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Archive for 30 noviembre 2009

El breve texto de Dietrich von Hildebrand sobre el papel del valor en la vida del hombre[1]  —que constituye el capítulo sexto de su importante obra sobre ética—  puede ser dividido, para su comprensión, en cinco partes distintas.

En la primera parte trata de poner ante los ojos del lector, por así decirlo, el “dato” mismo del valor, en su evidencia inmediata y originaria. Éste se hace presente en la vida del hombre como un “presupuesto” fundamental. De hecho, el lenguaje mismo es testimonio de la manera como el valor sale al paso en la vida del hombre a cada momento. Por ello, dice: “Si elogiamos a una persona por su justicia o por su fidelidad; si queremos convencer a alguien de la importancia de la ciencia; si encontramos bella una poesía que leemos; si admiramos una sinfonía por su grandiosidad y sublimidad; si disfrutamos de los árboles floridos en primavera; si nos conmueve la generosidad de otra persona; si luchamos por la libertad; si nuestra conciencia nos impide sacar provecho, perjudicando a otro: presuponemos siempre el concepto de lo importante en sí mismo. […] Siempre que consideramos una acción desde el punto de vista moral, presuponemos el dato del valor, de algo importante en sí mismo. En toda indignación por algo vulgar y bajo; en toda exclamación por un suceso desgraciado; en todas las afirmaciones de que un filósofo es superior a otro, se presupone siempre el dato del valor”.[2]

En la segunda parte busca mostrar el carácter “originario” del valor, pero esta vez de manera negativa, haciendo hincapié en el “absurdo” en que desembocaría la existencia misma del hombre cuando se prescinde de la conciencia del valor, cuando se pasa por alto su presencia originaria, su importancia intrínseca; absurdo del que da cuenta puntualmente el mismo lenguaje humano cotidiano: “Tan pronto como intentamos prescindir del concepto de importancia y miramos todo como completamente neutral y meramente fáctico, pierden su sentido todas estas expresiones, todas estas palabras. Se hacen, de hecho, imposibles”.[3]

Un mundo completamente “neutral”  —“una ficción esencialmente imposible”,[4] dice este pensador agudamente—  donde no hubiese lugar para todo aquello que mostrase tener una importancia intrínseca, un carácter significativo por sí mismo, sería un mundo carente completamente de sentido, una verdadera locura. Este sentido faltaría incluso en un mundo donde sólo hubiese para el hombre realidades importantes de carácter tan sólo subjetivo, medidas únicamente por el rasero de su propia satisfacción, pues entonces el hombre no podría jamás salir de la asfixiante prisión de su propio egocentrismo. Incluso su “felicidad” sería imposible, porque ésta, en su sentido auténtico, tiene el carácter de una “entrega de nosotros mismos”[5]  —como en el caso del amor, el entusiasmo o la admiración—  a otra cosa distinta del hombre y la satisfacción puramente subjetiva precisamente impide la posibilidad de este último paso, porque sólo gira en torno de sí misma.

En la tercera parte hace hincapié en el carácter objetivo y positivo  —y no meramente “hipotético”—  del valor en la vida del hombre. El valor no es un “postulado” que la mente concibe para explicar de alguna manera los fenómenos fundamentales de la vida, pero del cual no tiene el hombre una evidencia última. Al contrario: es uno de sus fundamentos principales, en torno al cual la vida humana se vuelve precisamente rica y grande, inmensamente significativa. Por eso, si desaparece o se desvirtúa su sentido originario, en realidad es la existencia misma del hombre la que se deforma y se empobrece.

Que la mente del hombre conciba el valor como un mero “postulado” o una simple “hipótesis” se debe, más bien, a “la cortina que las teorías y explicaciones filosóficas han levantado entre su contacto inmediato con el ser y su conocimiento filosófico”,[6] que le impiden dar cuenta de su plena evidencia y consistencia. Pero, como afirma el autor a renglón seguido: “Una vez que nos liberemos de todas las interpretaciones y teorías falsificadoras, veremos la realidad de valor con una realidad tan abrumadora que ya no podremos comprender, incluso teóricamente, cómo era posible que la pasáramos por alto o no la reconociéramos”.[7]

