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Archive for 31 agosto 2010

Si la primera tarea de la fenomenología es realizar de la forma más rigurosa posible el “análisis de las esencias” [Wesenanalyse] de las distintas cosas del mundo aprehendidas a través de una intuición, la segunda consiste en dar cuenta de las “leyes esenciales” [Wesengesetze] que rigen sobre estas mismas esencias.

Estas “leyes esenciales” no tienen punto de comparación con las que dominan en el mundo de las cosas naturales, pues mientras éstas últimas se fundan fácticamente en la contingencia de los seres, las primeras se fundan, en cambio, en la necesidad que rige de forma intrínseca en cada esencia. Esto significa que la índole particular de estas “leyes esenciales” es la de ser aprióricas y, por lo tanto, no dependientes de la experiencia empírica.

Desde que fueran descubiertas por vez primera por el pensamiento de Platón, estas “leyes esenciales” no han dejado de estar presentes en el campo visual del pensamiento filosófico, pues pertenecen a lo más importante de la estructura inteligible del mundo en que vive el hombre.

De hecho, corresponde a la naturaleza misma de la filosofía no sólo mostrar la existencia de dichas “leyes esenciales”, sino  también exponerlas en toda su pureza a través de un minucioso trabajo intelectual. Sin embargo, la filosofía no se ha mantenido fiel a esta su tarea fundamental a lo largo de la historia.

En muchas ocasiones la filosofía ha tergiversado el sentido originario de estas “leyes esenciales” o ha recortado de alguna manera su amplitud y universalidad. Lo primero ha tenido lugar cuando incluso los que han intentado defender la existencia de estas “leyes esenciales” las han adscrito al ámbito de la subjetividad humana para salvaguardar sus derechos; lo segundo, en cambio, cuando  ―sin ninguna razón objetiva―  se han limitado arbitrariamente estas “leyes esenciales” a unas pocas esferas del ser, en lugar de reconocer la vastedad de su dominio, que prácticamente se extiende a todo. Todo esto requiere una consideración más detenida.

 

I

Siempre se ha admitido en el mundo filosófico la existencia de “leyes esenciales” y se ha reconocido el hecho de que su conocimiento no adviene en el hombre a través de la experiencia, porque son, más bien, de naturaleza a priori. La experiencia, sobre todo si se la considera como percepción sensible, posee ciertas características que no se pueden atribuir sin más a las “leyes esenciales”.

Por ejemplo, todo acto de percepción remite siempre a una cosa individual, en su inmediata concreción; asimismo, la percepción de una cosa, con relación a la totalidad de su ser, sólo puede realizarse a partir de un punto específico de ésta, y aunque después puede completarse a través de otros actos de percepción sucesivos, éstos son dados siempre desde un solo “punto de vista”; al mismo tiempo, para percibir una cosa determinada, es imprescindible que el sujeto percipiente se encuentre en la relación adecuada con la misma, que esté “frente” a ella, en la más inmediata “cercanía” con ésta; en una palabra, es necesario que el sujeto la “experimente”.

Las “leyes esenciales”, en cambio, son conocidas por el sujeto cognoscente por peculiares actos intuitivos, que nada tienen que ver con la percepción sensible y, por lo tanto, con la experiencia. Para aprehenderlas, el sujeto cognoscente no tiene que estar situado en alguna parte ni hallarse en alguna posición determinada: basta con que “traiga a su mente” una cosa de manera adecuada para dar cuenta de las “leyes esenciales” que corresponden a la esencia de ésta. Ni siquiera es relevante que el sujeto cognoscente tenga que partir del conocimiento al menos de un caso único real en el que se muestren dichas “leyes esenciales” de una cosa, pues la pura “representación” imaginativa del mismo puede ser suficiente para ello. Asimismo, no aprehende estas “leyes esenciales” únicamente desde un particular “punto de vista”, porque la esencia de una cosa  ―y, por lo mismo, las “leyes esenciales” correspondientes―  son dadas al sujeto cognoscentes de manera inmediata y plena, frontal y directa a través de la intuición.

