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Archive for 5 noviembre 2012

Los valores vistos desde la “esfera del ser”

Para comprender el específico carácter que corresponde a los valores que son intrínsecos a los objetos de la realidad es necesario ver más allá de la dinámica que determina la motivación del hombre; después de todo, los objetos de la realidad no se presentan en la experiencia tan sólo desde el punto de vista de su posible motivación para el hombre, sino como algo “definido” y “consistente” en sí mismos.

Esto quiere decir que el “análisis psicológico” de la motivación del hombre  —del cual se ha partido para descubrir la importancia intrínseca o la significatividad propia de los objetos de la realidad—  debe conducir ahora al “análisis metafísico” de esta importancia o significatividad de los objetos de la realidad en razón de sí misma.

Tipos fundamentales de valores

Muchos son los datos que el “análisis metafísico” de los valores puede revelar acerca de éstos sobre la base de la misma experiencia, una vez que se prescinde del punto de vista de la motivación del hombre de la que primero se ha partido. El primero de todos ellos es la distinción fundamental que debe hacerse entre valores de naturaleza cualitativa y valores de carácter ontológico.[1]

Estos últimos valores son aquellos que atañen a la estructura misma de los seres, al hecho mismo de ser tales seres; por ejemplo, una piedra (ser material), una planta (ser viviente), un animal (ser consciente), una persona (ser alguien). Todos ellos tienen su fundamento en el hecho de ser “algo”  —en un sentido preciso y definido—  en lugar de “nada”; por eso, el valor ontológico más básico de todos ellos es, sencillamente, “ser”.[2] Por su parte, los primeros valores son aquellos que, por decirlo de alguna forma, “acompañan” a cada ser y “exaltan” su naturaleza constitutiva, confiriéndoles una “cualidad” determinada  —de ahí el origen de su propio nombre—  como bello o feo, bueno o malo, inteligente o estúpido, entre otros.[3]

Diferencias esenciales

La primera característica que se desprende de esta distinción fundamental entre los valores es que la importancia o significatividad que presentan los valores ontológicos coincide con el ser en que se sustentan: para el hombre, su valor ontológico consiste en ser una “persona”; para el animal, en ser un viviente “consciente”; para la planta, en ser una cosa “viva”; para una cosa, en ser algo más que “nada”. Por esa razón, estos seres no pueden perder su importancia o venir a menos en su significatividad sin dejar de ser lo que son en sí mismos; su valor se aúna inescindiblemente con su mismo ser.

En los valores cualitativos, en cambio, la importancia o significatividad que presentan es algo que poseen los seres sin, por ello, identificarse con éstos (si bien es cierto que muchos valores cualitativos “inhieren” en la naturaleza de estos seres en forma muy profunda, como es el caso de los valores morales para los seres personales llamados “hombres”). Por esa razón, estos seres pueden “perder” dichos valores sindejar de ser, por ello, lo que son (persona, animal, planta, piedra), así como también pueden “adquirir” estos valores sin, por ello, ser más de lo que ya son (persona, animal, planta, piedra). Esto significa, en el fondo, que los valores cualitativos son independientes de los seres que los portan, aunque inhieran incluso profundamente en ellos.[4]

Una segunda característica que está estrechamente ligada a la anterior es que los valores cualitativos tienen una esencia tan definida y consistente que pueden ser conocidos en buena medida por el entendimiento del hombre sin hacer referencia necesaria a los seres en los cuales inhieren. Valores como la “humildad” o la “generosidad”, por ejemplo, pueden ser comprendidos en sí mismos por el entendimiento del hombre sin apelar a los seres personales que los encarnan de manera concreta en sus vidas (Juan o Andrés); lo mismo puede decirse de valores como la “profundidad mental” o la “perspicacia intelectual” que, no obstante estar referidos al entendimiento de un hombre determinado (Platón o Aristóteles), pueden ser comprendidos sin atender a éste de manera concreta.

