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Archive for 31 diciembre 2011

Sobre la esperanza y la desesperanza

Estimada F:

He estado estas últimas semanas tan absorbido en el proyecto de tesis doctoral que no he tenido oportunidad de seguir las diversas publicaciones que hacen mis amigos en sus redes sociales para saber cómo van o qué ha sucedido en sus vidas. Hoy por la mañana, sin embargo, me llamó poderosamente la atención el mensaje que tú pusiste y, sin saber a fondo sus motivos, me hizo reflexionar seriamente sobre lo que preguntabas, porque doy por hecho de que se trata de una cosa muy importante, respecto a lo cual, no puedo pasar de largo, con indiferencia.

Espero que no consideres mis palabras como una intromisión indebida a tu vida sino, más bien, como la puesta en común de cuanto me sucedido en la mía para ayudarte a clarificar lo que está sucediendo en este momento en la tuya. Créeme que no escribiría nada de cuanto estoy por decirte si no tuviera sobrada evidencia sobre estas cosas tan importantes de la vida.

I

 

Tanto la esperanza y la aceptación por un lado, como la desesperanza y la resignación por el otro, son “respuestas” que nuestro corazón da a los hechos significativos que suceden en la vida, son las diversas formas como nuestro ser, desde lo más hondo de sí mismo, se “sitúa” ante todas las cosas importantes de la vida. No son meros “estados emocionales” por los que vamos pasando en el transcurso de nuestra jornada, como el cansancio o el malhumor, el estar de buenas o eufóricos.

 

Por eso, para saber por qué estamos “desesperanzados” o “esperanzados” tenemos que mirar a la vida misma, a las cosas positivas o negativas que nos han sucedido en ella; a las cosas que, en una palabra, nos confieren una gran certeza o nos hunden en la incertidumbre. Aunque estas “respuestas” son expresiones auténticas de nuestra persona —después de todo, provienen de nuestro corazón, que es el núcleo mismo de nuestra persona— ellas provienen de tales sucesos, son engendradas en nuestro interior por tales hechos; las “motivan”, por un lado, la positiva importancia de unas cosas y, por el otro, la significación negativa de otras cosas.

 

Estas “respuestas” no son, por tanto, resultado de nuestra libertad ni surgen a partir de nuestra voluntad. Ante ellas somos más bien “impotentes”, porque no están a disposición de nuestros imperativos. Si nuestra libertad fuese tan potente como pensamos —y no digo que no lo sea para muchas cosas, aunque no para éstas— no tendríamos que preguntar cómo hacer para erradicar de nosotros la desesperanza o qué pasos dar para afincarnos firmemente en la esperanza; sencillamente, nuestra voluntad lo “decretaría” con sus decisiones. Estas “respuestas”, dicho sea de paso, tienen para nosotros algo más de “gratuidad” que de preceptos.

 

II

 

“Para poder esperar —decía un gran poeta francés que compuso uno de los homenajes más bellos que se hayan podido escribir a la esperanza— necesita el hombre haber recibido primero una gran gracia”. Es esta “gran gracia” la que hace al hombre mirar más allá del estrecho horizonte en el que lo tienen sumergido sus infortunios (la esperanza nos invita siempre a mirar en lontananza). Así como las preocupaciones y los temores se originan en nosotros a causa de todos esos infortunios, es una “gran gracia” la que hace nacer en nosotros el claro destello de la esperanza.

 

Los infortunios nos hacen clavar la mirada en el presente, y como en éste sólo están ellos, no podemos escaparnos de los intrincados laberintos de nuestros temores y de nuestras preocupaciones; una “gran gracia”, en cambio, hace que nos abramos a un futuro promisorio cuya primera prenda de su existencia es ella misma y sus primeros efectos en nosotros son, por un lado, la alegría y, por el otro, el consuelo. Esto es la “esperanza”: la positiva certeza que se tiene en un futuro (que no podemos ver) en razón de una evidencia presente (que sí podemos ver).

