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Archive for 31 julio 2008

“Un desconocido es mi amigo;

un desconocido lejano, lejano.

Por él mi corazón está lleno de nostalgia,

porque no está conmigo;

¿tal vez porque no existe?

 

¿Quién eres tú que llena mi vida con su ausencia,

que llena mi vida con su presencia?”.

 

Pär Lagerkvist

 

I

 

El corazón del hombre puede definirse como “deseo”: deseo de verdad, de bondad, de justicia, de belleza; deseo de felicidad. En última instancia es, como dice el poeta que hemos citado, deseo de un “amigo”, pues no hay forma más alta de felicidad para el hombre que hallarse en compañía de “otro” que esté a su lado.

 

Ciertamente este amigo que el hombre desea es “desconocido”, y se encuentra, además, respecto de su existencia, “lejano, lejano”. Tanto, que las más de las veces se tiene la tentación de vivir desde su ausencia, de convencerse, incluso, de su inexistencia.

 

De vez en cuando, sin embargo, se despierta dentro de éste la “nostalgia” de su presencia. 

 

 

II

La música tiene la virtud de sacar al corazón del hombre de su mortal olvido. Ella no es esta presencia que aguarda el hombre, no es el contenido de su deseo, pero cuando es auténticamente bella  —como esta que a continuación escucharemos—  se convierte en el despuntar cierto de una “promesa”. A través de su timbre, de su ritmo, de su armonía, de su estructura, puede recordarle para qué se vive, por qué la vida vale la pena.


*
  Texto leído como “introducción” al momento musical en la presentación del libro ¿Se puede vivir así? de Luigi Giussani el 28 de junio de 2008. El audio original se encuentra en la siguiente dirección electrónica: http://www.goear.com/listen.php?v=476685f

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El hombre y sus “vivencias”

Un análisis filosófico de sus diferentes tipos

 

 

Las “vivencias” son fenómenos específicos de los seres del mundo que, además de vivir, están dotados de vida psíquica (como los hombres y los animales), razón por la cual revelan una estructura ontológica  —y también cualitativa—  por completo nueva respecto de la misma “vida”.

 

En efecto: las vivencias son fenómenos “interiores” de estos seres vivientes; transcurren en la “inmanencia” de su propio ser y no más bien en el “exterior” de éste; por eso no son susceptibles de ser miradas en sí mismas desde un punto de observación externo. Ellas miran “hacia dentro” de la misma vida y no más bien “hacia fuera” de ésta. Las vivencias permiten a estos seres vivientes experimentarse a sí mismos como “sujetos” de ellas y no más bien como objetos, como sucede, en cambio, con su propio cuerpo. Debido a su carácter interior y su vinculación con la subjetividad de estos seres, estas vivencias se consideran “entidades subjetivas”. Esto, sin embargo, no afecta en nada a su estructura precisa y su contenido específico, que hacen de estas vivencias “entidades objetivas”, si bien inmanentes a estos seres vivientes.

 

Estas vivencias se denominan “fenómenos psicológicos” porque se distinguen de manera nítida de los procesos vitales (como la nutrición, el crecimiento, la regeneración, la reproducción) que caracterizan a los seres meramente vivientes, así como de los estados vitales que determinan pasivamente la vida de éstos (como el decaimiento o la vitalidad), fenómenos ambos que son de naturaleza más bien “biológica”. Tanto los procesos vitales como los estados vitales son fenómenos “objetivos” de la vida, razón por la cual no están vinculados a ninguna conciencia y transcurren, por ello, de forma “anónima” en los seres meramente vivientes. En cambio las vivencias, como se ha dicho, son fenómenos subjetivos y hacen referencia al estado consciente de la vida; más aún, revelan esta conciencia de la vida.

 

Una de las principales tareas que se impone a la psicología es ordenar y clasificar el abigarrado mundo de vivencias que se suceden unas a otras sin pausas ni rupturas en el movedizo mundo interior de hombres y animales, esto es, determinar con la mayor precisión posible sus principales tipos y sus especies fundamentales, de manera análoga a como un geólogo ordena en tipos las diferentes rocas que se encuentra en el ámbito de su experiencia o un biólogo clasifica las diferentes especies vivientes que pueblan el mundo en el que habita. El punto de partida de esta ordenación y clasificación, empero, no puede ser otro que la estructura precisa de dichas vivencias y los contenidos específicos que corresponden a éstas. Sin comprender cada una de estas vivencias en su estructura propia y sus contenidos específicos, en efecto, es prácticamente imposible ordenar cada una y clasificarlas a todas con sentido objetivo, en absoluto arbitrario.

 

Esta tarea, sin embargo, no le corresponde a la psicología realizarla, sino a la filosofía. En tanto que se trata de la constitución “ideal” y no meramente “fáctica” de estos tipos de vivencias y de sus especies principales, el análisis que debe hacerse en este sentido de ellas es propiamente “eidético”  —es decir, esencial—  y no más bien empírico. Las determinaciones que se busca alcanzar de las vivencias en sus tipos y sus especies deben ser hechas, por lo tanto, sobre la base de su inteligibilidad incomparable y la necesidad estricta de su misma estructura interna  —esto es, esencial—  y no más bien sobre un cúmulo de datos fragmentarios, aproximados, siempre cambiantes de observaciones particulares como los que realiza la psicología como método propio. Para ello, la filosofía se vale, más bien, del acto mental de aprehensión intelectual que se denomina “intuición” o “percepción intelectual”, que es la manera adecuada de dar cuenta de la constitución “ideal” de las vivencias que hay en el interior del hombre y el que mejor le permite hacer su exploración rigurosa y crítica.

