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Archive for 31 mayo 2010

Sobre el cantar

Querido E.

I

En la continuidad de lo que se llama “vida” ocurren una serie de múltiples acontecimientos; éstos nos ligan de una u otra manera con las cosas que existen a nuestro alrededor. Cuando llueve, este hecho nos pone en contacto con el agua de tal forma que nos impulsa a guarecernos de ella; el sol a veces nos sofoca y nos acalora; en otras, aumenta la temperatura corporal aterida por el frío, como en el invierno.

Por esos contactos con las cosas aprendemos poco a poco a conocer sus nombres y a llamarlas una a una con éstos. Así, aprendemos desde pequeños lo que es el agua, el sol, el invierno, la flor, un suspiro, el dolor. Pero ese “llamar” a cada cosa no es en sentido estricto un “nombrar”, porque, en el fondo, ha salido más por las reacciones de necesidad de nosotros sobre las cosas que de su verdadero y auténtico valor. En efecto, del agua sabemos su nombre más por la sed que nos consume, la fatiga y el disgusto de mojarnos o el miedo de perecer en ella ahogados. Lo mismo puede decirse de las demás cosas. Una especie de lógica de placer o dolor, de beneficio o perjuicio, de atracción o repulsión nos sitúa en medio de ellas. Su nombre es más una “definición” de lo que causan en nosotros que lo que en verdad es cada una. Desde esta perspectiva, la respuesta más adecuada que el hombre puede darles es tan sólo su satisfacción o frustración por lo que reportan, pero nada más. 

Lo anterior ocurre  —si me permites usar una metáfora—  porque el hombre sólo se abisma a ellas con los “ojos” que, vistos en su evidencia más inmediata, son nada más que órganos físico-neurológicos, cuya dinámica propia es “reaccionar” ante lo que “ven”. Porque son órganos, su preocupación es la “vida” y mantenerla en marcha; en cuanto órganos físicos, su manera de contacto con las cosas es la contigua periferia con las mismas; al ser órganos físico-neurológicos, su dinamismo intrínseco es la reacción ante lo presente, como más arriba decíamos. Por ello solamente “ven”.

Si los “ojos” es lo único que tiene el hombre para establecer una relación con lo que existe, con los acontecimientos que continuamente nos tocan y alcanzan, su “vida” es una vida por completo “ciega”. Los ojos, en cuanto “sólo ojos”, son completamente ciegos. La razón es que solamente “ven” lo que una necesidad interior los impulsa a ver en una cosa: tal o cual peligro; ese u otro beneficio. Pero, fuera del margen de estas necesidades, las cosas no nos interesan y, por ende, su valor se nos escapa de la mano.

II

Al escuchar ayer tu concierto Detrás de una mirada pude descubrir que el hombre  —en este caso “yo”—  no es tan sólo “ojos”, sino también una “mirada”. Gracias a ella, aprendimos a “mirar” las cosas y no nada más a “verlas”.  

No sé por qué embrujos, ignoro por qué encantos, desconozco por qué magia, la voz tuya y la de F., las cuerdas de la guitarra heridas por tu mano, la atmósfera claroscura de los faros de luz, el silencio tenue en el ambiente, de pronto nos hicieron surgir ante la mirada la sencilla candidez de cada cosa, el encanto peculiar de cada una, el misterio profundo que reside en ellas. Al seguir la letra de tus cantos, a veces con mi propio canto, a veces sólo con la atenta escucha, súbitamente las cosas emergieron delante de nosotros con sus nombres específicos, sus nombres propios, no ya el que tienen cuando tenemos necesidades, sino el que desde siempre  —en la mirada de Dios tal vez—  han tenido.

“Cantar” es la manera de hacer posible un encuentro con la realidad, penetrarla en su hondura, re-descubrirla en su existencia. Al mismo tiempo, es la condición que nos permite abismarnos a ellas en el respeto y, ¿por qué no?, en la adoración. De esta manera, las cosas no se usan, sino se aman; ya no se emplean, sino se contemplan; no sólo satisfacen, sino que reportan paz.

Como pude comprobar ayer con tus canciones, “cantar” nos hace mirar el misterio de la flor, del agua, de la luz, la noche, el dolor, las lágrimas o de un simplísimo suspiro como nunca antes lo habían hecho. Por lo tanto, “cantar” es abrir un espacio entre la realidad y nuestra realidad; al abrirse este espacio, permite morar; al morar, es posible moverse en libertad.

“Cantar” es una de las maneras como el hombre accede a la libertad. Cuando el hombre canta lo hace porque su deseo de libertad lo impulsa. Incluso pienso que si alguien no supiera cantar debería de aprender, porque sin cantar no puede ser “hombre” o, mejor dicho, no se le revela el “Hombre”, su esencia, el Misterio. Pero, si no todos pueden cantar, ¿cómo acceder a la libertad? Escuchando; prestando el oído y el corazón a los que cantan, no solamente el oído. Al escuchar al trovador, el hombre que atiende con el corazón re-crea las cosas que se cantan con él, participa de su trabajo, hace que las cosas cotidianas resuenen con su acento también en su interior.

III

Entre “mirada” y “misterio de las cosas” existe un circulus non vitiosus imposible de deshacer, porque mutuamente se constituyen: sin la mirada no hay misterio de las cosas; sin el misterio de las cosas no hay mirada en el hombre.

Sin embargo, queda hacer una ulterior pregunta: ¿por qué la realidad se presenta ante el hombre como “misterio de las cosas” y no ya como satisfactores? ¿Por qué la mirada se posa sobre ellas como “mirada” y no tanto como “ojos”? En una palabra, ¿cuál es el puente de unión entre ambas realidades? Creo que la respuesta se halla en lo que está “detrás” de una mirada. 