 

III

 

Los hechos que suceden en la vida son ya en sí mismos significativos: algunos son “positivos” y otros son “negativos”. Esta “significación”, sin embargo, no está en relación a nuestros intereses y necesidades, sino en función de su propia importancia. Que algo vivo muera, por ejemplo, no tiene una “significación negativa” porque lo deseamos tanto o nos haga mucha falta, sino porque en sí misma la vida tiene una importancia positiva que no se encuentra, por ejemplo, en las cosas inertes. Que en el contexto de nuestra existencia deseemos su muerte o nos haga falta su muerte no altera un ápice la intrínseca importancia de las cosas vivas —no asumen éstas, por ello, una “significación negativa”— aunque sí puede impedir las más de las veces su adecuada captación de nuestra parte.

 

Esto tiene gran importancia para el surgimiento de la esperanza en nuestros corazones. Ésta no se origina en nosotros “re- significado” la importancia de los hechos que suceden en la vida, sino captando adecuadamente el “significado positivo” que tienen los mismos hechos que suceden en la vida, dando cuenta plenamente de su intrínseca importancia. “Re-significar” las cosas presenta, al menos, dos problemas: ante todo, ésta puede hacerse cuando los hechos mismos han pasado (a posteriori, como decimos los filósofos; nachträglich, como dicen los analistas); después, ella proyectaría sobre los hechos un cierto subjetivismo (por el cual se diría que las cosas positivas después de todo “no fueron positivas” y que las cosas negativas al final de cuentas “no fueron negativas”).

 

La esperanza no requiere de complicadas “re-significaciones”. Ella surge espontáneamente en nuestros corazones apenas captamos el “significado positivo” que tienen los hechos que suceden en el mundo. Por idénticas razones, también puedo decir que ella se muere inmediatamente en nuestros corazones cuando somos testigos del “significado negativo” que portan muchos hechos que suceden en el mundo.

 

IV

 

El punto central, entonces, no está en “re-significar” los hechos que suceden en la vida —cómo habremos de proceder para conseguir esto— sino cómo llegamos a una comprensión más clara, más profunda y más amplia de la “importancia intrínseca” que tienen estos hechos; desvelar paulatinamente cómo nuestras vidas se van vertebrando y entretejiendo en torno a estos hechos que suceden en la vida en virtud de su “significado positivo”.

 

Pero, incluso el verdadero meollo de las cosas no está ni siquiera en esto: ni en llegar a una comprensión más clara, más profunda y más amplia de la “importancia intrínseca” de los hechos que suceden en la vida, ni en descubrir paulatinamente cómo nuestras vidas se entretejen misteriosamente a partir del “significado positivo” que poseen todos estos hechos. La cuestión verdadera —previa a todo esto, como ya decía antes— es la siguiente: ¿qué ha sucedido en mi vida?, ¿qué he encontrado en ésta? ¿qué me ha sido dado con ella? Y eso que me ha sucedido, ¿porta un significado positivo? ¿la importancia que conlleva es intrínseca o depende de otras cosas? Si a mi vida no ha sucedido nada, ningún hecho, algún acontecimiento, es imposible entonces esperanza alguna; si eso que ha sucedido en mi vida carece de importancia propia, también es imposible la esperanza; si fuese relativa a mis necesidades y deseos la importancia de eso que ha sucedido en mi vida, mi esperanza sería efímera.

 

Para responder estas preguntas, es fundamental el sentimiento de gratitud. Siempre he pensado que el sentimiento de gratitud es el preludio necesario de toda auténtica esperanza. Con su sola presencia, él mismo nos dice que nuestra vida es bienaventurada porque ha recibido “grandes cosas”; la gratitud es consciencia inequívoca de cosas positivas que han llegado a nuestras manos. Pero también nos deja en claro que podemos aguardar algo más grande en nuestra vida, que podemos abrigar enormes expectativas a partir de ello. En una palabra, que nuestra esperanza es “legítima” y “razonable”. El sentimiento de gratitud confiere a nuestra esperanza su indispensable dosis de “realismo”.

* * *

 

Espero que estas rápidas pinceladas puedan servirte para darte una idea acerca de la esperanza y de la desesperanza. Que puedan ilustrarte, sobre todo, los caminos por los que estas “respuestas” surgen en nuestro corazón. Quizá no te confieran la esperanza acerca de la cual preguntabas esta mañana, pero pueden indicarte quizá los lugares a donde debas mirar para encontrarla en el ámbito de tu propia vida.

Con gran cariño hacia tu persona.

José R.

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