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Archive for 28 mayo 2008

Cómo iniciarse en la filosofía

Estimado F.

Disculpa mi indolencia para responderte. En verdad he tenido tanto trabajo en la oficina que no he tenido casi ningún respiro para mí mismo. Además, sucede que a veces me distraigo un poco y pierdo de vista los correos que debo contestar, como el tuyo. Y si a esto le sumamos que a mí me gusta pensar con detenimiento las preguntas que me hacen  -sobre todo si son relevantes-  para satisfacer las exigencias de quienes se comunican conmigo y no contestarles “cualquier cosa”, entenderás por qué he guardado silencio hasta ahora.

Tú me has hecho una pregunta “relevante” desde la semana pasada y desde entonces rondan por mi cabeza varias ideas que hoy quisiera compartir contigo, aunque no sea todo lo que tú necesitas por el momento.

  

I

Uno se inicia en la filosofía profesionalmente yendo a la escuela, de la índole que sea. Yo, por ejemplo, estudié en una Facultad de Filosofía de fuerte orientación “tomista”  -esto es, sustentada en el pensamiento de Tomás de Aquino, un importante filósofo medieval-  porque la Universidad en la que se encuentra ésta es de las que se denominan a sí mismas de “inspiración cristiana”, aunque esto no pase muchas veces de ser una mera etiqueta publicitaria. Pero mi interés por la filosofía se despertó, en mis tiempos de preparatoriano, en un Bachillerato dominado todo él por profesores de orientación “marxista”, muchos de ellos bastante radicales en sus ideas y miembros activos de partidos de izquierda.

En la escuela uno aprende, por un lado, las diferentes doctrinas filosóficas que han existido a través de la historia, con sus principales representantes; por el otro, empero, también se aprende con los distintos maestros que la componen formas diversas de “hacer” filosofía o, al menos, de “interpretar” las ideas de los grandes filósofos. Es decir, se aprenden “técnicas” de pensamiento, sin las cuales no se puede abordar ningún sistema filosófico de manera sistemática. En mi Facultad, por ejemplo, aprendí a “leer” los distintos pensadores del pasado con las claves interpretativas de la ontología tomista  -acto y potencia, sustancia y accidentes, esencia y existencia, causa y efectos-  porque Tomás de Aquino era un importante metafísico (sin entender esta palabra en el sentido “esotérico” de los libros que venden en los grandes supermercados).

Estos maestros, sobre todo si a la vez son investigadores, enseñan a uno a realizar agudas “distinciones” con la inteligencia y a utilizar el pensamiento con “disciplina” y “orden”. En una palabra, educan la mente en el rigor y la crítica, esenciales para llegar a ser un buen filósofo, de lo contrario, sólo se termina aprendiendo “doctrinas filosóficas”, en el mal sentido de la palabra. En la Facultad en la que estudié tuve la fortuna de ser formado por dos excelentes maestros en este sentido. También tuve un profesor que era extraordinario expositor de doctrinas filosóficas  -de esos que en las evaluaciones magisteriales obtienen siempre las más altas calificaciones-  pero tan mediocre como filósofo que, hasta el momento, después de veinte años, todavía no es capaz de escribir al menos un ensayo sustancioso.

Si uno quiere dedicarse a la filosofía profesionalmente, entonces, es imprescindible estudiar en una escuela, al amparo de profesores que sepan propiciar en uno el discernimiento crítico y el procedimiento riguroso, mientras enseñan las distintas doctrinas filosóficas que ha habido en la historia. Profesores como estos no hacen a uno más inteligente  -pues esta es una cuestión de dotes naturales-  pero contribuyen como pocos a desarrollar los talentos intelectuales propios.

  

II

Sin embargo, también es posible introducirse en el mundo de la filosofía, de otra manera: a través de los encuentros ocasionales que se tiene en la vida con grandes pensadores, pero tan decisivos, que se vuelven una compañía estable de uno para siempre. Yo, por ejemplo, me inicié en la filosofía de esta manera: por un encuentro casual con Martin Heidegger  -uno de los genios filosóficos más grandes que ha visto nacer la humanidad entera-  todavía en mis tiempos de preparatoriano.

Como buen adolescente “ocioso”, me gustaba patear las pequeñas piedras que me encontraba por la calle jugando un futbol imaginario. Aquel día no me encontré ningún guijarro por la calle, así que no puse reparos para patear una hoja de papel periódico que me encontré de pronto. Mas como siempre he sido un ávido lector, en esa ocasión me venció más la curiosidad de leer lo que el periódico decía que la ociosidad de anotar gol en alguna alcantarilla. Tomé entonces el pedazo de periódico, lo extendí por completo y comencé a leer su contenido. En él había un homenaje a este pensador en toda la página  -seguramente de la sección cultural de ese periódico-  por ocasión del 55º aniversario de la publicación de Ser y tiempo, su obra filosófica más importante. En ella se hablaba del hombre como “ser-ahí”, que tiene como principal característica “ser-en-el-mundo”; como además su ser consiste en “ser-para-la-muerte”, la nota distintiva de su existencia es el “cuidado” o “preocupación”, además de la “angustia” que, sin embargo, no es igual al miedo.

En aquellos tiempos no entendí nada de cuanto había leído; se trataba de un pensamiento sibilino, bastante oscuro, por no decir que hermético. Pero estas ideas permanecieron mucho tiempo rondando en mi cabeza, hasta el punto en que ya no pude más y dejé la promisoria carrera de literatura  -a la que por entonces me inclinaba por temperamento-  para comenzar los estudios filosóficos. Huelga decir que después de aquel encuentro aquella obra formó parte de mi incipiente biblioteca y desplazó paulatinamente los libros de Cervantes, Góngora y Quevedo con lo que entonces me entretenía, así como las de Lope de Vega y Calderón de la Barca, a quienes tuve siempre la esperanza de emular un día. Después fueron llegando a mis libreros Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Agustín de Hipona  y otros cuyos nombres no recuerdo ahora.