En una palabra: para el sujeto cognoscente está abierto, siempre y en todas partes, el acceso al “mundo de las esencias” [Wesenwelt] y sus “leyes” [Gesetze] inherentes. Sin embargo, es en este punto donde precisamente se han dado los mayores problemas de comprensión de la naturaleza de estas “leyes esenciales”.

Con frecuencia se ha pensado, por ejemplo, que, dado que la mente humana no aprehende estas “leyes esenciales” a través de la percepción sensible y, por lo tanto, a través del contacto con aquello que se halla “fuera” del sujeto cognoscente éstas, entonces, deben encontrarse de alguna manera “dentro” del sujeto mismo, es decir, en la estructura de la subjetividad.

Tal es el caso de la teoría del conocimiento que considera las “leyes esenciales”  ―aunque sea sólo de manera puramente virtual―  una especie de ideas innatas en el ámbito de la conciencia humana, que únicamente es necesario “sacar a flote” con la técnica adecuada, como hizo Sócrates con el esclavo Menón en el diálogo platónico del mismo nombre. También es el caso de aquella teoría que sostiene que la validez universal de las “leyes esenciales” es  resultado del consenso universal de todos los hombres. Igualmente lo es el de esa otra teoría que considera las “leyes esenciales” como modos necesarios de pensar de la mente misma, como si ésta “debiera” pensar de determinada forma y, en cambio, “no pudiera” pensar de otra manera.

Estas concepciones, sin embargo, son totalmente inadecuadas para determinar la naturaleza de las “leyes esenciales” y un atento análisis de sus presupuestos elementales podría demostrar incluso su falsedad.

Por ejemplo, en la primera postura queda irresuelto el problema del error y del engaño respecto a las “leyes esenciales” por parte del sujeto cognoscente pues, dado que éstas se encuentran ya de forma innata en la estructura de la mente misma no es posible entender cómo ésta pueda aprehenderlas de forma equivocada; lo que habría qué preguntarse es, a lo mucho, por qué algunos hombres llegan a “encontrarlas” en el patrimonio de su inteligencia y otros, en cambio, no, pues de las “leyes esenciales” sólo puede hablarse en términos de “descubrimiento” o “no-descubrimiento”, pero no en términos de “falsedad” o “engaño”.

En la segunda postura, en cambio, queda por resolver el problema de la validez universal de las “leyes esenciales”, que es posible reconocer en toda su evidencia por encima del acuerdo entre los hombres, el desconocimiento de las mismas por parte de muchos otros o incluso la oposición a éstas de todos ellos. Es realmente difícil entender cómo pueda sustentarse la validez universal de las “leyes necesarias” precisamente allí donde el consenso entre los hombres no ha tenido lugar en absoluto.

En la tercera postura, incluso la fórmula “necesidad del pensar” [Denknotwendigkeit]  ―empleada para determinar la naturaleza de las “leyes esenciales”―  es ya de por sí demasiado oscura, porque la mente humana puede pensar de manera “necesaria” una serie de fenómenos cuya última clarificación, sin embargo, no es posible alcanzar más que a través de la comprobación empírica, y no por medio de la mera lógica del discurso mental. Para saber si fue primero la “guerra de los treinta años” o la “guerra de los siete años”, por ejemplo, no existe otro camino más que la indagación de los datos históricos, tal como estos han ocurrido, a pesar de que la mente puede considerar a la primera como más antigua sencillamente porque implica una cantidad mayor de tiempo que la otra.

Igualmente, hay fenómenos del mundo natural cuya “necesidad” indiscutible  ―por su nivel incomparable de evidencia―  es imposible atribuir sin más a la estructura o dinámica del pensamiento, como si en el mundo de la naturaleza debieran ocurrir indefectiblemente las mismas cosas que son concebidas en el ámbito de la mente humana, en una especie de “armonía preestablecida”, cuyo sentido último, sin embargo, es imposible de determinar razonablemente. Que el color “anaranjado” se encuentre, por ejemplo, perfectamente ubicado por su cualidad inherente entre el “amarillo” y el “rojo” en la escala de los colores y no entre el “azul” y el “verde” o el “café” y el “negro” no es algo que tenga lugar en la realidad porque la mente humana “piense” de esa manera, sino porque los colores “son así” en el mundo de las cosas, debido a su naturaleza constitutiva.

