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Archive for 31 enero 2009

El taller del Orfebre*

Notas introductorias para su lectura

 

Karol Wojtyla escribió El taller del Orfebre en 1960, diez años después de haber dado a la luz su último drama, Hermano de nuestro Dios, en 1950. Esta obra apareció publicada en el mes de diciembre en “Znak”  —revista católica de circulación mensual—  con el pseudónimo de Andrzej Jawień, aunque fue escrita desde el mes de enero del mismo año.

 

La obra trata sobre el “amor humano”, que encuentra su figura específica en el “matrimonio”. Es, por tanto, una obra sobre el amor entre el varón y la mujer. Si bien no es la única forma de amor que puede existir entre los hombres, ésta en particular reviste una importancia decisiva para la configuración de la existencia humana, porque en ella se pone en juego su significado y su destino.

 

El matrimonio es visto en esta obra como “sacramento”; quiere poner de relieve que el matrimonio es, en el fondo, un “misterio”. En el lenguaje religioso, la palabra “misterio” no hace referencia a lo desconocido y recóndito, sino apela propiamente a su procedencia última: el amor humano, que encuentra su forma específica en el matrimonio, proviene de Dios, por eso tan sólo en Él encuentra su pleno sentido. Fuera de esta relación originaria con Dios, el matrimonio se torna para los hombres en un “enigma”, que engendra en los hombres incertidumbre y miedo.

 

El matrimonio se aborda en esta obra como un “drama”, pues implica de forma necesaria la confrontación explícita de dos libertades: la libertad del varón que se pone en juego delante de la mujer, la libertad de la mujer que se pone en juego delante del varón. El drama estriba en la dificultad  —y también el reto—  que experimenta el hombre para “dar” y, llegado el caso, “perdonar”, a su prójimo en el matrimonio, condiciones indispensables para que el amor humano no devenga en “tragedia”. El drama reside, en última instancia, en hacer de esa relación amorosa, mediante el recurso de la libertad, una realidad llena de sentido, donde se ponga de manifiesto el destino del hombre.

 

La obra se presenta, desde el punto de vista metodológico, como una “meditación”. La meditación tiene lugar en el plano de la conciencia y, por lo tanto, en el interior del hombre. A través de ella, los hombres “contemplan” los acontecimientos del mundo o las acciones humanas y “reflexionan” sobre su específico significado. La meditación busca entrever el “sentido” que pueden tener estos acontecimientos y estas acciones en la conformación de la existencia humana.

 

En esta obra, por eso, los personajes no “actúan”, en el sentido particular que tiene esta palabra en el lenguaje teatral. Son captados, más bien, en el momento en que consideran sus circunstancias particulares en la intimidad de su conciencia, una vez que ésta ha sido “tocada” y, sobre todo, “provocada” por dichos sucesos. Sin esta meditación, los personajes únicamente se verían atrapados en la vorágine de los sucesos externos y serían devorados irremediablemente por ellos. No podrían ver en éstos el entretejimiento de una historia personal y, por lo tanto, la configuración de un destino único. Es la meditación la que permite al hombre ver en el amor el “drama” y no la tragedia, y en el matrimonio el “sacramento” y no el enigma. La meditación es obra del pensamiento, por eso es “reflexión”; pero también es resultado del sentimiento, por eso es “contemplación”.

 

Si bien es cierto que la finalidad de la obra es “ética”  —pues el autor busca indicar, de alguna manera, pautas de comportamiento inmediato y cambios específicos de actitud relativas al matrimonio en sus posibles lectores, debido a su dignidad episcopal y a su preocupación pastoral—  el modo de acometer el amor humano implicado entre el varón y la mujer es, más bien, “lógico”, por cuanto que busca develar ante el espíritu del hombre el imponente “logos” del amor humano, su esencia misma, su estructura intrínseca, sus elementos fundamentales.

