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Archive for 29 agosto 2008

Encuentro

Tú, delante de mis ojos;

Yo, absorto ante lo tuyo.

¿Pienso? No es verdad; intuyo.

¿Callas? No; luz a manojos.

 

De este encuentro sin cerrojos,

¿Qué concluyes? ¿Qué concluyo?

Yo, mirada de murmullo,

Tú, puñado de sonrojos.

 

Yo, la esencia de tu mundo;

Tú, la luz de mi mirada.

Verdad imposible de otros.

 

¡Vaya encuentro tan fecundo!

De un desierto que era “nada”,

Edén de íntimo “nosotros”.

 

 

José R.

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El carácter originario de los valores

Una aproximación fenomenológica al “mundo” de los valores

 

 

1. La evidencia de los valores

 

La palabra “valor” expresa, de manera técnica, un dato elemental de la experiencia humana que se denomina “importancia” o también “significatividad”.[1] Este dato de la realidad es completamente originario y, por tanto, irreductible a cualquier otra cosa; por eso no puede compararse con ningún otro dato de la realidad. Para entenderlo adecuadamente, por ello, no existe otro camino para la mente humana que abordarlo en sí mismo, a partir de los contenidos específicos que aporta la experiencia sobre este dato.

 

En la vida cotidiana los hombres tenemos continuamente conciencia de que hay cosas importantes o sucesos significativos; que su ser se especifica ante nuestra mirada adecuadamente de esta manera. Es precisamente este dato el que torna a las cosas o sucesos del mundo “relevantes” para nosotros, como entidades dotadas de una luz propia, a diferencia de otros sucesos o de otras cosas del mundo que, más bien, se presentan ante nosotros como entidades “neutras”. Los hombres, pues, notamos en la experiencia misma la diferencia profunda que hay entre cosas importantes y no-importantes, entre sucesos significativos y no-significativos.

 

Esta importancia o significatividad que poseen cosas y sucesos del mundo se nota de manera plenamente evidente en que son capaces de “provocar” con espontaneidad la adhesión de nuestra voluntad o de “suscitar” dentro de nuestro corazón determinados sentimientos en forma inmediata.

 

En efecto: una cosa de la realidad es capaz de atraer el “sí” de nuestra voluntad sin violentarnos interiormente porque es importante; un suceso del mundo es capaz de ponernos “alegres” o “tristes” emocionalmente debido a que es significativo. Las cosas o sucesos “neutros”, en cambio, nos dejan más bien “indiferentes”; ni mueven nuestra adhesión (voluntad) ni despiertan nuestros sentimientos (corazón); ante éstos nos quedamos exactamente iguales que antes de la relación con ellos. Las cosas importantes o los sucesos significativos, pues, “apremian” los actos de nuestra voluntad y “despiertan” en nosotros determinadas respuestas afectivas únicamente en razón de su valor.

 

Uno puede llegar a pensar, ciertamente, que las cosas y los sucesos del mundo son importantes  —esto es, significativos—  porque nuestro deseo, por un lado, y nuestra intención, por el otro, les confieren de alguna manera ese carácter. Si no “deseáramos” una cosa o “pretendiésemos” de ella algo  —decimos—  esta cosa sería igual de “neutra” que muchas otras que hay en el mundo; nos serían tan “indiferentes” como muchas más que nos encontramos por la vida. Lo que en verdad le da su importancia a esa cosa del mundo es nuestro deseo de ella; lo que le confiere su significatividad a un suceso de la realidad es nuestra intención. Para quien desea dominar otro idioma, viajar a un país extranjero para aprenderlo directamente en él puede ser muy importante; para quien pretende conseguir mejores condiciones de trabajo, aprender computación puede ser altamente significativo. En ambos casos, por lo tanto, el deseo o la pretensión del hombre son los fundamentos últimos de su propia relevancia.