En realidad, “leyes esenciales” tales como el principio de no-contradicción o la determinación unívoca de todo cuanto ocurre, no son expresiones del “pensamiento” humano, sino del “ser” que está más allá del pensamiento mismo. El carácter necesario de estas “leyes esenciales”, por tanto, no está fundado en la estructura de la subjetividad humana, sino en la constitución misma de la realidad. Si la consistencia última de estas “leyes esenciales” estuviera fundada en la estructura del “pensamiento” en cuanto tal sería imposible comprender, entonces, por qué los hombres pueden pasar por alto su sentido originario a la hora de “pensar” un determinado fenómeno de la realidad o incluso negar la evidencia fundamental de éstas para privilegiar un cierto “esquema” sobre dicho fenómeno, en lugar de reconocer lo que le imponen la presencia misma de los datos, cosa que no sucedería si estas “leyes esenciales” fueran, en última instancia, “leyes del ser”, que nada tiene que ver con el hombre mismo.

Estas “leyes esenciales” son las “situaciones objetivas” [Sachverhalte] en las que se encuentran las cosas [Sache] del mundo de manera necesaria  ―con independencia de toda posible conciencia humana―  en virtud de su propia estructura fundamental; son los “estados de cosas” [Sachverhalte] que la mente del hombre reconoce en su intrínseca evidencia a través de la predicación judicativa por estar fundados inexorablemente en la naturaleza de las mismas cosas [Sache].

Que a lado de un objeto cualquiera en el espacio se encuentre otro objeto distinto es algo que no se desprende de manera necesaria de la esencia de ninguno de ellos: el hecho podría ser perfectamente a la inversa, al ser una situación meramente contingente; por esa razón el conocimiento adecuado de éste puede ser alcanzado por la mente humana únicamente a través de alguna observación empírica. Pero que a través de un punto exterior a una línea recta sólo pueda ser trazada otra línea que no corte nunca a la primera o que el camino más corto entre dos puntos sea una línea recta y no una línea curva es algo que la mente humana puede conocer inequívocamente por estar fundado dicho conocimiento de manera necesaria en el modo de ser específico de la línea recta, por ello no puede haber jamás una observación empírica que compruebe lo contrario.

Pero lo que vale de manera universal para las entidades “ideales”  ―como los objetos de la matemática―  también puede ser dicho de las entidades “reales” que constituyen el mundo de los objetos naturales. En la esencia del “movimiento” de alguna cosa, por ejemplo, está inscrita la dependencia unívoca del momento actual de los momentos temporales precedentes, en razón de los cuales adquiere todo su sentido; por ello este “estado de cosas” [Sachverhalt] no puede alterarse al cambiar las situaciones contingentes en las que es dado el movimiento de aquella cosa, como tampoco esta “situación objetiva” [Sachverhalt] del movimiento de una cosa puede dejar de estar presente en los movimientos particulares de las demás cosas del mundo. Es una “ley esencial” [Wesengesetz] que caracteriza al movimiento como tal.

Ahora bien: si las “leyes esenciales” no pueden ser adscritas de ninguna manera a la estructura de la subjetividad humana  ―como se desprende de los análisis anteriores―  queda abierta todavía la pregunta por el modo como son conocidas por la mente del hombre [wie uns diese Sachverhalte eigentlich zur Gegebenheit kommen], una vez que se ha reconocido con antelación las limitaciones epistemológicas que acompañan toda forma de experiencia empírica.

