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Archive for 31 octubre 2010

Enamoramiento y amor

Distinciones elementales

Normalmente el hombre se introduce al ámbito del “amor” a partir del fenómeno del enamoramiento. Aunque desde el punto de vista objetivo puede conocer del amor muchos aspectos fundamentales por la información y la educación que ha recibido al respecto de toda índole, desde el punto de vista subjetivo conoce este fenómeno cuando específicamente ama a una persona, cuando toda su humanidad está implicada con ella sin fisura alguna y sin ninguna pausa. Pero esto tiene lugar, normalmente, cuando se “enamora” de ésta.

“Enamoramiento” quiere decir, etimológicamente, que el hombre comienza a girar en torno al amor experimentalmente; que comienza a descubrir la presencia de este ámbito particular de la existencia mediante el surgimiento en él de determinadas vivencias; que el amor revela, en última instancia, una profunda dimensión en éste que tiene que ver con la relación y dedicación total a otra persona  —y no sólo al encerramiento dentro de sí mismo—  no a través de análisis y discursos, sino de emociones y sentimientos.

Pero el amor no es idéntico al enamoramiento, ya que en él se encuentran implicados muchos aspectos existenciales que no se encuentran operantes en este último, como la explícita voluntad de pertenecer al otro definitivamente, el involucramiento del propio universo social, político, cultural, religioso con la otra persona, el redimensionamiento de todos los proyectos personales que se pretende realizar en el mundo e incluso la separación radical del propio horizonte familiar  —bueno o malo—  que hasta el momento ha acompañado a un hombre para “estar” con la otra persona de manera estable y definitiva, entre otros.

Por estas razones, la comprensión adecuada de la naturaleza del amor conduce, ante todo, a la confrontación minuciosa con la naturaleza del enamoramiento, para vislumbrar correctamente, a su vez, su identidad específica.

1. El enamoramiento

El enamoramiento es un estado emocional despertado en el hombre por el encuentro con una persona del sexo opuesto.

En principio, el enamoramiento es “algo que sucede” al hombre, en cuanto que dicho estado emocional se despierta al margen de su voluntad. Los hombres no eligen enamorarse de una persona ni pueden determinar cuándo enamorarse o no: mucho menos pueden entender por qué les atrae una persona más que otras. Simplemente es un hecho “que ocurre” a sus vidas y del que poco a poco van cobrando conciencia.

En el enamoramiento, se desplaza el centro afectivo del hombre hacia la otra persona; éste deja de “pensar en sí mismo” para fijarse con mayor detenimiento en la otra persona. Este desplazamiento se aprecia en el deseo de hallarse cerca de la persona de la cual se está enamorado, de gozarse de su presencia, de tal manera que se torna en el centro de la mirada, el pensamiento y los afectos.

En el enamoramiento, el hombre ya no dice propiamente ante la otra persona que tiene delante “yo”  —aunque tampoco dice todavía “tú”, pues esto corresponde al plano del amor, no del enamoramiento—  sino se expresa de ella o respecto a ella con un “mi”. El “mi” habla todavía del yo de un hombre pero, a su vez, comienza a considerar con su objeto propio a la otra persona.

En el enamoramiento, se modifica sensiblemente la concepción que tiene de sí el hombre. Se modifica, ante todo, la forma de percibirse a sí mismo pues, antes del enamoramiento, el hombre se encuentra concentrado en sus deseos, proyectos, intereses, posesiones (incluido su propio cuerpo); pero, a partir del encuentro de la otra persona, todo el campo de su conciencia está dominado por la otra persona: su figura, su modo de ser, sus cualidades, su cuerpo.

En el enamoramiento deja el hombre de aparecer como “soledad”  —o, al menos, como un “solitario”—  para captarse a sí mismo como “acompañado”.

