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Archive for 29 agosto 2012

Los valores vistos desde la “esfera de la motivación”

En términos amplios, la palabra “valor” expresa para Dietrich von Hildebrand un dato elemental de la realidad que denomina “importancia” o también “significatividad”.[1] Este dato de la realidad es completamente originario[2] y, por tanto, irreductible a cualquier otra cosa; por eso no puede compararse con ningún otro dato de la realidad.[3] Por esa razón, para comprenderlo adecuadamente no existe otro camino para el entendimiento del hombre que abordarlo en sí mismo, a partir de los contenidos específicos que aporta la experiencia sobre este mismo dato.[4]

El punto de partida elegido por Hildebrand para adentrarse en la naturaleza del valor es el análisis de la “motivación” que experimenta el hombre dentro de sí mismo.[5] Aunque se trata de algo que tiene lugar en el ámbito de la vida psíquica del hombre, esta vivencia subjetiva es fundamental para descubrir este dato que, sin embargo, pertenece a la misma realidad en razón de su objetividad: el valor.[6]

La evidencia “originaria” de la realidad

La motivación pone en evidencia al hombre que la realidad en su conjunto se compone de dos tipos radicalmente distintos de objetos, completamente irreductibles entre sí: los objetos que se presentan ante él con alguna forma de “importancia” o de “significatividad” y los objetos que más bien se hacen presentes ante él de forma “neutra”.[7]

El hombre descubre esta diferencia fundamental sobre la base de su propia motivación: mientras da cuenta de los objetos neutros de la realidad con “indiferencia”  —que nada tiene que ver con “desprecio” o “descrédito” en este contexto—  no puede hacerlo con relación a los objetos de la realidad importantes o significativos sin que su voluntad por un lado, o su afectividad por el otro, se “muevan” de alguna manera.[8] Una vez captados, tales objetos no lo dejan en absoluto “indiferente” como los otros objetos; algunas decisiones que toma a partir de este hecho o ciertas vivencias que experimenta después de este hecho  —como la alegría o el entusiasmo—  lo confirman con elocuencia.

Dos formas de “relación” con los objetos

La motivación tiene dos formas completamente distintas  —irreductibles entre sí—  en el hombre. Los objetos importantes o significativos, en efecto, pueden solicitar la espontánea adhesión de su voluntad por un lado, pero también pueden suscitar de manera inmediata una serie de sentimientos dentro de él por el otro.[9] Esto hace evidente que son otras “esferas” o “dimensiones” del ser del hombre las que se ponen en juego a la hora de entrar en relación con los objetos de la realidad: en la motivación, por ejemplo, son llamadas a causa tanto la esfera volitiva como la esfera afectiva del hombre;[10] en la indiferencia, en cambio, interviene tan sólo la esfera cognoscitiva del hombre.[11]

Así pues, la motivación descubre otras dos formas que tiene el hombre de entrar en “relación intencional”[12] con los objetos de la realidad más allá de la “relación intencional” estrictamente cognoscitiva: la intencionalidad de su voluntad por un lado; la intencionalidad de su afectividad por el otro.[13] En la primera, por ejemplo, el hombre aprehende con su entendimiento una serie de “propiedades” o de “características” tanto esenciales como accidentales de los objetos de la realidad; en las otras dos, en cambio, el hombre da cuenta de los “valores” de los objetos de la realidad al captar su importancia o significatividad desde su propia motivación.[14]

Objetividad de los valores de la realidad

Una pregunta legítima que puede hacerse el hombre acerca de la importancia o de la significatividad que capta de los objetos de la realidad a través de la experiencia de la motivación es si ésta pertenece efectivamente a los objetos como una “propiedad” o una “cualidad” inherente a ellos[15] o es más bien el resultado de los movimientos propios de su voluntad o de su afectividad que se proyectan de alguna manera sobre éstos.

En efecto, el hombre puede llegar a pensar que los objetos de la realidad son importantes o significativos porque sus “deseos” por un lado y sus “intenciones” por el otro  —dos movimientos característicos de la voluntad—  les confieren a éstos este particular carácter, de tal manera que si el deseo cesase o la intención se contuviese tales objetos de la realidad se revelarían tan “neutros” como otros objetos de la misma realidad.

Asimismo, el hombre podría pensar que la importancia o la significatividad de los objetos de la realidad tiene su asiento último en los “estados psíquicos” que atraviesa en determinados momentos de su decurso anímico  —como el entusiasmo o la depresión, su buen humor o su mal humor, su excitabilidad o su aletargamiento, entre muchos otros—  de tal forma que al variar el estado psíquico inicial desde el cual son considerados por el hombre o al volver el hombre a cierto estado de neutralidad psíquica el carácter de estos objetos también variaría o incluso se perdería.

Esta cuestión es decisiva para el hombre, pues se trata de saber si la importancia o significatividad de los objetos de la realidad “depende” en definitiva de la motivación experimentada por el hombre (volitiva o afectiva) o más bien la motivación (volitiva o afectiva) que experimenta el hombre es “detectora” de la importancia o significatividad de los objetos de la realidad, porque en última instancia se trata de algo totalmente distinto a su propio ser. Se trata de descubrir, en una palabra, si los valores que se adjudican a los objetos de la realidad son “objetivos” o “subjetivos”, “intrínsecos” a éstos o “extrínsecos” a ellos.

Es la experiencia misma la que enseña al hombre que muchos objetos de la realidad mantienen su importancia o significatividad por encima de los deseos e intenciones de su voluntad y al margen de las fluctuaciones constantes de su afectividad. Así sucede, por ejemplo, con un acto generoso de perdón o con un arrepentimiento profundo.