Estos encuentros no hacen “filósofos” a nadie, en el sentido técnico de la palabra, ni preparan tampoco para hacer de la filosofía una profesión, en el primer sentido indicado. Pero ponen en contacto con muchos pensadores  -vivos o difuntos-  de manera concreta y viva; sus pensamientos, además, se aproximan a nuestras mentes no como “sistemas filosóficos”, sino como interrogaciones individuales sobre muchas cosas, resultados de búsquedas personales quizá de años; sus conclusiones no son principios irrebatibles, sino metas provisionales, abiertas siempre a muchas correcciones. Para nosotros, son nuevas posibilidades de considerar el mundo, potenciación de nuestra mirada restringida, ya sea por hábitos mal adquiridos o por influencia de la mentalidad entorno; entonces es cuando se convierten para nosotros incluso en una auténtica “liberación” de nuestro pensamiento. En el fondo, son una (discreta) compañía en nuestro camino personal hacia el destino, por eso tal vez es muy difícil deshacerse de ellos una vez que se los ha encontrado, aunque no se comparta totalmente su horizonte ideológico.

Puedo decirte que casi todos los autores que conozco han sido resultado de estos encuentros fortuitos pero afortunados. La primera inspiración que tengo para afrontar los contenidos de mis clases proviene de pensadores como estos, aunque profesionalmente no se hayan dedicado a dilucidar estas cuestiones. De muchos, tengo casi todas sus obras en cualquier idioma; de otros, los consulto cotidianamente, aunque no me aporten nada para las cátedras. La mayoría de los trabajos que he realizado han sido con ocasión de los estímulos y sugerencias recibidos de ellos. Los primeros pensadores que suelo buscar en las librerías de ejemplares usados o nuevos son éstos. Algunos, lamentablemente, no se encontrarán quizá en alguna historia de la filosofía, ni sus escritos formarán parte jamás de alguna antología de textos, pero el relevante papel que juegan en mi espíritu es mucho más decisivo que el de otros pensadores “consagrados” académicamente. Por ellos he aprendido otros idiomas y en ocasiones los traduzco con diligencia.

Romano Guardini, Luigi Giussani, Hans Urs von Balthasar, Dietrich von Hildebrand, Edmund Husserl, Platón, Adolf Reinach, Roman Ingarden, Agustín de Hipona, Edith Stein, Hannah Arendt, Karol Wojtyla, Stanislaw Grygiel, José Ortega y Gasset, Manuel García Morente (no el de las Lecciones preliminares de filosofía, sino el de otro tipo de escritos, como Ensayos sobre el progreso, Escritos inéditos y desconocidos, Ensayo sobre la vida privada, entre otros) son, entre otros, algunos autores cuyos nombres puedo mencionarte en este momento. Con ellos, el placer de pensar y contemplar se entremezcla con el estudio disciplinado y serio.

  

III

Volviendo ahora a tu pregunta de partida te diría que, ya que tu interés primario no es volverte un “profesional” de la filosofía, debes abocarte entonces a estudiar a los filósofos que por alguna razón te encuentres en tu camino vital personal. Sólo los profesionales de la filosofía, en efecto, están preocupados por estudiar concepciones filosóficas o tratan de encuadrar en un sistema filosófico las ideas desarrolladas por muchos pensadores a lo largo de su vida, especialmente si esos profesionales de la filosofía son “profesores” o “catedráticos” de algún colegio; en ellos, la tendencia a encuadrar en sistemas filosóficos está siempre operante más que nada por pretensiones pedagógicas de “hacer entender” a un pensador y “hacer recordar” sus opiniones a otras personas. Pero yo no creo que tú quieras invertir tu vida en “comparar” sistemas filosóficos y en “resumir” sus principales ideas a través de cuadros sinópticos o mapas mentales; tampoco a clasificarlos históricamente por etapas o periodos. Mucho menos creo que quieras repasar por entero la historia de la filosofía, desde sus orígenes en la antigüedad griega, pasando por el largo periodo del medievo, hasta llegar desde comienzos de la modernidad hasta nuestros días. Yo tuve que hacer eso cuando impartí alguna vez historia de la filosofía, pero nunca se me ocurriría hacerlo por motivos personales.

Por eso te recomiendo que leas, sin otro afán más que de embeberte en sus pensamientos, a determinados filósofos que, por la razón que sea, han capturado tu pensamiento y han enriquecido tu humanidad. Especialmente a aquellos que han llegado a tu vida inesperadamente, de manera sorpresiva, a través de encuentros fortuitos. Muchos de ellos te exigirán considerarlos con detenimiento, evitando hacer de ellos lecturas “rápidas” y superficiales; otros pondrán a prueba tu pensamiento, tus aptitudes lógicas, tus capacidades intuitivas, tu atención y tu paciencia; algunos más te llevarán a seguirlos por mucho tiempo, a través de todos sus escritos quizá, para llegar a entenderlos un poco.

El único criterio que yo te pondría sería éste: atiende a aquellos que “tocan” tu humanidad con sus ideas o te “hacen ver” algún aspecto relevante de la arquitectura del mundo, compleja y profunda. Si uno leyera un poeta sólo porque es “divertido” o porque sus palabras son siempre “melífluas” terminará a la larga por perder el tiempo; si uno estudia sus poemas para ver qué nuevas estructuras lingüísticas pone en acto o qué nuevas palabras inventa terminará al final de cuentas sólo disecando versos. Pero si uno se acerca a un gran poeta porque entre sus versos asoma de alguna manera la naturaleza del hombre y el destino del hombre, entonces creo que siempre saldrá enriquecido. Lo mismo pienso de los filósofos.