Asimismo, en el enamoramiento se transforma sensiblemente la percepción que tiene el hombre del mundo en el que vive. En él aparecen las mismas cosas de siempre y suceden los mismos hechos, pero ahora bajo una luz nueva que antes no se poseía, que es la presencia de la otra persona. Al hombre le impresionan o le atraen aspectos nuevos del mundo para los cuales, sin la presencia de la otra persona, sería completamente ciego. De hecho, el mundo deja de ser para el hombre solamente el campo de los propios intereses y proyectos para convertirse, a la luz de la presencia de la otra persona, en un mundo por compartir con ella en todos sus aspectos.

La percepción nueva de sí mismo y la concepción nueva del mundo en el que se vive que aporta a un hombre la presencia de la otra persona quizá también es la razón por la cual es tan doloroso para éste el cese del enamoramiento. El hombre des-enamorado, sobre todo cuando su estado emocional por la otra persona no ha sido correspondido por ella o ha sido sustraído a la posibilidad de seguir creciendo en el afecto a ésta porque dicha persona muere o se encuentra ahora físicamente lejos, se percibe a sí mismo como “vacío” (pues en el enamoramiento se estaba “llenando” de la otra persona) y concibe al mundo en el que vive como “oscuro” (porque le falta la “luz” particular que aportaban a sus ojos la otra persona). Por ello “sufre”.

Sin embargo, este desplazamiento del centro afectivo hacia la otra persona no es sencillo para el hombre, y muchas veces se tiende a considerar la presencia de ésta otra desde los intereses y deseos que tiene el hombre dentro de sí enmascarados. En ocasiones el hombre emprende el camino hacia sí mismo a través del largo rodeo que implica la presencia de la otra persona en su vida, aunque finalmente termina en él mismo y no en su prójimo, al que sin embargo dice amar. Otras veces, se considera a la otra persona desde la propia imaginación, de los ojos de la fantasía, que ensimisma al hombre en la imagen que se ha formado de la persona amada  —y no a partir de la mirada, que lo sitúa siempre “delante” de la presencia de la otra persona—  dando paso así a la fantasía con relación a ésta. Es cuando el enamoramiento, entonces, pierde el contacto con la realidad en cuyo contacto ha surgido y se torna una relación afectiva con el otro  —en el mal sentido de la palabra—  de “ensueño”; esto es, se vuelve completamente irreal.

En el enamoramiento, antes bien, la otra persona cobra ante los ojos del hombre una manifiesta “importancia”; es decir, se presenta ante su mirada como un “valor” específico. Este valor puede ser desmedido, muchas veces desproporcionado a la persona, como resultado de la imaginación del hombre; pero la mayoría de las veces es real y correspondiente al carácter específico de la persona. Por esa razón, la presencia de la otra persona  —particularmente su valor específico—  oscila continuamente ante la mirada del hombre entre la objetividad y la subjetividad; entre el reconocimiento “de lo que se ve” o la imagen “creada” por la fantasía.

Cuando en el enamoramiento se acentúa cada vez más el valor específico de la otra persona con objetividad, éste mismo se convierte paulatinamente de un mero estado emocional a un reconocimiento explícito al valor de la otra persona, en una respuesta definida a su importancia propia. Es cuando tiene lugar en la conciencia del hombre enamorado los sentimientos de admiración y estimación por la otra persona. Entonces el enamoramiento deja de presentarse dentro del hombre como un mero estado emocional (“estoy enamorado”) para convertirse en un deber de correspondencia hacia la otra persona, sobre todo a su valor específico como persona (“debo estimarla”). El hombre enamorado sabe que debe admiración a la otra persona, que debe estimarla; es decir, que necesita sentir “aprecio” por ella.

Este “deber” de apreciación de la otra persona es todavía meramente emocional; no pasa aun por el centro de libre determinación del hombre que se llama voluntad; pero no es un deber que se presente contra la voluntad de la persona, violentándola o constriñéndola. Es, más bien, espontáneo. Cada vez que se ve a la persona de la cual se está enamorado o se piensa en ella o se la representa a través de la imaginación este “deber” de apreciación de su valor propio surge inmediatamente en el interior del hombre, en su conciencia, sin que nada lo obligue a ello.

