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Archive for 31 agosto 2009

Otoño

tres poemas

 

 A mi madre

 

 I

 Mi madre enferma.

Lenta verdad asoma;

horas de pena.

 

 

II

 Una por una.

Llega el tiempo sin hojas,

¡rama desnuda!

 

 

III

 Ya casi sombra.

Silencio, suspiro, aire…

¡Terrible incógnita!

 

 José R.

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“Conocer” es una de las tareas más importantes que la naturaleza ha encomendado al hombre. Tan importante, que el hombre mismo ha visto en el cumplimiento de esta tarea una de las expresiones más altas de su propia esencia. A lo largo de los siglos, en efecto, el hombre se ha concebido a sí mismo como un “ser cognoscente”, esto es, como un ser cuya vocación primordial es “captar” la realidad en la que se encuentra inserto para “introducirla” en el ámbito de su interioridad.

El hombre comprende la importancia de este fenómeno de dos maneras distintas. Cuando experimenta, por un lado, una modificación sustancial en su forma de estar en el mundo y cuando comprueba, por el otro, el decisivo influjo que tiene en el desarrollo de su vida espiritual.

  

a. Como forma nueva de “estar en el mundo”

A través del conocimiento, en efecto, el hombre entabla con los seres del mundo un vínculo orgánico que no tiene punto de comparación con ningún otro, ya que por éste le es permitido al hombre penetrar en las entrañas mismas de la realidad para explorar sus estructuras íntimas. El conocimiento vence la “extrañeza” que se da de manera originaria entre todas las cosas y el hombre, la “lejanía” en la que éste se encuentra con relación a todos los seres. Por el conocimiento, de hecho, el hombre deja de circunscribirse tan sólo a “vivir” en el contexto del mundo  —y de “reaccionar” ante sus diversos fenómenos—  para lanzarse decididamente a la fascinante aventura de la “comprensión” del mundo.

A través del conocimiento se inaugura un “ámbito nuevo” en la relación del hombre con la realidad, por encima de la abigarrada multitud de todas las cosas y los nexos causales insuprimibles entre todas ellas: el ámbito del “sentido” del mundo y de la “conciencia” de éste. En otras palabras: el ámbito de la “verdad”, en el que emerge con otras luces la estructura interna de cada cosa.

Por todo ello, es posible decir que el conocimiento “ilumina” y “aclara” el complejo del mundo en el que se encuentra el hombre, “desvela” sus principales sucesos y los lleva a la “evidencia”; por un lado, “abre” el mundo de par en par ante su espíritu; por el otro, torna “habitable” al mundo para su existencia.

  

b. Como fundamento de otros actos espirituales del hombre

Merced al conocimiento, igualmente, el hombre instaura formas de interacción con las todas cosas que no es posible encontrar en los demás seres que hay en el mundo, como el “querer”, el “sentir” y el “actuar” que lleva a cabo el hombre sobre el fundamento del conocimiento. 

  • Con la capacidad de “querer” el hombre instaura en el contexto de la realidad situaciones objetivas únicas  —para sí mismo o para otros—  que no tienen su origen en la inexorable causalidad en la que se mueven los eventos del mundo, como salvar una vida humana de algún grave peligro, terminar una relación afectiva a todas luces inadecuada con otra persona, poner freno a una serie de actos deshonestos en el trabajo, realizar los deberes elementales de la vida cotidiana.

 

  • Con la capacidad de “sentir” el hombre experimenta dentro de sí la portentosa presencia del ser con particulares afectos  —que nada tienen que ver con sus estados de ánimo—  como conmoverse por su existencia o afligirse de su inexistencia, emocionarse por su grandeza o dolerse por su miseria. También puede entregarse espontáneamente a éste con personales sentimientos  —que distan mucho de ser meras reacciones emocionales—  como alegrarse o entristecerse por cada cosa e, incluso, amar y odiar a cada cosa.

 

  • Con la capacidad de “actuar” el hombre es capaz de erigir en la realidad entidades objetivas exclusivamente humanas llamadas obras culturales  —como obras de arte, artefactos técnicos, utensilios prácticos—  que optimizan el dominio de la realidad, agilizan la dinámica de la vida cotidiana y llenan de significado su existencia.

Estas actividades humanas son esencialmente distintas al conocimiento, su naturaleza no es fundamentalmente cognoscitiva; pero, de suyo, ninguna es posible en el hombre sin la participación efectiva del conocimiento.

Sin el conocimiento, por ejemplo, el “querer” no podría discriminar las diversas posibilidades sobre las cuales debe determinarse, no podría vislumbrar los distintos medios de los cuales puede valerse para ejecutar sus decisiones, no podría calcular las consecuencias de sus acciones o los beneficios que puede obtener de ellas. El conocimiento, además, proporciona al “sentir” los motivos de sus afectos, confiere a cada uno su profundidad y su claridad, pone el fundamento para cada uno de su razonabilidad. El “actuar” obtiene del conocimiento, finalmente, la fuerza de su eficacia, el poderío de su efectividad, la envergadura de sus intenciones. El conocimiento, por tanto, es el cimiento primario de la vida espiritual del hombre; constituye la conditio sine qua non de su humanidad.

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