  

IV

Espero que estas rápidas indicaciones sean de alguna utilidad para acercarte a la filosofía. Espero también no haber defraudado tu empeño de atender a mis consejos. Agradezco en verdad el acto de confianza que has tenido para conmigo y me encantaría como nunca poder mantener el intercambio de pensamientos y conversaciones contigo, sea por este medio o sea también en persona, como hago con mis amigos. Aun no me has dicho si eres de la ciudad de Puebla y tampoco cómo es que has dado conmigo, es decir, cómo supiste de mi existencia. Si en algo te interesa, tengo en línea una página personal (blog) donde se encuentran algunos escritos que he elaborado en mi largo trabajo intelectual y con los cuales también podrías introducirte a la filosofía en algunos de sus problemas (estética, filosofía del hombre, teoría del conocimiento).

Espero tu respuesta.

 

José R.

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Mysterium naturae

Inefable misterio se derrama

como un gracioso y delicado traje

por las criaturas vivas del paisaje

que forman el silente panorama.

 

Misterio que en mis ojos se encarama

cual hontanar de mágico lenguaje

instándome a gozar de su brebaje

hasta quemarme con su ardiente flama.

 

Las cosas manifiestan su presencia

con el vistoso y colorido grito

de su hermosura frágil e inocencia.

 

Pregón que me hace estar meditabundo

porque me incita a ansiar el Infinito

hasta el extremo de olvidar el mundo.

 

José R.

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La “vivencia estética” del hombre

Análisis de la dimensión vivencial de la “experiencia estética”

                La estética es una disciplina científica que pertenece, por naturaleza específica, al campo de la filosofía. En cuanto disciplina científica, ella estudia su objeto propio desde las exigencias mismas del conocimiento científico en cuanto tal: explícita tematicidad, exploración rigurosa, penetración crítica, elaboración sistemática.

            Al ser una disciplina de índole filosófica, sin embargo, considera su objeto propio desde una profundidad y una altura tales que tienen su fuente de manera particular en la dimensión contemplativa de su modo de llevar a cabo el proceso de conocimiento, que no se mueve, por un lado, ni desde pretensiones meramente pragmáticas respecto a su objeto ni desde intenciones puramente especulativas sobre éste, por el otro. Eso le permite, precisamente, poder considerar su objeto propio desde una perspectiva “eidética” y no más bien empírica, y determinar de éste estados de cosas “necesarios” y no sólo contingentes, acordes a su estructura propia.

         Contrario a lo que comúnmente se piensa, la estética no tiene como objeto propio de consideración ni la “belleza” de las distintas cosas del mundo, sean éstas artificiales[1] o naturales,[2] ni las “obras de arte” creadas por el ingenio del hombre, en sus diferentes posibilidades de realización técnica;[3] al menos no de manera inmediata y primaria. Antes bien, se apresta a desentrañar meticulosamente esa peculiar forma de relación que establece la interioridad del hombre con los objetos del mundo sensible que se llama “experiencia estética”.[4]

          Si bien las preguntas por la naturaleza de la “belleza” de las cosas del mundo o por la estructura esencial de las “obras de arte” creadas por el ingenio humano son fundamentales para la conciencia del hombre  —pues éstas enriquecen y perfeccionan la imagen intelectual de la realidad en la que habita—  éstas no mostrarían toda su importancia ante la misma conciencia del hombre si no fuera por la “experiencia estética” que las suscita. Ella es el vehículo por el que se “dona” a la mente del hombre la belleza de las cosas, el instrumento por el que se “revela” a ésta la estructura de las obras de arte.

         La “experiencia estética” tiene lugar dentro del hombre de manera concreta y viva, intensa y profunda, ya que desde el punto de vista subjetivo se trata de una “vivencia” que atañe por entero al hombre. A través de la “experiencia estética” asoman a la conciencia humana las cosas del mundo en su belleza cualitativa y las obras de arte en su estructura óntica  —contenidos específicos del lado objetivo de la “experiencia estética”—  en forma de conmoción afectiva y fruición apetitiva personales, individualmente irrepetibles y psicológicamente intransferibles. Cuando el hombre estudia, de hecho, la belleza de las cosas del mundo o la estructura de las obras de arte creadas por el ingenio humano, lo hace siempre dentro de la vivencia subjetiva que caracteriza a la “experiencia estética”, en el horizonte de comprensión que le proporcionan tanto la “fruición apetitiva” como la “conmoción afectiva” de ésta; no puede nunca apartarse de ella ni prescindir de ella.

           Aunque en ámbito de preocupaciones intelectuales del hombre esta vivencia subjetiva tiene razón de medio porque es únicamente el “vehículo” de donación de la belleza de las cosas del mundo a su espíritu e “instrumento” de revelación de la estructura de las obras de arte a su conciencia  —como se ha dicho antes—  en la dinámica económica de la vida propia esta vivencia subjetiva se presenta como un fin en sí mismo significativo, por eso el hombre no sólo se recrea en ella sino la procura con frecuencia; ve en ella una forma nueva de mirar la realidad y ensimismarse en ella, así como una manera concreta de aproximarse a su propia existencia. Por eso el hombre ha visto en la “experiencia estética”, quizá, una fuente privilegiada de la felicidad que para sí anhela permanentemente.

            El cometido de las siguientes líneas es “aislar” con el pensamiento, por así decirlo, los principales momentos constitutivos de la “experiencia estética” en lo que tienen de vivencia humana, esto es, de fenómeno subjetivo. El análisis de los contenidos objetivos de esta experiencia  —la belleza de las cosas del mundo y la estructura de las obras de arte—  se dejarán para otro momento.

