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Archive for 31 marzo 2012

Hildebrand concibe la fenomenología como un “método de investigación” filosófica.[1] Su principal cometido es analizar de manera exhaustiva las “esencias” de cierto tipo de objetos que son aprehendidos por el entendimiento del hombre a través de la experiencia.[2] Estos objetos son todos aquellos que, ya desde la primera mirada intelectual que se dirige hacia ellos, muestran tener una especial “relevancia existencial” en contraposición a los demás objetos que se hallan inscritos en el ámbito universal de la realidad; tales son, por ejemplo, el ser y la nada, el espacio y el tiempo, el conocimiento y la libertad, la verdad y la falsedad, la bondad y la maldad, la belleza y la fealdad, la justicia y la injusticia, el amor y el odio, el perdón y el arrepentimiento, la gratuidad y la gratitud, los conceptos y los juicios, las proposiciones y los argumentos, los seres inertes y los seres vivientes, los seres conscientes y los seres personales, los seres naturales y los seres culturales, entre muchos otros.[3]

La “relevancia existencial” de estos objetos se evidencia ante el hombre, por un lado, en la consistencia ontológica que éstos poseen en sí mismos y que los aparta radicalmente de cualquier ilusión o alucinación o ficción o ensoñación que pueda originarse en el ser mismo del hombre y, por el otro, en la excepcional inteligibilidad que todos ellos presentan ante el entendimiento del hombre, que los hace comprensibles de suyo apenas éste repara con atención en cada uno en razón de su sentido tan definido.[4]

Lo primero pone de relieve, por un lado, la trascendencia de los objetos respecto del hombre que los conoce con su entendimiento y, por el otro, la potencia de su propio ser que los hace estar muy por encima de cualquier forma de apariencia; lo segundo enfatiza la claridad peculiar que proviene de cada objeto, capaz de satisfacer las ansias de saber de todo hombre que se aproxima a ellos,[5] sin que ello signifique que sean “fáciles” de captar para sus actos cognoscitivos o “simples” de comprender para su entendimiento.[6]

El fundamento de todo esto se encuentra en la “esencia” que poseen estos objetos.[7] A diferencia de otros objetos cuyas esencias ostentan una genuina unidad interna, pero no radical desde el punto de vista ontológico y tampoco plena con relación a su propio sentido  —como el agua, el oro, un perro, un gato, un árbol, una planta[8]—  estos objetos que poseen una “relevancia existencial” propia exhiben una unidad interna absolutamente necesaria, incondicionada.[9] En ellos, por razón de su particular esencia, no tiene lugar la peculiar dicotomía que se presenta entre la “apariencia estética” (el modo como se muestran ante el hombre de manera inmediata) y su “naturaleza constitutiva” (aquello que el entendimiento del hombre descubre como razón de sí mismos) que es característica de objetos tales como el agua, el oro, un perro, un gato, un árbol, una planta.[10] De hecho, en estos objetos puede distinguirse con plena evidencia lo que pertenece a la esencia misma de éstos y lo que es meramente accidental a ellos.[11] Es su propia esencia la que hace que estos objetos se hagan presentes ante el entendimiento del hombre en sí mismos, con una inmediatez única.

La experiencia por medio de la cual el hombre capta los objetos que poseen una esencia de unidad interna absolutamente necesaria  —como el ser y la nada, el espacio y el tiempo, el conocimiento y la libertad, la verdad y la falsedad, la bondad y la maldad, la belleza y la fealdad, la justicia y la injusticia, el amor y el odio, el perdón y el arrepentimiento, la gratuidad y la gratitud, los conceptos y los juicios, las proposiciones y los argumentos, los seres inertes y los seres vivientes, los seres conscientes y los seres personales, los seres naturales y los seres culturales—  es muy diferente de la experiencia por medio de la cual aprehende el hombre los objetos que tienen una esencia de unidad interna genuina pero no totalmente consistente ni plenamente inteligible, como el agua, el oro, un perro, un gato, un árbol, una planta.[12] Mientras ésta última depende, por un lado, de la estructura concreta de la sensibilidad del hombre y, por el otro, de las características empíricas de los objetos, aquella otra reside exclusivamente en la excepcional inteligibilidad de sus respectivos objetos, asequible intuitivamente al entendimiento del hombre. Esta experiencia, por esto, se denomina “eidética”, para distinguirla de la otra experiencia que es, más bien, “empírica”.[13] Esta última depende de las “percepciones” y de las “observaciones” que haga el hombre de sus respectivos objetos, pero aquella otra echa mano tan sólo de la “intuición espiritual”.[14]