En la cuarta parte se aboca a mostrar el papel que juega el valor en la vida religiosa del hombre, especialmente en la estructura de la liturgia cristiana.[8] En ella, no existe alabanza o confesión alguna que no presuponga en el fondo la conciencia de algo “importante” en sí mismo, como puede entenderse también la noción del valor. El Gloria, por un lado, y el Confíteor, por el otro, perderían toda su relevancia, incluso antropológica, si no hubiese en ellos más importancia que la de una mera satisfacción subjetiva  —en última instancia, egocéntrica—  para el hombre. Cantar la grandeza de Dios (Gloria) o inclinarse ante la majestad de Dios (Confíteor) parten del hecho, innegable, que Dios es “grande” y “majestuoso” y que esto no es debido a una cierta pretensión subjetiva en el hombre. La fórmula doxológica que viene al final de cada Salmo de la Biblia, por ejemplo, “encuentra su sentido más profundo como una respuesta al ser de Dios y a todas sus sublimes perfecciones”[9] porque, en última instancia, “se refiere obviamente a la esencial e infinita bondad, belleza y gloria de Dios”.[10]

Lo anterior no sólo es privativo de la liturgia cristiana, sino que es un distintivo, en realidad, de toda religión natural en múltiples aspectos, como afirma el autor en la quinta parte. El concepto de religión, por ejemplo, implica a su vez el concepto de lo “importante” por sí mismo, aplicado a Dios. No tendría sentido, de hecho, estar unidos a otro ser  —como expresa en sí mismo el concepto de “religión” en su sentido etimológico—  si este otro ser no fuese lo más digno y valioso en sí mismo. Además, los actos propiamente “religiosos”  —como la obediencia o el respeto—  ante Dios no tendrían sentido tampoco si Dios, a su vez, no fuese en sí mismo el “tres veces santo”.

Esto que determina de manera específica toda religión natural, afirma el autor, “brilla con una claridad única en la Revelación cristiana”,[11] ya que “nada puede haber más radicalmente opuesto que la revelación cristiana a un neutralismo que sólo admite seres indiferentes privados de todo valor, desprovistos de todo lo importante en sí mismo”.[12] Los mandamientos más importantes de la nueva ley introducida por Cristo  —el amor a Dios y el amor al prójimo—  presuponen en el hombre la conciencia de la bondad y la belleza infinita de Dios, sin los cuales las respuestas personales del amor no serían posibles. Asimismo, el concepto mismo de “santidad”, con el cual se reconoce la naturaleza misma de Dios, no puede entenderse en otro sentido que el de lo importante en sí mismo; no es fruto, por ejemplo, del miedo o la amenaza. De hecho, el hombre no sólo reconoce que Dios es “santo”, sino que también aspira a alcanzar esa santidad divina para sí mismo, cosa que no tendría sentido si la “santidad” no fuese algo importante en sí mismo. El concepto de “felicidad”, a su vez, tan importante en el contexto de la religión cristiana, porque indica el estado óptimo de realización de la existencia humana, “es justamente lo contrario a la ausencia de valor”, afirma el autor.[13] Las “actitudes religiosas” del hombre ante Dios  —como la gratitud, el amor y la alabanza—  muestran, según el autor, “que la riqueza de los valores es plena y auténtica realidad”.[14]

Así pues, por donde quiera que se lo mire, el concepto de valor  —o de lo “importante en sí mismo”, como también indica en otra parte de esta obra[15]—  aparece constantemente en la experiencia humana como un dato evidente y objetivo de todas las cosas, que descuella por encima de éstas por su originalidad irreductible, confiriéndoles a todas su resplandor específico y su aureola propia.

Por eso, termina diciendo: “Se nos enseña y comprendemos que el gesto intrínseco del valor, con su esplendor y obligatoriedad, en oposición a todo ser meramente neutral y su lógica inmanente es, en verdad, el corazón y el alma del ser. No la facticidad puramente neutral, la mera necesidad e indispensabilidad, que brota de la lógica interna del ser, sino el intrínseco fuego de los valores, la permanente gloria y majestad, es la última palabra”.[16]

 


*  Fuente: Dietrich von Hildebrand, Ética, Encuentro, Madrid, 1983; cf. Ethik, Habbel, Regensburg, 1973
[1]  “El papel del valor en la vida del hombre”, op. cit., pp. 80-83; cf. “Die Rolle des Wertes im Leben des Menschen”, op. cit.; pp. 79-82
[2]  p. 80
[3]  Ídem.
[4]  Ibídem.
[5]  p. 81
[6]  p. 80
[7]  pp. 81-82
[8]  pp. 82-83
[9]  p. 82
[10]  Ibídem.
[11] p. 83
[12] Ibídem.
[13] Ibídem
[14] Ibídem.
[15] Cf. p. 43 de la misma obra.
[16] p. 83
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