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Archive for 23 noviembre 2008

Objeto cultural y objeto natural

Intento de delimitación fenomenológica

 

Los objetos culturales tienen existencia en el mundo a partir de específicos actos subjetivos que se denominan, de manera general, “actos culturales”. Son estos actos culturales los que “ponen” en la existencia a los objetos culturales, los “introducen” efectivamente en el mundo. Sin embargo, el fundamento último de los objetos culturales no es propiamente un “acto cultural” en sí mismo, sino el sujeto humano que lo lleva a cabo. Es decir, todo objeto cultural tiene su origen, en última instancia, en la subjetividad humana.

 

Con todo, la índole misma de los actos culturales a través de los cuales tienen existencia en el mundo los objetos culturales  —hacer, modificar, desarrollar, transformar, conformar—  no remiten como único fundamento del ser de éstos a la subjetividad humana, a las distintas operaciones del hombre en razón de las cuales llegan a ser los objetos culturales en el mundo; antes bien, abren también a la consideración de otro fundamento distinto al de la subjetividad humana que se halla igualmente a la base del ser de los objetos culturales, constituyendo intrínsecamente su ser y sustentando la posibilidad de su existencia.

 

En efecto, todos los objetos culturales no solamente son “hechos por…” un sujeto humano  —a través de la creatividad de sus manos u otras partes del cuerpo, por influjo específico de su inteligencia y su voluntad—  sino también son “hechos de…” algo distinto al sujeto humano que ya existía anteriormente en el mundo, y sin el cual no podría existir tampoco en el mundo. De no ser así, tampoco podría decirse con toda justicia que los objetos culturales son “hechos por…” los actos culturales realizados por la subjetividad humana, sino que son enteramente “creados” por ésta en el mundo, es decir, “puestos” en la existencia totalmente por el hombre, en el sentido fuerte de la palabra alemana “poner” [setzen]. Este “algo distinto” del cual son hechos los objetos culturales por las operaciones del hombre y cuya existencia en el mundo ya precedía de suyo a la existencia de los objetos culturales en el mundo reciben el nombre de “objetos naturales” que, en el habla ordinaria de los hombres, se denominan sencillamente como “cosas”.

 

Los “objetos naturales” no son, estructuralmente hablando, idénticos a los objetos culturales, a pesar de que ambos tipos de objetos coexisten en el mismo mundo. El mundo humano, se ha dicho antes, está compuesto por igual de objetos naturales y objetos culturales. Pero esta coexistencia de ambos objetos en el mundo no anula en absoluto la diferencia esencial que existe entre ambos objetos del mundo.

 

Los objetos culturales son entidades completamente “intencionales”, en el sentido que su ser remite de manera necesaria a la subjetividad del hombre. Al ser objetos que son “hechos por…” las operaciones de un sujeto humano  —y esto no sólo de manera temporal y transitiva, meramente casual, sino esencialmente, absoluta—  todo su ser está “vuelto” hacia el sujeto del cual proceden; su ser se concreta no sólo a existir “en” el mundo, sino también a existir “de cara” a los sujetos humanos. De hecho, la existencia de los objetos culturales sin esta relación esencial, fundamental, con los sujetos humanos se torna enteramente irrelevante en el mundo, incluso insignificante, pues si su ser se “inserta” de alguna manera en el mundo de manera significativa es gracias a los sujetos humanos que los constituyen con sus operaciones específicas. Los objetos culturales realizan en su ser de manera plena el sentido propio de la palabra “objeto”: aquello que se halla “delante”, “ante” o “de frente” a un sujeto, “cara a cara” con él.

 

Los objetos naturales, en cambio, no pueden considerarse en sentido estricto como entidades intencionales. Su existencia en el mundo no “reclama” en manera alguna una relación necesaria con ningún sujeto humano; tampoco “depende” de operaciones específicas de la subjetividad de éste. Sencillamente su ser está “dado” en el mundo. Por esa razón no se emplea con ellos de manera precisa la palabra “objeto” para designarlos con el lenguaje, sino la palabra “cosa”. Una cosa es aquella entidad que existe “por sí misma” o, al menos, que no está en relación inmediata con el ser y las operaciones específicas de los sujetos humanos. Aunque su existencia en el mundo no se sustenta propiamente en sí misma  —porque su ser no depende enteramente de sí mismo—  tampoco se sustenta en el ser del hombre ni depende de las operaciones de éste.