Tanto las “esencias” [Wesenheiten] de las cosas como las “leyes esenciales” [Wesengesetze] fundadas sobre aquellas son aprehendidas por la mente del hombre a través de una “intuición originaria” [letztgebende Anschauung] de su contenido [Gehalt]; éstas se “donan” [Gegebenheit] al espíritu del hombre de manera inmediata a través de dicha “intuición originaria” [Wesenerschauung] con una evidencia indiscutible. Pero aun en los casos en los que ciertas “leyes esenciales” no pueden ser aprehendidas por la mente humana de esta manera, porque requieren ser derivadas de otros conocimientos adquiridos previamente a través de complejos procesos deductivos, éstas apelan, en última instancia, a “intuiciones originarias” que se hallan a la base de dichos conocimientos.

Lo anterior no significa, sin embargo, que deba entenderse la “intuición” [Intuition] como una súbita inspiración, una repentina iluminación que experimenta el sujeto cognoscente, a la manera de ciertos arrebatos místicos; tampoco que la evidencia indiscutible de las “leyes esenciales” que se fundan en las “esencias” de las cosas sea sin más equiparable a lo que de suyo es obvio. Estos equívocos son precisamente el trasfondo de todos aquellos intentos que quieren justificar las “leyes esenciales” reduciéndolas a otras cosas, revindicando su evidencia incomparable a través de hechos y datos de suyo no evidentes. Antes bien, se requieren grandes esfuerzos por parte del hombre para superar todas las mixtificaciones a las que conducen las teorías y construcciones que éste mismo se hace sobre las cosas del mundo, así como también muy peculiares dotes intelectuales de su mente para poder alcanzar una aprehensión clara y distinta de éstas, en especial para poder llevar a cabo su penetración adecuada.

 

II

Aunque siempre se ha reconocido la existencia de “leyes esenciales” que se desprenden de manera necesaria de la naturaleza de las cosas, estas han sido inexplicablemente relegadas a ciertos ámbitos del ser y reducidas a modalidades muy específicas. Quizá el pensador que más ha contribuido a sustentar este equívoco en el mundo filosófico ha sido Immanuel Kant.

No sólo fue Kant quien llevó a cabo la identificación de las “leyes esenciales” con la estructura de la subjetividad humana, sino también quien redujo el dominio de las mismas al ámbito de las puras estructuras formales, olvidándose del inmenso campo de los contenidos materiales. Antes que Kant también David Hume investigó las “leyes esenciales” en la esfera del conocimiento humano, pero las ciñó exclusivamente al ámbito de las “relaciones entre ideas”, principalmente a las concernientes a las reglas de la “asociación”.

No obstante, si es verdad que cada cosa del mundo tiene una “esencia” [Wesen], su propio “qué” [Was], es comprensible, entonces, que de cada una se desprendan ciertas “leyes esenciales” [Wesengesetze] de manera necesaria  ―susceptibles todas de ser aprehendidas por la mente humana―,  así se trate de los más dispares ámbitos del ser, como el mundo de la naturaleza, la psicología, la ética, la estética, el derecho, etc. En cada uno de estos ámbitos se abren para la mente humana específicos problemas de investigación que son, más bien, difíciles de abarcar en una sola mirada tanto por su vastedad como por su riqueza.

En el mundo de la naturaleza, por ejemplo, existen una infinidad de “leyes esenciales” sobre los colores, la luz y la oscuridad, la dilatación de la materia, el movimiento de los cuerpos, los sonidos pero, sobre todo, sobre la constitución del carácter fenoménico de las cosas materiales, que aun aguardan su adecuada exploración fenomenológica. Pero para ello es necesario, en primera instancia, alcanzar la aprehensión de la “estructura esencial” [Wesenhaften Struktur] de todas estas cosas en toda su pureza  ―sin teorías y conceptos previos―  y llevar a cabo un análisis de dicha “esencia” [Wesenanalyse] exento de prejuicios.

También en el ámbito de la psicología es posible descubrir una inmensa cantidad de “leyes esenciales” que atañen de alguna manera a la naturaleza de la estructura psíquica del hombre, esto es, de sus “vivencias” [Erlebnisse].

