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Archive for 30 junio 2009

El punto de partida de la estética

 1. La existencia del fenómeno

             Partamos de un hecho incontrovertible: a los hombres nos es dado tener experiencias estéticas. Es un hecho que se puede sustentar en el testimonio interior de cada hombre, pero también en el intercambio de experiencias que los hombres tienen con frecuencia entre sí.

             Es irrelevante, por el  momento, saber si esta experiencia se da en todos los hombres ante las mismas cosas o hechos del mundo o si todos ellos la viven de la misma manera y con la misma intensidad. Después de todo, una experiencia no se considera “estética” porque exista un “consenso universal” entre los hombres acerca de las cosas o hechos del mundo que la suscitan o por la coincidencia del “nivel de intensidad” subjetiva con que todos la viven. Un hombre puede tener una experiencia estética de una cosa o hecho del mundo que a otro hombre, sin embargo, deja indiferente, o ambos pueden tener experiencia estética respecto a la misma cosa o hecho del mundo y, sin embargo, vivirla cada uno interiormente de maneras diversas.

            Lo único importante es poder verificar la existencia del fenómeno, la  presencia de este estado de cosas, la evidencia de este dato: que a los hombres nos es dado tener experiencias estéticas.

            Cuando los hombres decimos “experiencia estética” no estamos aludiendo a una creencia o convicción personal, como si se dijera: “yo creo que la experiencia estética es…” o “en mi opinión, una experiencia estética debe ser…”, sino que estamos reconociendo un dato de hecho: “existen las experiencias estéticas; nuestra conciencia es testimonio de ello”.

           Cuando decimos “experiencia estética” tampoco estamos manifestando los hombres cierto deseo o aspiración de algo que nos gustaría sentir o vivir interiormente respecto a algo, como cuando decimos: “¡Ojalá está película o libro sean agradables!”, o también: “¡Cómo deseo un buen baño caliente o un sillón confortable en este momento!”, porque una experiencia estética es siempre un  hecho presente  aquí y ahora  —o del pasado, pero que, no obstante su lejanía en tiempo, testimonia el hecho de que, en un determinado momento, fue un hecho presente para nosotros—  y no simplemente una “proyección” de nuestro ánimo hacia el futuro.

             La experiencia estética, pues, no es una idea concebida por la mente de los hombres, como tampoco es la proyección psicológica de determinada situación anímica de estos: es un hecho, un dato indubitable, que hay que reconocer como existente para después poder penetrarlo, comprenderlo e investigarlo con la inteligencia.

             Así como la biología no tiene que demostrar que existe la “vida” que pretende investigar o justificar los argumentos que argüirían sobre su posibilidad, sino investigarla, porque la “vida” es un “dato de experiencia”, “existe”, se encuentra “presente” en ciertos entes del mundo, de igual forma, la estética estudia, investiga, penetra, pregunta y se informa sobre un hecho que es reconocido como existente por la conciencia de los hombres, si bien en condiciones y circunstancias diferentes para cada uno.

             La estética, por lo tanto, no tiene qué argumentar si es “posible” que los hombre tengan experiencias estéticas o dictaminar cómo “deba” ser una experiencia estética para los hombres sino, sencillamente, explorar un dato de hecho en sus características elementales, penetrarlo intelectualmente lo mejor posible y aprehender su esencia constitutiva, que posibilite circunscribirla y distinguirla de otros tipos de experiencias humanas, como las experiencias éticas o religiosas. La experiencia estética no es “imaginaria”, sino real en cada hombre.

             Como se trata de un dato de hecho, lo que sí es plenamente factible es que pueda haber un hombre en el que todavía la experiencia estética no haya tenido lugar; es decir, que para él, personalmente, dicha experiencia no exista. Tal hombre, por lo mismo, no podría investigar  como esteta la “experiencia estética”  —ni siquiera en el caso de que estuviese filosóficamente bien dotado—  porque es un fenómeno al que no se puede acceder intelectualmente sin la conciencia personal de su existencia; su esencia no es comunicada nunca por los libros o testimonios de otros, sino únicamente por la existencia propia.

            De hecho, tampoco el biólogo puede investigar la “vida” si ésta no se revela ante su conciencia como un dato de hecho  —al menos, con el hecho de su propia existencia—  si no repara atentamente sobre ella; la “vida” no es un dato al que pueda acceder viendo fotografías, contemplando tiras animadas o analizando únicamente cadáveres: se necesita “verla”, es decir, experimentarla o, mejor dicho, captarla en el ámbito de una experiencia.

 

 2. La experiencia del fenómeno 

            Los hombres llegamos a conciencia de la existencia de la “experiencia estética” precisamente porque es, para cada uno, una experiencia.

             Esta experiencia tiene lugar cuando los hombres llegamos a conciencia de ciertas cosas o hechos de la realidad en la que vivimos. Por ello, para dar cuanta de la existencia de la experiencia estética vemos a detenernos brevemente a elencar los momentos en que esta experiencia tiene lugar en nosotros.

             Hay experiencia estética, sobre todo, cuando entramos en relación con las cosas y sucesos de la naturaleza. Aunque de momento no es posible decir si toda cosa o acontecimiento de la naturaleza es capaz de suscitar una experiencia estética en el hombre, lo cierto es que esta es testimoniada por todos cuando se contemplan las montañas o los ríos, los acantilados, los desiertos, los valles o las llanuras, las selvas o los bosques; igualmente, cuando se contemplan los cielos (en el día o en la noche), las nubes, el mar, los lagos. La caída de un rayo de la lluvia, el surgimiento del arco iris o de la aurora  boreal, el amanecer o el ocaso del sol, las tormentas o los tornados (sobre todo cuando no implican peligro inminente para el hombre), las fases de la luna o los ciclos de las estaciones, etc. son algunas de las situaciones de la naturaleza que suscitan en el hombre experiencias estéticas.

