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Archive for 31 julio 2009

Los objetos culturales

Análisis de sus diferentes tipos de “hechura” por el hombre

 

Los objetos culturales son elocuentes testigos de las diferentes formas de relación que hay entre el espíritu del hombre y los objetos de la naturaleza; entre la causalidad eficiente del primero y la base óntica de los segundos. Aunque todos los objetos culturales son “hechuras”, lo son de manera diferentes según el modo de causalidad que despliega el espíritu del hombre sobre los objetos naturales y la forma en que éstos hacen presencia en los objetos culturales, que no es siempre la misma en cada uno de ellos.

 

1. Objetos culturales por “modificación”

En efecto, hay objetos culturales en los que prácticamente se puede decir que sólo está presente en ellos el objeto natural, mientras que la causalidad eficiente del espíritu apenas se deja traslucir en éste. De hecho, se podría pensar que no se está verdaderamente ante un objeto cultural, cuya base óntica es un objeto natural, sino ante un objeto más de la misma naturaleza, ya que la causalidad eficiente del espíritu está incidentalmente “oculta” por las características del objeto natural del cual se ha partido para la constitución del objeto cultural.

En la piedra de una cerca, en la punta de ónix de una flecha primitiva o en un palo que se emplea para impulsar una trajinera hay verdaderos objetos culturales, auténticas “hechuras” del espíritu humano, aunque muchas veces la mente del hombre no pueda ver en ellos más que una piedra como cualquier otra que hay en el campo, un cristal de roca como el que se encuentra en la orilla de algún río o un madero como muchos que puede haber en un bosque o una zona selvática.

Sin embargo, así como la mente humana “ve” la dureza y la resistencia de la piedra, el filo agudo del cristal o la longitud y rectitud del palo de madera, también puede “dar cuenta” de los datos que muestran a estos objetos como entidades culturales y no como naturales: el sentido que ostentan, la finalidad que tienen, la utilidad que presentan.

En efecto, la piedra de una cerca no está como una piedra más de las que abundan en el campo, sino apiñada con otras piedras en una determinada dirección, a una altura específica, con una anchura regular, con una longitud precisa, dividiendo dos o más porciones de la extensión ilimitada de una llanura.  El cristal de roca que se halla en la flecha primitiva tiene una forma muy precisa: ancha por una parte, puntiaguda por la otra; la parte ancha, además, se puede acoplar perfectamente a un palo o una pértiga de mayor longitud e incluso a la palma de la mano; la punta, en cambio, es de contornos finos y agudos, filosos; el volumen de la misma es prácticamente plano: por ello puede hender la dureza de la piel de un animal cualquiera, cortar sus duras carnes o recorrer una mayor distancia al ser lanzada por los aires amarrada a un palo.  El palo de la trajinera tiene una longitud precisa, y una forma determinada: ancho por una parte (la que se hunde en el agua) y delgada por la otra (la que se toma con las manos), un peso adecuado que le permite no ser gravoso al esfuerzo físico del hombre y una flexibilidad que le permite doblarse al impulso del lecho del río o canal sin el riesgo de romperse en dos partes.  Todo esto es presencia del espíritu humano en estos objetos culturales.

La “hechura” de estos objetos culturales consiste en una modificación  —a veces leve; otras, mucho más elaborada y compleja—  de determinados objetos naturales.  Por ello es factible que al tener experiencia de los mismos la mirada se detenga sobre estos aspectos de los objetos culturales y no en los que verdaderamente les da su condición de “hechuras” del espíritu humano.

 

2. Objetos culturales por “cultivación”

Por su parte, hay otros objetos culturales cuya “hechura” tiene caracteres del todo especiales. También en ellos determinados objetos de la naturaleza son “modificados” por el espíritu del hombre, pero de forma particular.

En primer lugar, porque ya no se trata de cualquier objeto de la naturaleza, sino únicamente de algunos de estos: los seres vivientes. En segundo lugar, se trata de seres que manifiestan evidentemente la posibilidad de un desarrollo inmanente, como las plantas, los árboles y ciertos animales. En tercer lugar, porque su ser tiene tal grado de apertura e interacción con un medio que permite la posibilidad de una intervención sobre estos sin que por ello su particular naturaleza se vea radicalmente “transformada”; en cuarto lugar, porque en dichos seres existen posibilidades reales, aunque “latentes”, susceptibles de ser encaminadas en una nueva dirección o desarrolladas en un sentido nuevo a su propia naturaleza.

Se trata de todos aquellos objetos culturales cuya “hechura” por parte del espíritu de hombre consiste en el cultivo de la naturaleza misma del tipo de objetos naturales de los cuales se parte; esto es, en el desarrollo, desplegamiento y maduración de las “potencialidades” que están latentes en la “energía vital” de la que cada uno de estos objetos está dotado.