               En conformidad con los procedimientos más importantes de la filosofía, se prescindirá desde el principio de las teorías más reconocidas sobre esta experiencia y se hará caso omiso de las hipótesis más defendidas en este terreno, para ajustarse, lo más posible, a los datos mismos que puedan recabarse de esta misma experiencia. Por tratarse de una vivencia subjetiva, la comprensión cabal de su estructura constitutiva deberá pasar, necesariamente, por el reconocimiento dentro de cada hombre particular de sus momentos principales. Su evidencia, en el fondo, no será otra cosa más que una auto-evidencia.

I

La experiencia estética se presenta ante la mirada del hombre como una “vivencia” y, por lo tanto, como un fenómeno relativo a su vida psíquica propia. Se trata, en sentido estricto, de un “fenómeno subjetivo”, que tiene lugar, por ello, en la “interioridad” del hombre. Por esa razón, este fenómeno no es propiamente “visto” por el hombre, “atendido” frontalmente por su inteligencia, sino “vivido” por él en el ámbito de su conciencia, en un específico nivel de profundidad de ésta misma por el momento indeterminado.

No se trata, evidentemente, de un “fenómeno objetivo” de la vida biológica del hombre: ni de los “fenómenos vitales” de ésta (como la nutrición, el crecimiento, la maduración, la regeneración o la reproducción), ni tampoco de los “estados vitales” de la misma (como el decaimiento o la vitalidad), ya que estos fenómenos tienen lugar “en” la vida del hombre, pero no propiamente “dentro” de ella, como la experiencia estética.

II

El “tipo” de vivencia al que pertenece por naturaleza la experiencia estética es el de las llamadas vivencias “intencionales”, porque el surgimiento de ésta en el interior del hombre implica esencialmente un nexo “conciente” y “significativo” con una realidad distinta al hombre, como puede ser una obra de arte (La Pietà de Miguel Ángel, la Cathédrale de Auguste Rodin, Il Duomo de Florencia, la Divina Commedia de Dante Alighieri, un Haikú de Basho Matsuo, La Matthäuspassion de Johann Sebastian Bach, entre otras) o una cosa de la naturaleza (la figura de un animal, el rostro de una mujer, el cuerpo desnudo de un hombre, la forma particular de un árbol, el colorido de una flor o la textura de una piedra, etcétera) o un determinado estado de cosas objetivo, ya sea de la naturaleza (la persecución de una presa por un depredador, los movimientos instintivos de ciertos animales, el declinar de la tarde o el levantarse del día, la caída de un rayo o los movimientos del mar) o también del mundo humano (la contienda de dos luchadores, los movimientos de una gimnasta, las faenas de un torero en una corrida de toros).

Para que esta vivencia pueda tener lugar en el interior del hombre es indispensable, en efecto, que éste se encuentre en estado de “vigilia”, es decir, atento a la realidad entorno, despierto al mundo que se halla fuera de él, concientemente dirigido hacia estos objetos, como indica el concepto de “intencionalidad” que se ha mencionado antes. Para que esta vivencia pueda tener lugar en el interior del hombre, igualmente, es indispensable que éste pueda hacer de la importancia intrínseca de los objetos  —de su sentido y de su valor—  una “lectura” inteligente, comprensiva y penetrante de los mismos; más intuitiva de sus específicos contenidos que discursiva.

De hecho, la vivencia específica de la experiencia estética no “surge” en el interior del hombre de la misma manera que hacen aparición en éste los estados de ánimo y los impulsos instintivos, que nada tienen que ver con la conciencia y la inteligencia de manera intrínseca, porque su fundamento último es un nexo causal psicofísico. Es, más bien, una vivencia “motivada”, “suscitada”, “provocada” en el interior del hombre por el carácter significativo de los objetos indicados antes, esto es, por el sentido y el valor que los constituye esencialmente.

III

Esta experiencia humana, además de subjetiva  —por pertenecer al ámbito interior de la vida psíquica de un “sujeto humano”—  ostenta un eminente carácter objetivo, que le viene dado inmediatamente por los objetos mismos a los cuales se refiere. Incluso, para captar la “riqueza cualitativa” y la “profundidad espiritual” inherentes a esta experiencia humana hay que considerar, más que al sujeto que la vive (a su estructura psíquica y sus disposiciones anímicas particulares) a la “realidad objetiva” que la suscita porque, como se ha dicho, no se trata de un fenómeno puramente subjetivo de la vida humana, como el hambre y la sed (apetencias instintivas), el placer y el dolor (afecciones psicofísicas), el entusiasmo o la melancolía (estados de ánimo), sino de una vivencia “intencional” en sentido estricto.

Esta vivencia no consiste en el puro “vivir” o en el mero “experimentar” del sujeto humano en sus adentros, pues tiene siempre un “contenido objetivo”: la importancia intrínseca de los objetos, esto es, su sentido y su valor propios.

IV

La experiencia estética, por su intrínseca estructura “intencional” (esto es, de vivencia humana “consciente” y “significativa”), ostenta un específico carácter espiritual y no meramente “psicológico”, como otras vivencias que hacen aparición en el interior del hombre. La intencionalidad como tal es indicio de “espiritualidad”, pues en ella se pone en juego el punto más profundo de la conciencia humana (el “yo”) y uno de los actos más determinantes de su condición ontológica (“conocer”); de ahí que las vivencias humanas que ostentan ese carácter compartan la misma naturaleza del hombre.

De hecho, es el “espíritu”  —que constituye al hombre en ser espiritual—  el que también transforma la condición psicológica de muchas vivencias suyas de meros fenómenos “interiores”, puramente “subjetivos”, en auténticas expresiones de su persona. De ahí la diferencia esencial que poseen muchas vivencias humanas  —como el amor, el odio, la tristeza, la alegría, la misma experiencia estética—  respecto a otras vivencias que tienen lugar en el interior del hombre, como las apetencias instintivas, las situaciones psicofísicas o los estados de ánimo, que son experiencias “humanas” ciertamente, pero no experiencias “personales”.