En el enamoramiento, la otra persona es “interiorizada” por el hombre, es decir, es trasladada del mundo en el que se encuentra (la realidad) al mundo interior en el que se vive (la intimidad). Por ese hecho, la otra persona, además de vivir “fuera” del hombre ahora también vive “dentro” de éste. La otra persona, por el enamoramiento, encuentra en el ámbito interior del hombre  —en su conciencia y en sus afectos—  un espacio que es propio para ella. Este espacio dentro del hombre es el “centro” de éste: su corazón. A la luz de esta nueva situación originaria en el ámbito de sus afectos, el hombre “entroniza” dentro de sí la presencia de la otra persona y la convierte en el “paradigma” de toda otra persona con la que se encuentra en la vida, la convierte en el “modelo de juicio” mediante el cual discierne las cualidades y las virtudes de otras personas.

Por esa razón, no es nada extraño que el hombre enamorado experimente, a la vista de la persona amada, una cierta contradicción que no sabe a ciencia cierta cómo resolver satisfactoriamente: por un lado, la atracción y fascinación por la otra persona, por la cual experimenta gusto en “estar” con ella y “pensar” en ella, en que esta persona, poco a poco, vaya entrando en “posesión” o “apoderándose” del centro mismo de su intimidad; pero, por el otro, un temor de que la otra persona termine por “invadir” todo su ser, se “adueñe” de todo lo que éste es, que “no se vaya” de su pensamiento, sobre todo, que aparezca como árbitro y modelo de comparación de cualquier relación que establezca el hombre con otras personas, especialmente del mismo sexo que ella; por esa razón se da en el hombre un rechazo de la otra persona y una aversión a ella, a todo lo que representa.

En esa interiorización de la otra persona que tiene lugar en el enamoramiento, no es nada extraño que en el hombre que lo experimenta vaya ocurriendo de manera real, pero imperceptible, una paulatina “identificación” con el modo de ser de la otra persona. Su modo de pensar, su modo de juzgar, su modo de ponerse en juego delante de las circunstancias, su modo de sentir, su modo de hablar, de expresarse, de moverse, e incluso sus hábitos y costumbres se vuelven también “propios”. No por violencia o imposición de ésta, sino por “contagio” con su presencia. Es una “forma emocional” de la unidad a la que están llamados a formar posteriormente en el amor.

En muchas ocasiones, en el enamoramiento se abre para el hombre el camino de la experiencia sexual con la otra persona. En este camino  —el encuentro sexual—  se vivencia el encuentro con el otro, con sus sentimientos, sus deseos, sus pasiones; se abre un camino particular hacia el corazón de la otra persona, hacia su intimidad humana, llena de seguridades y de temores, de fortalezas y de fragilidades, que la tornan particularmente vulnerable. Ayuda a los amantes, en suma, a crecer en el sentimiento de pertenencia del uno para con el otro. Pero también es verdad que puede “atraparlos” en el cerrado círculo de sí mismos, de sus afectos y sensaciones individuales, especialmente en el de sus meras excitaciones corporales. Entonces los amantes dejan de gravitar alrededor de sí mismos para complacerse individualmente a través del rodeo que representa el cuerpo del otro. Dejan de “mirarse” mutuamente para comenzar a “tocarse” pero, tocándose recíprocamente, comienzan a excitarse de manera individual y cerrada, tornándose, en el fondo, incomunicables.