 

Aunque los objetos naturales pueden ser conocidos, sentidos, apetecidos o queridos por las distintas operaciones fundamentales del sujeto humano  —conocimiento, afección, deseo, volición—  o intervenidos fácticamente por las diversas actividades praxeológicas de éste, lo cierto es que éstos guardan una “distancia” esencial con el ser del hombre. Pueden convertirse en el “término” de sus operaciones propias, son hechos “objeto” de las actividades de éste; pero, en sentido estricto, son entidades ontológicamente independientes de los sujetos humanos. El hombre se dirige intencionalmente a éstos con sus diversas operaciones y acciones, pero los objetos naturales no son en modo alguno intencionales al hombre; es decir, no son “objetos” en sentido estricto. Por esa razón, mientras los objetos culturales son todos ellos concebidos, sentidos, apetecidos, queridos o constituidos por la subjetividad del hombre, los objetos naturales son, más bien, hallados, encontrados, descubiertos por ésta.

 

Este “descubrimiento” de los objetos naturales lleva aparejado un problema fundamental para todos los hombres: la necesidad de conocer qué son en sí mimos estos objetos e incluso la posibilidad de ser sentidos  —en el sentido “afectivo” de la palabra—  por sí mismos. Esto significa, simultáneamente, que en cada objeto natural hay implícita una verdad acerca de su ser, pero también un valor inherente a éste. Así pues, los objetos naturales son aquello que por encima de todo  —las apetencias o la voluntad de los hombres—  deben ser conocidos por la inteligencia del hombre, deben ser amados por el afecto de este, de manera adecuada a su ser.

 

A diferencia de los objetos culturales, el ser de los objetos naturales no indica de forma inmediata que son “conformaciones” [Gebilde] o “hechuras” [facta] humanas, sino “formas” [Gestalten] en sentido genuino. Por eso, para comprenderlos adecuadamente  —hasta donde es posible hacerlo—  no hay más que remitirse a la “forma” [Gestalt] de estos objetos y al testimonio que ésta da de sí misma a la mirada del hombre. Hay que penetrarla y volverla explícita; incluso aprender a “leerla” en sus propios rasgos.

 

Los objetos naturales, como se ha dicho antes, tienen un modo de ser que proviene únicamente de sí mismo. Por esa razón tienen un sentido que descansa en su propio ser y una finalidad que no proviene de ninguna otra instancia más allá de sí. Esto se aprecia con mucha más claridad en el hecho que el ser de los objetos naturales se despliega completamente a partir de sí mismo, se desarrolla y evoluciona hasta su plenitud siguiendo el libre curso que le impone su propia estructura interna; su modo de actuar en sí mismo o en el mundo está determinado por su modo de ser.

 

Bien mirado, también los hombres son seres que pertenecen al ámbito de los objetos naturales. Aunque la mayoría de las veces la mirada se detiene en lo que los hombres han hecho de sí mismos, han alcanzado y conseguido en su propio ser, llevándolo a configuraciones siempre nuevas y cada vez más complejas, como si fuesen para sí mismos  objetos culturales, lo cierto es que nada de ello sería posible si ante todo y sobre todo no fuesen primero objetos naturales. Todo su ser original es testimonio de ello: su modo de ser y su modo de actuar; el sentido que le es inherente y finalidad que lo dirige.

 

Otra característica importante de los objetos naturales es que “cambian” en su propio ser. Eso significa que su figura fundamental [Bild] experimenta una serie de transformaciones notorias desde el punto de vista fenomenológico. Las más conocidas son las concernientes a su alteración y cambio  —cuando se trata de entidades inertes—  o las de desarrollo y  despliegue, cuando se trata de individuos vivos. Sobre todo con estos últimos, también existe en ellos una verdadera evolución  —en cuanto especie—  marcada por las necesidades de adaptación a su ambiente propio (con el cual están en relaciones de intercambio y dependencia) que continuamente se modifica. Esta evolución de su ser sigue siendo natural, porque está inscrita en las posibilidades inherentes de cada uno de los individuos de este tipo de objetos naturales.

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