V

La experiencia estética, entre los distintos tipos de vivencias intencionales que tienen lugar en el interior del hombre, pertenece de manera esencial a la dimensión afectiva de la vida humana; se trata de una vivencia “afectiva” en sentido estricto, no de una vivencia volitiva (querer o no querer) o cognitiva (como dudar o estar ciertos).

Aunque este tipo de vivencia no tiene lugar en el interior del hombre sin la colaboración inmediata de la esfera cognoscitiva de su propia subjetividad  —de los actos de la percepción o de la representación, por ejemplo—  la experiencia estética se revela a la conciencia humana como un fenómeno esencialmente “afectivo”; pertenece por naturaleza propia a la especie de vivencias intencionales llamadas “sentimientos”.

Esta experiencia consiste fundamentalmente en “sentir” interiormente la presencia de los objetos, “vibrar” íntimamente ante ellos en razón de su importancia y “reverberar” dentro de sí durante cierto tiempo por ese motivo. Esta experiencia no consiste en “aprehender” o “reproducir” dichos objetos (percibirlos, representarlos), como ocurre, de hecho, con las vivencias cognoscitivas; tampoco en “imperar” y “determinar” algo sobre esos mismos objetos (querer o no querer), como ocurre con las vivencias volitivas; mucho menos consiste sencillamente en “hacer vivir” al hombre determinados contenidos psíquicos (hambre o sed, cansancio o estrés, angustia o serenidad) por causa de esos objetos, como suele suceder con otras vivencias humanas (tales como las apetencias instintivas, las situaciones psicofísicas o los estados de ánimo).

VI

La experiencia estética, en cuanto vivencia netamente “afectiva”, pertenece al grupo específico de las vivencias “receptivas” (o “centrípetas”) de la afectividad humana, no al grupo de las vivencias “responsivas” (o “centrífugas”) de ésta misma.

En efecto: no consiste propiamente en una “palabra afectiva” que el hombre dirige a los objetos del mundo, en una “respuesta afectiva” que éste da a los objetos de la realidad. En esta vivencia, todo el “centro de gravedad” está en los objetos mismos, en su sentido y valor propios. En la experiencia estética, son los objetos mismos quienes “hablan” dentro de la misma afectividad humana, se “despliegan” dentro de ella en su profundidad específica. Aunque el movimiento afectivo es del hombre como tal  —pues es su propio ser el que “vibra” y “reverbera” en el interior—  el contenido del mismo, su cualidad y profundidad específicas pertenecen a los objetos que despiertan dichos afectos; valiéndose de la misma esfera afectiva del hombre, de su capacidad para vibrar y reverberar interiormente, los objetos despliegan una “palabra” propia  —de índole afectiva también—  dentro de éste.

En esta experiencia, por ello, el hombre no es totalmente pasivo; “acompaña” y “acoge” la presencia de los objetos de la realidad en el ámbito de su propia interioridad afectiva de manera personal y directa, esto es, activamente; se “conmueve” dentro de sí  —a veces, incluso, hasta una profundidad asombrosa—  ante la presencia de éstos, abriéndole paso en su interior, permitiéndole entrar a su ser, dándoles cabida y lugar en su intimidad; pero nada de eso puede considerarse “pasividad”: es “receptividad”. Ésta última implica siempre en el hombre la puesta en marcha de una capacidad de “acoger” los objetos, de “disponerse” con relación a éstos, de “acompañar” interiormente su presencia, que no tiene lugar en la primera.

VII

Pero aun cuando la experiencia estética se comprende inequívocamente dentro de las vivencias “receptivas” de la afectividad, no se identifica, sin más, con cualquier tipo de “conmoción” afectiva que hay en ésta, pues también existen en este ámbito del hombre muchas otras formas de ser “tocado” en el interior que nada tienen que ver con la experiencia estética.

Ante todo, la vivencia afectiva que corresponde a la experiencia estética se distingue de cualquier forma de “dolencia” afectiva, esto es, de “aflicción”. Ésta última consiste en una “conmoción” del interior del hombre en la cual se percibe, sin embargo, una coloración de índole negativa.

Esta coloración “negativa” aparece dentro del hombre en razón de ciertas cosas que hay en el mundo o de ciertos estados de cosas que tienen lugar en el mundo de valor negativo, llamado por la tradición filosófica “disvalor”. Dichas cosas o estados de cosas son portadoras de disvalores de tal índole que, apenas llega el hombre a conciencia de éstos y comprende intelectualmente su sentido, se despierta dentro de él una “conmoción negativa” en razón de ello, es decir, una “dolencia”, un “pesar”, una “aflicción”.

El “disvalor” del estado de cosas que suscita la “conmoción negativa” en el interior del hombre puede ser plenamente “objetivo”, pero también puede ser específicamente “subjetivo”. El primero está fundado en el estado de cosas mismo, en la estructura ontológica de sus elementos en juego; el segundo está sustentado de manera exclusiva en el sujeto que aprehende ese estado de cosas, especialmente en sus pretensiones, deseos, expectativas u objetivos que proyecta de forma inconsciente hacia ese estado de cosas, aunque también puede entrar en juego la naturaleza sensible y susceptible del hombre. Esta diferencia hace que el disvalor del estado de cosas, en el primer caso, sea “negativo” como valor en sí mismo, incluso independientemente del hombre particular que lo aprehende en determinado momento; en el segundo caso, que sea “negativo” como valor sólo para este hombre en concreto  —y sólo dentro de la circunstancia en que ello ocurre—  pero no necesariamente para otro hombre.