             Los vivientes en todas sus especies proporcionan al hombre también una experiencia estética: las plantas, en todas sus variedades; los árboles, en todos sus estilos; los musgos, líquenes y pastos, abundantes por múltiples regiones, etc. Asimismo, los cuadrúpedos (perros, gatos, caballos, jaguares o leones, gacelas o venados, etc.), los anfibios (ranas, salamandras), los reptiles (víboras, serpientes), las aves (selvática, montañeses, silvanas), los seres acuáticos (de mar o de río, peces o mamíferos).

             De igual forma, proporcionan experiencia estética los “acontecimientos” ligados a estos seres: la caída de las hojas en los árboles o la florescencia de las distintas flores; el desarrollo de las plantas, el envejecimiento de los árboles, etc. El nacimiento de los animales, su crecimiento, sus periodos vitales, sus ciclos alimenticios, sus mecanismos de defensa o de apareamiento, sus mudas o transformaciones físicas, etc.

             Particular relieve adquiere la experiencia estética proporcionada por ese ser excepcional que es el mismo hombre. Prácticamente todo su ser, en su condición corpórea, es susceptible de suscitar en quien lo contempla experiencia estética: su cuerpo todo (de frente, de perfil, de espalda), ya sea desnudo o vestido de distintos modos; sus dedos, sus manos, sus brazos; sus pies, sus piernas, su cadera, su pecho, su torso; su cuello, su cabeza pero, principalmente, su rostro. En él se encuentran los ojos, las cejas, la frente o el mentón, la nariz, los labios, las orejas. Mención aparte merecen también el color y textura de la piel, la forma y largura de uñas y cabello, el tamaño del cuerpo.

            También determinadas “situaciones” del hombre, sobre todo las que están ligadas a su estructura psíquica,  son susceptibles de experiencia estética: la risa o el llanto, la alegría o las lágrimas; las expresiones faciales, tanto las naturales y espontáneas como las artificiales y educadas; es decir, las reales o las ficticias. El movimiento del cuerpo, el reposo relajado, la posición erguida o el yacimiento totalmente inerme (como cuando se duerme).

             También el mundo de los objetos creados por el hombre, llamados entes culturales, es fuente continua de experiencia estética: instrumentos de trabajo, del hogar o la oficina (utensilios); maquinarias o aparatos industriales; vehículos de todo tipo: terrestres (automóviles, motocicletas, bicicletas), aéreos (aviones, planeadores) marítimos (barcos, botes, velas). Mención especial merecen todos los implementos que se usan para vestir (ropas, abrigos, prendas interiores) o adornar (zapatos, relojes, sombreros, mascadas, lentes, collares, pulseras, etc.)

             Aunque también forman parte del mundo de los objetos creados por el hombre (entes culturales), una consideración especial exigen los llamados entes artísticos de todo tipo denominados “obras de arte”: visuales (pintura, escultura, fotografía); auditivos (música, poesía) imaginacionales (literatura); mixtos (teatro, danza, ballet, ópera, cine). Estos objetos, desde siempre, se han considerado en la tradición humana como eminentemente “estéticos” y, por lo tanto, fuente por excelencia de este tipo de experiencia para el hombre.

 

 3. La penetración del fenómeno

            Una vez reconocida la existencia de este dato  —la experiencia estética—  e indicadas algunas de las cosas y hechos del mundo más conocidos como fuentes de su surgimiento en la vida del hombre, falta señalar un paso ulterior que, precisamente, es el que da lugar al surgimiento de la estética como ciencia: la necesidad de penetrar, explorar y comprender este fenómeno de la vida humana.

             Existe una gran diferencia entre una “experiencia”  —por rica, profunda y variada que ésta pueda ser en contenidos específicos—  y el conocimiento crítico, riguroso y sistemático que se puede tener de esta experiencia, esto es, la ciencia. En cuanto ciencia, la estética busca adecuarse lo más posible a la naturaleza de este fenómeno humano  —la experiencia estética—  para determinar las constantes más universales del mismo, los aspectos más válidos  de éste y las leyes que lo rigen.

             La experiencia estética es un fenómeno particular de la vida humana, aparece en ella de manera ocasional, deja su impronta característica y después desaparece, para no volver jamás. No obstante su carácter único, si el hombre puede volver a reconocer su presencia en otro contexto, otras circunstancias y con otros objetos es porque, de alguna manera, ésta posee una  estructura fundamental que le confiere un sentido propio en el seno de la vida particular de cada hombre. El hombre puede reconocer como “estéticas” las experiencias que tuvo en un pasado  —aunque no estén siquiera próximas en el tiempo—,  la que está quizá teniendo en este momento y las que tendrá tal vez en un futuro todavía por determinar porque éstas tienen en común la misma estructura fundamental, que las hace ser, por lo tanto, de la misma especie.

             Determinar intelectualmente esta estructura fundamental, circunscribir sus componentes fundamentales,  describir su dinámica particular e indicar los momentos sucesivos que la manifiestan, es el cometido  —y no otro—  de la estética. El más importante de todos, sin embargo, es el de poder aprehender su esencia.

             De cualquier forma, el camino para ello está ya inequívocamente indicado: partir siempre de la experiencia del fenómeno, valerse únicamente de las experiencias reales, dadas de hecho  —y no de las posibles o hipotéticas—   y no tomar como indicio de la esencia de este fenómeno más que el dato que se ofrezca inequívocamente indubitable a la mente.

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