “revelación plena” de los objetos de su conocimiento ni tampoco en la “perfecta aprehensión” de éstos por parte de ella; antes bien, se dirige únicamente a la “unión” más profunda del hombre con los objetos, a la exhaustiva realización, por su concurso, del “maridaje espiritual” entre el ser del hombre, por un lado, y el ser de los objetos, por el otro.

 

Aquí propiamente los objetos ya no “informan” la mente del hombre con alguna noticia que provenga de su ser, ni de su esencia ni de su existencia; tampoco la mente del hombre abriga la intención de “saber más” acerca de objetos de su conocimiento, de penetrarlos y entenderlos, en la medida de sus posibilidades. Antes bien, se instaura entre ambos elementos del conocimiento  —el hombre y su mente, por un lado, y los objetos del mundo, por el otro—  una relación única, “cara a cara”, en la cual, mientras el espíritu del hombre “toca” a los objetos de forma profunda e íntima, los “tiene” ante sí en toda su concreción e individualidad y “habita” en éstos de manera morosa y dilatada, el ser de los objetos sencillamente se hace “presente” ante éste en todo su esplendor y magnificencia.

 

 

2. Formas de “relación espiritual”

 

Aunque ambos temas del conocimiento se podrían definir en sentido amplio como formas de “relación espiritual” del hombre con los objetos, en cada uno se pone de relieve una “cualidad” particular y una “dirección” específica del conocimiento con relación a los objetos que no se encuentra en el otro. Por un lado, el tema especulativo permite al hombre “saber” acerca de un objeto de forma cada vez más perfecta. Por el otro, el tema contemplativo permite a su espíritu “aproximarse” al objeto de manera más íntima.

 

Dicho de otra manera: mientras que para el primer tema del conocimiento la cualidad consiste en el “saber” que la mente consigue del objeto y la dirección que persigue es hacia la “perfecta” obtención de este saber; para el segundo tema del conocimiento la cualidad consiste en la “proximidad” que logra la mente con el objeto y la dirección que persigue es la más grande “intimación” con éste. Lo primero tiene lugar de manera “dinámica”, porque la apropiación de los objetos moviliza todas las capacidades de aprehensión que tiene la mente del hombre, esto es, todos los actos de conocimiento que sean necesarios; lo segundo tiene lugar, en cambio, de forma “estática”, porque la mente del hombre pretende más bien permanecer en los objetos, esto es, morar en ellos indefinidamente.

 

Con todo, es el segundo tema del conocimiento el que tiene mayor relevancia respecto al primer tema del conocimiento, porque aún la “posesión” más acabada de los objetos por parte de la mente del hombre y la “revelación” más plena de los mismos ante ella  —que caracterizan específicamente al tema especulativo—  son todavía insuficientes para que el hombre pueda tener con los objetos el “maridaje espiritual”, la “unión íntima” que, sin embargo, caracterizan al tema contemplativo y en el cual culmina, de alguna manera, el conocimiento.

 

En efecto: en la mente del hombre tiene lugar un cambio cualitativo fundamental cuando su espíritu accede a la “unión íntima”, al “maridaje espiritual” con los objetos del mundo a través de la realización del tema contemplativo, que no existe mientras ella se encuentra ocupada en conocer “qué son” o “cómo son” dichos objetos mediante la realización del tema especulativo. Este cambio cualitativo de la mente implica que los objetos finalmente “son” del hombre en sentido último y que el hombre está “entregado” a ellos por completo en su espíritu. En el tema contemplativo del conocimiento, por decirlo de alguna manera, el hombre “degusta” con su mente el sabor propio de los objetos, se “extasía” espiritualmente con el perfume que emana de ellos; queda “atrapado” en los encantos que proviene de su ser y de su naturaleza.

 

 

3. Relaciones de sentido mutuas

 

Pero, a pesar de las diferencias que separan radicalmente ambos temas del conocimiento, entre uno y otro existen relaciones significativas que los mantienen estrechamente vinculados.