 

A veces también pensamos que la significatividad de muchos sucesos o cosas del mundo  —esto es, su importancia—  se debe al peculiar estado de ánimo por el que atravesamos en cierto momento, que nos hace mirar estas cosas o dichos sucesos con particular relevancia. Las cosas o sucesos del mundo se nos muestran importantes o significativos  —decimos—  porque estamos “eufóricos” o “deprimidos”, porque nos hallamos de “buen humor” o de “mal humor”, porque nos sentimos “excitados” o “aletargados” en ese momento. Pero cuando nuestro estado de ánimo no pasa por sus altas y sus bajas sino se halla en “calma” o sencillamente se va de nosotros el estado inicial desde el que considerábamos las cosas y sucesos del mundo  —añadimos—  entonces ni nos parecen importantes o significativas; más bien las vemos de forma “neutra”; nos experimentamos ante cosas y sucesos de manera totalmente “indiferente”.

 

Sin embargo, en ocasiones somos testigos que muchas cosas o sucesos del mundo mantienen su importancia, sostienen su significatividad, independientemente de los deseos e intenciones que tenemos sobre ellas, por encima de las vertiginosas fluctuaciones de nuestro estado de ánimo. Descubrimos que la importancia de estos sucesos o la significatividad de estas cosas dependen de sí mismas y no de nosotros mismos. En otras palabras: que su importancia y significatividad es objetiva, no subjetiva, porque se funda en las cosas mismas o en los sucesos en cuanto tales, no en los hombres que tomamos conciencia de estas cosas o sucesos del mundo.

 

 

2. Valores objetivos y valores subjetivos

 

En ese sentido, los hombres descubrimos que en el mundo en que nos hallamos existen dos formas completamente distintas de importancia o significatividad para las cosas y los sucesos con los que entramos en contacto, en las que se fundan su peculiar relevancia: aquella importancia o significatividad que depende enteramente de nosotros mismos  —de nuestros deseos e intenciones o de las fluctuaciones de nuestro estado de ánimo—  y aquella importancia o significatividad independiente de nosotros mismos  —de nuestros deseos e intenciones o de nuestras fluctuaciones de nuestro estado de ánimo—  en todos los sentidos.

 

La primera forma de relevancia da lugar a cosas importantes y sucesos significativos de naturaleza subjetiva; la segunda forma de relevancia da lugar a cosas importantes y sucesos significativos de naturaleza objetiva. La primera forma de relevancia se distingue en que debe estar referida de alguna manera siempre a nosotros mismos (a nuestros deseos, nuestras intenciones o nuestros estados de ánimo); por eso, en la medida que estas cosas o sucesos del mundo se apartan de nosotros mismos pierden inmediatamente su importancia o significatividad (de la misma manera a como la luna pierde todo su brillo cuando se aparta del sol que la ilumina). La segunda forma de relevancia se caracteriza, en cambio, por excluir de alguna manera nuestra persona (nuestros deseos, nuestras intenciones o nuestros estados de ánimo); la importancia que ostentan las cosas de la realidad depende de las cosas mismas, la significatividad de los sucesos del mundo se funda en los mismos sucesos (de manera semejante a como el sol brilla en el cielo por luz propia).

 

Lo anterior significa, entonces, que en nuestra experiencia ordinaria se presentan dos tipos fundamentalmente distintos de “valor”: los llamados valores “subjetivos” y los denominados valores “objetivos”. Los primeros fundan su importancia o significatividad en los hombres mismos; los sucesos o cosas del mundo a los cuales nos referimos con estos términos son “valiosos” en razón de estar referidos a nosotros mismos. Los segundos fundan su importancia o significatividad en los mismos objetos (las cosas de la realidad o los sucesos del mundo); su “valor” brota de alguna manera de su naturaleza, se sustenta de alguna manera en su ser, por ello no depende de nosotros mismos.

 

Que una persona, por ejemplo, perdone a otra una ofensa cometida contra ella muy grave  —difundir entre otras personas un juicio negativo sobre ella totalmente infundado o revelar una información hecha a ésta en un acto de confidencia—  es algo “valioso” en sentido objetivo. El perdón a la otra persona no es importante porque esa otra persona de la que se trata soy yo mismo (pues de esa manera saldré “bien librado” del justo encono de quien injustificadamente he ofendido) o porque la persona perdonada es alguien querido para mí mismo (pues de esa manera se evitará la pena que ésta misma merece por su ofensa y yo no sufriré por ello, en razón del aprecio que le tengo), como tampoco es significativo porque quien perdona a la persona agraviante su falta injustificada soy yo mismo (porque este hecho me hará aparecer ante la otra persona como un hombre de “buen corazón”).