En cambio, los valores ontológicos exigen, para ser comprendidos por el entendimiento del hombre, atender al mismo tiempo también al ser en el cual subsisten y sin el cual se vuelven incomprensibles. El valor de la “persona”, por ejemplo, no puede desvincularse de la misma existencia de la persona para ser comprendida por el entendimiento del hombre; igual hay que afirmar del valor de ser “algo” respecto a cualquier cosa.[5]

Una tercera característica que distingue la importancia o significatividad de los valores ontológicos respecto de los valores cualitativos es que estos últimos admiten “gradaciones de plenitud” en los seres que los poseen, mientras que aquellos otros se mantienen siempre invariables.[6] El hombre, en efecto, no es “más” o “menos” persona de lo que de hecho es; tampoco una planta es “más” o “menos” viviente de lo que de suyo es; una vez que son tales, el valor que caracteriza ambos seres se mantiene siempre idéntico.[7]

Donde puede haber una variación de “más” o de “menos” en estos seres es en el plano de sus operaciones, pero no en el plano ontológico; una planta, por ejemplo, puede estar “menos” llena de vida que otro días porque está decaída (aunque no tiene propiamente menos vida como tal) y un hombre puede ser “menos” digna como persona que otras veces porque sus malas acciones lo empobrecen (sin que esto signifique, de hecho, que es menos “persona” por ello).[8] En cambio, un hombre puede tener un entendimiento “más” agudo o “menos” obtuso que otro hombre, como un paisaje puede ser “más” o “menos” bello que otro paisaje.[9]

Una cuarta característica que diferencia los valores ontológicos de los valores cualitativos es que los primeros no establecen “gradaciones de valor” como estos últimos, aunque sí presentan una peculiar “jerarquía” entre todos ellos. La experiencia muestra al hombre que la “humildad” está por encima de la “generosidad” en el terreno moral y que la “profundidad mental” supera con mucho la “agudeza del entendimiento” en el campo intelectual y que la “tragicidad” sobrepasa en demasía la “comicidad” en el ámbito estético.

Asimismo, el hombre descubre a partir de la experiencia que valores como la “humildad” y la “generosidad” descuellan con relación a valores como la “comicidad” y la “tragicidad” o la “profundidad” y la “agudeza” mentales. Entre todos estos valores se distinguen “grados” que los separan en rangos de importancia y significatividad.

Respecto al hombre, empero, el valor “persona” no tiene gradaciones semejantes a aquellas, como tampoco el valor “viviente” lo tiene en relación a las plantas. Además, entre estos seres, más que “grados de valor” lo que existen son “categorías” o “clases de valor” que se corresponden en todo a la perfección ontológica que atañe a cada uno.

Con todo, la característica más importante que diferencia a los valores ontológicos de los valores cualitativos  —la quinta—  es que estos últimos se hacen presentes en la experiencia a través de pares de “cualidades contrapuestas” que se excluyen recíprocamente de una forma muy especial, cosa que en modo alguno ocurre con los primeros. A la belleza se contrapone la fealdad y a la profundidad intelectual se contrapone la superficialidad mental; a la humildad se contrapone la soberbia y a la generosidad se contrapone la tacañería.[10]

Se habla, en este sentido, de “valores positivos” y de “valores negativos”, sin que esta negatividad de algunos valores se entienda como una mera “negación” o una simple “ausencia” de la positividad de los otros valores. Los valores negativos tienen una cualidad definida y precisa que, sin embargo, contiende tajantemente con la cualidad definida y precisa de los valores positivos, a los cuales se contraponen radicalmente.

Entre estas cualidades contrapuestas hay, no obstante, una preeminencia de los valores positivos sobre los valores negativos, en el sentido de que su inteligibilidad es de tal manera originaria que son comprensibles al entendimiento del hombre sin confrontarlos necesariamente con sus opuestos, mientras que estos últimos reclaman de alguna manera la presencia de los valores a lo que se contraponen.