 

El lenguaje empleado por el autor en la obra es “poético”, pues intenta presentar el “logos” del amor humano implicado en el matrimonio mediante agudas metáforas y profundas imágenes que hablen simultáneamente a la mente y al corazón del hombre capaz de aprehenderlas en una intuición estética. La obra no busca, en ese sentido, “convencer” al hombre con ningún argumento ni busca tampoco inducir ninguna decisión concreta; simplemente se circunscribe a iluminar el “logos” del amor humanos a través de palabras poéticas y a hacer ver al espíritu del hombre su belleza y su dignidad.

 

La obra habla del amor humano tal como éste se presenta en la experiencia de tres parejas o, mejor dicho, como es vivido por estas tres parejas en las circunstancias concretas de sus vidas: cuando el amor se origina en ellas y madura hasta la conformación de un matrimonio (Teresa y Andrés), cuando el amor se acaba o, al menos, disminuye y se tambalea en el matrimonio ya constituido (Ana y Esteban), cuando el amor que lleva a constituirse en matrimonio a una nueva pareja se ve afectado por las vicisitudes de los amores que han engendrado la personalidad de cada uno de sus miembros (Mónica y Cristóbal).

 

En la obra, los miembros de cada pareja se “confrontan”, por así decirlo, con el amor que surge dentro de ellos y los lleva a entablar una relación recíproca de vida que determinará sus destinos. Pero, al mismo tiempo, se “confrontan” con la mirada del viejo Orfebre que pondera el “peso específico” de los hombres implicados en cada pareja y mide la “estatura particular” del amor que entre ellos existe. Cada uno de ellos, asimismo, calará hasta el fondo la profundidad existencial que encierra el amor que entre sí se ofrecen cuando sepan dialogar con el “hombre” que dentro de ellos se encuentra, no con sus pensamientos o con sus sentimientos, sus imágenes o esquemas mentales, porque esto sería todavía muy superficial.

 

Personajes centrales de la obra son, además de los miembros de cada pareja, el viejo Orfebre, que pasa su vida contemplando desde el escaparate de su taller el amor de las parejas que se forman en el mundo y llegan a presentarse consciente o inconscientemente ante la puerta de su negocio, y Adán, que se presenta ante los miembros de cada pareja como un interlocutor ocasional con el cual pueden considerar la profundidad existencial de su amor porque él es, en cierto sentido, la “síntesis” de todos los hombres juntos. El Orfebre descubre ante las parejas la matriz metafísica y teológica del amor humano, mientras Adán les descubre sus dimensiones antropológicas. En ese sentido, cada pareja afronta las vicisitudes cotidianas de su amor recíproco dentro de las coordenadas de sentido que representan para ellas las figuras de Adán y del Orfebre.


* Fuente: Karol Wojtyla, El taller del Orfebre. Meditación sobre el sacramento del matrimonio, expresada a veces en forma de drama, bac, Madrid, 1987³. Traducción española de Anna Rodon Klemensiewicz.
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Las respuestas del hombre a los valores

Un análisis sobre las relaciones de sentido que hay entre los hombres y los valores

 

 

1. Las respuestas a los valores

 

Entre los hombres y los valores existen diferentes relaciones de sentido. Después de la aprehensión plena de éstos en la percepción (inteligencia) y de su experimentación profunda en el corazón (afectividad), la más determinante de estas relaciones de sentido que existe entre nosotros y los valores es la respuesta adecuada que damos a cada cosa o suceso del mundo en razón de su importancia intrínseca o significatividad propia. Esta respuesta adecuada a los valores implica estratos profundos de nuestro ser porque pone en juego nuestra afectividad pero, sobre todo, nuestra voluntad. En todo caso, aquellos centros “espirituales” de nuestra naturaleza mediante los cuales nos ponemos en juego a nosotros mismos, en primera persona, delante de la realidad.

 

Esta respuesta a los valores es, por un lado, “exigida” a nosotros por cada valor en concreto; por el otro, es “debida” por nosotros a cada valor en particular. Por eso se considera “adecuada”.