 

Perdonar a otra persona, más bien, es importante por sí mismo, porque le devuelve a esta persona la posibilidad de ser mirada y tratada como el “tú” que existe ante el amor y la comprensión del otro  —destruida precisamente por la ofensa cometida por ella misma— entablándose entre ambas una forma de relación estrictamente personal y no meramente comercial o política o jurídica. Cancelar el injustificado agravio cometido por ella a otra persona  —introduciéndolo, con ello, en otro nivel de la existencia, como es el del “don” y la “gratuidad”—  es significativo en sí mismo, incluso aun en el terrible caso en que la persona agraviante no quiera hacerse depositaria de tan excelente gesto hecho a ella por la persona agraviada. El perdón a otra persona es “valioso” como tal, por encima del hecho de que yo sólo sea testigo estas cosas o venga a enterarme de ellas por la narración de una tercera persona.

 

Perdonar, pues, es un valor “objetivo” que hunde su importancia y su significatividad en su esencia misma, independientemente de todos los seres humanos implicados en este estado de cosas: persona agraviante, persona agraviada, testigo del agravio y del perdón. Pero en aquellas personas que están implicadas en este estado de cosas de manera concreta, el perdón es capaz conferirles una luz y una dignidad que proviene de su altísima cualidad moral.

 

Una bebida energética, en cambio, es “valiosa” sólo para determinadas personas; incluso, únicamente para esta o para aquella persona en particular. Para una inmensa mayoría de hombres, este objeto puede ser totalmente “neutro”; su presencia ante ellos puede dejarlos perfectamente “indiferentes”; ni será capaz de provocar la adhesión de su voluntad ni suscitará en el corazón de éstas determinadas respuestas afectivas. El “valor” de la bebida energética, además, se modifica considerablemente incluso para aquellas personas para las cuales es importante o significativa ella misma. Cuando se tiene sed, por ejemplo, esta bebida aparece ante los ojos de un hombre como altamente significativa; después del ejercicio exhaustivo o en un día demasiado soleado, esta bebida es todo para el hombre, menos que importante. Pero apenas son satisfechas las necesidades por las cuales este objeto cobra tal relevancia, esta bebida queda más bien reducida al silencio; ni apremia la adhesión de la voluntad ni despierta ninguna respuesta afectiva en el corazón; sencillamente deja de ser “valiosa” para el hombre.

 

Lo mismo puede decirse de muchos objetos que yacen en los aparadores de los centros comerciales: un disco compacto o una película, un par de zapatos o una blusa, un teléfono celular o un reproductor digital de música, entre otros. El deseo de tenerlos o la pretensión sobre sus beneficios hace que éstos descuellen ante los ojos del hombre como sumamente importantes o altamente significativos; tanto más, cuanto mayor es la codicia o el anhelo del hombre sobre los mismos. Precisamente por ello, el hombre está dispuesto a realizar los mayores sacrificios con tal de obtenerlos y hacerlos suyos, como ahorrar dinero, trabajar tiempo extra, pedir prestado, vender otra cosa y hasta robar a alguien si es necesario, etcétera.

 

Su valor “relativo” se muestra, sin embargo, cuando, adquiridos finalmente por el hombre, estos objetos pasan a ser “uno más” entre muchos otros objetos de su propiedad, sobre los cuales ya no hay compromiso alguno de la voluntad ni afecto alguno del corazón. Son ahora completamente “neutros” para él como cuando se encontraban en los aparadores de los centros comerciales antes de tener sobre ellos algún deseo o determinada pretensión. La relevancia de estos objetos no estaba, de suyo, en los objetos como tales, en lo que son por sí mismos sino, más bien, en la pretensión misma de “poseerlos” de este hombre, en el afán mismo de “hacerlos suyos”; por eso, cuando esta apropiación se consigue la relevancia de estos objetos desaparece.[2]

 

El valor “objetivo”, pues, revela a nuestra mente un aspecto central de la estructura interna de las cosas apenas es aprehendido por nosotros; nos pone al tanto de un elemento fundamental de su condición ontológica; nos hace descubrir, en última instancia, el admirable orden y sentido que impera en el mundo en el que nos encontramos. El valor “subjetivo”, por su parte, pone más bien al descubierto los distintos modos (casi siempre inadecuados) como los hombres estamos orientados hacia las cosas, las múltiples formas (fundamentalmente impropias) como nos dirigimos hacia ellas, las maneras diversas (inconvenientes, todas ellas) como nos comportamos ante éstas; en última instancia, deja al descubierto las dimensiones actuales de nuestro corazón de hombres  —el ethos que lo determina y el ordo amoris que lo gobierna—  que lamentablemente nos hacen un ser pequeños y mezquinos, encogidos y egocéntricos.