La fenomenología, sin embargo, no busca tan sólo “describir” los objetos que aprehende por medio de la experiencia, por minuciosa y rigurosa que pueda ser esta descripción de tales objetos. Antes bien, aspira a evidenciar de manera incontrovertible e inequívoca estados de cosas fundados en las esencias de éstos de modo inexorable; pretende llevar a la máxima patencia la conexión existente entre tales estados de cosas y la esencia en la que se originan;[15] proyecta, en una palabra, enunciar con toda claridad las leyes esenciales universales bajo las cuales se rigen tales estados de cosas.

Hay objetos, sin embargo, de los cuales no pueden determinarse con evidencia absoluta estados de cosas fundados necesariamente en sus respectivas esencias; objetos acerca de los cuales el entendimiento del hombre no puede descubrir de manera inequívoca e incontrovertible la conexión existente entre la unidad interna de éstos y sus correspondientes estados de cosas, por más que parta de la aprehensión intuitiva de los mismos y los describa pormenorizadamente con el entendimiento.[16] Son objetos que, no obstante su consistencia ontológica e inteligibilidad excepcional, o poseen una concretud tal que no puede universalizarse como las esencias necesarias consideradas en el sentido genuino de la palabra, o involucran también una gran cantidad de aspectos empíricos imprescindibles para su comprensión adecuada. Esto es de particular importancia para la estética, donde el hombre debe enfrentarse a realidades singulares  —como las obras de arte—  que se caracterizan por tener una plenitud cualitativa sui generis.[17]

Dos ámbitos de la realidad a los cuales se aproxima Hildebrand con este método de investigación filosófica que sumariamente se ha descrito  —la fenomenología—  son, por un lado, el mundo de los valores objetivos y, por el otro, el mundo de las vivencias subjetivas. Éste último designa el complejo de acontecimientos o de sucesos que tienen lugar en el recinto privado de la vida psíquica de cualquier hombre (de ahí el adjetivo “subjetivo” que acompaña al concepto “vivencias”); aquel otro señala un conjunto de cualidades o propiedades que poseen los objetos a los cuales se enfrenta el hombre en la experiencia en virtud de los cuales éstos se presentan como dignos o nobles (por eso el adjetivo “objetivo” que secunda al concepto “valores”). En próximas entregas se hará alusión a cada uno de ellos con más detenimiento.


[1] ¿Qué es filosofía?, Encuentro, Madrid, 2000; pp. 213 (traducción de Araceli Herrera).
[2] ¿Qué es filosofía?, 213; 97-100; 87-89.
[3] Ética, Encuentro, Madrid, 1983; p. 21 (traducción de Juan José García Norro).
[4] Ética, 18.
[5] ¿Qué es filosofía?, 67.
[6] Ética, 22.
[7] ¿Qué es filosofía?, 97; 125.
[8] ¿Qué es filosofía?, 102.
[9] ¿Qué es filosofía?, 109.
[10] ¿Qué es filosofía?, 103-106.
[11] ¿Qué es filosofía?, 110.
[12] ¿Qué es filosofía?, 87-89.
[13] ¿Qué es filosofía?, 87-89. Hildebrand denomina la primera forma de experiencia “Soseinserfahrung” o “experience of such-being”; a la segunda la denomina, en cambio, “Realkonstatierung” o “empirical observation”.
[14] ¿Qué es filosofía?, 205-208.
[15] Ética, 23.
[16] Así lo afirma ya el mismo Hildebrand en la introducción al primer volumen de su Ästhetik cuando dice: “Buscamos, ante todo, el conocimiento de genuinas conexiones esenciales. Pero en el reino de la belleza, en el campo de lo estético, existen también muchos estados de cosas que son accesibles únicamente al conocimiento filosófico y al método filosófico de investigación, aunque no tengan el carácter de absoluta necesidad propio de las leyes esenciales típicas como, por ejemplo, 2 x 2 = 4; los colores presuponen la extensión; los valores morales no pueden inherir en seres no personales; la responsabilidad presupone la libertad” [I: 16].
[17] ¿Qué es filosofía?, 214-216.
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