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Archive for 30 septiembre 2009

Los distintos actos de conocimiento que realiza el hombre, no obstante su diversa índole, contribuyen a formar en su mente una “imagen elemental” de los objetos con los que entra en contacto. Sean actos de conocimiento “llenos” de los objetos (como las percepciones, las representaciones, las intuiciones) o actos de conocimiento “vacíos” de los objetos (como las alusiones, las inferencias, los testimonios de otros), el hombre se forja con ellos una “idea básica” de estos objetos con los que entra en relación.

 Este conocimiento elemental y básico de los objetos recibe el nombre de conocimiento “ingenuo”, no porque en sí mismo sea falso o tan sólo aparente  —propio de personas diletantes o de poco talante intelectual—  sino porque la apropiación intelectual que el hombre consigue de éstos es alcanzada de forma acrítica por su mente, sin el más mínimo asomo de tematicidad de los objetos.

 

1. Aspectos negativos

a. Atematicidad

Cuando el hombre normalmente aprehende estos objetos, en efecto, lo hace sin la conciencia plena de alcanzar una evidencia absoluta de ellos, sin la intención explícita de llegar a obtener una noción exacta de éstos, pues para los fines inmediatos en los que se realiza su vida puede ser suficiente quizá esta “imagen” o “idea” primera que puede forjarse de los objetos. Su mente no tiene necesidad de adentrarse en los estratos más íntimos de los objetos ni de considerarlos detenidamente en sí mismos en sentido estricto. Le basta con lo que “aparece” de éstos ante su conciencia de manera inmediata.

Esto se nota comúnmente en la ausencia de toda actitud inquisitiva de la mente del hombre con relación a los objetos que aprehende, en la falta de la mínima tensión por saber “más” acerca de ellos por parte de ella. Su conocimiento de éstos no se mueve en el plano del “por qué” o del “cómo” de los objetos, mucho menos en el plano del “qué es” o “qué significa” cada objeto o “en qué consiste” o “de qué se trata” cada uno; su aprehensión se limita únicamente a la constatación empírica de su presencia y a la vinculación inmediata con la finalidad pragmática que tiene de ellos. Por eso se dice que el conocimiento “ingenuo” que tiene el hombre de los objetos es atemático.

  

b. Acriticidad

Esta “imagen” o “idea” que se forja el hombre de los objetos, además, es obtenida por su mente sin discernimiento alguno, esto es, sin establecer entre ellos diferencias de “grado”, de “especie” o de “esencia” respecto a sus múltiples datos o sin notar en cada uno de ellos su estructura orgánica en “niveles” o “planos”, “dimensiones” o “aspectos”, “esferas” o “ámbitos”. Los objetos son considerados por la mente del hombre más bien como unidades macizas y compactas que no exigen ulteriores distinciones ni implican para ella mayores clarificaciones. Es suficiente el conocimiento que ésta tiene de ellos en la aprehensión inmediata.

Por eso la separación en estos objetos de lo que es “esencial” en su ser de lo que es meramente “accidental” en éste o de lo que es “primario” en su ser respecto de lo que es “secundario” en él es, en última instancia, irrelevante para la mente del hombre. Las únicas diferencias posibles de considerar en los objetos son las concernientes a los distintos “fines” inmediatos que se propone alcanzar el hombre por medio de ellos, pero que no se desprenden de los objetos mismos. Por eso se dice que el conocimiento “ingenuo” que tiene el hombre de los objetos es, además, acrítico.

 

 2. Aspectos positivos

Esta situación originaria del conocimiento “ingenuo” de los objetos no es, sin embargo, del todo negativa para la mente del hombre. Tiene en su haber varios aspectos positivos que lo hacen ante la mente del hombre muy relevante.