Un indicio de este problema es que los amantes se vuelven “retraídos” hacia la propia relación, a sus encuentros sexuales íntimos, cortando todo nexo con la realidad objetiva que los circunda: los amigos, la familia, las obligaciones escolares o los deberes profesionales; sólo esperan el momento en que puedan estar nuevamente “juntos”, pero donde esa proximidad se da solamente en el sentido de la sexualidad y no en el de la afectividad. En esta forma de experimentación del enamoramiento se pierde muchas veces de vista, por eso, el carácter “afectivo” de muchos gestos recíprocos que todavía deben desarrollar los amantes respecto de sí mismos  —que no son de naturaleza “sexual” propiamente—  como la ternura o la comprensión, el arrepentimiento o el perdón, entre otros, que literalmente desaparecen de su relación mutua para dar lugar, por un lado, a los “celos” sobre el otro y, por el otro, a los “reclamos” hacia el otro, que son fenómenos afectivos de otra índole más baja porque ya no son “afectivos” propiamente, sino “pasionales”.

El enamoramiento, llevado por el camino de la naturaleza del hombre, conduce al amor entre las personas si es “verdadero”; el amor, precisamente por la verdad que implica, pone las condiciones más adecuadas para la experiencia sexual de los amantes, que entonces se entregan mutuamente porque “se aman”. La “verdad” del amor no consiste en que cada uno de los amantes siente por el otro algo  —sentimientos bellos—  sino en que ambos se pertenecen y viven esta pertenencia en un camino único; en otras palabras, que forman un solo destino.

Cuando se experimenta la intimidad sexual en el plano del enamoramiento, en cambio, la unidad sexual de los amantes está sostenida sólo emocionalmente, en sus sentimientos de pertenencia, pero no objetivamente, en decisiones y relaciones; por ello, apenas las vicisitudes de la vida ponen a prueba estas emociones de ambas personas, la unidad sexual vivida por los amantes entra en una profunda crisis; por ejemplo, cuando la mujer queda embarazada de manera inesperada o el hombre se enamora de otra mujer porque encuentra en ella ciertos valores sexuales o emocionales que no encuentra en su actual pareja.

2. El amor

Aunque el enamoramiento que experimenta el hombre por razón de otra persona no se identifica todavía en el amor a otra persona en sentido estricto, porque fundamentalmente se encuentra en el mero plano emocional  —en el de la atracción y la fascinación por la otra persona y en el de la aversión y el rechazo por ésta como movimiento contrario—,  su naturaleza específica consiste en conducir a éste, es decir, en llevar al hombre al amor auténtico.

Existe todo un “proceso” que conduce de una forma de experiencia (enamoramiento) a la otra (amor).

Por ejemplo, el “deseo de unidad” que se despierta en el hombre con relación a la otra persona en el enamoramiento  —puramente “emocional” todavía—  se va transformando paulatinamente en una “exigencia de unidad” cada vez más clara y decidida, que ya no es emocional, sino existencial  —porque implica todo lo que se tiene y se es—  hasta llegar a la conciencia plena de “pertenecerse mutuamente”  —en que consiste el “amor”—  que abre todo un camino para ambas personas, un destino común.

El “deseo de unidad” puramente emocional que experimenta el hombre en el enamoramiento se expresa en el habla ordinaria en fórmulas como “siempre estoy pensando en ti”, “me muero si tú no estás”, “cuánta falta me haces”. La “exigencia de unidad” que experimenta el hombre a nivel existencial, en cambio, se manifiesta en el habla ordinaria en fórmulas como “es importante que ya estés conmigo”, “ya no quiero que te vayas”, “quédate conmigo”. Por su parte, la conciencia plena de “pertenecerse mutuamente”  —en que consiste propiamente el amor—  dice comúnmente: “soy tuyo; eres mía”, “soy el compañero de tu vida”, “tú eres toda mi familia”.

El “deseo de bienes” que se despierta en el hombre con relación a la otra persona en el enamoramiento  —todavía puramente “emocional”—  se expresa comúnmente en frases como “déjame invitarte esto”, “te traje este regalo”, “compré esto para ti”. En cambio, la “voluntad de hacer el bien”  —ya de carácter existencial—  se expresa normalmente en frases como “he decidido hacer esto por ti”, “me comprometo contigo para que esto salga adelante”. Por su parte, la “donación de sí mismo” a la otra persona  —que define al amor—  se expresa ordinariamente en frases como “siempre te seré fiel”, “soy todo para ti”, “te doy todo lo que soy”.

