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Archive for 18 octubre 2011

El “mundo” de los afectos humanos

Reflexiones sobre el “tocar” y el “ser tocados”

 

I

            Los afectos humanos constituyen un “mundo” muy peculiar.

            Hay algunos afectos que están vinculados a la capacidad de mirar que hay en el hombre. ¿Quién no se ha “emocionado” vigorosamente al ver ganar a su equipo favorito en una importante competencia deportiva, ya sea en el lugar de la contienda o a través de la televisión? ¿Quién no se “alegra” en demasía al ver al amigo por algún tiempo apartado de sus ojos? ¿Quién no se “entristece” terriblemente al ver las desgracias humanas en fotografías publicadas en Internet o en los periódicos que se venden en la calle?

            En cambio, hay afectos humanos que están más ligados a la capacidad de escuchar que tiene el hombre. Hay personas que “hieren” profundamente el corazón de otras personas al decir palabras desafortunadas en momentos inoportunos. Hay obras tanto poéticas como musicales creadas por ciertas personas que “tocan” íntimamente el corazón de otras personas con las situaciones o las composiciones que sugieren. Hay situaciones humanas que “sacuden” o “derriten” el corazón de algunos hombres cuando éstas llegan a sus oídos a través de las palabras.

            Sin embargo, afectos como la ternura o la compasión, el amor o la misericordia, no pueden surgir en el hombre más que a través del tacto. Por un lado, esta capacidad permite a los hombres  —como su nombre mismo lo indica—  entrar en “con-tacto”; no sólo hallarse “uno junto al otro” sino estar ambos en “una proximidad insuperable”. Más allá de esto, por el otro, esta capacidad permite a los hombres “sentir-se”, esto es, traducir su presencia recíproca en vivencias interiores, experiencias inmanentes o, dicho mejor, en “sentimientos”.

            ¿Cómo hubiese podido “apiadarse” la virgen María de los tormentos sufridos por su hijo Jesucristo sin haberlo estrechado en su regazo? ¿De qué otra manera podría darse la “conmiseración” del padre por la abyección del hijo ingrato más que en el abrazo que aquél le da al regreso a casa de éste? ¡Con razón el hombre repugnante a los ojos de otros hombres por su monstruosidad física experimentó “amor” incondicional por aquella mujer que no sólo le dio a beber agua con sus propias manos, sino además fue la única persona capaz de pasar sus delicados dedos por su deforme rostro? Esta es la grandeza que tienen obras inmortales del ingenio humano como La Piedad de Miguel Ángel, la Parábola del hijo pródigo de evangelio de Lucas y El jorobado de nuestra señora de París de Víctor Hugo, cuando se las considera desde el punto de vista afectivo.

            Mas también es la grandeza de las importantes obras de la solidaridad humana como los orfelinatos, los hospitales, los manicomios, las clínicas, los talleres, las escuelas, los refugios que muchos comenzaron al “encontrarse” con sus semejantes por la vida y “experimentando” en sus adentros sus desgracias. Después de todo, Juan Bosco, Teresa de Calcula, Damián de Molokai, Toribio de Benavente, José Moscati, son personas reales, no personajes literarios.

 

II

            Los afectos que giran en torno a la capacidad de tocarse que tienen los hombres  —ya sea porque “surgen” de ella o porque se “expresan” a través de ella—  tienen gran relevancia en las relaciones interpersonales.

            Por ejemplo, muy difícil sería para un niño adquirir tanto confianza como una mirada positiva en la vida sin las reiteradas muestras de “ternura” que llegan a él cotidianamente de la propia madre a través de sus besos y de sus abrazos. Muy complicado sería para una mujer asumir con paciencia y decoro las vicisitudes propias de sí misma, del matrimonio y del trabajo sin los arrumacos y las caricias que “amorosamente” le prodiga su esposo todos los días tanto en la alcoba como en la cocina, en el auto o en la calle. Muy arduo sería para los enfermos de los hospitales sobrellevar las penalidades de su condición sufriente sin la “compasión” que reciben a diario de enfermeras y familiares a través las curaciones de aquéllas y las atenciones de éstos.

