Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 28 octubre 2008

            El hombre tiene conocimiento “ingenuo” de muchos objetos.[1] De muchos de éstos el conocimiento adquirido por el hombre es de una extraordinaria riqueza, llena de lucidez y profundidad; de muchos otros, en cambio, el conocimiento alcanzado de ellos apenas consiste en una sumaria “noticia” acerca de su ser.

 

Estas diferencias en los conocimientos “ingenuos” del hombre respecto de los objetos dependen de varios factores. Por un lado, de la naturaleza misma del objeto de conocimiento, de su riqueza ontológica y de la complejidad estructural de su propio ser. Por el otro, de las condiciones en las que el sujeto lleva a cabo la relación cognoscitiva con estos objetos.

 

En otras palabras: en unos casos, el conocimiento “ingenuo” obtenido por el hombre de un objeto es profundo y rico debido a la naturaleza misma del objeto en cuestión, como sucede con la belleza estética o la bondad moral, que difieren de manera radical de un aparato electrodoméstico o la casa en la que se habita; en otros casos, el conocimiento “ingenuo” presente en la mente del hombre sobre un objeto es pobre y superficial porque los actos mentales que debe realizar éste para adquirirlo no se han realizado de manera plena, debido a muchas interferencias ambientales, como exceso de luz o abundancia de ruido.

 

 

I

 

En el mundo de las cosas físicas, por ejemplo, el hombre tiene un conocimiento “ingenuo” de los colores y de los sonidos, del calor y de la humedad, del movimiento y del reposo, de la fuerza y la energía, etc. En el mundo de las cosas culturales, el hombre tiene conocimiento “ingenuo” de la diferencia fundamental que hay entre objetos naturales y objetos culturales y, entre éstos, de utensilios e instrumentos, de máquinas y artefactos, así como de las obras de arte. En el mundo de los seres vivientes, el hombre tiene conocimiento “ingenuo” de la diferencia esencial que hay entre los seres inertes y los seres vivos y, entre éstos últimos, de sus diferentes especies, como plantas y animales. En el campo de las cuestiones existenciales, el hombre tiene conocimiento “ingenuo” del amor y del odio, de la gratuidad y de la gratitud, del trabajo y el descanso, de la belleza y de la fealdad, del engaño y de la infidelidad, de la envidia y la generosidad, etc.

 

 

II

 

También de la vida psíquica y de los “fenómenos psíquicos” fundamentales de ésta, el hombre tiene normalmente un conocimiento “ingenuo”, de cierta precisión y agudeza.

 

Tiene conocimiento “ingenuo”, por ejemplo, de la vida en su doble aspecto, como “vida objetiva” y “vida subjetiva”; la primera corresponde a la vida biológica y la segunda a la vida psicológica. Sabe, en ese sentido, que la vida objetiva es aquella que crece, se desarrolla, se regenera, se reproduce e incluso muere y que la vida subjetiva es aquella que se vivencia o experimenta a sí misma de alguna manera.

 

También sabe que la vida subjetiva es esa que transcurre “dentro”, en la “interioridad” del hombre, mientras que la vida objetiva es la que transcurre “en” el hombre, pero no “dentro” del hombre, “fuera” de él, ciertamente, pero no desvinculada de él sino, más bien, por “encima” de él, en la “exterioridad” de su ser.

 

Conoce, asimismo, que a la vida subjetiva corresponde, por un lado, una capacidad de “salir de sí”, de su interioridad, del fondo de su ser, haciéndose notar exteriormente, volviéndose sumamente expresiva, manifestándose claramente para otros; y, por el otro, una capacidad de conducir “hacia sí”, a la interioridad, hacia el fondo de su ser, cuanto suceso tiene lugar en el mundo objetivo, exterior a ella.