 

Aunque en el ámbito de la vida psíquica de estos seres vivientes es ciertamente difícil llegar a una determinación absoluta de sus vivencias propias porque todavía hay mucho que investigar y explorar en éste, se podría intentar hacer, de todos modos, una determinación “elemental” de este abigarrado mundo de la vida psíquica partiendo de los datos más evidentes que se pueden recabar intelectualmente de la experiencia misma.

 

Para facilitar a la psicología esta tarea de clasificación general de las vivencias psíquicas, sin embargo, es necesario restringir  —de manera provisional—  el campo de investigación sobre las vivencias al hombre sólo y no ampliarlo innecesariamente hasta los animales mismos  —por muy válida que pueda ser esta dirección nueva—  porque, con relación a éstos, siempre faltará al investigador la confirmación interior de lo que puede conocerse de las vivencias de manera objetiva, al no haber observación alguna que conduzca su mirada intelectual al interior de éstos.

 

 

1. Primera clasificación

 

La clasificación más general que puede hacerse de las vivencias humanas se fundamenta en un dato por completo evidente de éstas que recibe el nombre de intencionalidad. “Intencionalidad”[1] quiere decir, en el presente contexto, relación significativa del hombre con un objeto.[2]

 

No toda relación del hombre con los objetos puede considerarse “significativa”, aunque desde cierto punto de vista pueda decirse que es una relación “llena de sentido”. Cuando el hombre busca el agua que requiere beber para subsanar su deshidratación o intenta descansar en el lecho para resarcir su evidente fatiga corporal establece, ciertamente, relaciones “llenas de sentido” con objetos de la realidad que pueden satisfacer en él determinadas necesidades (agua, lecho)  —precisamente porque a través de ellas el hombre se restablece de su deshidratación o de su cansancio—  pero el sentido de estas relaciones no es “significativo” en modo alguno para el hombre porque son establecidas por éste de manera inconsciente y sin haber pasado por el mismo centro personal de su ser. Estas relaciones con los objetos son, más bien, “teleológicas”.[3]

 

La “relación significativa” con un objeto comienza cuando el hombre puede, por un lado, cobrar conciencia de la presencia de dicho objeto y, por el otro, puede comprender de alguna manera su sentido; en algunos casos, además, implica la capacidad de éste de dar una respuesta libre a dicho objeto. Huelga decir que esta relación significativa con los objetos no sería posible si éstos, a su vez, no fuesen portadores de una importancia intrínseca como razón de su sentido. Todo esto no tiene ya para el hombre un carácter meramente “psicológico”  —aunque las vivencias que se suscitan en el interior de éste sean consideradas de manera esencial como fenómenos de su vida psíquica—  sino que también es espiritual, porque implica simultáneamente “actos” que ya no son susceptibles de ser realizados por un ser dotado únicamente de vida psíquica, como los actos de “conocer” y “comprender” los objetos o de “responder” libremente a ellos que se han mencionado.[4]

 

Desde esta perspectiva, puede decirse entonces que en el interior del hombre tienen lugar tanto vivencias intencionales como vivencias no-intencionales según establezca éste “relaciones significativas” con los objetos de la realidad que le rodean o no sea así.

 

 

a. Las vivencias “intencionales”

 

Las vivencias “intencionales” se suscitan en el hombre por las distintas relaciones significativas  —conscientes, inteligentes y espirituales—  que éste establece con los objetos de la realidad. Se trata de vivencias que de alguna manera exigen, para su surgimiento en el interior del hombre, la presencia intrínsecamente “importante” de los objetos de la realidad, esto es, de ciertos “valores”, como la verdad, el bien o la belleza.

 

Ejemplos claros de vivencias “intencionales”  —aunque no los únicos, ciertamente—  son los “sentimientos” del hombre, como la alegría o la tristeza, por mencionar algunos.

 

Alegría o tristeza son vivencias que surgen en el interior del hombre en razón de la “consciencia” que se tiene de ciertos hechos reales. Así, obtener una buena calificación en un examen, el nacimiento de un hijo, ganar un premio de la lotería, la titulación profesional de algún amigo, hacen surgir en el interior del hombre la alegría. Por su parte, un accidente ocurrido a algún familiar, la pérdida irremediable de un objeto valioso, no haber podido superar el grado académico correspondiente, la muerte trágica de un ser querido, hacen surgir en el interior del hombre la tristeza.

 

Estas dos vivencias humanas  —alegría y tristeza—  son “intencionales” porque no surgen nunca en el interior del hombre sin la relación significativa con estos hechos; implican, necesariamente, una toma de conciencia de estos hechos con el mismo espíritu y un acto de comprensión de su sentido por parte de la inteligencia. Estos hechos, a su vez, exigen tener como contenido una importancia intrínseca como fundamento de su sentido, en razón del cual no solamente surge la alegría en el interior del hombre sino también se convierte en el motivo razonable por el cual estas vivencias son positivas o negativas en la vida psíquica del hombre. Si fuesen hechos totalmente “neutros” que ocurren en el mundo no habría ninguna razón para que en el interior del hombre se suscitasen estas vivencias.