 

Por ejemplo, cuando los hombres nos encendemos de entusiasmo o nos llenamos de respeto ante una composición musical en razón de su belleza, no sólo “caemos en la cuenta” con el entendimiento que esta composición es bella o nos “conmovemos” en los más hondo del corazón precisamente porque esta composición es bella, sino que “respondemos” también de estas dos maneras  —con entusiasmo y respeto—  a la belleza de la composición musical de forma plenamente explícita. Por un lado, el entusiasmo y el respeto son “exigidos” a nosotros por la belleza misma de la composición musical; por el otro, nosotros “debemos dar” a la belleza de la composición musical estas respuestas y no otras.

 

Igualmente, cuando los hombres nos llenamos de indignación o montamos en cólera porque un semejante ha sido encarcelado injustamente, no sólo “tomamos conciencia” con el entendimiento de la injusticia del hecho ocurrido o “probamos” en el corazón el dolor y la pena por este hecho totalmente injusto: también “respondemos” decididamente a este hecho injusto con estas vivencias (indignación y cólera). Merced a su misma injusticia, un hecho como este “exige” de nosotros no otra cosa que nuestra indignación o nuestra cólera; ante un hecho injusto como este, los hombres “debemos dar” no otras respuestas que éstas.

 

 

2. Íntima unión con los valores

 

Una respuesta adecuada implica una “forma de unión” mucho más íntima de los hombres con los valores respecto a su aprehensión cognoscitiva con el entendimiento o su vivenciación afectiva con el corazón, porque en estas últimas los hombres somos totalmente receptivos  —aunque no “pasivos”—  ante la presencia de los valores, mientras que en aquella se evidencia explícitamente la postura decidida que asumimos nosotros en referencia a dichos valores.

 

Mientras que la aprehensión cognoscitiva de los valores de cosas y sucesos es, por decirlo así,  la “escucha atenta” de su importancia y significatividad por los órganos receptivos de nuestro entendimiento y la vivenciación afectiva consiste, en cambio, en el “auto-despliegue” de la importancia y significatividad de los valores de cosas y sucesos en los pliegues íntimos de nuestro corazón  la “irradiación” de su contenido específico en nuestro interior la respuesta adecuada que los hombres otorgamos a cosas y sucesos del mundo expresa la “palabra personal” que individualmente dirigimos a su importancia intrínseca y significatividad propia, esto es, la postura decidida que los hombres tomamos de cara a su valor.

 

 

3. Respuestas diversas a los valores

 

Estas respuestas adecuadas que damos los hombres a los valores de cosas y sucesos tienen normalmente tres sentidos distintos. Por un lado, se trata de respuestas dadas con el entendimiento  —respuestas “intelectuales”—  por tratarse del reconocimiento y la apreciación que realizamos los hombres de los valores aprehendidos con nuestra mente de cosas y sucesos. Por el otro lado, son también respuestas dadas con el corazón  —respuestas “afectivas”—  debido a que los hombres somos sensibles en nuestro interior a la calidez y la candidez que emanan los valores de cosas y sucesos del mundo. En algunos casos, además, estas respuestas son dadas por nosotros fácticamente, en el terreno de los hechos y acontecimientos del mundo, como comportamientos prácticos y conductas concretas que asumimos los hombres ante los valores de cosas y sucesos, imperadas por nuestra voluntad  —respuestas “volitivas”—  en razón de su imperiosidad y exigencia existencial.

 

 

4. Índole de las respuestas

 

Ahora bien: las respuestas que damos los hombres a los valores de cosas y sucesos pueden diferir entre sí por tres razones distintas: o por el “contenido cualitativo” que cada respuesta tiene, o por la “especificidad concreta” que determina a cada respuesta, o por el “grado de afirmación y de entrega” que cada respuesta implica.