El amor, puede decirse, no “añade” algo más al enamoramiento en el aspecto emocional; el amor, por ejemplo, no es más intenso que el enamoramiento, ni más pasional que éste y muchas veces le falta todo su variado colorido. Comparado con el enamoramiento, más bien parece que el amor es menos “fuerte” y un poco más “frío”, incluso algo “monocromático”, porque su fundamento no es ya emocional tan sólo. Pero el amor, en contraparte, otorga al enamoramiento una serie de elementos importantes que, por un lado, garantizarán su “permanencia” con el paso del tiempo y, por el otro, le darán con el paso del tiempo una “configuración” específica.

En primer lugar, el amor le va a dar al enamoramiento una estabilidad emocional que muchas veces éste no logra tener por sí mismo. Esta “estabilidad emocional” va a provenir de una serie de decisiones compartidas, en razón de un “destino común” que se quiere vivir. Para amar a una persona es necesario tener una “vida en común” pero, para que ello sea posible, es necesario dar los pasos necesarios para que esto sea algo más que una mera aspiración: tener un lugar propio (casa), contar con los medios de subsistencia necesarios (trabajo), haber entablado las relaciones humanas pertinentes (amistades), contar con una historia que constituya la identidad de su pasado (familia), etc. Asimismo, esta estabilidad emocional va a alcanzarse, en el plano psicológico, con la madurez que proporciona a un hombre la edad, al permitirle al hombre llegar a un dominio de sí mismo y darle la posibilidad de disponer ya de sí mismo; por eso, mientras que el enamoramiento puede tener lugar en etapas muy tempranas de la vida de un hombre (adolescencia), el amor sólo tiene cabida en etapas de la vida de un hombre más maduras, más definidas, como la adultez.

En segundo lugar, el amor va a darle al enamoramiento mayor objetividad, ya que el enamoramiento, al ser un fenómeno puramente emocional, se encuentra muchas veces centrado en el mundo interior, personal, subjetivo del hombre: emociones, pasiones, sentimientos, estados de ánimo, heridas personales, proyectos imaginados, etc. El amor, en cambio, se vivencia en el plano de la “realidad”: el mundo del trabajo (obtención de recursos económicos), el mundo de la fragilidad corporal (la salud y la enfermedad), el mundo de los compromisos sociales (familia, amigos, sociedad, empresa, eventos públicos), el mundo de la sexualidad (intimidad y abstinencia, procreación y regulación), el mundo de los recursos económicos (la pobreza y la riqueza) etc. Todo ello va haciendo que el amor entre dos personas se plantee como todo un verdadero proyecto de vida para cada una y no sólo un tiempo  —incluso sumamente largo—  que transcurrir juntas.

En tercer lugar, el amor va a darle al enamoramiento mayor compromiso existencial. El amor no se encuentra centrado ni en los contenidos emocionales que se experimentan a través de la otra persona (alegría, ternura, compasión) ni en los valores sexuales que se gozan de la otra persona (placer, excitación, vértigo) como ocurre en el enamoramiento, sino en el valor mismo de la otra persona: en su dignidad personal y en su destino individual. En pocas palabras: el amor se dirige a una persona porque es esta persona en concreto, este tú específico  —y no meramente “alguien”—  al que se dirige el corazón del hombre.

Para ello, es importante que pueda verse en el hecho de estar juntas un proyecto común para ambas personas  —que caminen juntas por la vida hacia “algo”—  y no únicamente una suma de “proyectos individuales” que, con el tiempo, pueden llegar a separarlas, en lugar de unirlas. Este “proyecto común” puede ser una serie indefinida de aspiraciones por cumplir juntos, como reemprender los estudios que se tienen a un nivel más alto (maestría, doctorado) o ir a visitar otros continentes y países (Europa, Asia, África); también puede ser la consecución de ciertos bienes objetivos necesarios para la vida juntos, como adquirir una casa más grande o cambiar el automóvil por otro de mejores características; asimismo puede ser comenzar el camino de la paternidad al que quizá largamente han añorado, teniendo hijos.