 

Si estos hechos tuviesen lugar en la realidad de forma fáctica pero el hombre no alcanzara a cobrar “conciencia” de ellos, no se despertarían jamás en el interior de éste ni la alegría ni la tristeza; si el hombre no “comprendiese” el sentido que implican estos hechos por sí mismos, no “captase” mínimamente su importancia intrínseca, tampoco se suscitarían dentro de él vivencias como la alegría o como la tristeza, aunque tuviese plena conciencia de los mismos; si los hechos no poseyeran, en sí mismos, una “importancia” que les confiera relevancia y dignidad como tales, el hombre no experimentaría en su interior ni alegría ni tristeza, con todo y que desde otro punto de vista pudiera llegar a tener de ellos una excelente comprensión de su sentido. Estos tres factores están íntimamente vinculados entre sí en el surgimiento de la alegría o de la tristeza en el interior del hombre.

 

 

b. Las vivencias “no-intencionales”

 

Las vivencias “no-intencionales”, por su parte, no surgen en el hombre propiamente por las relaciones significativas que éste establece con los objetos de la realidad, sino que son “causadas”, “provocadas”, “ocasionadas” psíquicamente en él: en primer lugar, por las distintas relaciones físicas que tienen lugar entre su ser y el ambiente que lo rodea, como los cambios de temperatura, las variaciones de calor o de humedad, la alternancia de la luz y la oscuridad, la presencia de agentes irritantes para el hombre  (como el ruido, la polución o los estímulos visuales); en segundo lugar, por determinadas circunstancias por las que atraviesa el hombre en algunos momentos de su vida, como el exceso de fatiga, la disminución de los momentos de reposo (en sus formas de sueño o de descanso), padecimientos de salud prolongados, comportamientos cada vez más sedentarios, alimentación inadecuada, abuso de agentes estimulantes (como el café, el tabaco, el alcohol, las drogas), etc.

 

Estas vivencias humanas son, en sentido estricto, inconscientes, no implican la capacidad de comprender de la inteligencia y carecen de índole espiritual, pues más bien son de naturaleza psicofísica. No es nada extraño que estas vivencias estén actuando dentro del hombre mucho tiempo atrás al momento en que éste llega a conciencia de ellas (como el cansancio) o que no pongan en juego la capacidad de conocer y comprender que tiene el hombre para poder surgir dentro de él (como la irritabilidad, el malhumor o la melancolía). Para surgir dentro del hombre basta que cambie su situación corporal o su situación anímica (que no descanse, por ejemplo, o no se alimente bien); y lo mismo para dejar de estar en él.

 

Ejemplos claros de vivencias “no-intencionales” son los llamados “apetitos” o “tendencias” que experimenta en su ser el hombre (como la sed, el hambre, el impulso sexual, el sueño) pero, sobre todo, los llamados “estados anímicos”, tanto los que tienen su fundamento ontológico en el cuerpo del hombre (como el cansancio, el vigor, el bienestar, el malestar, la irritabilidad, el placer o el dolor), como los que tienen una naturaleza estrictamente psíquica (como estar de buenas o estar de malas, el embotamiento o la lucidez mentales, la euforia o la melancolía).

 

Aunque estas vivencias tienen su fundamento en la realidad con la cual el hombre entra en relación de diversas maneras, ellas surgen propiamente en el interior de éste al margen de la misma realidad, específicamente de su “presencia significativa”. Así, que un hombre esté “cansado” nada tiene que ver con el hecho de haberse ganado un premio de la lotería; que otro hombre se encuentre “melancólico” es independiente del hecho de haber reprobado un examen en la escuela; que un hombre más se descubra deprimido o de mal humor ninguna relación tiene con el accidente fatal que ha sufrido un amigo querido; que otro hombre haya amanecido eufórico o de buen humor es algo totalmente aparte al hecho del nacimiento de un hijo.

 

Todas estas vivencias, como se ha dicho, surgen en el interior del hombre al margen de aquellos hechos; en ningún momento guardan con ellos una relación significativa. Para que un hombre experimente interiormente estas vivencias no necesita ni tomar “consciencia” de su existencia en la realidad ni “comprender” con su inteligencia su específico sentido; tampoco es relevante que estos hechos posean en sí mismos alguna importancia específica. De hecho, en este tipo de vivencias es donde mejor se aprecia la diferencia radical entre lo que tiene lugar en el mundo externo, objetivo, como “suceso” y lo que ocurre en el mundo interno, subjetivo, como “vivencia”.

 

Con todo, aunque estas vivencias no tienen relación significativa alguna con los hechos de la realidad que son “importantes” en sí mismos (el nacimiento de un hijo, la muerte de un ser querido, aprobar un importante examen, ganar un premio de la lotería, perder un objeto de entrañable valor) sí pueden, sin embargo, contribuir al oscurecimiento, la distorsión o el ofuscamiento de su sentido propio y de su importancia intrínseca cuando se hacen presentes en el interior del hombre, por su naturaleza marcadamente “subjetiva”. Muchas veces son, incluso, una fuente importante de alteración de la relación significativa del hombre con estos hechos en sí mismos importantes.

 

 

c. Diferencias esenciales entre ambos tipos de vivencias

 

La diferencia esencial entre el primer tipo y el segundo tipo de vivencias humanas se puede apreciar con gran claridad cuando se mira la presencia de ambos en el interior del hombre simultáneamente.