De suyo, no se trata de hacer de estos objetos naturales “realidades nuevas”  —como en las siguientes formas de “hechura” cultural de las que se va a hablar a continuación—  ni tampoco de “modificaciones” sobre su ser que permita implementar sobre ellos finalidades meramente utilitarias para el hombre  —aunque la “utilidad” siga siendo un dato que está presente también aquí—  sino en llevar a cumplimiento y plenitud su ser propio, su naturaleza misma, sólo que por otro camino.

El ser de estos objetos naturales se despliega en un sentido preciso, en la dirección que les indica su propia naturaleza. Se desarrollan en conformidad sus procesos teológicos. El “cultivo” de estos seres implica que el hombre comprende estos procesos teológicos y descubre en ellos otras posibilidades: por ejemplo, de crecimiento, de maduración, de resistencia, de reproducción, de comportamiento, etc. Para conseguirlo, el hombre necesita alterar de alguna manera el ser de estos objetos, sin llegar, por ello a “transformarlos”, esto es, a introducir un cambio sustancial en su naturaleza. “Alterar” (de alter en latín, que significa “otro”) quiere decir conducir un objeto de una cierta cualidad original a otra cualidad final, pero que potencialmente se halla en la primera.

Que un cierto árbol frutal dé sus frutos correspondientes, es algo que está en su propia naturaleza; pero que sean de tal tamaño, olor, sabor, duración, resistencia o de otra temporada cósmica es algo que sólo puede ocurrir con la intervención del hombre. Lo mismo puede decirse de los animales, como vacas, los caballos, los burros, los corderos, cabritos, chivos, los cerdos, las gallinas, etc.

Como estos objetos sólo se “cultivan” y no experimentan por ello grandes transformaciones, aparentemente dan la impresión de que siguen siendo objetos naturales. Pero una observación más detenida permite comprender cómo estos son auténticas “hechuras” humanas; por ejemplo, cuando se las “compara” con los mismos objetos en su estado verdaderamente natural o cuando se descubre que se interacción con los demás elementos del contexto ambiental está ya “mediado” por la mano del hombre, porque se desarrollan en lugares donde, de otra manera, podría ser posible.

Aunque de esta segunda forma de objetos culturales el hombre se ve enormemente beneficiado, también los objetos naturales, de los cuales se ha hecho existir estos objetos culturales, son grandemente beneficiados por la mano del hombre.

 

3. Objetos culturales por “transformación”

Hay otro tipo de objetos culturales cuyo ser es producto de una radical transformación de objetos naturales. Tanto, que incluso se puede decir que de los auténticos objetos naturales no queda propiamente nada y sólo es posible experimentar los objetos culturales. Es, sobre todo, en este tercer tipo de objetos culturales donde se descubre con más propiedad qué significa que un objeto natural es base óntica de un objeto cultural, porque éste último se constituye radicalmente sobre la base de aquel.

“Trans-formar” significa conducir, llevar una forma (Gestalt, morphé) “más allá de sí misma”. La preposición “trans” indica una superación, un rebasamiento de los límites del propio ser.

Como recuerda la filosofía aristotélica, cada forma, sobre todo si es sustancial, constituye un principio de determinación para la materia misma; establece en ella un límite, precisamente para que alcance una de-finición determinada. La materia misma sería a-morfa sin este principio, no sería “un ser”, ni siquiera “algo”.

“Trans-formación” significa que esa forma originaria de un objeto natural se supera y, de esa superación, surge una realidad completamente nueva. Ello implica, de alguna manera, una violencia al ser originario de dicho objeto natural, pues se le hace ser lo que de suyo no es; por eso este tipo de objeto cultural es tan distinto del segundo tipo antes analizado, sin embargo, es también el que más corresponde a la esencia misma del concepto de cultura y de “hechura” humana.

Un objeto cultural de esta índole se origina a partir de un acto espiritual sumamente profundo y penetrante, pues su concepción muchas veces no está presupuesta o delineada por la naturaleza del objeto natural, sino que es descubierta, in-ventada por el sujeto humano. Pero, por lo mismo, es el más extraño al mundo de los objetos naturales, porque no se “orienta” entre estos con el mismo sentido ni participa de sus relaciones significativas.  El acto espiritual por el cual se constituyen los objetos culturales de este tipo “extraña” los objetos naturales de su propio ámbito de ser. De aquí proviene lo que Guardini llamaba “alejamiento de la base natural” y “artificiosidad de la existencia cultural”.