 

 

3. Irreductibilidad de ambos tipos de valores

 

Entre ambos tipos de valor existe una diferencia insalvable. Por más que un hombre pretenda de manera puramente subjetiva algo inadecuado sobre determinados objetos que poseen un valor “objetivo”  —perdonar a una persona que lo ha ofendido para aparecer, así, ante los ojos de muchos otros como un hombre compasivo y bondadoso o granjearse la amistad de otra persona para así poner al descubierto sus pensamientos más íntimos ante medios de comunicación que están ávidos de sensacionalismo, por ejemplo—  no por ello la importancia intrínseca de estos mismos queda reducida a un mero valor “subjetivo”; no por ello pierden ante este hombre su significatividad propia. Merced a los comportamientos inadecuados del hombre, el carácter “valioso” de estos objetos (perdonar a una persona, granjearse la amistad de alguien) queda, ciertamente, oscurecido, pero no reducido.[3]

 

Asimismo, es improbable que objetos cuyo valor es meramente “subjetivo” delante de un hombre concreto puedan volverse  —de pronto o con el paso del tiempo—  algo valioso en sentido “objetivo”, independientemente de este hombre particular. La bebida energética, por un lado, o los objetos que están en los aparadores de los centros comerciales, por el otro, en cuanto que son entidades cuya importancia o significatividad consiste en satisfacer necesidades y pretensiones humanas por ser objetos de consumo, nunca podrán llegar a tener un valor “objetivo”; su valor siempre será “subjetivo”.

 

En razón de todas estas precisiones teóricas, en el lenguaje filosófico se emplea el concepto de “valor” para hacer referencia exclusivamente a los objetos cuya importancia es intrínseca y su significatividad es propia, esto es, para todos aquellos objetos cuya relevancia es “objetiva”, mientras que para todas aquellos objetos cuya importancia y significatividad es “subjetiva” se les da el nombre común de preferencias, gustos, predilecciones, deferencias, caprichos, antojos, placeres humanos, pero nunca la designación de “valores” en sentido estricto.

 

Estas precisiones, sin embargo, no son meras determinaciones técnicas, exclusivas de personas entregadas al trabajo intelectual abstracto; son “datos” elementales de la experiencia que, por lo tanto, pueden ser confirmados por cualquier hombre sin formación académica que esté más o menos atento a los hechos comunes de la existencia. Aunque un hombre común y corriente no sepa decir todas las razones por las que un acto generoso de perdón al agravio infligido por otra persona es más “valioso” que una bebida energética o cualquier objeto que se exhibe en los escaparates de los centros comerciales, en ningún momento se le ocurriría decir que el primero sólo tiene una significatividad relativa o los segundos tienen además una importancia “objetiva”.

 

 

4. Gradualidad de los valores subjetivos 

 

En los valores “subjetivos” existe una ulterior diferencia que los separa radicalmente de los valores “objetivos”. Una cosa o suceso del mundo cambia en su importancia o en su significatividad ante nosotros cuando el valor que está en juego en ésta o en éste es “subjetivo”; presenta, en cierto sentido, diversos grados de “valiosidad” ante nuestra mente. En efecto: una y la misma cosa es, a veces, importante o más importante o importantísima para nosotros; uno y el mismo suceso es, en ocasiones, sumamente significativo, menos significativo o poco significativo para nosotros. En suma, dichos objetos “cambian” de valor con relativa frecuencia ante nuestros ojos; su valor se presenta, en este sentido, como “variable”.

 

Para alguien que está concentrado leyendo un interesante libro posado en un asiento cómodo y en un lugar tranquilo, la botella de agua que se encuentra en su bolso, mochila o portafolio es de escasísimo valor, por no decir que nulo. No le es propiamente “indiferente”, porque de hecho la sed lo mueve de tanto en tanto a beber el agua de esta botella; pero en comparación con el libro que está leyendo, la botella de agua “implica” menos el acto de su voluntad y “afecta” poco el sentimiento de su corazón; es decir, es menos significativa o poco importante.