 

Un hombre, por ejemplo, puede sentirse sumamente “cansado” (vivencia no-intencional) el día de hoy como resultado de muchas jornadas de intenso trabajo en su oficina; pero la participación en el examen de titulación profesional de algún amigo muy querido como testigo puede hacer surgir en su interior la “alegría” (vivencia intencional) aunque perdure todavía su cansancio en él.

 

Es posible, igualmente, que una persona se halle “melancólica” (vivencia no-intencional) desde el comienzo del día o incluso desde varios días atrás, pero un poco más adelante el conocimiento de la noticia de haber obtenido un premio de la lotería puede ponerlo “feliz” (vivencia intencional), aunque ello no cambie totalmente su estado de ánimo inicial, pues éste es independiente en él de este hecho.

 

Alguien puede notar, asimismo, la diferencia enorme que hay entre la situación de “mal humor” (vivencia no-intencional) con el que ha comenzado su jornada cotidiana de la “tristeza” (vivencia intencional) que le ocasiona el hecho de que cierto proyecto no haya resultado favorable como esperaba: el mal humor es un estado en el que se “encontraba” desde el comienzo del día; la tristeza tiene como “razón de ser” en él únicamente el hecho desafortunado.

 

Hay individuos, por otro lado, que pudiendo percibir la belleza de un determinado objeto estético, no estando ciegos ante la evidencia plena de este fenómeno en dicho objeto, no pueden, sin embargo, “vibrar” interiormente ante ella, no pueden ni “conmoverse” por su presencia ni “complacerse” de su existencia (todas ellas son vivencias intencionales) porque sencillamente los “estados” en los que se encuentran de embotamiento, dolor corporal, depresión profunda o exaltación eufórica (todas ellas vivencias no-intencionales) no se los permiten; esto es, porque su interior está “in-dispuesto” para dar una respuesta adecuada al objeto estético en cuestión por la presencia en él de vivencias de otro tipo que en esos momentos los dominan e incluso los subyugan.

 

 

d. Vivencias “motivadas” y vivencias “causadas”

 

Todas las vivencias que tienen lugar en el interior del hombre implican, de manera general, una forma de relación del ser de éste con las cosas y sucesos de la realidad  —no surgen “porque sí”, de manera puramente “espontánea”, ninguna de ellas—  pero en sentidos muy diferentes, pues mientras unas surgen de manera pasiva en el interior del hombre por diversas “causas físicas” del mundo exterior (las vivencias no-intencionales), otras brotan en él de manera activa merced a los “encuentros significativos” que éste establece con el mundo exterior (vivencias intencionales); éstas últimas no son causadas en el hombre por las características materiales y sensibles de las cosas y sucesos de la realidad como las otras, sino  —podríamos decir—  motivadas en él por el carácter “altamente significativo” que poseen las cosas y sucesos de la realidad en la que vive.

 

Lo anterior quiere decir que son las mismas cosas y sucesos de la realidad las que “causan”, por un lado, o “motivan” por el otro, las diversas vivencias que experimenta en su interior el hombre  —pero por razones bien distintas—  porque en ellas hay “algo” que es capaz de suscitarlas en su ser: en el caso de las vivencias no-intencionales, lo que “hay” en las cosas y sucesos del mundo exterior son propiedades materiales y cualidades sensibles, capaces de “afectar” e “inmutar” físicamente el ser del hombre y, por ello, “provocar” en él una determinada “reacción” psíquica; en cambio, en el caso de las vivencias intencionales, lo que “hay” en las cosas y sucesos del mundo exterior es, más bien, sentido y valor, capaces de “tocar” y “motivar” significativamente el ser del hombre y “suscitar” en él distintas “respuestas” espirituales.

 

Un ejemplo ilustrativo de lo anterior puede verse en la música.

 

La música, en cuanto realidad puramente física, dotada de ciertas propiedades físicas (como la “frecuencia sonora” o el “ritmo”) y cualidades sensibles (como los distintos “timbres” y “tonos” de los sonidos) puede alterar —es decir, introducir un “cambio” en—  la situación anímica del hombre. La altera “causalmente”, de manera análoga a como el fuego altera el agua y cambia su estado de sólido a líquido y de líquido a vapor en el mundo natural.

 

Pero la música, en cuanto realidad significativa, dotada de cierto sentido (como “mensaje” de un mundo puramente espiritual) y específico valor (como su “belleza”) no “altera” propiamente la situación anímica del hombre, sino que la toca interiormente (conmoviéndola) y la colma profundamente (plenificándola), suscitando en ella diversas respuestas significativas propias relativas exclusivamente a ella (alegría, entusiasmo, admiración).

 

 

2. Segunda clasificación

 

Las vivencias “intencionales”, en su conjunto, pueden ordenarse y clasificarse bajo dos criterios distintos, pero complementarios: por un lado, en razón del tema específico que está implicado en cada una de ellas y, por el otro, en razón de la dinámica propia que despliegan en el interior hombre.

 

 

a. “Tema específico” de las vivencias intencionales

 

Todas las vivencias “intencionales” del hombre tienen, en efecto, un tema específico, inconfundible, imposible de identificar con otro. Hay vivencias intencionales cuyo tema propio es de carácter “cognoscitivo”; en cambio, hay vivencias intencionales cuya índole particular es “afectiva”; igualmente, hay vivencias intencionales cuya naturaleza determinada es “volitiva”.