La “conmoción negativa” experimentada en el interior del hombre en razón de estos dos estados de cosas caracterizados así desde el punto de vista de su valor negativo  —como disvalor “objetivo” o como disvalor “subjetivo”—  hace que esta vivencia tenga, en el mismo interior del hombre, dos contenidos afectivos completamente distintos, uno positivo y uno negativo. El primero puede denominarse “pesar”; el segundo, en cambio, puede llamarse “vulnerabilidad”. Ambas vivencias son afectivas, y se experimentan en el interior del hombre como “dolor”, de ahí que antes se hayan llamado por igual “dolencias” o “aflicciones”. Comparten, a su vez, una índole “negativa” en el interior del hombre, porque son vivencias por las cuales el hombre, desde cierto punto de vista, no debiera pasar, aunque de hecho así suceda. Su “cualidad afectiva” se diferencia, sin embargo, por el disvalor específico que porta el estado de cosas que despierta ambas “dolencias” o “aflicciones” dentro del hombre.

El hombre experimenta “pesar” en el interior de su ser porque en el mundo ha ocurrido un estado de cosas de valor negativo, porque este estado de cosas existe en el mundo, aunque no debiera. El valor negativo de este estado de cosas no depende, sin embargo, del parecer del hombre, de sus ideas o convicciones religiosas; mucho menos de sus deseos o expectativas; antes bien, revela ser en sí mismo negativo, es decir, su negatividad como valor depende del estado de cosas mismo, no del hombre. Esto es así en el caso de la muerte de cierta persona, porque es buena desde el punto de vista moral (Teresa de Calcuta) o porque es una mente brillante desde el punto de vista intelectual (Albert Einstein) o porque es genial desde el punto de vista artístico (Wolfgang Amadeus Mozart); también es el caso de la destrucción de una importante obra artística (La Pietà de Miguel Ángel) a manos de un hombre lunático o la desaparición de una obra arquitectónica (la ciudad de Florencia) debido a un terremoto terrible; igual se puede decir de desgracias humanas, como la inundación de una ciudad (Tabasco), una debacle nuclear (Chernobyl) o un atentado terrorista (Madrid).

Si bien el hombre pudiera desear no experimentar esta vivencia de “pesar” dentro de sí por su índole negativa, esta vivencia es, desde otro punto de vista completamente distinto, algo positivo e incluso “bueno”; es así, por ejemplo, desde el punto de vista moral. Para el hombre, esta “conmoción afectiva” de índole negativa  —el “pesar”—  es el fundamento de otras vivencias afectivas que hacen crecer al hombre y ennoblecen su persona, moralmente hablando, como la “compasión” y la “misericordia”.

A su vez, el hombre experimenta “vulnerabilidad” dentro de sí cuando en el mundo tiene lugar un estado de cosas que, desde cierto punto de vista, no es provechoso o conveniente o pertinente para él, aunque no sea así para el mundo mismo. Es “negativo” ese estado de cosas porque, de alguna manera, se opone o contradice o echa por tierra ciertas expectativas, deseos, esperanzas, proyectos que se ha hecho del mismo este hombre concreto. Debido a ello, este hombre se siente “herido” por dentro. Así ocurre cuando descubre que existe en el mundo otra persona que es más lista o más hermosa o más simpática o más buena que él; igual sucede cuando ciertos planes que se había propuesto se vienen abajo por falta de recursos o indisposición de otras personas; lo mismo pasa cuando es otra persona y no él mismo quien se granjea el afecto o simpatía de otra persona; el mismo hecho se repite cuando en un examen, un ensayo, una competencia, unas elecciones, el veredicto que se esperaba obtener no es favorable.

Huelga decir que desde el punto de vista moral esta vivencia de “vulnerabilidad” es completamente negativa para el hombre porque, en lugar de captar el valor específico de ciertos disvalores objetivos que tienen lugar en el mundo a través de algunos estados de cosas, el hombre se encierra en sí mismo, dando continuamente vueltas en torno a la “imagen afectiva” que ha hecho de sí mismo como lo único verdaderamente importante en el mundo. Debido a ello, la “herida” que experimenta interiormente el hombre puede ser honda, pero nunca profunda, porque sólo afecta la “imagen afectiva” que ha hecho de sí este hombre, pero no su yo auténtico, esto es, su corazón.

En la experiencia estética ninguna conmoción afectiva experimenta el hombre dentro de sí como “aflicción” o como “dolencia”: ni en forma negativa (“vulnerabilidad”) ni en forma positiva (“pesar”); ella es siempre, en sentido eminente, una vivencia de carácter positivo. El hombre se experimenta interiormente “tocado” hasta lo más hondo por una cosa específica (un Haikú de Basho Matsuo o la Matthäuspassion de Johann Sebastian Bach, la Divina Commedia de Dante Alighieri o unos Girasoles de Vincent van Gogh), “estremecido” profundamente dentro de sí por un estado de cosas determinado (la caída de la tarde o el amanecer del día, el fulgurar de un rayo o una lluvia de estrellas), pero siempre en sentido “positivo”. El corazón del hombre se “cimbra” por estas cosas, “reverbera” por estos hechos  —en grados distintos de intensidad y diversos niveles de profundidad—  pero no experimenta nunca, en sentido estricto, ni “aflicción” ni “dolencia” por ninguno de ellos. Esto es así, porque las cosas o los estados de cosas que suscitan esta conmoción afectiva dentro de éste son portadoras de valor positivo siempre: son “bellas” o “sublimes” o “elegantes” o “delicadas” o “graciosas” o “ridículas” o “trágicas”.

La “positividad” de esta vivencia de conmoción afectiva es de tal índole que puede suscitar, posteriormente, otras vivencias afectivas  —también de carácter positivo—  en el interior del hombre, sólo que de naturaleza “responsiva”  —a la vez activa y centrífuga—  como el entusiasmo, la alegría, la veneración, el respeto.