 

Para quien está en pleno ejercicio físico en el parque o se halla trabajando en el campo bajo el cruento rayo del sol, en cambio, la botella de agua es más que valiosa; reluce ante los ojos de estas personas con un interés particular; tanto, que la voluntad se “compromete” en la obtención de esta botella de agua o el afecto “pasa” por diferentes vivencias emotivas en razón de ella, como angustia, desesperación, avidez, etc. La botella de agua es muy importante o bastante significativa para estas personas; para éstas, la botella de agua jamás se presenta ante ellas de manera “neutra”.

 

Por su parte, para el náufrago en altamar o el extraviado en el desierto, la botella de agua se presenta sumamente importante o altamente significativa; es lo más valioso a lo que puede aspirar su voluntad o sacudir profundamente su afectividad; respecto a ella no hay nada en el mundo que pueda comparársele en relevancia y trascendencia; con relación a ésta, cualquier otra cosa delante de estos hombres carece prácticamente de valor.

 

Por tanto, un mismo objeto  —la botella de agua—  puede presentar ante nosotros diversos “grados” de valor según el contexto en el cual es dada la relación con éste por nuestra parte (sentados en el sofá de la casa, como en el primer caso; haciendo ejercicio en el parque o trabajando en el campo, como en el segundo caso; yendo a la deriva en el mar o perdidos en el desierto, como en el tercer caso) o de acuerdo a la necesidad nuestra que intentemos subsanar con éste (una sed “normal”, como en el primer caso; una sed “intensa”, como en el segundo caso; o una sed “acuciante”, como en el tercer caso). Así pues, hay objetos  —como la botella de agua—  que tiene una importancia variable, una significatividad cambiante, lo cual relativiza ante nuestros ojos el valor de cada uno.

 

 

5. Absolutez de los valores objetivos 

 

El valor de cosas o sucesos del mundo que es “objetivo”, en cambio, no presenta variaciones de ese tipo; su importancia propia o su significatividad intrínseca permanecen, más bien, estables. Independientemente de las situaciones por las que nosotros nos relacionamos con estas cosas o sucesos del mundo  —ordinarias o apremiantes—  el valor que les atañe es invariable. Puede decirse, incluso, que es “absoluto”.

 

La dignidad de la persona, por ejemplo, es el caso más evidente de este carácter inmutable del valor. Por más que un hombre se degrade moralmente o crezca moralmente hasta la bondad misma, su dignidad de persona se conserva idéntica; por más que un hombre se desarrolle a sí mismo en sus capacidades inherentes hasta la perfección o quede disminuido hasta la atrofia en estas capacidades inherentes, su dignidad de persona no se muda; ya sea que se trate apenas de un niño frágil o de un anciano inválido, la dignidad de persona del hombre es la misma; aunque sea un hombre gravemente enfermo o terriblemente incapacitado en su propio cuerpo, su dignidad de persona se conserva igual; sea un hombre productivo o un inútil, un hombre trabajador o un desempleado, un hombre genial o uno ordinario, un hombre económicamente pudiente o uno verdaderamente paupérrimo, un hombre socialmente posicionado o uno prácticamente desconocido, un hombre “varón” o un hombre “mujer”, la dignidad de persona no se transforma ni se cambia.

 

En este caso específico puede apreciarse la enorme distancia que hay entre el valor irreductible de la persona y las distintas posturas y actitudes que guardan ciertos hombres respecto a sus semejantes, que muchas veces son inadecuadas a este valor. Puede decirse, incluso, que son incapaces de “reconocerlo” y de “actuar” en conformidad a éste; no obstante, el valor de la persona permanece el mismo y no resulta “alterado” o “modificado” por estas posturas y actitudes inadecuadas, tan sólo “oscurecido” o “empañado” por ellas. En el caso de la botella de agua, en cambio, el valor de la misma se “modifica” y se “altera” en cada situación concreta, es siempre “distinto” en cada una de ellas. Y, aunque pudiera pensarse que también aquí lo que varían son las posturas y las actitudes de los hombres con relación a ella y no su valor específico, cabría preguntarse, entonces, cuál es el “valor originario” de la botella del agua, es decir, en qué consiste su “importancia intrínseca” y su “significatividad propia”, por encima de estas posturas y actitudes humanas, cosa que no se puede determinar con precisión de manera sencilla. Incluso podría preguntarse si la botella de agua puede tener en sí misma “valor alguno” fuera de las diversas relaciones que llevan al hombre a vincularse con ella (como la sed, el ejercicio extenuante, el trabajo agotador, la deshidratación feroz).