 

Estas razones, si bien atañen a las posturas que los hombres asumimos ante los valores de cosas y sucesos del mundo, a la forma como nos dirigimos personalmente a cada uno de ellos y nos situamos explícitamente ante cada uno de éstos, están fundadas en los mismos valores de cosas y sucesos del mundo a los cuales estas respuestas están vinculadas esencialmente: ya sea en la “índole” de cada valor en juego (si es positivo o negativo) o en el “tipo” de valor de que se trata en cada caso (estético, intelectual, moral, religioso) e, incluso, en el “rango” que cada valor ostenta en el ámbito del ser (superior o inferior). Las diferencias de estas respuestas, por tanto, son “objetivas”, no obstante ser todas ellas respuestas “subjetivas” por ser dadas por nosotros, los hombres.

 

 

a. Por su “contenido cualitativo”

 

El “contenido cualitativo” de cada respuesta nuestra a los valores de cosas y sucesos del mundo corresponde plenamente, en efecto, a la índole específica de cada valor que está puesto en juego en esas cosas y sucesos del mundo, al talante intrínseco de cada uno. Puesto que hay valores que son, en sí mismos, positivos y negativos, las respuestas que demos los hombres a estos valores serán también positivas o negativas, en correlación perfecta con este carácter.

 

Las respuestas de entusiasmo y de respeto que damos los hombres a la belleza de una composición musical, por ejemplo, tienen contenidos cualitativos “positivos” porque la índole específica de la composición musical  —su belleza misma—  es eminentemente “positiva”. Los contenidos cualitativos de la indignación y la cólera con que los hombres respondemos al encarcelamiento injusto de un semejante, en cambio, son “negativos” porque este hecho es en sí mismo totalmente “negativo”.

 

 

b. Por su “especificidad concreta”

 

La “concreta especificidad” de cada respuesta dada por los hombres a los valores de cosas y sucesos, por su parte, corresponde plenamente al tipo de valor que en cada cosa o suceso del mundo está puesto en juego, al género axiológico al que pertenece cada uno. Hay respuestas que los hombres podemos dar tan sólo a determinado tipo de valor y no a otro (a los estéticos, y no a los intelectuales; a los morales, y no a los religiosos); y aquellas respuestas que pudiéramos dar a dos tipos de valor distintos (a los intelectuales y a los estéticos o a los morales y a los religiosos) diferirían totalmente en su propio carácter, sin embargo, al ser dadas primero a un tipo de valor (valores intelectuales y morales) y después a otro tipo de valor (valores estéticos y religiosos).

 

Difícilmente los hombres podríamos indignarnos o llenarnos de cólera, por ejemplo, ante la evidente fealdad de una composición musical  —como de hecho nos indignamos o nos llenamos de cólera por el encarcelamiento injusto de un semejante—  porque en este caso se trata de un disvalor estético, para el cual estas respuestas nuestras serían totalmente desproporcionadas; en el caso de disvalores estéticos, las respuestas que mejor corresponderían de nuestra parte serían, más bien, el desdén y el desprecio.

 

Asimismo, ante la liberación de un semejante injustamente encarcelado difícilmente los hombres podríamos ponernos delante con respuestas de entusiasmo y de respecto  —como sucede, en cambio, con la belleza de una composición musical—  porque se trata de respuestas que no corresponden propiamente al ámbito del valor moral, sino al estético; en este terreno, las respuestas que mejor corresponderían de nuestra parte serían, propiamente, las de alegría o de agradecimiento.

 

Por otro lado, si bien es cierto que los hombres podemos responder con admiración o asombro ante el talento artístico de un genio musical como ante la belleza de una composición musical creada por este mismo genio, el asombro y la admiración son, en cada caso, distintos, porque en el primero está en juego un valor intelectual, mientras que en el otro está en juego un valor estético; ambos valores se encuentran en planos distintos y confieren, por ello, a cada respuesta nuestra una concreción específica. Dependiendo del valor que en cada caso se trate, por tanto, la respuesta que damos los hombres a estos valores se especificará ante cada uno de manera muy concreta.