 

Asimismo, tiene cierta “noticia” en su mente  —si bien no siempre clara y profunda—  de la diferencia entre el “sentir” como acto de conocimiento y el “sentir” como vivencia afectiva; entre la “sensación” realizada con los sentidos y la “percepción” ejecutada también con la mente; entre la “representación” de cosas pasadas y, por ello mismo, inexistentes, y la “representación” de cosas inexistentes, pero quizá futuras, así como de la “representación” de cosas en todos los sentidos inexistentes, que no son ni pasadas ni futuras; entre “juzgar”, “razonar”, “meditar”, etc.; fenómenos todos ellos de la dimensión cognoscitiva de la vida psíquica.

 

Igualmente tiene alguna “noticia” de diversos fenómenos característicos de la vida psíquica en su dimensión afectiva, como “sensaciones corporales” y “estados anímicos”, “emociones”, “conmociones”, “pasiones” y “sentimientos”. Hay esta “noticia”, de igual manera, de los fenómenos específicos de la vida psíquica en su dimensión apetitiva, como “querer” y “desear”, “pretender” o “esperar”, “anhelar” y “exigir”.

 

Incluso hay en el hombre un conocimiento de los “estados psíquicos”, los “actos psíquicos” y las “funciones psíquicas” de la vida psíquica en cuanto tal, así como de la centralidad que en ella tiene el “yo” de cada persona.

 

 

III

 

Estos conocimientos “ingenuos” acerca de la vida psíquica y los fenómenos psíquicos fundamentales de ésta los adquiere el hombre mediante la “observación”  —atenta o superficial—  de otros hombres distintos de él mismo, realizada de maneras diversas en la convivencia habitual con ellos, a través de ciertas actividades específicas, como camarero, vendedor, peluquero, manicurista, profesor, médico, servicio doméstico, madre o padre, etc.

 

Adquiere estos conocimientos, igualmente, de aquello que puede designarse, de manera general, como “observación de sí mismo”, esto es, de la “aprehensión” de la propia índole psíquica a través de los encuentros, las relaciones con otras personas, las reacciones elementales ante ellas o las circunstancias mismas de la vida que la ponen en evidencia.

 

Este conocimiento de la propia índole psíquica es diferente, sin embargo, de cierta disposición en algunos individuos (como los hombres melancólicos o susceptibles) a “recrearse” una vez tras otra en sus vivencias interiores y a “revivir” continuamente sus estados subjetivos; en una palabra, a “experimentar” de manera reiterada los fenómenos psíquicos que le son datos vivir en ciertos momentos. De esta manera no es posible “conocer” la vida psíquica  —sólo “experimentarla”—  pues, para que ello sea posible, es necesario realizar actos específicos de “atención” o de “conciencia” sobre uno mismo  —si bien no “reflexivos”—  que implican, hasta cierto punto, una desconexión deliberada de la propia experiencia de la vida psíquica.

 

El trasfondo indispensable de todo este conocimiento alcanzado por el hombre de la vida psíquica es, sin embargo, el ofrecido a éste por la experiencia misma, tanto la que tiene de sí mismo el hombre como la que tiene de otros hombres semejantes a él. La experiencia constituye el fundamento último e insustituible de todo tipo de conocimiento de la vida psíquica, sea éste “ingenuo” o “científico”. Experiencia que asume, en ciertos momentos, la forma de una “vivenciación” pero, en otros, el de una “ejecución”. Tal es el caso, por ejemplo, de los estados psíquicos, con relación a lo primero, y el de los “actos” y “funciones” psíquicas, con relación a lo segundo.

 

De cualquier manera, en el caso del conocimiento “ingenuo” de la vida psíquica, éste será siempre un saber de ella completamente atemático, falto de discernimiento crítico, obtenido sin un procedimiento riguroso y elaborado de manera asistemática para el hombre. Eso no disminuye de éste, sin embargo, su carácter de “auténtico” conocimiento y “efectivo” contacto con este objeto; sólo pone de relieve su limitación epistemológica.