 

Esta invariabilidad de los valores “objetivos” se presenta igualmente en cosas y sucesos del mundo cuya importancia o significatividad está menos circunscrita al ser de estos objetos, que depende menos de la constitución ontológica de los mismos; esto es, no es propia sólo de valores ontológicos  —como la dignidad de la persona—  sino también específica de valores cualitativos  —como la belleza de una obra de arte, la bondad de una acción humana, la agudeza intelectual de un hombre o la sacralidad de una noche estrellada—  que únicamente “residen” en estos seres, pero que no constituyen propiamente el ser de éstos mismos, por ello éstos últimos podrían o no tenerlos.

 

Por más que se diga que la belleza de una composición musical ha “cambiado” con el paso del tiempo o que la bondad de una acción humana se ha “modificado” con las épocas históricas, por ejemplo, en realidad lo que se ha alterado en el primer caso es la capacidad de los hombres de reconocer la belleza de esta composición musical, de apreciar su rico contenido y de disfrutar de su grandeza propia, así como lo que ha variado en el segundo caso es la determinación decidida de los hombres hacia el bien con sus acciones por estar entregados ahora al mal con las mismas o hallarse en un ambiente de corrupción y degradación moral que le impide hacerlo. Es posible también que los objetos “sustentadores” de tales valores  —la composición musical, en un caso, y la acción humana, en el otro—  se hayan hecho incapaces de soportar, en la práctica, tales valores cualitativos  —la belleza, para el primer caso y la bondad para el segundo—  en su mismo ser: la primera, porque es ejecutada por un músico incompetente o el sitio donde se realiza es muy ruidoso, la segunda, porque el hombre que debiera realizar tal acción buena en el mundo ha renunciado libremente al bien y se ha entregado ahora al mal; estos objetos, en lugar de mostrar y exhibir estos valores, de hacerlos presentes en el mundo y asequibles a la experiencia humana, se han vuelto incapaces de mantenerlos en ellos mismos, de darles lugar y espacio en su mismo ser; pero esto, en realidad, no afecta al valor en cuanto tal de estos objetos, a su importancia intrínseca y significatividad propia, sino a los mismos objetos sustentadores de éstos.

 

De la misma manera, una persona puede perder la agudeza que caracteriza su inteligencia cuando sufre un accidente severo que daña su cerebro o simplemente está demasiado embotado por el exceso de trabajo; asimismo, el cielo estrellado puede perder la sacralidad que asoma entre tantas estrellas cuando las nubes o la bruma empañan la visibilidad de éstas desde la tierra o en el cielo brilla con demasiada intensidad la luz de la luna. En otras palabras, un hombre puede volverse incapaz de “sustentar” en sí mismo el valor de la agudeza mental debido a factores biológicos o psicológicos y un cielo estrellado puede volverse incapaz de “soportar” el valor de la sacralidad religiosa por razones ambientales y atmosféricas; pero en ninguno de ambos casos significa que la agudeza deje de ser agudeza para devenir en algo distinto ni que la sacralidad deje de ser sagrada para transformarse en otra cosa. Lo que se “altera” en estos casos es el sustento fáctico de ambos valores, pero no los valores mismos.

 

 

6. Jerarquización de los valores objetivos 

 

Los valores “objetivos” de cosas y sucesos del mundo presentan, por su parte, un dato específico de sí mismos que no es posible encontrar en los valores “subjetivos”. Se trata de cierta jerarquización que los ordena a todos ellos por niveles de superioridad y excelencia que, en términos generales, se denomina “altura”. Los valores “objetivos” de cosas y sucesos del mundo se destacan entre sí, pues, no sólo por su contenido cualitativo o estructura ontológica, sino también por el lugar que ocupa cada uno en este orden jerárquico en razón de su “altura”. Hay valores “objetivos” que son más nobles que otros; hay valores “objetivos” que tienen mayor preeminencia que otros; hay valores “objetivos” que descuellan por encima de otros. Eso los hace estar, en razón de ello, a mayor altura que otros valores “objetivos”.