 

Así, por ejemplo, el “maridaje espiritual” con los objetos  —propios del tema contemplativo—  constituye para la mente humana la culminación más natural, la imprescindible continuación de la aprehensión cognoscitiva que mantiene con éstos a través del tema especulativo. Hay ocasiones en que el mero “conocimiento” de los objetos, la pura adquisición de un “saber” de ellos por parte de la mente del hombre no es suficiente a la índole espiritual de éste, es decir, a su condición de espíritu.

 

Pero, a su vez, la “adecuada penetración” de los objetos por parte de la mente y la “plena manifestación” de los objetos ante ella  —que tiene lugar en el tema especulativo—  son indispensables para el surgimiento de la “unión íntima” que ha de darse entre el hombre y los objetos en el tema contemplativo. Cuanto más perfecto es, en ese sentido, el “saber” alcanzado por la mente del hombre de los objetos  —esto es, cuanto mejor los conoce”—  la “unión espiritual” del hombre con ellos es también más plena y profunda.

 

Por lo tanto, mientras la “penetración” de la mente de los objetos (tema especulativo) está necesariamente a la base de toda “unión íntima” del espíritu con ellos (tema contemplativo), la “vinculación espiritual” del hombre con los objetos (tema contemplativo) es muchas veces el estadio final del proceso cognoscitivo que tiene su comienzo en la aprehensión cognoscitiva de la mente (tema especulativo).

 

 

4. Objetos “propios” de cada tema

 

Hay que mencionar, además, que el ámbito de objetos al que uno y otro tema del conocimiento se dirigen tiene también sus peculiaridades.

 

Hay objetos que, por su propia índole, parecen necesitar únicamente de la mente humana la realización del primer tema del conocimiento, mientras que otros objetos, por su naturaleza específica, parecen exigir de ella, más bien, la realización del segundo tema del conocimiento.

 

Los objetos que desempeñan en el contexto de la vida diaria una “utilidad” o un “provecho” para el hombre, por ejemplo, no parecen requerir de su mente otra cualidad y otra dirección de su conocimiento que la indicada por el tema especulativo, porque éstos mismos no aportan a ella nada más que el mero “saber” acerca de su ser, las “noticias” indispensables para la comprensión de su funcionalidad. Tal es el caso de los utensilios y de las máquinas, de los artefactos y las herramientas.

 

Los objetos que en el contexto de la vida humana aportan a ésta tanto “sentido” como “valor”  — esto es, importancia “eidética” e importancia “axiológica”—  requieren de la mente del hombre, en cambio, la cualidad y la dirección del conocimiento que es propia del tema contemplativo.

 

Tal es el caso, por ejemplo, de las obras de arte (en el mundo de la cultura) o de los fenómenos atmosféricos (en el mundo de la naturaleza), con los cuales el hombre entabla una relación contemplativa  además de la especulativa o, incluso, “por encima” de la especulativa—  por medio de su mente, por su particular estructura estética.

 

Además, mientras que el mundo de objetos al que el primer tema del conocimiento se dirige tiene una extensión hasta cierto punto “infinita”, porque de alguna manera comprende todo cuanto se puede decir que “es” en el ámbito de la realidad y, por ello, de alguna manera, está abierto a su “conocer”, el mundo de objetos al que el segundo tema del conocimiento se encamina es más “reducido” pero, al mismo tiempo, de mayor “significación”, porque comprende únicamente aquellos objetos que ostentan una gran riqueza de ser y una enorme plenitud cualitativa; después de todo, no cualquier objeto se deja “contemplar” por el hombre, no todo objeto es digno de ser “admirado” con su mente.

 

 

5. Relación con los tipos de conocimiento

 

Ambos temas del conocimiento juegan un papel relevante en la realización de los dos tipos de conocimiento que puede desarrollar la mente del hombre con relación a los objetos: el conocimiento “ingenuo” que procede de la experiencia y  el conocimiento “científico” que se origina de la reflexión.

 

 

a. El conocimiento “ingenuo”

 

El conocimiento “ingenuo” es la aprehensión que realiza el hombre de los objetos, que tiene lugar en su mente de manera inmediata y viva, intuitiva y concreta. En él comparecen los objetos ante el espíritu del hombre “en carne y hueso” (Husserl), en “presencia original” (De Monticelli). Esto, sin embargo, puede ocurrir en la mente del hombre de manera especulativa o también de manera contemplativa.