 

Las primeras son vivencias que están ligadas íntimamente a la inteligencia del hombre; con mayor exactitud, a la dinámica de conocimiento que ésta lleva a cabo con relación a las cosas y sucesos del mundo, así como a los resultados alcanzados de manera concreta a través de ella, como “entender” estos sucesos o “conocer” estas cosas. Son vivencias que surgen en el interior del hombre por el hecho de ser “entes racionales”, capaces de “aprehender” y “penetrar” inmaterialmente la realidad entorno. Estas vivencias son, por ejemplo, dudar o estar ciertos, creer o conjeturar, perplejidad o confianza, si bien muchos pensadores suelen incluir entre éstas también fenómenos como percibir, imaginar, recordar, intuir, inferir, deducir o demostrar, que no son propiamente vivencias, sino “actos” realizados por los sujetos humanos con su inteligencia.

 

Las segundas son vivencias que surgen en el interior del hombre por el hecho de estar dotados de una capacidad de “vibrar” y “reverberar” dentro de sí en razón de las cosas y sucesos del mundo, especialmente por su valor y sentido propios. Estas vivencias dejan traslucir de alguna manera que el hombre puede ser “tocado” y “trastocado” por cosas y sucesos del mundo de otra manera que no sea la simplemente física. Esta es la razón por la que a estas vivencias se les denomina generalmente con el nombre de “afectos”[5] o, más sencillamente, con el nombre genérico de “sentimientos”,[6] si bien esta última palabra es menos adecuada para designar estos fenómenos desde el punto de vista intelectual porque genera, a la larga, demasiadas confusiones. Estas vivencias son, por ejemplo, alegría, tristeza, amor, odio, ira, envidia, celos, ternura, conmoción, pesar, compasión, aunque algunos pensadores incluyen entre ellas otros fenómenos como la admiración, el respeto, la veneración o la adoración, que en sentido estricto no son ya vivencias, sino “posturas humanas” de índole afectiva.

 

Las terceras son vivencias que están estrechamente ligadas a la voluntad del hombre; especialmente con la dinámica apetitiva mediante la cual ésta se aboca a la consecución de ciertos bienes objetivos importantes para éste mismo, ya sea que le atañan directa e inmediatamente (el amor de otra persona) o que le conciernan indirectamente a través de sus semejantes (la curación de un ser querido). Son vivencias que surgen en el interior del hombre por el hecho de encontrarse y moverse dentro del mundo de cosas y sucesos “libremente”, esto es, a partir de sí mismo y desde sí mismo; por ello no pueden entenderse en su sentido propio sin vincularlas orgánicamente a la naturaleza de la libertad, a su estructura y dinámica propias. Aunque son vivencias en sentido estricto, se les denomina “apetitivas”[7] por estar orientadas de alguna manera hacia esos bienes objetivos para el hombre; porque surgen dentro de éste al encaminarse espontáneamente a la obtención de éstos. Pero, aunque tienen en común con los genuinos apetitos la orientación hacia bienes objetivos y la espontaneidad, difieren de ellos en la colaboración de la inteligencia y la voluntad, al ser enteramente “racionales” y “libres”. Estas vivencias son, por ejemplo, desear, esperar, anhelar, aguardar.

 

En la experiencia de la vida cotidiana un hombre común y corriente puede experimentar dentro de sí todas estas vivencias psíquicas sin que por ello se confundan entre sí o se reduzcan unos a otros en razón de sus respectivos “temas”.

 

Por ejemplo, un adolescente puede sentir “admiración” por la belleza de una compañera de su misma clase; puede llenarse de “entusiasmo” cada vez que sus ojos la contemplan o incluso puede ya estar totalmente rendido de “veneración” ante ella; también puede llenarse de “tristeza” cuando ella no asiste por un tiempo a clases, quizá debido a una enfermedad o un viaje prolongado; pero también la “alegría” puede confortarlo otra vez cuando ella vuelve nuevamente a clases, una vez recuperada la salud o retornada de su viaje.

 

Estas vivencias que experimenta interiormente este adolescente son completamente distintas, sin embargo, a la “duda” que lo punza y carcome insidiosamente por dentro, relativas a la cuestión de si ella corresponde a sus sentimientos o es más bien “indiferente” a su persona, como también a la “certeza” que experimenta de saber que, efectivamente, corresponde a estos afectos suyos.

 

Este mismo adolescente puede comprobar, todavía, que tanto la “certeza” que experimenta interiormente al saberse amado por su compañera de clase o la “alegría” que experimenta por contemplar diariamente en clase su belleza es por completo distinta al “deseo” de salir a pasear con ella algún día o la “esperanza” que abriga que los padres de ella no lo rechacen cuando finalmente los conozca.

 

Así pues, las vivencias humanas denominadas “intencionales” se pueden clasificar en tres temas completamente distintos, de acuerdo a su “cualidad psicológica” específica: unas son de carácter “cognoscitivo”, porque están centradas totalmente en las cosas que son dadas a conocer al hombre; otras, en cambio, son de índole “afectiva”, porque están centradas en la reverberación interior que experimenta el hombre cuando tiene conciencia de estas cosas; otras, finalmente, son de naturaleza “volitiva” porque están ligadas a las orientaciones espontáneas que tiene el hombre respecto a ciertas situaciones objetivas en las que están envueltas estas cosas.