 

Esta ordenación jerárquica tiene lugar en distintos sentidos. Por un lado, existe una ordenación jerárquica entre valores “objetivos” de distinto tipo; por otro lado, hay una ordenación jerárquica entre valores del mismo tipo.

 

 

a. Entre valores objetivos de distinto tipo 

 

Aunque la experiencia nos muestra la peculiar relevancia de los valores estéticos aprehendidos en diversas cosas  —como la elegancia, la comicidad, la delicadeza, la ridiculez, el encanto pero, sobre todo, la belleza—  cuando entramos en contacto con el mundo de los valores morales a través de distintas acciones y actitudes humanas  —como la humildad, la pureza, la generosidad, la justicia y, principalmente, la bondad—  nos encontramos ante un mundo evidentemente de nivel “superior”. Ni siquiera la belleza en su grado más sublime y excelso (como la de una gran obra de arte o un paisaje único del mundo) puede compararse a la singular excelencia de la virtud moral más sencilla (como la honradez de un hombre cualquiera).

 

De igual manera, cuando llegamos a conocimiento de los valores religiosos mediante cosas y hombres que hay en el mundo  —como la santidad o la sacralidad—  se nos abre ante los ojos una esfera del ser de notable importancia y extraordinaria significatividad que no tiene punto de comparación con la esfera moral o la esfera estética. La sacralidad religiosa de un cielo estrellado, por ejemplo, es muy “superior” a la belleza estética del mismo cielo estrellado cuando éste es mirado por el hombre en determinadas circunstancias; también la santidad religiosa de una vida humana está muy por “encima” de la vida humana moralmente buena.

 

Este fenómeno del orden jerárquico entre valores “objetivos” de distinto tipo ya lo había entrevisto Blas Pascal varios siglos atrás cuando en sus Pensamientos afirmaba que entre los espíritus y los cuerpos hay una distancia enorme que los separa infinitamente  —lo mismo que entre los espíritus humanos y sus acciones transfiguradas por la gracia—  si bien el concepto de valor era totalmente desconocido para este gran pensador francés.[4]

 

 

b. Entre valores objetivos del mismo tipo

 

Entre valores “objetivos” del mismo tipo es posible observar también una “superioridad” de unos sobre otros. En el seno de los valores morales, por ejemplo, la “bondad” se levanta por encima de cualquier otro valor de la misma naturaleza, como la justicia, la veracidad, la fidelidad, la honestidad, la pureza; en la esfera de los valores estéticos, en cambio, la “belleza” se impone delante de la comicidad, el encanto, la elegancia, la delicadeza, la gracia; por su parte, en el ámbito de los valores religiosos la “santidad”  —o “sacralidad”—  descuella ante la veneración, la piedad, la confianza, la gratitud o la súplica. Esta “superioridad” permite que dichos valores sean considerados los más “altos” en su tipo, los proto-tipos de los demás valores, los valores centrales y primarios dentro de cada ámbito o esfera.

 

Estas ordenaciones jerárquicas  –en los dos sentidos apenas indicados—  no existen entre los valores “subjetivos”. En ellos no puede apreciarse siquiera una “clasificación” en diversos tipos y muchos de ellos no pueden considerarse como “individuos” pertenecientes a un mismo tipo. Todos están referidos indistintamente a la subjetividad de cada hombre, a las excitaciones de sus gustos y de sus preferencias, a las exigencias de sus necesidades o de sus intenciones. Lo más que puede entreverse en ellos son las “variaciones en la intensidad” con que son reclamados por cada hombre dentro de situaciones concretas: la vehemencia con que son buscados por éste, el empuje interior que conducen al hombre hacia ellos, el grado de satisfacción que alcanza éste por su concurso, etcétera.

