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Archive for 31 diciembre 2012

Un análisis filosófico de sus principales cuestiones*

La estructura óntica del hombre

Según Dietrich von Hildebrand, el hombre está compuesto fundamentalmente de entendimiento, de voluntad y de afectividad.[1] Estas tres “potencias” o “facultades” no sólo componen la estructura óntica del hombre, sino que constituyen también las principales fuentes de su vida espiritual.[2] Cada una de ellas rige su propio campo de vivencias, aunque reconoce que el mundo entero de las vivencias del hombre no puede reducirse de forma simplista  —sobre todo sin un meticuloso análisis previo—  únicamente a estas potencias o facultades de su ser propio, pues es factible que muchas vivencias tengan su origen en una fuente de otra índole en el hombre.[3]

El conjunto de vivencias que procede de cada una de estas facultades o potencias conforma una “esfera” determinada en el ser del hombre. Cada una de ellas encuentra en este “ámbito” específico su lugar propio, dentro del cual pueden desplegarse en conformidad con su propio sentido. Hay en el hombre, por lo tanto, una “esfera cognoscitiva”, una “esfera volitiva” y una “esfera afectiva” en cuyo seno se originan y se desarrollan particulares pero también heterogéneas “vivencias cognoscitivas”, “vivencias volitivas” y “vivencias afectivas”.[4]

Aunque el entendimiento, la voluntad y la afectividad son, a su manera, representantes genuinos de la subjetividad humana, es la afectividad la que mejor expresa  —por encima del entendimiento y la voluntad—  la “vida interior” del hombre.[5] Esta vida cuenta con distintos niveles de “profundidad” que van desde los más superficiales hasta los más hondos, desde los más extrínsecos hasta los más íntimos.[6] Pero en cada potencia o facultad asume caracteres distintos: mientras entendimiento y voluntad revelan, por ejemplo, que el hombre “realiza actos”, la afectividad evidencia, por su parte, que el hombre “vive algo”. A través de la afectividad, por eso, se da el paso en el hombre del desarrollo de una vida objetiva pura a la configuración de una “vida interior propia”.[7]

Con mucha frecuencia se emplea la palabra “corazón” para hacer referencia de manera exclusiva a la afectividad.[8] Aunque exacta, esta palabra no es del todo inequívoca. En ocasiones puede designar el ámbito entero de vivencias que son totalmente distintas a las del entendimiento y a las de la voluntad: la afectividad en cuanto tal.[9] Otras veces hace referencia al estrato más hondo de dicho ámbito de vivencias, distinguiéndolo de otros estratos más periféricos: el núcleo de la afectividad.[10] Sin embargo, ella hace alusión al hombre en cuanto tal, en sentido estricto; es índice de toda la persona.[11] Apelar al “corazón”, por tanto, no es referirse a una “parte” del hombre con exclusión de otras; tampoco es remitirse de manera exclusiva al “centro” mismo del hombre; es, sencillamente, poner en juego toda su persona, cuanto lo define a sí mismo en la marcha de la vida.

Deformaciones de la afectividad

La experiencia más elemental del hombre pone en evidencia el papel esencial que tiene la afectividad en la vida de éste. Cada circunstancia particular de su vida cotidiana puede mostrar, en efecto, que no puede entenderse a sí mismo sin poner en juego la dimensión afectiva de su ser. Tener un corazón capaz de amar y de odiar por diversas razones; poseer un corazón que puede conmoverse y afligirse por muchos motivos; valerse de un corazón que puede experimentar ansiedad o sufrimiento por diversos hechos; ostentar un corazón capaz de alegrarse o de entristecerse por determinados acontecimientos son las coordenadas básicas a través de las cuales se configura su existencia.[12]

Así y todo, es verdad que la afectividad sigue siendo para el hombre un continente todavía por descubrir para su entendimiento sobre cual se ciernen, además, las más grandes incomprensiones y los más terribles prejuicios, tanto en el plano acrítico del conocimiento ordinario como en el plano crítico del conocimiento científico. Con todo, unas y otras no podrían ocurrir en modo alguno si en la afectividad  —a diferencia del entendimiento y de la voluntad—  no estuviese continuamente presente una “falta de autenticidad” que altera su naturaleza propia y desfigura su sentido genuino. Es principalmente  el modo como el hombre tiene de vincularse a su propia afectividad la fuente continua tanto de los prejuicios como de las incomprensiones que a cada momento se ciernen sobre ella.