 

 

b. “Dinámica propia” de las vivencias intencionales

 

Las vivencias “intencionales” presentan, asimismo, una dinámica propia  —muy peculiar—  que las diferencia unas de otras en el interior del hombre.

 

Todas las vivencias, en general, se “mueven” de alguna manera en el interior del hombre, independientemente de su estatuto ontológico. Algunas “cambian” la situación o “mudan” el estado de la subjetividad del hombre; otras “surgen” en algún momento de su vida propia y después “desaparecen” de ella sin dejar rastro, es decir, a veces “están” y a veces “dejan de estar”, en ocasiones “llegan a ser” y “son” durante algún tiempo, para “dejar de ser” posteriormente. Muchas de ellas comienzan “a asomar” de una forma particular para después “mudarse” en otra de distinto tipo. La inmensa mayoría pueden ir en “ascenso”  —rápida o paulatinamente—  dentro del hombre o, a la inversa, pueden ir en “decaimiento”  —rápida o paulatinamente—  en el interior del hombre. El movimiento, pues, es una de las características fundamentales de las vivencias que conforman el psiquismo humano.

 

Sin embargo, las vivencias “intencionales” tienen, en particular, dinámicas interiores con “direcciones” muy precisas  —susceptibles de ser verificadas a través del análisis de los datos mismos de la experiencia—  que las hace del todo únicas.

 

Aunque todas las vivencias se “mueven” indistintamente en el interior del hombre, algunas de las vivencias “intencionales” se mueven dentro de éste en dirección “de dentro hacia fuera”, mientras que otras, en cambio, se mueven en dirección “de fuera hacia dentro”, si bien estas determinaciones espaciales puedan no ser del todo adecuadas para expresar estos fenómenos.

 

Las primeras tienen normalmente su origen en los estratos más profundos de la vida psíquica del hombre, en lo que de manera general se suele denominar como “alma”, “mente”, “corazón”, “espíritu”, y desde ahí se dirigen hacia otros estratos interiores del ser del hombre que, comparados con ellos son, sin embargo, más “exteriores”. Las segundas, en cambio, se originan de los estratos más superficiales y periféricos de la psique humana, ya en los linderos con el mundo externo, y desde allí se dirigen a los estratos del ser del hombre que son más hondos y profundos, donde sólo se encuentra su mismo “yo”.

 

Empleando de manera analógica dos conceptos que son propios del mundo de la ciencia física, se puede decir que las vivencias intencionales cuyo movimiento particular va en dirección “de dentro hacia fuera” tienen una dinámica “centrífuga”, a semejanza de la piedra que sale disparada de la honda, mientras que las vivencias intencionales cuyo movimiento propio va en dirección “de fuera hacia dentro” presentan, más bien, una dinámica “centrípeta”, a semejanza de los planetas que son atraídos por la gravedad del sol.

 

La vivencia humana que llamamos “amor”, por ejemplo, ciertamente se distingue de otras vivencias del interior del hombre por su tema “afectivo”, pero también por presentar una dinámica propia de dirección “centrífuga” que va, literalmente hablando, “del corazón” del hombre “hacia el objeto” que es puesto como centro de consideración de este afecto. Es decir, nace en las mismas profundidades de su “alma” para llegar, súbita o paulatinamente, hasta la realidad amada.

 

También la “tristeza” y la “alegría” son vivencias humanas de tema “afectivo”, cuyas dinámicas propias son también de dirección “centrífuga”, ya que comienzan en el interior del hombre  —en su “alma” o en su “yo”—  y poco a poco brotan de éste a través de gestos, acciones, comportamientos, actitudes que el hombre asume exteriormente ante aquellas situaciones objetivas que las suscitan.

 

Vivencias humanas como la “duda” o la “certeza”, no obstante su tema “cognoscitivo” que las separa radicalmente de las vivencias afectivas anteriormente mencionadas, tienen como éstas dinámicas propias de dirección “centrífuga”, pues también se originan en el interior del hombre  —en su “mente” o su “espíritu”—  para dirigirse hacia fuera de éste, a los estados de cosas que de alguna manera los solicitan.

 

Las vivencias humanas cuyo tema “específico”, en cambio, es “volitivo”  —como el deseo, el anhelo o la esperanza—  presentan en el hombre, igualmente, dinámicas propias de dirección “centrífuga”, pues con ellas el hombre sale al paso de las situaciones objetivas   que están de alguna manera “más allá” de sí mismo  —en razón de las cuales ha comenzado a desear, anhelar o esperar—  desde dentro de sí mismo.

 

Hay algunas vivencias humanas de tema “afectivo” que tienen, sin embargo, dinámicas propias de dirección “centrípeta” en el interior del hombre; son todas aquellas en las que, de alguna manera, el hombre no sólo es “tocado” y “afectado” por las cosas o los sucesos del mundo, sino que, además, tienden a penetrar en la interioridad de éste de manera paulatina, hasta estratos insospechadamente centrales y profundos, es decir, en su mismo “corazón” o en su “alma”. Son todas aquellas vivencias que, en el lenguaje común reciben el nombre de “compasión” o de “vulnerabilidad”, de “indignación” o de “ternura”, de “conmoción” o de “aflicción”.