 

Los hombres llegamos a conocimiento de estas ordenaciones jerárquicas por el contacto con cosas y sucesos del mundo a través de la experiencia, por el encuentro con los valores que estos sucesos y cosas del mundo poseen en sí mismos o portan consigo; no se trata de datos establecidos a priori por nosotros mediante la reflexión o la preferencia. Por eso, aunque podemos especular mucho sobre el sentido de estos órdenes jerárquicos entre los distintos valores “objetivos” o tratamos de sistematizar estos ordenamientos jerárquicos a partir de nuestros gustos personales lo cierto es que son conocidos por nosotros de forma a posteriori, después de descubrirlos o encontrarnos con ellos en diversas circunstancias. Otra cosa distinta es saber si los hombres podemos llegar a establecer, de manera definitiva y clara, el “sistema total” de los valores en lo que concierne a sus ordenaciones jerárquicas hasta sus más mínimos detalles. Como este dato es posible captarlo a partir de la experiencia, es poco probable que un hombre pueda llegar a establecerlo algún día; lo que sí es improbable, por lo que se ha dicho líneas arriba, es que este “sistema total” de los valores se pueda obtener de manera analítica, es decir, de forma deductiva.

 

Lo anterior implica que una rica experiencia con cosas y sucesos del mundo, un contacto fecundo con su importancia intrínseca y significatividad propia, una consulta reiterada con los datos de la realidad inmediata ofrecen a nuestra mente la posibilidad de descubrir estas ordenaciones jerárquicas y de revelar paulatinamente todas sus ramificaciones. Pero allí donde esta relación con los valores “objetivos” de cosas y sucesos del mundo se dificulta o se empobrece o es escasa, nuestras determinaciones sobre sus ordenamientos jerárquicos diversos se vuelven disputas meramente teóricas, las más de las veces bastante subjetivas.


[1]
  El filósofo alemán Dietrich von Hildebrand  —uno de los que más han contribuido en el mundo intelectual contemporáneo al esclarecimiento de la naturaleza del valor en general—  dice precisamente en su lengua materna “Bedeutsamkeit”, que puede traducirse indistintamente como “importancia” o “significatividad”. Cf. Ethik, Habbel, Regensburg, 1973, especialmente el capítulo 3 de esta obra: “Die Kategorien der Bedeutsamkeit” (pp. 39-68), aunque también pueden leerse con algún provecho el capítulo 2: “Bedeutsamkeit und Motivation” (pp. 33-38) y el capítulo 7: “Die Bedeutsamkeitskategorien als Seinspropietäten” (pp. 83-97).

 

 

 

 

[2]
  Hay cosas o sucesos del mundo que son valiosos en sí mismos, cuya importancia propia o significatividad intrínseca, sin embargo, se ve relegada o desplazada por nuestro deseo o pretensión e, incluso, por nuestro estado de ánimo; por eso la relevancia que presentan parece ser únicamente un valor “subjetivo”, referido a nosotros. Una mujer evidentemente hermosa, por ejemplo, puede mirar su belleza con ojos de codicia o de lucro, en razón de las cuales ésta aparece ante su mirada como algo valioso, pues de ello vendrá para ella o prestigio, o un buen trabajo, o ciertos favores de otros; también puede suceder que, debido al estado de ánimo depresivo o melancólico con los cuales se ha levantado por la mañana de la cama, se vea a sí misma ante el espejo como una mujer fea. No obstante, apenas esas pretensiones o esos estados de ánimo se retiran de ella, puede esa mujer volver a percibir nítidamente la belleza que la adorna objetivamente y que es motivo de asombro y admiración para muchos, incluida ella misma.

 

 

 

 

[3]
  Ver el comentario de la nota anterior.

 

 

 

 

[4]
  Así dice textualmente en el número 793: «La distancia infinita entre los cuerpos y los espíritus figura la distancia infinitamente más finita de los espíritus y la caridad, porque es sobrenatural. […] Todos los cuerpos, el firmamento, las estrellas, la tierra y sus ríos, no valen lo que el menor de los espíritus; porque éste conoce todo aquello y se conoce a sí mismo, y los cuerpos, nada. Todos los cuerpos juntos, y todos los espíritus juntos, y todas sus producciones no valen lo que el menor movimiento de caridad; esto es de un orden infinitamente más elevado. Con todos los cuerpos juntos no se puede lograr hacer un pequeño pensamiento: es imposible y de otro orden. Con todos los cuerpos y los espíritus no es posible obtener un movimiento de verdadera caridad; es imposible, y de otro orden, sobrenatural».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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