¿Qué se esconde “detrás” de una mirada? (he de reconocer que la expresión no es muy exacta, porque en sentido verdadero no hay nada detrás de una mirada, sino se encuentra ya “en” la mirada misma). Lo que está “detrás” de una mirada es siempre desconocido para un hombre, nos es inefable, también nos resulta un misterio. ¿Cómo saberlo, entonces? Por aquello que mira: la realidad y su valor intrínseco.

Cuando un hombre “mira” que en la flor hay un misterio, que en las lágrimas se encierra un misterio, empieza a mirar, también, que dentro de él emerge “algo” proporcional a ese misterio, “algo” que corresponde a toda la hondura y anchura de ese misterio de la flor o de las lágrimas. Cuando escuchaba tus canciones, las voces unidas tuya y de F., no sólo poco a poco iba emergiendo delante de mí el secreto encanto de cada cosa, la magia inexaurible de cada pequeña realidad, sino también, y al mismo tiempo, “eso” que hay dentro de mí que se miraba en cada cosa, “eso” que delataba su presencia cuando tú nos hacías mirar la realidad.

IV

“Eso” escondido en mí, en ti y en cada hombre, no es posible de-finirlo, pues no se le puede encerrar, limitar en unos conceptos fijos; por ello, el hombre adopta otro recurso: lo com-prende a través de una “imagen”, por medio de un “símbolo”. Y no hay símbolo o imagen que exprese de mejor manera “eso” dentro de nosotros que el corazón. Lo que mira el “misterio de las cosas” es el corazón; lo que hace posible en el hombre una “mirada” es su corazón.

“Cantar”, por lo tanto, es la posibilidad que hace emerger la libertad en el hombre porque le descubre que éste tiene un corazón. Cuando se canta  —y en ello se descubre el corazón, la raíz de la mirada—  lo que hace el hombre es negarse a que la vida muera, a que la vida se pierda en el absurdo; lo que hace es preservar la frescura y el vigor de su propio corazón.  

La fuerza y la violencia en el hombre sólo lo encaminan a “vencer” y “dominar” la realidad, a reducirla a nuestros impulsos básicos, a nuestros instintos. Pero así, la fuerza y la violencia sólo nos defienden, pero no nos hacen ser “humanos”, ya que ésta no emerge del corazón. En cambio, “cantar” nos deja inermes ante el ambiente, nos deja desprotegidos ante las cosas más fuertes, nos vuelve como niños pequeños ante la vida; y, sin embargo, nos preserva de morir en la vergüenza, caer ante la humillación, vencernos ante la violencia. “Cantar” nos hace humanos. ¡Cuánta debilidad se encierra en ello! ¡Cuánto significado, sin embargo, encierra! Es como decía, de alguna manera el apóstol Pablo: cum infirmus, tunc poteor (“cuando soy débil, entonces soy fuerte”). Si canto, nada puedo ante la ley del más fuerte; pero si no canto, nada puedo conmigo mismo. Y solamente esto es lo que preserva mi vida de ser una existencia absurda, de la gris monotonía que a veces nos envuelve.

V

Estas son algunas cosas que pasaban por mi mente y sentimientos en el momento que te escuchaba; hubiera querido decírtelo en el momento y en persona, pero no pude: estaba demasiado emocionado de escucharte. Ahora, mientras estoy sentado ante la “máquina”, ya no están presentes en mí esos sentimientos, pero he tratado de penetrarlos con el pensamiento. Sin la emoción de un momento la vida no se vuelve amable; pero sin la comprensión de esa emoción, la vida se pierde en los fragmentos de lo que se prueba, no llega a unidad consigo misma. 

Sólo una última cosa me falta por decirte.

Luigi Giussani dice que cuando se descubre el misterio de las cosas decir “misterio” es ya estar delante de una surgente inagotable que se llama gracia. Las cosas nos resultan un “misterio” porque, en el fondo, son un “don”, una “gracia” que nos viene de “Otro” que es más grande. ¿Y cómo responde el hombre ante el misterio de las cosas en su don más puro? Con una palabra y actitud parecida a “gracia”: la gratitud.

“Agradecer” es el acto más legítimo como el hombre tiene de responder ante las cosas que se le abren, que se le dan en su misterio. En el fondo, es la manera como el hombre responde al “rostro bueno del Misterio que hace todas las cosas”, ante el “Tú” presente que nos llama a través de ellas.

Por eso viene la última definición de lo que es el canto: “cantar” es la ayuda adecuada que el hombre tiene para agradecer por el “misterio de las cosas” cuando otros caminos le son vedados.

David, el segundo rey que tuvo Israel, después del terrible pecado de adulterio que cometió con Betsabé y el asesinato del esposo de ésta, Urías, no tuvo otra manera de ponerse delante del Misterio nuevamente que cantando; volvió a ponerse delante de la gran Presencia con lo único humano que aun le quedaba, no destrozado por el pecado: su canto. De ahí nació esa bellísima composición que es el salmo 50.

También lo mío es una carta en la misma óptica: es un agradecimiento porque, con tu voz y tus canciones, con tu interpretación y tu guitarra, he podido andar el camino desandado de mi vida frente a esa gran Presencia. Un agradecimiento por haberme puesto delante nuevamente de mi propio corazón; por haberme colocado ante el misterio de las cosas con la mirada; y, por último, por haberme re-conducido, aunque fuera sólo por el canto, al camino del Rostro verdadero que a veces  —muchas veces—  olvido.

Con cariño,

 

José R.

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