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Archive for 31 octubre 2009

El conocimiento “opinado” de los objetos

Cuando el hombre añade al conocimiento “ingenuo” que tiene de los objetos la reflexión explícita de su inteligencia con la finalidad de llevar la imagen elemental que tiene de ellos  —particular y contingente, pragmática y, muchas veces, superficial—  a condiciones de universalidad y de necesidad, de profundidad y de teoreticidad  —y, en términos más simples, de mayor “evidencia”—  a través de proposiciones y de juicios, tiene lugar en su mente una forma original de relación cognoscitiva con los objetos, un nuevo tipo de conocimiento de éstos, de gran relevancia: el conocimiento “opinado”.

 

 1. Aspectos positivos

 Este tipo de conocimiento no es receptivo como el conocimiento “ingenuo”, ni tiene lugar en la mente del hombre de manera espontánea como en éste; más bien es “elaborado” por ella a través de diversos actos de deducción y de inferencia, de asociación y de comparación y “construido” por ésta mediante múltiples enunciados lingüísticos y razonamientos lógicos. Es una forma de conocimiento que implica, por eso, una mayor participación del hombre en la consideración de los objetos, pues ya no solamente los “aprehende” de la realidad, sino que propiamente los “piensa” con su inteligencia. Por ello es posible decir que a partir de esta nueva forma de conocimiento de los objetos el hombre obtiene de éstos conocimientos por completo “nuevos”.

Esta forma nueva de conocimiento de los objetos no sólo busca ser explícitamente temática y eminentemente crítica respecto al saber que aspira obtener de ellos, sino que pretende proceder con relación a éstos de manera estrictamente rigurosa y busca organizarlos de modo sistemático. Por esa razón también se le da el nombre de conocimiento “teórico”.[1]

La palabra “teoría” busca hacer referencia a un conocimiento más o menos estructurado de los objetos por parte del hombre. Esta “estructuración” del conocimiento de los objetos tiene lugar de dos maneras distintas, aunque complementarias. Por un lado, en la forma como la mente del hombre penetra y explora los objetos de su conocimiento a través de procedimientos intelectuales determinados; por el otro, en el modo como la mente del hombre vincula los conocimientos alcanzados de los objetos con otros conocimientos ya adquiridos sobre éstos en tramas de sentido más amplias.

Estos dos elementos nuevos del conocimiento de los objetos  —el procedimiento riguroso y su organización sistemática—  confieren a esta segunda forma de aprehensión de los objetos por parte de la mente del hombre una seriedad y una formalidad tales que la asemejan en gran medida al conocimiento “científico” de los objetos, especialmente porque los enunciados alcanzados por esta nueva forma de conocimiento ostentan cierta universalidad y muestran alguna necesidad que les otorga una relativa consistencia.

  

2. Aspectos negativos

En este tipo de conocimiento influyen, sin embargo, una serie de factores subjetivos y objetivos que lo apartan definitivamente del conocimiento “científico” de los objetos porque disminuyen su alcance cognoscitivo y comprometen su validez epistemológica en la mente del hombre. Por ello recibe peyorativamente el nombre de conocimiento “opinado”.

 

a. En el punto de partida

Con frecuencia el hombre, en lugar de poner el conocimiento “ingenuo” como punto de partida para sus reflexiones sobre los objetos, coloca delante de su mente las “imágenes mentales” que previamente ha concebido de éstos, esto es, las “explicaciones” e “interpretaciones” que ha realizado de ellos, las “conjeturas” e “hipótesis” que ha formulado sobre ellos. En vez de comenzar sus inducciones y deducciones, comparaciones y asociaciones acerca de los objetos de los datos mismos que proporcionan a su mente las experiencias  —los contactos directos y espontáneos, concretos y vivos que tiene con los objetos gracias a ellas—  sustituye inexplicablemente estos objetos por “especulaciones” previamente realizadas o “teorizaciones” precedentemente aprendidas de los objetos.