 

Cuando se mira el cielo para saber si lloverá más tarde o cuando se toca el agua de la bañera para saber si ya está templada; cuando se atiende a un ruido lejano para saber si es producido por un animal o un hombre o se aguza el olfato para distinguir los distintos aromas que componen una fragancia se tiene, en última instancia, un conocimiento “ingenuo” de estos objetos de tema especulativo, pues en estos casos la mente se mueve desde intención de obtener un “saber” de estos objetos, adquirir una “noticia” de éstos, como ya indican las mismas palabras que se han elegido para expresar estos hechos.

 

Pero cuando se mira al cielo nocturno porque está cuajado de estrellas o se escucha una determinada pieza musical por su particular estructura melódica, cuando literalmente no se pueden “apartar los ojos” de un rostro de varón o mujer porque su color, proporción y forma son peculiares o es prácticamente imposible “dejar de escuchar” el timbre y la sonoridad de la voz humana al estructurarse en un canto se tiene, entonces, un conocimiento “ingenuo” de estos objetos de tema contemplativo. La mente no se mueve ahora por un “afán de saber” o una “intención de enterarse” sobre estos objetos; antes bien, se “detiene” en ellos, embebiéndose de su presencia y regocijándose en su evidencia; vaca en ellos, complaciéndose en su existencia y deleitándose en su belleza, haciéndolos su “ámbito” y su “morada” al menos durante breve tiempo.

 

También en las actitudes intelectuales que rigen la mente del hombre en el conocimiento “ingenuo” a la hora de aprehender los objetos juegan un papel esencial ambos temas del conocimiento. Por un lado, la “curiosidad” de la mente se refuerza y se aviva a través del tema especulativo; por el otro, la “admiración” se despliega y madura en la mente gracias al tema contemplativo. Ni la “curiosidad” ni la “admiración” hacen al hombre conocer los objetos propiamente  —pues “curiosidad” y “admiración” no son, en sentido estricto, actos cognoscitivos, como la “percepción” o la “inferencia”—  pero disponen su mente al conocimiento de éstos de una manera específica, la orientan respecto a éstos en un determinado sentido, de tal forma que lo que aprehende de ellos se torna único.

 

 

b. El conocimiento “científico”

 

El conocimiento “científico” es la consideración de los objetos que hace la mente del hombre de manera rigurosa y crítica, después de alcanzar de ellos una aprehensión plena y explícita. Esta consideración de los objetos es elaborada después por la mente misma de forma sistemática y ordenada, con el fin de poder enunciar sobre ellos una serie de proposiciones universales y válidas sobre estados de cosas que competen a éstos de manera necesaria o, al menos, altamente probable.

 

El conocimiento “científico” da lugar, posteriormente, a una pluralidad de disciplinas científicas, todas ellas en conformidad con la índole específica de sus objetos de consideración y con las intenciones de conocimiento que persigue en ellos. De esta manera, han surgido en la historia del hombre la física y la química, la biología y la psicología, la sociología y la historia, la literatura y la filosofía, entre otras.

 

Estas disciplinas científicas, de hecho, han surgido propiamente a partir del momento en que el hombre ha intentado organizar en una estructura estable y coherente, ordenada y sistemática de proposiciones los conocimientos que primero ha adquirido de los objetos de manera rigurosa y crítica, después de haber alcanzado de ellos una tematicidad explícita y plena. Mientras la explícita tematicidad, el discernimiento crítico y el procedimiento riguroso contribuyen a realizar en paso en la mente del hombre del conocimiento “ingenuo” de los objetos al conocimiento “científico” de éstos, la elaboración sistemática colabora para que este conocimiento “científico” de los objetos dé lugar a la existencia de una determinada disciplina científica de cada uno de ellos.