 

a. Ausencia de presupuestos

Implica, por ejemplo, una relación con los objetos las más de las veces exenta de presupuestos. El hombre no pone de sí mismo nada que pueda contribuir a dificultar, disminuir, problematizar, oscurecer o distorsionar la presencia de los objetos ante su mente, como son todas sus dudas, suspicacias, construcciones, hipótesis, conocimientos previos, experiencias precedentes, convicciones personales y, en última instancia, sus prejuicios irracionales, sean éstos propios o adquiridos de la mentalidad en torno. Simplemente “recibe” los objetos, abriéndose “de par en par” ante ellos; deja que éstos “se muestren” ante él y le comuniquen su peculiar “palabra”.

Es así como capta la belleza de un paisaje o de un rostro, como aprehende la grandeza de una idea o la profundidad de un sentimiento, como da cuenta de la bondad o maldad de las acciones humanas o la irracionalidad de una actitud. Es también la forma como llega a conocimiento del temperamento de una persona o de la temperatura de un cuarto, como se entera de la calidad de una novela o la situación financiera del país. En realidad, una buena parte de los conocimientos del hombre son de esta índole, porque es la forma más “natural” y “espontánea” de relacionarse con los objetos y adquirir una noticia de éstos.

 

b. Apertura incondicionada

Este conocimiento de los objetos no es, en sentido estricto, ni verdadero ni falso, indubitable o erróneo, inequívoco o falible, porque en éste no opera todavía un enjuiciamiento de la mente del hombre sobre los objetos conocidos; en él no se explicitan todavía, por ejemplo, los estados de cosas relativos necesariamente a estos objetos como tampoco se ha alcanzado una universalidad típica acerca de ellos. Incluso la mente misma desconoce si ha alcanzado de estos objetos una evidencia contundente y plena.

Esto es así, porque este tipo de conocimiento del hombre es totalmente irreflexivo; en él no hay pensamiento ni razonamiento alguno. Pero, a cambio de ello, hay muchas veces una receptividad total del hombre de los objetos, una apertura incondicionada ante su presencia, que facilita a éstos su mostración más acabada, su aparición más pura. Por eso este tipo de conocimiento es de gran importancia para el conocimiento científico, porque constituye para éste su indispensable punto de partida, por la cercanía única que mantiene con los objetos y la viveza de su contacto.

Por esta razón no puede saber el hombre en última instancia si la belleza de un paisaje o de un rostro es una propiedad física de estos objetos o es más bien un valor estético; tampoco sabe en el fondo si la grandeza de una idea o la profundidad de un sentimiento provienen de su propia subjetividad o de la intrínseca estructura de estos objetos; asimismo ignora si la bondad o maldad de una acción humana o la irracionalidad de una actitud son totalmente evidentes o meramente postuladas por su mente; igualmente desconoce si el temperamento de una persona o la temperatura de un cuarto son proyecciones inconscientes de su situación anímica o son propiamente datos reales de estos objetos; mucho menos puede afirmar si después de todo la calidad de una novela proviene del entorno publicitario que la rodea o la situación financiera del país es tan sólo la que presentan los medios de comunicación. Pero puede llegar a clarificar estos objetos si se mantiene fiel a estas aprehensiones básicas y elementales que tiene de ellos y parte para ello exclusivamente de éstos.

 

c. Dominio del objeto sobre el sujeto

En este tipo de conocimiento son los objetos mismos los que literalmente “hablan” a la mente del hombre; ésta se encuentra totalmente “dominada” por la presencia de éstos. Los objetos son propiamente el único “contenido” de los actos de conocimiento y el hombre se concreta a ser simplemente el “sujeto” de estos actos de conocimiento a través de su mente. Los objetos se dirigen al hombre con su “palabra” específica y el hombre sale al encuentro de éstos con actos de atención y de admiración que gobiernan su mente.

 Por esa razón, este tipo conocimiento puede llegar hasta una relación eminentemente “contemplativa” con los objetos por parte del hombre, a un contacto fecundo y moroso con la mismidad de los objetos, en la cual el hombre se encuentra, por un lado, íntimamente implicado con los objetos y, por el otro, se descubre totalmente absorbido por la presencia de éstos. Así sucede con las obras de arte o los paisajes de la naturaleza, por ejemplo, o con los actos humanos de carácter moral o ciertos dones que se han recibido gratuitamente.

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