 

En el ámbito cognoscitivo, por su parte, existen fenómenos que, no obstante ser propiamente “actos” y no vivencias en sentido estricto  —a menos que se use la palabra “vivencia” en un sentido sumamente amplio, para incluirlos—  presentan también dinámicas propias de dirección “centrípeta”, análogas a las vivencias afectivas mencionadas antes. Se trata de aquellos actos mediante los cuales la mente del hombre propiamente conoce  —o, al menos, “se hace presente” a ella misma—  las cosas o sucesos del mundo, como la “percepción” y la “presentación”, la “intuición sensible” o la “intuición eidética”.

 

 

3. Tercera clasificación

 

Es posible también ordenar y clasificar las vivencias “no-intencionales” en dos grupos distintos, en conformidad con la situación objetiva con que se presentan en el interior del hombre.

 

 

a. Vivencias no-intencionales “dinámicas”

 

Hay vivencias “no-intencionales” cuya situación objetiva consiste en “dirigirse” desde dentro del hombre hacia ciertos objetos de la realidad, es decir, en “moverse” hacia ellos; por ello reciben el nombre específico de tendencias.[8] Se trata de todas aquellas vivencias del interior del hombre que la tradición filosófica ha denominado como apetitos,[9] porque con ellas su ser busca “aproximarse” a determinados objetos. Tales son, por ejemplo, la angustia, la desesperación, la ansiedad, la congoja y, en sentido opuesto, el goce, la delectación, la satisfacción. Estas vivencias se despiertan en el interior del hombre cuando éste tiene objetivamente hambre o sed, exceso sueño, urgencia sexual o necesidades fisiológicas de diversos tipos.

 

En realidad, “tender” hacia un objeto, “dirigirse” hacia éste, “moverse” hacia él, no es una vivencia en sentido estricto, sino un impulso del hombre, es decir, una inclinación de su ser. Impulsos o inclinaciones tienen una “dirección” precisa, pues se dirigen específicamente a un “punto” de la realidad entorno, especialmente hacia una cosa del mundo que posee para el ser del hombre un cierto bien objetivo; por esa razón se les denomina “teleológicos”,[10] porque no surgen ni se mueven dentro del hombre sin un fin específico. “Obtener” esta cosa del mundo, “apropiarse” de su bien objetivo, es su finalidad inherente, su razón de ser. Este “movimiento” del ser del hombre hacia las cosas del mundo puede ser más o menos violento, más o menos constante, más o menos enérgico; es decir, “vehemente”.

 

Pero además de este aspecto casi “mecánico” y, por decir así, “físico” de impulsos o tendencias, existe en ellas un aspecto “psíquico” y, por lo tanto, “subjetivo”, constitutivo de su ser: precisamente el momento “vivencial” de éstas. Mientras el hombre se “dirige” hacia una cosa del mundo, simultáneamente “experimenta” en su ser angustia, ansiedad, desesperación, congoja (según la dificultad objetiva para alcanzar esta cosa del mundo) o goce, satisfacción, deleite (según el grado de posesión que haya podido alcanzar de dicha cosa del mundo). “Tender” hacia un objeto es un hecho objetivo; pero “experimentar” estas vivencias es un hecho subjetivo.

 

 

b. Vivencias no-intencionales “estáticas”

 

Hay vivencias “no-intencionales” cuya situación objetiva consiste en “hacer estar” interiormente al hombre de determinada manera, en “hacerlo pasar” en una particular vicisitud psicológica, incluso en “detenerlo” en ella; por ello reciben el nombre específico de estados.[11] Son todas esas vivencias del interior del hombre que la tradición filosófica ha dado el nombre general de estados anímicos,[12] si bien esta expresión puede resultar un tanto equívoca en el mundo ordinario.

 

Aunque estos estados son todos “anímicos” porque se refieren a la situación en la cual se encuentra el interior del hombre en determinados momentos  —esto es, su “psique”—  algunos reciben el nombre de estados “corporales” porque están vinculados de manera significativa con el “cuerpo” que también constituye ontológicamente al hombre, mientras que otros reciben el nombre de estados “psíquicos” porque hacen referencia de forma exclusiva a la “vida psíquica” que hay ontológicamente en éste. Ejemplos claros de los primeros son el placer y el dolor, el cansancio y el vigor, el malestar y el bienestar, la irritabilidad; ejemplos evidentes de los segundos son, en cambio, estar de buenas o estar de malas, estar embotado o estar lúcido, estar eufórico o estar deprimido, estar melancólico o estar excitado.

 

 

c. Características específicas de ambos tipos de vivencias

 

Ambas modalidades de vivencias “no-intencionales” cuenta con características propias.

 

Aunque todas las vivencias que existen en la psique humana son inestables porque se “mueven” en el interior de éste, el carácter de este movimiento varía según la índole de cada vivencia. Las tendencias, por ejemplo, son esencialmente “dinámicas”; los estados, en cambio, son principalmente “estáticos”.

 

Las primeras, literalmente hablando, “fluyen” en el interior del hombre; se despiertan en éste con cierta urgencia de manera espontánea, transcurren de forma más bien “rápida” dentro de él y desaparecen casi de manera instantánea, no sin haber pasado durante todo el transcurso por diferentes estados de “intensidad” y “fuerza”. También ponen físicamente “en movimiento” al hombre, suscitando en éste toda suerte de acciones corporales y gesticulaciones, observables desde un punto de vista externo al mismo. Las segundas, en cambio, transcurren dentro del hombre con cierta “lentitud”, sus variaciones pueden parecer, desde cierto punto de vista, insignificantes y pasar, por ello, desapercibidas ante su conciencia. En ellas, pareciera que todo está “detenido” dentro del hombre, que nada se “mueve”, que en el interior de éste “permanece” todo siempre idéntico. Externamente también se observan, porque tornan al hombre “inactivo” o, al menos, confieren a su actividad cierto “aletargamiento” y “torpeza”, por no decir que cierta “indolencia”.