 

En estas disciplinas científicas la intención primaria de sus dinámicas cognoscitivas es la obtención de “conocimiento” de sus objetos propios, esto es, la adquisición de “saber” sobre cada uno. Por eso se les penetra cada vez con mayor agudeza, se los explora con mucho detenimiento y se les practican diversos análisis, pues sólo de esta manera se garantiza sobre ellos su comprensión adecuada. Desde este punto de vista se evidencia, entonces, cómo el tema especulativo del conocimiento es esencial para el desarrollo correcto de las disciplinas científicas. Sin el tema especulativo desarrollado por la mente del hombre en el conocimiento “científico” dentro del horizonte cada disciplina científica no se podría llegar al establecimiento de las principales leyes que rigen el comportamiento de los objetos o conseguir la determinación de los principios básicos en los cuales se fundan sus procesos, por ejemplo.

 

La dirección de la mente del hombre hacia el tema especulativo, entonces, es esencial para la constitución del conocimiento “científico” en general y de cada disciplina científica en particular. Es el rasgo fundamental que emparenta íntimamente todas las disciplinas científicas bajo el rubro del conocimiento “científico”, si bien desde el punto de vista de la índole de sus objetos o desde la perspectiva de sus intenciones cognoscitivas particulares muchas de ellas pueden diferenciarse entre sí incluso radicalmente. Por eso esta dirección es apreciable, aunque en distintos grados de realización, en la física, la química, la biología, la psicología, la sociología, la historia, la literatura o la filosofía por igual.

 

La dirección hacia el tema contemplativo de la mente del hombre, sin embargo, sólo encuentra su lugar adecuado en la filosofía, de manera exclusiva. Aunque las distintas disciplinas científicas que conforman el corpus de la filosofía  —ontología, epistemología, antropología, teología, ética, estética—  se mueven desde el “afán de saber” y la “sed de verdad” que hay también en las demás disciplinas científicas, en ellas domina, principalmente, una tendencia natural a considerar sus objetos sub specie aeternitatis e, incluso, in conspectu Dei, en razón de su necesidad absoluta y su valor intrínseco.

 

Si bien cada objeto estudiado por la filosofía es aprehendido en experiencias empíricas, particulares, contingentes de una mente humana concreta y determinada, muy pronto la filosofía advierte en ellos una “idealidad constitutiva” que les permite superar, por un lado, los estrechos márgenes del espacio y del tiempo y, por el otro, los distintos límites de la inteligencia humana y de las pretensiones concretas de cada individuo humano. Por eso puede “contemplar”  —además de “conocer”—  sus objetos.

 

La filosofía mantiene, además, un contacto fruitivo y afectivo con sus objetos propios de consideración,  en razón de su contenido profundo y rico desde el punto de vista cualitativo. Cada objeto estudiado por la filosofía es misterioso y valioso en sentido intrínseco, indica un camino de acceso hacia la arquitectura ontológica del mundo, donde ocupa un lugar central y único. Por ello el hombre se “deleita” en ellos y se “conmueve” en sus adentros al considerarlos filosóficamente de manera contemplativa con su entendimiento, no obstante que no pueda desentrañar de ellos  —las más de las veces—  su naturaleza específica de manera especulativa.

 

Cuando un científico que no pertenece al campo de la filosofía desarrolla una dirección contemplativa hacia sus objetos, en cambio, ésta se despliega normalmente en él al margen de los actos mentales de su actividad científica, por el domino predominante de la dirección especulativa que hay en su ciencia; es estimulada en su mente de manera “ingenua” por la importancia ontológica que hay en su objeto que, sin embargo, muchas veces es pasada por alto por el interés especulativo que domina en su ciencia, no siempre centrada en esta importancia ontológica del objeto y no suficientemente atendida por los específicos procedimientos de investigación que adopta.

[1]

  Dietrich von Hildebrand denomina a este primer tema del conocimiento “tema nocional” [Notionsthema], porque su principal tarea es la adquisición con la mente de una noción (del latín notio, que significa “idea”, “noticia”, “representación”) lo más precisa posible del objeto en cuestión. Nosotros designamos con el término “especulativo” a este tema del conocimiento para mantener el carácter intelectual, teórico, cognoscitivo de nuestra mente ante los objetos. Cf. Was ist Philosophie?, Habbel, Regensburg, 1976; p. 164

[2]
  En el sentido de la palabra latina notitia, que significa “noción”, “idea”, “representación”, “conocimiento”. Ver la nota anterior.

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