Por su parte, en el ámbito de los valores ontológicos sólo es posible hablar en términos de ser o de no-ser, que no son, en sentido estricto, “contraposiciones” sino, más bien, “contradicciones” que, por lo tanto, no se “oponen” entre sí, sino que se “niegan” recíprocamente. Por eso, al valor ontológico “algo” no se le contrapone, propiamente, “nada” porque, en realidad, es su negación absoluta; al valor ontológico “viviente” no se le opone, en sentido estricto, “no-viviente”, porque es su radical contradicción, pero tampoco se le opone el ser “inerte”, porque ambos se encuentran, más bien, en planos distintos del ser: el ser “inerte” está, ontológicamente, por debajo del ser “viviente” y el ser “viviente” está, ontológicamente, por encima del ser “inerte”. Lo mismo puede decirse del valor ontológico “persona”: su valor opuesto no es el ser “apersonal”, porque ésta es una categoría de ser distinta jerárquicamente a la otra; indica el grado de ser inferior al ser “personal”, pero no su opuesto.

La esfera de los valores cualitativos

El “análisis metafísico” de los valores pone en evidencia otros datos acerca de los valores cualitativos, prescindiendo ya de la comparación minuciosa con los valores ontológicos.

Principales notas

El primer dato es la “polaridad” que tiene lugar en el ámbito de los valores positivos y, correlativamente, en el ámbito de los valores negativos.[11] Ésta consiste en la exclusión de ciertos valores positivos cuando en los seres en los cuales residen éstos ya se encuentran presentes otros valores positivos. En el terreno estético, por ejemplo, un objeto encantador no puede ser al mismo tiempo imponente y un objeto divertido no puede ser simultáneamente cómico; en el campo moral, una persona justa no es por ello mismo bondadosa y una persona humilde no es en razón de ello gallarda. Lo mismo puede decirse con relación a los valores negativos: algo aburrido no es, por ello mismo, también amenazante o algo irritante no es justo por eso irascible; en el ámbito moral, la persona orgullosa no es pusilánime y el hombre lujurioso es todo, menos vengativo.[12]

Valores del mismo tipo se excluyen recíprocamente no tanto en virtud de su cualidad específica  —como los valores negativos se apartan de los valores positivos y viceversa—  sino por razón del objeto en el que deben residir, que es incapaz de abrazarlos todos al mismo tiempo.[13] En el ámbito de la realidad no hay ningún objeto que pueda poseer, por un lado, todos los valores positivos que son posibles o, por el otro, todos los valores negativos que son factibles; la riqueza cualitativa de la realidad no puede ser contenida en pocos objetos, sino que ésta se reparte equitativamente  —por decirlo así—  en muchos objetos distintos para poder poner de relieve la exuberancia de su diversidad.[14]

El segundo dato de los valores cualitativos que resalta plenamente en la experiencia es que éstos suelen formar “dominios de valor” o agruparse en “familias de valor”.[15]

Es claro que valores tales como la humildad, la pureza, la generosidad, la justicia, la modestia, pero también el orgullo, la lujuria, la tacañería, la injusticia o la indecencia forman un conjunto de valores que se diferencia nítidamente, por un lado, de valores como la comicidad, la delicadeza, la elegancia, la tragicidad, la imponencia, la grandiosidad y, por el otro, de valores como la agudeza mental, la profundidad intelectual, la amplitud de miras, la razonabilidad, la obtusidad, la estolidez, la estrechez, la superficialidad. Los primeros son valores “morales”, mientras que los otros son valores “estéticos” y valores “intelectuales”.

Con todo y que haya diferencias cualitativas muy grandes entre ciertos valores  —como la comicidad y la elegancia por un lado y la modestia y la justicia por el otro—  no son tan grandes como para llegar, por ejemplo, a la heterogeneidad que hay entre los valores “estéticos” y los valores “morales”; unos pertenecen a una familia de valor que es un distinta de la otra familia de valor.

Estas diferencias entre valores cualitativos se afinan mejor todavía cuando se pone de relieve el “tema” que domina en cada uno de estos dominios de valor.[16]

Los valores morales giran en torno a la bondad de las acciones humanas que los encarnan, en tanto que los valores estéticos giran en torno a la manifestabilidad y la agradabilidad de la belleza que hay en las cosas; los valores intelectuales, en cambio, tienen por tema las diversas cualidades que presenta la mente con relación a la aprehensión y al conocimiento de la realidad.