[1]
  Se llama “ingenuo” al conocimiento que tiene el hombre de un objeto cuyas características principales son, por un lado, ser obtenido por la mente de éste de manera “directa” y “vívida”, en contacto “inmediato” con los mismos objetos y, por el otro, no ser “elaborado” en manera alguna por la mente del hombre, por sus actos fundamentales, como la reflexión o la deducción, o puesto en “cuestión” por vivencias específicas de la mente del hombre, como la duda o la suposición.

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Read Full Post »

El conocimiento de los valores

 

1. Experiencia de los valores

 

Los hombres podemos conocer el “valor” de una cosa de la realidad o de un suceso del mundo sólo por experiencia propia. Los valores son aspectos de la realidad que los hombres conocemos únicamente en su presencia original o, como diría Edmund Husserl, “en carne y hueso”. Lo anterior significa que los valores, en cierto sentido, deben “presentarse” ante nuestra mente y “desplegarse” delante de ella en toda su importancia y significatividad. De nuestra parte, significa que el valor de una cosa de la realidad o de un suceso del mundo debe ser “aprehendido” o “captado” por nuestra inteligencia de alguna manera.

 

La significatividad de una cosa de la realidad o la importancia de un suceso del mundo son datos sobre estos seres que no podemos deducir analíticamente de nada, ni obtener por inferencia lógica a partir de ciertos indicios. Mientras el valor de una cosa de la realidad o de un suceso del mundo no se “muestre” ante nuestros ojos en forma inmediata o nuestra mente no “perciba” directamente este dato de alguna manera, en absoluto podrá hablarse de conocimiento del valor por parte nuestra en sentido estricto.

 

Ciertamente podremos conocer “teorías” diversas acerca de los valores; podremos contraponer “concepciones hipotéticas” sobre los valores entre sí distintas; podremos formular “explicaciones posibles” sobre su naturaleza en nuestra mente; podremos, incluso, hacer “enlistados” y “clasificaciones” de valores en muchos sentidos, pero no sabremos nada de los valores en sí mismos. Este particular “dato” del ser permanecerá lejano e inaccesible a nuestro espíritu en su esencia propia.

 

 

2. Aprehensión de los valores

 

Los valores se parecen, en esto, a los colores o a los sonidos de las cosas que hay en el mundo, que son incognoscibles para nosotros sin la experiencia directa de su misma presencia. Sin el contacto inmediato con éstos, sin la aprehensión inmediata de su ser, nadie puede decir que “conoce” colores o “conoce” sonidos, nadie puede afirmar que los ha “visto” o los ha “oído”; más bien sucederá como para el ciego o para el sordo de nacimiento, que “saben” de estas cosas sin haberse aproximado jamás a ellas, debido a sus evidentes impedimentos físicos.

 

Como muchos objetos del mundo, los valores son “dados” a nuestra inteligencia a través de específicos actos de aprehensión y de captación. Por eso se habla en este terreno de “percepción del valor” de la misma manera que se habla de “percepción de objetos” en otros terrenos.

 

Así como existe para los hombres un conocimiento de los colores o un conocimiento de los sonidos en el mundo físico, un conocimiento de los números o un conocimiento de las figuras geométricas en el mundo matemático, un conocimiento de los actos o un conocimiento de las vivencias en el mundo psíquico, un conocimiento de lo viviente o un conocimiento de lo inerte en el mundo vital, un conocimiento de lo personal o un conocimiento de lo impersonal en el mundo de los individuos conscientes o un conocimiento de lo natural y un conocimiento de lo artificial en el mundo cultural, existe también, para nosotros, un “conocimiento de los valores” en sentido estricto.

 

 

a. Notas epistemológicas

 

Las mismas notas epistemológicas de la percepción que entran en juego en la aprehensión y captación de otros objetos del mundo  —como la mismidad de los objetos ante nuestra mente, el encuentro fecundo entre nuestra mente y los objetos de la realidad y la inmediatez del contacto entre los objetos y nuestra mente—  están en juego también en la aprehensión y captación de los valores de cosas y sucesos.