 

Las tendencias tienen un carácter “dramático” que no se encuentra jamás en los estados. Urgen, punzan, queman dentro del hombre; lo tornan inquieto, agitado, nervioso, si bien una vez que éste alcaza sus objetivos  —los bienes objetivos que sacian sus necesidades objetivas—  se vuelve más bien manso y sosegado. En ellas el hombre experimenta, por un lado, angustia, desesperación, ansiedad, congoja pero, por el otro, también goce, delectación, satisfacción. Los estados, en cambio, son “estables”, tienen cierto carácter de permanencia y fijeza, de duración y consistencia. Aunque en ellos no se presenta la excitación propia de las tendencias, su presencia es de mayor resonancia y hondura en la vida psíquica.

 

Las tendencias son “coercitivas” del hombre; una vez que se despiertan en éste someten su ser con su potencia y lo arrastran totalmente con su vehemencia, hasta que no quede plenamente satisfecha la finalidad por la que se originan. Los estados, en cambio, más que dominantes, son “invasivos”; abarcan en su totalidad el ámbito anímico, penetran en todos sus pliegues e inundan sus resquicios con su específica tonalidad psíquica.

 

Los estados se suceden unos a otros de forma gradual dentro del hombre, en procesión más o menos paulatina. A su vez, son oscilantes y rítmicos, por lo que continuamente el hombre pasa por estados altos y bajos, de exaltación o de postración, según un cierto sentido que no es, sin embargo, automático o mecánico, ya que depende en gran parte de las situaciones objetivas en las que se encuentra el hombre, tanto exterior como individualmente. Las tendencias, por su parte, son impetuosas; surgen en el interior del hombre a conatos, se propagan velozmente dentro de éste y se extinguen muy pronto, una vez que se alcanza el bien objetivo al que se inclinan; son, además, “cíclicas”.

 

Comparados con fenómenos del mundo físico  —si bien aquí se trata de fenómenos eminentemente psíquicos—  los estados son como el trascurso de los días y de las noches o la sucesión de las estaciones del año, con sus características alternancias; las tendencias son como los incendios forestales, que inician siempre con una chispa, se propagan velozmente por todos lados, arrastran todo cuando encuentran a su alrededor, pero luego se reduce a puras brasas, hasta que después se extinguen.

 

Las tendencias hacen experimentar al hombre su “condición viviente”; le hacen pagar el precio de estar vivo y tener, por ello, que mantenerse en la vida, de luchar por su vida continuamente. Los estados hacen experimentar al hombre su “condición íntima”, de estar volcado hacia su interior, vinculado consigo mismo, sin roturas o fisuras; no le indican propiamente que “está vivo”, sino cómo se encuentra en la vida a cada momento, desde el punto de vista interno. Esto da a estas vivencias un carácter más “subjetivo”, que contrasta con el carácter “objetivo” de las otras vivencias.


[1]
  De los vocablos latinos in, que indica la dirección que puede seguir un movimiento hacia el “interior” de algo, y tendere, que hace referencia a la acción de “moverse” hacia algo.

[2]
  Así también la define Dietrich von Hildebrand en su importante estudio fenomenológico sobre la afectividad humana: «Usamos el término “intencional” en el sentido de una relación significativa consciente entre la persona y un objeto. No significa “a propósito” como en el lenguaje corriente». El corazón. Un análisis de la afectividad humana y divina, Palabra, Madrid, 1997²; p. 37, nota 1

[3]
  Del griego télos, que significa “dirección” hacia un punto como “fin” de un movimiento.

[4]
  Así lo reconoce igualmente Dietrich von Hildebrand cuando afirma: «La intencionalidad, en el sentido con el que empleamos esta palabra, es una nota característica del ser espiritual. El mundo no espiritual, en cambio, está impregnado de relaciones teleológicas. Incluso la tendencia teleológica en una experiencia consciente, tal como un instinto o un impulso, no concede aún a la vivencia un carácter espiritual». Ética, Encuentro, Madrid, 1983; p. 194

[5]
  Del latín afficere, que indica la disposición a ser “tocados” o “heridos” interiormente por algo.

[6]
  Del latín sentire, que indica lo que el hombre “siente”, “experimenta”, “prueba”, “padece” dentro de sí merced a una cosa distinta del hombre.

[7]
  Del latín ad-petere, que significa precisamente “dirigirse” hacia un punto específico.

[8]
  Del latín tendere, que significa precisamente “dirigirse hacia” algo.

[9]
  Del latín appetitus (compuesta del prefijo ad y del verbo petere, que significa “dirigirse”), indica el movimiento de  “encaminarse” hacia un punto específico.

[10]
  Del griego telos, que significa finalidad, objetivo, meta.

[11]
   Del latín stare, que significa “estar parado” de una manera, “hallarse en pie” en un lugar, “encontrarse situado” de un modo específico.

[12]
  Es decir, las diversas formas como se “encuentra” el alma humana en ciertos momentos.

 

 

 

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