            Por otro lado, ¿cómo podrían salir airosos los hombres que día tras día pasan por diversas formas de vulnerabilidad y desamparo  —como la inmigración, el encarcelamiento, la ancianidad, el accidente, la indigencia—  sin la “misericordia” que hallan en un brazo que los sostiene, una mano que los saluda, un hombro que los apoya, un regazo que los acoge? ¡Hasta el hombre recién fallecido se beneficia de estos sentimientos humanos cuando una mano cierra sus ojos u otra mano amortaja su cuerpo!

 

III

            Por desgracia, también la “violencia” y la “soledad” que a diario azotan a los hombres entran en juego través de la capacidad de tocar, cuando ya no hay afectos humanos que pasen por ella o aquellos que pasan demuestran ser inadecuados a su condición de personas.

            La soledad de una persona proviene de la “indiferencia” de otra persona, esto es, de la ausencia de afectos en el corazón de ésta para con aquella o, peor aún, de la incapacidad de esta segunda para captar afectivamente la proximidad de la primera a través del tacto, cuando ambas “chocan entre sí” o “se rozan” hasta con gran potencia, pero no se “sienten”; sus respectivos cuerpos pueden llevarlos a la máxima “cercanía” que es posible a la materia, pero no hay “contacto humano” entre ambas partes. Por eso la soledad está a las antípodas de la compañía.

            Quizá éste sea el drama de los hombres que ven televisión hasta altas horas de la noche; de las personas que navegan por Internet una enorme cantidad de horas con su computadora; de los individuos que vagan por las calles hasta el aburrimiento o el cansancio; de quienes abarrotan los gimnasios, los cines, los bares, los centros comerciales, los estadios, los restaurantes; incluso de todos aquellos que prefieren “comunicarse” con sus semejantes a través del teléfono, pero no “encontrarse”.

            La violencia es el “mal-trato” que inflige una persona a otra persona a través del tacto. En las miradas puede haber desprecio, resentimiento u odio por otra persona; en las palabras puede haber agresividad, humillación o mordacidad hacia otro hombre; pero es en el tacto como un ser humano vive la auténtica violencia por parte de otro ser humano. Ésta no proviene de la falta de sentimientos en el corazón del hombre, sino de la existencia en el corazón de éste de un tipo único de sentimientos: los “fuertes”, los “enérgicos”, los “briosos”. Por eso la violencia se aparta radicalmente de la “ternura”.

            Este es el drama de los niños azotados por sus padres, las mujeres ultrajadas por sus parejas, de los hombres mutilados por los secuestradores; también de aquellas personas que son sometidas a interrogatorios policíacos, que son obligadas a realizar trabajos indignos, que sufren atentados terroristas, que viven atropellos xenofóbicos. Por desgracia, quienes han vivido en orfelinatos, asilos, cárceles, manicomios, clínicas, escuelas, parroquias, cuarteles más de alguna vez han sabido de esto.

 

IV

            Es factible que la “crueldad” hacia los animales tenga su base en la misma atrofia afectiva que aqueja a los hombres.

            Tocar a los animales, abrazarlos, hacerles caricias, mesarles las cabelleras, palmotearles los lomos, hacerles cosquillas en la panza, rodar con ellos por la alfombra o el jardín de la casa, dejarlos que nos laman la cara, que nos pasen en todo el cuerpo sus narices frías, que se nos suban por el cuerpo, que nos mordisqueen las manos, que se echen a nuestros pies, que nos calienten con sus cuerpos cuando duermen a nuestro lado, curar sus heridas cuando una afección los agobia, son relaciones con los animales que no pueden dejar de tener favorables consecuencias para el crecimiento afectivo de los hombres. Con el paso del tiempo, éstos se “encariñan” con los animales mientras ellos se tornan “compañeros fieles” de los hombres.

            Aunque pueda ser significativo para los hombres “ver” en ciertos momentos el sufrimiento de los animales  —ya sea porque éstos se lastiman o porque la enfermedad los doblega—  y algunas veces no deja de tener su importancia para ellos “escuchar” el sufrimiento de los animales  —sus gemidos de dolor o sus quejidos lastimeros—  es hasta que tocan sus cuerpos malheridos y maltrechos o sienten su miembros exánimes y sus pulsos lánguidos que saben lo que es en verdad el sufrimiento y lo que implica solidarizarse con éste. No “lastimar” ni “infligir dolor” a los animales son mandamientos que los hombres aprenden por el tacto.

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