Ejemplos de estos son, en cierto nivel, los utensilios básicos de la vida humana: los muebles (mesa, cama, ropero, lavadora, refrigerador), los instrumentos (pala, pico, azadón), las máquinas (autos, tractores, molinos), todos los utensilios de plástico (platos, vasos, cubiertos) o de cristal (ceniceros, floreros, botellas).

 

4. Objetos culturales por “conformación”

Un siguiente tipo de objetos culturales son aquellos que, aun teniendo su punto de partida en objetos naturales, no son propiamente resultado de un “cultivos” de éstos, pero tampoco “transformaciones” radicales de su ser. Antes bien, son “conformaciones” (Gebilde) de objetos naturales.

En este tipo de objetos culturales se toma un objeto de la naturaleza, pero no se le “modifica”, sino que se lleva su forma fundamental, esencial, a un estado de manifestación del espíritu del hombre. Es decir, se conforma dicho a ser a ser receptáculo, manifestación y expresión del espíritu.

En los objetos cultivados, el hombre “ayuda” a un objeto natural a llegar a un estado de mayor patencia de su propio ser. Un objeto cultural cultivado es un objeto natural en plenitud de ser a través del concurso del hombre.

En los objetos transformados, en cambio, es el espíritu del hombre el que se “impone” sobre el objeto natural, es la supremacía ontológica del espíritu la que hace sentir al objeto natural y “somete” su ser a otro modo de ser; lo hace “extraño”, lo “aliena”.

Los objetos culturales modificados son una peculiar simbiosis entre la naturaleza de los objetos y el espíritu del hombre. El espíritu interviene sobre los objetos naturales de tal manera que estos no tienen que “renunciar” a lo que es sí mismos son; no “suspenden” su propio nodo de ser. El objeto natural es trabajad de tal manera que se vuelve receptáculo, habitáculo del espíritu. Se trata de una naturaleza espiritualizada o de un espíritu objetivado en las potencialidades de la naturaleza.

“Conformación” significa una forma que se adquiere del encuentro de dos realidades: la naturaleza y el espíritu. Es una adecuación entre ambos principios.

Una “escultura” es un ejemplo muy peculiar de este tipo de objetos. Cuando se contempla una escultura la mirada sigue observando una piedra y sus propiedades inherentes: dureza, tamaño, color, posición, luminosidad, etc. Así como sus accidentes característicos: fisuras, perforaciones, manchas, etc. Pero también se observa en ella “algo más” que no es piedra, algo que está muy por encima de la piedra, pero que no tendría lugar en la existencia son esta: la “figura estética”, se trate de Il Davide y La Pietà de Michelangelo, la Venus de Milo, la Cathèdral de Rodin, etc. Ambas cosas aparecen “juntas”: en La Pietà se deja ver todavía la luminosidad de la piedra; en Il Davide, se observan los accidentes típicos de la piedra; en la Venus de Milo aun se perciben el peso y el tamaño de la piedra. Pero, a su vez, todo ello se encuentra como trans-figurado: las fisuras de la piedra se elevan y purifican en Il Davide; el color y la luminosidad se engrandecen y ennoblecen en La Pietà; el tamaño y el peso adquieren dimensiones etéreas, intangibles en la Venus del Milo, etc.

Otro ejemplo de esto lo puede ofrecer también un “jardín”. Un jardín conjuga una serie de seres animados e inanimados. Entre los primeros se encuentran el césped, las plantas  —sean florales o no—,  los árboles, etc. Entre los segundos, en cambio, se hallan las piedras de variadas formas, la arena, la tierra en sus diferentes tipos, los troncos, el agua, la luz, etc.

Todos estos seres se conjugan con la finalidad de hacer de ellos una realidad unitaria, esto es, de hacer de esa pluralidad de objetos un “conjunto” armónico, estructurado, orgánico. En una palabra, se reduce la “heterogeneidad” a unidad.

Para conseguirlo, se podan las plantas y se recortan los árboles; se distribuyen los distintos elementos en el espacio; se abren distintos tipos de espacio “seccionando” el espacio indeterminado; se trabaja la profundidad visual, se colocan en determinada posición las piedras y los troncos; se distribuye por el espacio la tierra y la arena en diferentes combinaciones, etc.

En el jardín, todos los elementos que lo componen conservan su identidad propia de objetos naturales, siguen siendo lo que por naturaleza son: piedra, luz, agua, tronco; planta, árbol, arbusto, césped. Pero, por el trabajo del hombre, adquieren un nuevo sentido, una nueva significación. Se vuelven “manifestación” del espíritu del hombre o, mejor dicho, “receptáculo” del espíritu, porque en todos ellos, el espíritu del hombre se “objetiva”.

 

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