 

 

c. Por su “grado de afirmación y de entrega”

 

Finalmente, el “grado de afirmación y de entrega” que implican las respuestas que damos a los valores de cosas y sucesos del mundo corresponde plenamente con el rango del valor que en cada momento está puesto en juego en esos sucesos y cosas del mundo, con la altura y la dignidad que tenga el valor en cada cosa o suceso del mundo. Mientras que nuestra entrega al valor de una cosa o de un suceso puede ser más “profunda” en algunos casos que en otros, según se trate de un valor más alto (moral, religioso) o de menor altura (estético, intelectual), la afirmación del valor de una cosa o suceso de nuestra parte puede ser más “decidida” en unos casos que en otros, según la dignidad del valor en cuestión (intelectual o moral, estético o religioso).

 

Por muy profunda que pueda ser nuestra entrega a la belleza de una composición musical a través de nuestro entusiasmo o por firme que sea la afirmación de esta belleza mediante nuestra respuesta de respeto, por ejemplo, no hay equiparación alguna ni con la profundidad con que nos entregamos a la liberación de un semejante injustamente encarcelado a través de nuestro agradecimiento ni con la vehemencia de nuestra afirmación a este hecho expresada a través de nuestra respuesta de alegría. Nuestras respuestas, en el primer caso, son siempre de “menor grado” con relación a las respuestas dadas en el segundo caso. Por su parte, el desdén y el desprecio con que respondemos a la fealdad de una composición musical nunca pueden ser tan grandes, en profundidad y firmeza, a la indignación y la cólera con que respondemos al encarcelamiento injusto de un semejante. En este último caso, nuestras respuestas son siempre de “mayor grado” respecto a las respuestas dadas en el primer caso.

 

 

5. Importancia de las respuestas a los valores

 

Cuando las respuestas a los valores de cosas y sucesos del mundo no llegan a “darse” de nuestra parte o éstas no son, en sentido estricto, “adecuadas” a la naturaleza de los mismos tiene lugar, entonces, una “desarmonía metafísica” entre nosotros, los hombres, y los valores de cosas y sucesos, que pone en conflicto o compromete seriamente  —por decirlo así—  la estructura misma del mundo, la arquitectura misma de la realidad.

 

Si un mundo carente de cosas importantes o ayuno de sucesos significativos es, hasta cierto punto, un mundo sin sentido por ser terriblemente “neutro” o demasiado “plano” o sumamente “vacío”, un mundo donde a las cosas importantes o a los sucesos significativos que en él existen no se otorgase de nuestra parte el “homenaje” y la “reverencia” personal de nuestras respuestas adecuadas sería un mundo absurdo, por la evidente contradicción que se daría, por un lado, entre el valor intrínseco de estas cosas y de estos sucesos y, por el otro, las posturas nuestras, incapaces de corresponder a los valores específicos de estos objetos. Sería, a todas luces, un mundo “injusto” para la importancia intrínseca de las cosas y la significatividad propia de los sucesos, si es verdad que la justicia consiste en dar a cada cosa lo que corresponde a ella.

 

En un mundo de esta naturaleza, además, sería imposible la misma existencia humana, porque los hombres nos “alimentamos” espiritualmente de los valores que tienen los sucesos y las cosas de la realidad; nuestra energía vital se “recupera” del normal desgaste en que consiste vivir todos los días  —con sus luces y sus sombras, sus alegrías y tristezas, sus deseos y esperanzas, sus éxitos y fracasos—  en el encuentro con sucesos importantes y cosas significativas. Respecto al drama que implica ser siempre uno mismo y no otro posible, el trabajo constante de nuestra propia afirmación se ve “impulsado” y “estimulado” a cada momento por los valores que hay en cosas y sucesos de la realidad; nuestra humanidad se ve “reconfortada” y también “protegida” por estas cosas importantes o sucesos significativos, después del fracaso frecuente en esta tarea al que estamos expuestos continuamente. Pero, a falta de estas respuestas a cosas y sucesos de la realidad o debido a la inadecuación de nuestras respuestas a los valores de estos objetos, los hombres quedamos muchas veces o a expensas de la tiranía de nuestros propios estados de ánimo, inestables y cambiantes, o somos confiados tan sólo a las posibilidades de acción de nuestro propio temperamento, estrecho y limitado.

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