Sin embargo, el “proyecto común” por el cual dos personas se aman y deciden hacer una vida juntas no proviene de todas estas cosas, por legítimas que sean, sino de aquello que está a la base de las preguntas que el amor mismo suscita en el interior de un hombre de cara a la otra persona: “¿quién es ésta persona que está ahí para mí?”, “¿quién soy yo para esta persona?”, “¿para qué ha sido dada esta persona a mi vida?”, “¿y por qué me ama?”. Esta pregunta, en su forma más simple, se formula también de esta otra manera: “¿a dónde vamos?” o de esta otra: “¿para qué estamos juntos?”.

El amor se dirige al encuentro con el destino; hacia éste son “lanzadas” (del latín pro-iectum) ambas personas por cada circunstancia de la vida de manera no separada, sino conjunta. Cada persona, de hecho, camina desde su nacimiento al encuentro con el destino  —pues esta es una exigencia de cada individuo concreto—  pero en el amor este “salir al encuentro” del destino es llevado a cabo por el hombre en compañía de la otra persona, y es precisamente por eso que más se la ama. En el amor a otra persona encuentra el hombre una “compañía” para su vida y la vida misma se presenta para ambas como un “camino” que buscan recorrer juntas, no separadas.

Ahora bien: mientras el enamoramiento se vivencia entre dos personas como mera presencia, una “atmósfera” donde ambas de encuentran cara a cara sin conciencia del espacio y del tiempo, de los acontecimientos en torno y del prójimo, el amor se presenta entre ambas personas como una “historia”  —llena de vicisitudes y de decisiones, de limitaciones y de maduraciones, de aciertos y de errores—  que les es dado vivir juntas dentro de una compañía más grande de personas y de circunstancias: los padres, los amigos, los conocidos, incluso los encuentros ocasionales con ciertos individuos que tienen la virtud de iluminar y potenciar el compromiso existencial de dos personas.

El acompañamiento de otras personas, dicho sea de paso, es esencial a la dinámica del amor entre dos personas. El amor está “abierto”, de suyo, a esta compañía. Aunque el amor es propio de las dos personas que se aman y se entregan recíprocamente y aunque el camino hacia el destino de ambas es responsabilidad primaria de ellas dos, el amor entre éstas se encuentra necesitado de ser secundado, sostenido, motivado, iluminado, corregido por la presencia de otras personas con las cuales han entablado, con el paso del tiempo, múltiples relaciones objetivas, sumamente significativas, que son por ello de imprescindible ayuda.

Los padres son, en este sentido, la primera colaboración objetiva que pueden recibir los amantes para descifrar el complicado camino hacia el destino que han empezado a recorrer juntos; pero, junto a ellos, están todos aquellos que tienen un deseo positivo para que el amor de ambas salga adelante, para que el amor mutuo se vuelva más verdadero en ellas.

Con estos elementos presentes ante la mente es posible, entonces, “definir” el amor como la preocupación que tiene el hombre por el destino de otra persona con la cual ha entablado un compromiso permanente con toda su existencia. Esta preocupación está expresada de manera explícita a través de múltiples decisiones que consuman, de modo consciente y libre, el interés afectivo que ha comenzado a experimentar por la otra persona en el enamoramiento. Esta preocupación por el destino de otra persona tiene para el hombre que ama, cierto carácter de extrañamiento, de separación de sí mismo; pero, por paradójico que parezca, es la única manera de tornar verdaderamente sobre sí mismo, con la riqueza que proporciona a su propio ser la presencia de la persona amada. No es nada raro entonces que, en el amor a otra persona, el hombre descubra su propio “rostro” de hombre y, en la preocupación por el destino de la otra persona, vea nacer en él mismo la preocupación por su propio destino.

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