En los estratos periféricos de la psique humana, por ejemplo, se encuentran todas las “leyes esenciales” que corresponden a los actos de percibir, de representar, de juzgar, de sentir, de querer, etc.; en los estratos más profundos, en cambio, se hallan las conexiones específicas [Wesenszusammenhänge] que existen entre las acciones [Haltungen] de los hombres y las disposiciones anímicas [Gesinnungen] que las suscitan, que se comprenden bajo la denominación común de “motivación”. Incluso en fenómenos tan particulares de la vida psíquica como las “leyes de asociación” [Assoziationsgesetze] es posible encontrar conexiones esenciales [Wesenzusammenhänge] que no están fundadas en relaciones de distinto tipo  ―como la contigüidad espacio-temporal o la semejanza―  sino en la naturaleza de las cosas [Wesen der Sache] que están asociadas. Con todo, tanto en las “leyes de asociación” como en las “leyes de motivación” se trata propiamente de “relaciones de posibilidad” [Möglichkeitszusammenhänge] entre las distintas cosas, y no de “relaciones de necesidad” [Notwendigkeitszusammenhänge] entre las mismas, como en otros casos.

Muchas veces se han considerado estas “leyes esenciales” en el ámbito de la psicología como resultado de múltiples hechos recopilados empíricamente, como consecuencia natural de la observación y la experimentación; pero esta constatación es insuficiente para dar cuenta de la plena evidencia que estos fenómenos tienen ante la mente del hombre aun cuando la observación de los mismos es insuficiente y su necesaria experimentación no se ha llevado a cabo. Esto es así porque no se trata en absoluto de datos empíricos, sino de relaciones [Zusammenhänge] que valen para todos los casos concretos porque están fundadas de manera necesaria en las esencias de las cosas, que son aprióricas. De cualquier forma, esto abre un camino de exploración para captar los nexos que existen entre los hechos empíricos y los datos aprióricos y, por lo tanto, entre la psicología empírica tradicional y la psicología apriórica, que aun no existe.

Con todo, es en el ámbito de la filosofía donde es posible comprobar con mayor claridad la existencia de “leyes esenciales” en los más dispares objetos. De hecho, el reconocimiento de las mismas ha llevado, en muchas ocasiones, a la superación definitiva de los grandes equívocos que, sobre muchos de estos objetos, se habían venido arrastrando a lo largo de la historia del pensamiento filosófico. El ejemplo más claro de ello es el problema del conocimiento.

La “ley esencial” del conocimiento consiste en aceptar [Aufnehmen], recibir [Empfangen], apropiarse [sich zu eigen Machen] el objeto que en cada circunstancia se ofrece a la mente del hombre: el color rojo de una cosa, las diferencias entre los colores y los sonidos, el sentimiento de alegría que lo envuelve, etc. Esto significa, entonces, que “determinar” [Bestimmen] o “poner” [Setzen] los objetos de conocimiento no es el acto fundamental del acto primario de la mente humana que se llama “conocer” [Erkennen].

Este equívoco proviene de identificar el acto de conocimiento con otro acto que también pertenece a la esfera cognoscitiva de la mente humana y con el cual está en estrecha relación, aun cuando no se identifican en absoluto: la “aseveración” [Behauptung], también denominado de manera general como “juicio” [Urteil]. “Aseverar” es un acto propiamente “ponente” [setzende Akt] de la mente; por él son “puestas”, de manera espontánea e instantánea, ciertas “determinaciones” [bestimmende Setzungen]. Sin embargo, la “aseveración” [Behauptung] no puede identificarse nunca con el “conocimiento” [Erkennen] precisamente porque la última confirmación y justificación de sus “determinaciones” y “posiciones” se encuentran en este último acto, al cual sigue de manera natural. Equiparar ambos actos cognoscitivos sería algo semejante a igualar los colores con los sonidos en el mundo de las cosas naturales.


*  Las fuentes primordiales de este trabajo se encuentran en: Adolf Reinach, Introducción a la fenomenología, Encuentro, Madrid, 1986 [trad. de Rogelio Rovira]; Adolf Reinach, “Über Phänomenologie”, in: Sämtliche Werke, Band I, Philosophia, München, 1989; pp. 531-550 [Eds. Karl Schuhmann y Barry Smith].
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