Pero incluso cuando hombre parte de las experiencias mismas de los objetos, donde éstos mismos son quienes se revelan y se despliegan ante la mente de éste, con frecuencia sucede que estas experiencias son “contaminadas” y “adulteradas” por experiencias antecedentes o meramente concomitantes vinculadas inconscientemente a los objetos pero que nada tienen que ver con su contenido cognoscitivo o su estructura eidética, sino con las vicisitudes anímicas del hombre que se aproxima a ellos, como dolor o desengaño, incertidumbre o perplejidad. El hombre, al entrar en relación con estos objetos por medio de la experiencia, no sólo “aprehende” lo que éstos son sino también “recuerda” lo que ha vivido en torno a ellos o lo que ha sentido con respecto a éstos.

Desde un punto de vista más objetivo, estas reflexiones del hombre sobre los objetos pueden partir de auténticas experiencias de éstos, pero incompletas o fragmentarias, insuficientes o inadecuadas, porque los contactos intelectuales con ellos han sido o poco profundos o han tenido escasa riqueza o han ocurrido en las peores condiciones para la mente del hombre.

A todo ello hay que sumar el influjo que ejerce sobre la mente del hombre la “mentalidad dominante” que lo rodea, instaurando criterios, orientando juicios, desechando perspectivas, imponiendo valores. Como cada hombre concreto es, a su vez, un ser social e histórico, no puede dejar de experimentar sobre sí la presión que ejercen en él las estructuras de poder y los organismos de coacción que pretenden atraer su adhesión íntima de muchas maneras (medios de comunicación o instituciones educativas), afectando así su relación espontánea y viva, inmediata y concreta con los objetos.

 

b. En el proceso de reflexión

 Ahora bien: aun cuando el hombre sitúe frontalmente a los objetos delante de su mente y los considere de manera exclusiva a partir de los datos que sobre éstos le proporcionan las experiencias es factible que los procesos de reflexión que lleve a cabo sobre ellos sean, en cierto sentido, inadecuados y, de alguna manera, “defectuosos”. La escasa formación lógica y la deficiencia argumentativa son dos buenos ejemplos de la falta de “técnica” para reflexionar los datos de los objetos y llevar su conocimiento a un nivel científico.

Debido a ello, es posible con relativa frecuencia que el hombre realice con su mente simples “inferencias” de los datos de los objetos en lugar de auténticas inducciones sobre los mismos o que considere cualquier “encadenamiento argumentativo verbal” con genuinas deducciones racionales.

A ello se añade, además, que el hombre continuamente se precipita a la hora de elaborar un razonamiento o se apresura a sacar conclusiones de muy pocas premisas, dando como resultado reflexiones demasiado endebles sobre los objetos o poco consistentes, que tienen muchas posibilidades de ser erróneas y demasiado subjetivistas.

 

 c. En la conclusión obtenida

Pero aunque fuera el caso que los razonamientos del hombre se condujesen fielmente bajo los preceptos de la lógica y no fuesen interferidos en ningún momento por factores psicológicos como la ansiedad o la prisa, sería posible, todavía, que las conclusiones racionales alcanzadas a través de ellos, en lugar de enunciaciones universales acerca de los objetos, fuesen meras “generalizaciones” de simples aspectos particulares de ellos y, en vez de ser afirmaciones necesarias sobre sus estados de cosas correspondientes, fuesen meras “constataciones” fácticas de éstos.

Todos estos factores son los que contribuyen a que el conocimiento “opinado” termine siendo, después de todo, un conocimiento “aparente” sobre los objetos, una “ilusión” intelectual sobre ellos o, en pocas palabras, una opinión “pensada” y “razonada” pero, a fin de cuentas, una “opinión”, “justificada” a partir del hombre mismo y no de la evidencia misma de los objetos.

 

[1]  La palabra “teoría” (del griego theoría) quiere decir, etimológicamente, “contemplación”. Indica una forma particular de mirar los objetos con la mente, de manera específica, aquella que sólo la divinidad puede tener sobre las cosas; de ahí su derivación de la palabra “dios” (theos). La teoría intenta ser, además de una mirada penetrante de los objetos con el entendimiento, una mirada integral de los mismos con la mente. Por eso puede entenderse por “teórico” aquel conocimiento de los objetos que ha sabido penetrar en éstos y, al mismo tiempo, ha podido mirarlos en relación.
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