VIII

La vivencia de conmoción afectiva que corresponde a la experiencia estética, ciertamente, sólo se hace presente en el interior del hombre ante cosas y estados de cosas de valor positivo, esto es, ante todo eso que en el mundo es “bello” o “sublime” o “elegante” o “delicado” o “ridículo” o gracioso” o “trágico”. No tiene lugar ante objetos de valor negativo, que objetivamente son “feos” o “deformes” o “triviales”.

En efecto: el hombre no experimenta “aflicción” en su corazón ante objetos feos de manera análoga a como experimenta “sobrecogimiento” ante objetos bellos; no vivencia “pesar” dentro de sí ante objetos deformes o triviales como vivencia en su ser “estremecimiento” ante objetos sublimes.

En la experiencia estética, a la vivencia “positiva” que experimenta el hombre frente a objetos de valor positivo no se contrapone, propiamente, una vivencia “negativa” relativa a objetos de valor negativo, como en otro tipo de experiencias.[5] Ella es para el hombre una vivencia de “conmoción afectiva” tan sólo, en sentido positivo.

Eso no significa que el hombre no perciba el valor negativo de estos objetos; que no tome conciencia de su “fealdad” o sea incapaz de comprender las razones de su “trivialidad” o no vea los factores que contribuyen a su “deformidad”. El valor negativo de ciertos objetos puede estar presente ante su mirada de forma tan objetiva y clara como el valor positivo de otros objetos. En ambos casos puede alcanzar el hombre una evidencia plena del valor de estos objetos.

En los objetos de valor positivo, sin embargo, la “aprehensión cognoscitiva” del hombre se continúa naturalmente en la “conmoción afectiva”, se articula orgánicamente con ella, mientras que en los objetos de valor negativo la subjetividad humana se detiene en esta aprehensión, no pasa con ellos del inicial momento cognoscitivo a su ulterior momento afectivo.

De hecho, en la experiencia estética “resalta” más en la conciencia del hombre el momento afectivo que el momento cognoscitivo precisamente porque la subjetividad de éste no se ha quedado “estancada” en la pura aprehensión de los objetos de valor positivo, sino que ha pasado inmediatamente a su vivenciación subjetiva. Respecto a los objetos de valor positivo, la pura aprehensión de los mismos no tiene para el hombre mucho sentido, ya que su labor no consiste sencillamente en “constatar” que en el mundo existen objetos como estos, sino en “vivirlos” interiormente en su valor específico o su sentido propio, si bien este momento cognoscitivo tiene incluso para el hombre una importancia intrínseca, distinto al momento afectivo.

Esta es la razón, tal vez, por la que los hombres reconozcan más fácilmente como “experiencia estética” la aprehensión de los objetos portadores de valor positivo (bellos, sublimes, elegantes, delicados, graciosos, trágicos, ridículos) que la aprehensión de los objetos de valor negativo (feos, deformes, triviales), pues en ella tiene lugar la conjunción admirable de percepción y conmoción o, como se ha dicho antes, entre “aprehensión cognoscitiva” y “conmoción afectiva”. Delante de los objetos portadores de valor negativo no hay propiamente experiencia estética para los hombres, porque falta a estos precisamente un contenido específico que pueda ser “vivido” subjetivamente por éstos en sentido positivo; esto es, falta un valor positivo en ellos. Por eso es posible a los hombres, quizá, percibir un objeto del mundo objetivamente feo o trivial o deforme, por un lado, y sin embargo, permanecer interiormente  —desde el punto de vista afectivo—  “indiferentes” ante éste por el otro, es decir, sin conmoción alguna de su corazón por su presencia.

IX

En algunos casos, la experiencia estética adquiere también cierto carácter “apetitivo” para el hombre, cierta connotación de “agrado” o “deleite” por los objetos del mundo. Es el momento “fruitivo” de la experiencia estética.

Este momento “fruitivo” de la experiencia estética también es una vivencia; implica una alteración específica de la psique humana, un cambio determinado de su situación anímica. Sin embargo, se trata de una vivencia distinta a la conmoción afectiva que se ha mencionado antes. Para un hombre concreto, en efecto, “conmoverse” profundamente delante de ciertos objetos es algo bien diferente de “complacerse” en ellos de manera intensa.

Eso significa, en último término, que la experiencia estética no se agota por completo en la “conmoción afectiva”, que ésta se continúa también en vivencias de agrado, de gusto, de deleite en forma natural, donde la relación del hombre con los objetos experimenta una sustancial modificación psicológica. Aquí los objetos no “tocan” ya propiamente el interior del hombre, sino más bien son “disfrutados” por éste o, mejor dicho, es él quien se “recrea” en ellos. En la conmoción afectiva los objetos “hablan” al corazón del hombre, despliegan en éste su palabra específica, el valor positivo del que son portadores; en la complacencia fruitiva, en cambio, es el hombre quien se “regodea” en ellos, quien se “solaza” en su palabra específica, quien “paladea” su valor positivo.

La experiencia estética, pues, se revela propiamente como un fenómeno humano complejo, que implica en sí misma una pluralidad de vivencias: por un lado, la “conmoción afectiva” del corazón humano; por el otro, la “complacencia fruitiva” del apetito del hombre.

Estas vivencias no se hallan yuxtapuestas, una junto a la otra, como dos realidades psicológicas heterogéneas, ya que entre ambas forman ese entramado de sentido, orgánico y significativo que se llama “experiencia estética”. Aunque entre ellas existe una sucesión temporal, en el sentido que antes de la complacencia fruitiva tiene lugar en el hombre primero la conmoción afectiva, en el momento “fáctico” de la experiencia estética ambas vivencias pueden sucederse súbitamente, una inmediatamente después de la otra.