Cuando el hombre testimonia que una persona ha “perdonado” el mal objetivo que le ha infligido injustamente otra persona o que esta última persona finalmente se ha “arrepentido” del mal objetivo que ha infligido a la otra persona de manera injusta está dando cuenta de la importancia que estos hechos poseen con independencia de sus deseos e intereses propios, ha captado la significatividad que poseen estos hechos por encima de los estados psíquicos que en ese momento lo determinan. La importancia de estos hechos no se origina en el hombre que los testimonia, sino que depende de ellos mismos; se trata de una importancia “intrínseca” a los hechos observados y, por lo tanto, de una significatividad que pertenece a estas acciones humanas de manera “objetiva”. Tanto el perdón generoso como el arrepentimiento profundo imponen su propio “valor” al hombre que entra en conocimiento de ellos a través de una experiencia.

Importancia meramente “subjetiva” de la realidad

Sin embargo, también es verdad que la experiencia enseña al hombre que hay objetos cuya importancia o significatividad está en estrecha relación tanto a los movimientos de su voluntad como a los movimientos de su afectividad; que de alguna manera se vinculan tanto a sus deseos e intenciones como a determinados estados psíquicos que hay en él. Así ocurre, por ejemplo, con el elogio que otra persona le prodiga a este hombre o con ciertas cosas que requiere tal hombre para satisfacer determinadas necesidades de su propio ser.

En efecto, cuando un hombre escucha el “elogio” que otra persona le prodiga  —con razones, como en un homenaje; o sin razones, como en la adulación—  está dando cuenta de la importancia que tal hecho conlleva, cae en la cuenta de la significatividad que este hecho comporta; sabe, al menos, que no está delante de un hecho “neutro” de esta persona al cual él mismo puede mirar con cierta indiferencia. La importancia o significatividad de este hecho, empero, depende en gran medida de la “satisfacción subjetiva”[16] que experimenta interiormente el hombre, ya sea porque el elogio cumple ciertas expectativas que éste se había forjado con su voluntad o porque el elogio viene a saciar determinadas emociones que éste abrigaba en su afectividad. Se trata, pues, de un hecho que sólo tiene importancia o significatividad para el hombre que está implicado en éste y que, además, no resiste las fluctuaciones que necesariamente experimentará el hombre en su interioridad con el paso del tiempo; no tiene el carácter universal e inmutable que distingue tanto al perdón generoso como al arrepentimiento profundo porque al final de cuentas no puede desligarlo de sí mismo.

Resultados de los análisis

Los análisis de la motivación del hombre que realiza Hildebrand ponen de relieve dos cosas.

Por un lado, que los objetos de la realidad son portadores de una serie de “valores” de cuya existencia da cuenta precisamente el hombre a través de su propia motivación; son objetos que, no obstante estar en estrecha relación tanto con la voluntad como con la afectividad del hombre, no dependen de la dinámica interior de ésta para tener valores propios.[17]

Por otro lado, que el hombre puede ponerse en relación con los objetos de la realidad mediante motivaciones puramente “subjetivas”, movimientos a través de los cuales éste procura tener alguna “satisfacción subjetiva” de estos objetos, ya sea en la esfera de su voluntad como en la esfera de su afectividad e incluso en ambas a la vez.[18]

En el primer caso, la motivación es un “efecto” de la importancia intrínseca o de la significatividad propia que poseen los objetos de la realidad; en el segundo caso, la motivación es la “fuente” de la importancia o de la significatividad con que el hombre mira los objetos de la realidad. No se habla propiamente aquí de dos tipos de valores  —uno “objetivo” y otro “subjetivo”—  sino, más bien, de un único tipo de valor respecto al cual el hombre puede conducirse de manera adecuada (reconociéndolo y plegándose a las exigencias de éste) o inadecuada (pretendiendo o reclamando algo de éste) en su motivación.[19]


* Fuentes: Hildebrand, Dietrich von, Ética, Encuentro, Madrid, 1983; Hildebrand, Dietrich von, Ästhetik 1, Kohlhammer, Stuttgart, 1977; Hildebrand, Dietrich von, Actitudes morales fundamentales, Palabra, Madrid, 2003. Estas obras serán citadas a través de trabajo sólo con el nombre y el número de página.
[1] Ética, 43; 78. El término que Hildebrand emplea en su propia lengua es “Bedeutsamkeit”, que puede traducirse de ambas formas.
[2] Ética, 77. Hildebrand dice “Urphänomen” en su lengua nativa.
[3] Ética, 99.
[4] Ética, 80-82.
[5] Ética, 33-36. El término alemán que emplea Hildebrand para indicar este fenómeno es “Motivation”.
[6] Ética, 38-40.
[7] Ética, 33-34.
[8] Ética, 34-35.
[9] Ética, 38-40.
[10] Ética, 198-200; 201-204.
[11] Ética, 33-34.
[12] Sobre este concepto, ver Ética, 190-194.
[13] Ética, 190-193; 194-196.
[14] Ética, 33-34.
[15] El término que emplea Hildebrand en alemán es “Eigenschaft”, que puede traducirse de las dos maneras.
[16] Sobre este concepto, ver la nota siguiente.
[17] Ética, 77-79.
[18] Ética, 86-88. Para expresar esto, Hildebrand emplea la fórmula “subjektiv Befriedigend”.
[19] Ética, 42-45.
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