 

Se trata, sin embargo, de un género especial de percepción de objetos, por cuanto que en ella se movilizan energías espirituales nuestras que no entran en juego en otras especies de percepciones de objetos. El grado mayor de atención que se requiere de nuestra parte, por un lado, y la agudeza intelectual que necesitamos de nuestra mente, por el otro, así como la apertura total de nuestro espíritu ante la presencia de éstos  —incondicionada y franca—  son algunos de los aspectos de nuestro ser que se encuentran involucrados en todo momento en la aprehensión y la captación de los valores de cosas y sucesos.

 

Los valores, además, son aspectos del ser que ponen en evidencia la integridad moral de nuestra voluntad y el recto orden que impera en el ámbito de nuestra afectividad, de tal manera que muchas veces despiertan en nosotros “resistencias” ante su presencia muy profundas, que oscurecen su plena evidencia ante nuestra mente o provocan que nuestro ser se cierre ante ellos. Por eso el conocimiento genuino de los valores no tiene lugar en el interior de los hombres sin cierto “escándalo” para nuestro espíritu las más de las veces.

 

La percepción de los valores no tiene lugar en el ámbito de nuestra inteligencia exclusivamente, si bien se trata siempre de su conocimiento intelectual, objetivo y adecuado. Aunque los valores están llamados a ser captados y aprehendidos por nuestra mente como muchos otros objetos del mundo, su estructura interna y su constitución ontológica son de tal índole que implican necesariamente la esfera de nuestra afectividad en el mismo acto de conocimiento. Son datos del ser que no pueden ser nada más “vistos” por nuestra inteligencia y “registrados” por nuestra conciencia sino, además, requieren ser “sentidos” por nuestro corazón, “vivenciados” por nuestra afectividad, para desvelar ante nuestra mirada intelectual toda la riqueza de su contenido.

 

Sin perder en ningún momento su carácter cognoscitivo, la percepción de los valores es, para cualquier hombre, una “percepción emotiva” o una “percepción sentimental”, en oposición a otras percepciones de objetos. Por eso la percepción de los valores tiene el carácter de verdadera “experiencia” para nosotros  —y no sólo de una simple aprehensión intelectual—  por el alto grado de reverberación afectiva que implica en nuestro interior. Por ello su conocimiento no puede ser nunca para nosotros “frío” e “indiferente”, sino “ardiente” y “comprometido”.

 

 

b. Exigencias antropológicas

 

Para percibir los valores adecuadamente, por ello, es indispensable que nuestra mirada esté libre de impedimentos de cualquier índole, especialmente de pretensiones vehementes que dominan nuestra voluntad, afectos desordenados que subyugan nuestra afectividad y prejuicios irracionales que estrechan nuestra mente.

 

Las primeras, porque nos indisponen ante el valor de sucesos o de cosas por razón de las intenciones meramente subjetivas que perseguimos interiormente al aproximarnos a éstos y a éstas  —como placer o poder, fama o prestigio, por ejemplo—  al margen de su importancia intrínseca y su significatividad propia. Los segundos, porque desfiguran el valor que poseen a la par sucesos y cosas en razón de sí mismos, ya sea magnificando innecesariamente su importancia intrínseca o minimizando hasta la nada su significatividad propia. Los últimos, porque introducen un sinfín de objeciones intelectuales  —como “pero”, “no obstante”, “a pesar de todo”, “en el fondo”, “finalmente”—  a la evidencia plena que muestran los valores de cosas y sucesos ante nuestra conciencia.

 

En estos tres casos, el resultado es siempre el mismo: una incapacidad para poder “ver” los valores, para “reconocer” su evidencia en sucesos o cosas, para dejarnos “tocar” interiormente por su presencia. En última instancia, para dejarnos “educar” y “formar” por ellos. Pretensiones vehementes, afectos desordenados y prejuicios irracionales son las causas más comunes entre los hombres de la “ceguera” total o parcial de su espíritu ante los valores.

Read Full Post »