Esta vivencia, al igual que la otra, es “receptiva” en sentido estricto. En ella, el hombre no experimenta nada en su vida psíquica de manera “activa” (como en el deseo o la esperanza, la inquietud o la angustia), sino prueba algo  —hasta cierto punto—  de manera “pasiva” en su interior. El hombre propiamente no “vive” una fruición por los objetos, sino le es “dado” vivir dicha fruición por estos objetos. El “deleite” que experimenta en estos objetos lo “recibe”, de alguna manera, de ellos.

Asimismo, esta vivencia presenta un dinamismo “centrípeto” como la otra vivencia. Aunque es despertada en el interior del hombre por los objetos del mundo  —las cosas o estados de cosas que existen en éste—  por tratarse de una vivencia intencional, con ella el hombre no se dirige hacia éstos en sentido estricto, sino que son ellos los que “penetran” en su mismo interior, se “adentran” a estratos de su vida psíquica profundos, para hacerle “degustar” allí de su palabra específica, esto es, de su valor positivo. El hombre experimenta esta fruición, en sentido estricto, en su “yo”.

Lo anterior significa que la complacencia fruitiva puede llamarse “apetitiva” hasta cierto punto. El hombre se “deleita” en los objetos del mundo, “paladea” interiormente su valor positivo, se “complace” con su existencia, de manera análoga a como experimenta “satisfacción” en sus apetitos cada vez que toma posesión de un bien objetivo del mundo.

Pero, a diferencia del verdadero apetito, la complacencia fruitiva alcanza dentro del hombre su situación psicológica propia sin pasar por el dramatismo inherente al apetito, sin aludir antes a las vivencias contrarias a sus tendencias; es decir, el hombre no pasa primero por estados psicológicos de angustia, congoja, zozobra, desesperación, para llegar posteriormente a la quietud que proporciona la complacencia fruitiva; éste adviene en el hombre, más bien, de manera súbita y fortuita. Esto es así, porque la complacencia fruitiva no es propiamente el “estado final” de un prolongado proceso de la subjetividad humana, que tiene comienzo con el surgimiento en el hombre de una necesidad objetiva, sino la vivencia interior de un objeto que es recibido de forma gratuita a través de una experiencia particular. Esta vivencia, además, es hasta cierto punto “pacífica” para el hombre, si bien eso no implica que esté ausente de ella cierta intensidad y potencia en el interior de éste. Dicho sea de paso, el “deleite” que la caracteriza, el “goce” que la determina, no es en modo alguno de propiedades físicas o cualidades sensitivas de los objetos, sino de valores positivos que portan éstos.

X

Llegados a este punto, una cosa es cierta respecto a la experiencia estética, especialmente a partir de los últimos análisis realizados: que ésta no puede entenderse cabalmente con la inteligencia mirando tan sólo a las cualidades psíquicas  —e incluso espirituales—  que le competen como vivencia, desbrozando con detenimiento su consistencia anímica a través del trabajo minucioso de la mente; es indispensable también considerar los objetos que conforman la realidad en su valor positivo.

Es decir, sin atender a las cosas que hay en el mundo (rocas, cristales, nubes, montañas, mares, plantas, árboles, animales, hombres) o a los estados de cosas que tienen lugar en el mundo (caída de la nieve, movimientos de un bote de vela, fuegos artificiales estallando en el cielo) es imposible entender qué es una “experiencia estética” para el hombre, por qué surgen en él determinadas “vivencias” cuando tiene aprehensión del “valor positivo” que portan éstos, cuando llega a conciencia de ellos.

Cualidades, dinamismos, dimensiones, propiedades que conforman a la experiencia estética del hombre desde el punto de vista de la vivencia  —esto es, su consistencia psíquica—  corresponden admirablemente a las cualidades, dimensiones, propiedades, dinamismos que conforman a los objetos del mundo  —sean estos cosas o estados de cosas—  especialmente al “valor positivo” que es inherente a estos.

Negar este hecho es, en el fondo, empobrecer la consistencia anímica de la experiencia estética, es reducirla a un fenómeno subjetivo ontológicamente bajo: o a su pura “intensidad” psíquica o a su sola “duración” anímica. Pero así no es posible entender, entonces, por qué la experiencia estética se encuentra por encima de otras vivencias humanas, incluso por qué juega un papel central en conformación de la existencia humana.

No obstante, aquí ya no es posible desarrollar por el momento este camino que también constituye la estructura de la experiencia estética. Eso podrá ser el cometido de futuras consideraciones.


[1] Piénsese, por ejemplo, en el infinito ejército de invenciones humanas que son muestra, a la par, de su enorme ingenio y de sus astutas habilidades, como los útiles, los instrumentos, las herramientas, las máquinas, los aparatos, los adornos, las artesanías, las obras de arte, etcétera.
[2] Al respecto, pueden considerarse, por un lado, los diversos paisajes que conforman el mundo terrestre (mares, montañas, desiertos, bosques, valles) y, por el otro, la variada multitud de individuos vivientes o cosas inanimadas que lo pueblan (plantas, árboles, animales, hombres o elementos naturales como la tierra, el fuego, el agua).
[3]  Como la poesía y la música, el ballet y la danza, el teatro y la literatura, la pintura, la fotografía y el cine, la escultura y la arquitectura, etcétera.
[4] Aunque de momento no es posible determinar con precisión en qué consiste una “experiencia estética”  —pues esto tiene lugar en la mente del hombre únicamente después de realizar la investigación filosófica de esta vivencia minuciosamente —  ésta puede definirse de manera provisional como la “complacencia” que experimenta en sus adentros el hombre ante los objetos del mundo  —después de haber sido “tocado afectivamente” por éstos en lo más profundo de su ser—  al aprehender los “contenidos de valor” que corresponden a cada uno (según sus específicas formas y cualidades sensibles) en una “percepción inmediata”.
[5] Tal es el caso de la “experiencia moral”, por ejemplo, donde por igual existe conmoción ante hechos buenos o aflicción ante hechos malos en el corazón del hombre.

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