Las familias de valor se distinguen entre sí, entonces, en razón del “tema” que domina en ellas, si bien no puede afirmarse de manera acrítica que exista en ellas un valor dominante sobre los demás a modo de un género supremo de todos ellos.[17]

Estas familias de valor también se distinguen entre sí en virtud del “rango” que las sitúa a unas por encima de otras. Si bien no es fácil determinar con claridad si el dominio de los valores estéticos es “superior” al dominio de los valores intelectuales o a la inversa, sí es posible afirmar que ambos son “inferiores” al dominio propio de los valores morales. Al conjunto de estos valores corresponde una dignidad y una nobleza que no tiene punto de comparación con valores pertenecientes a otras familias de valores. [18]

En efecto, los valores morales son “personales” en un sentido único que no se iguala al carácter personal de los valores intelectuales porque emanan del centro mismo del ser del hombre, mientras que estos otros valores hacen referencia más bien a talentos naturales que hay en el hombre que, si bien engrandecen su persona, son algo más bien dado a ella.[19]

Asimismo, los valores morales son “libres”, en el sentido de que su existencia en el mundo depende de actos de libertad específicos realizados por el hombre que los encarna en su propio ser.[20] Bajo este punto de vista, tanto los valores estéticos como los valores intelectuales tienen  —cuando se refieren a una persona—  un carácter de “gratuidad” y de “donatividad” que no poseen los valores morales, porque no pueden ser conseguidos a través de sus propias manos.

Por último, entre los valores cualitativos que conforman una misma familia de valor existen “diferencias de grado” que sitúan a unos por encima de otros. Aunque todos constituyen la misma familia de valor, no todos ocupan el mismo “lugar” dentro de la misma; unos valores cualitativos son más “centrales” que otros.

Comparados con la bondad misma, los demás valores morales son más bien subespecies de ésta, en el sentido de que cada uno expresa esta bondad a su manera; la bondad es el valor supremo dentro de esta familia de valores cualitativos.[21]

Por su parte, en la familia de los valores estéticos la elegancia y la comicidad ocupan un puesto más bien periférico respecto otros valores centrales de este dominio como, por ejemplo, el encanto, la delicadeza, la imponencia o la sublimidad; de hecho, se hallan en las antípodas de la belleza, que es el valor dominante en esta familia de valor.[22]

* Fuentes: Hildebrand, Dietrich von, Ética, Encuentro, Madrid, 1983; Hildebrand, Dietrich von, Ästhetik 1, Kohlhammer, Stuttgart, 1977; Hildebrand, Dietrich von, Actitudes morales fundamentales, Palabra, Madrid, 2003. Estas obras serán citadas a través de trabajo sólo con el nombre y el número de página.
[1] Ética, 132-141.
[2] Ästhetik I: 81-82; Ética, 134.
[3] Ética, 134; Ästhetik I: 82-83.
[4] Ética, 136.
[5] Ética, 135-136.
[6] Ética, 138-139.
[7] Ética, 138.
[8] Ética, 140.
[9] Ética, 139.
[10] Ética, 135; Ästhetik I: 82.
[11] Ética, 143-144.
[12] Ética, 143.
[13] Ética, 143-144.
[14] Ética, 144.
[15] Ética, 132-133; Ästhetik I: 82-84.
[16] Ética, 133.
[17] Ästhetik I: 83-84. Esto es particularmente importante para el caso de la belleza y los valores estéticos; pero en el caso de los valores morales es posible establecerlo de esta manera, porque todos los valores pertenecientes a esta familia giran en torno a la “bondad” de los actos humanos.
[18] Actitudes morales fundamentales, 17-19.
[19] Actitudes morales fundamentales, 18; Ética, 169-171.
[20] Ética, 172.
[21] Actitudes morales fundamentales, 75-76.
[22] Ästhetik I: 86-86; 377-382; 383-414.
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