El hombre “patético”, por ejemplo, halla deleite en hinchar retóricamente sus vivencias afectivas; para él son fundamentales tan sólo aquellas vivencias que tienen una gran resonancia emotiva, como la indignación o el entusiasmo por algo, donde lo verdaderamente importante no son los motivos que originan tales vivencias sino sus consecuencias psíquicas, todas ellas expansivas.[13] El hombre “egocéntrico”, por su parte, mide la autenticidad de sus vivencias afectivas a partir de la intensidad con que éstas se presentan en su interior; por eso privilegia el surgimiento en su ser de vivencias cuya específica cualidad puede exagerarse sin control, como la compasión o la contrición que, además de su sentido propio, ostentan un peculiar dramatismo.[14] El hombre “sentimental”, igualmente, se goza en las vivencias afectivas que tocan profundamente su corazón, doblándolo o rompiéndolo de manera tanto positiva o negativa como en el pesar o la conmoción, por el sabor agridulce que le reportan, independientemente de sus razones.[15]

Análisis filosófico de la afectividad

El “análisis filosófico” de la afectividad busca mostrar que las principales vivencias que componen la esfera afectiva poseen un carácter espiritual análogo al de las vivencias que conforman, por un lado, la esfera cognoscitiva y, por el otro, la esfera volitiva. Esto lo realiza por dos caminos: en términos negativos, desmontando críticamente los prejuicios que atentan contra el carácter espiritual de las principales vivencias de la esfera afectiva; en términos positivos, evidenciando minuciosamente que las principales vivencias que conforman la esfera afectiva tienen una estructura intencional precisa.

Los “prejuicios” sobre la afectividad

Los prejuicios que se oponen a reconocer el carácter espiritual de las principales vivencias que tienen lugar en la esfera afectiva son fundamentalmente tres. El primero es el que interpreta toda la esfera afectiva a la luz de ciertas vivencias afectivas que tienen un estatuto ontológico ínfimo, como los sentimientos corporales, los estados anímicos e incluso las pasiones emocionales consideradas en sentido estricto;[16] puesto que estas vivencias afectivas muestran tener  —a su manera cada una—  un carácter “irracional” e “inestable” se piensa con frecuencia que este carácter es extendible sin más a toda la esfera afectiva.[17] El segundo es el que supone que la entera esfera afectiva depende de alguna manera del cuerpo o por lo menos lo implica en sus dinámica, de tal forma que todas las vivencias afectivas  —incluidas el amor y el odio, la alegría y la tristeza, la felicidad y la infelicidad—  habría que verlas como “efectos” subjetivos originados por diversos estados objetivos del cuerpo, que se modificarían con las alteraciones orgánicas de éste.[18] El tercero es el que toma en consideración las vivencias afectivas más importantes de la esfera afectiva  —como el amor, la alegría, el entusiasmo, la conmoción, el odio, la tristeza, la indignación o el pesar—  sin atender empero a la vinculación orgánica, necesaria y significativa con los objetos que las suscitan en el interior del hombre, en los cuales todas ellas encuentran su adecuada justificación.[19]

La crítica que puede hacerse al primer prejuicio es que no toma en cuenta que la esfera afectiva abarca una enorme variedad de vivencias afectivas que se distinguen entre sí por su cualidad psíquica, su estructura esencial y su nivel ontológico; por ello no pueden tomarse todas como realidades homogéneas.[20]

Existe, por ejemplo, una gran diferencia entre un sentimiento corporal como el “placer físico” y un sentimiento espiritual como la “fruición interior”; un abismo enorme separa, igualmente, un estado anímico de “depresión intensa” de un estado espiritual de “tristeza profunda”;[21] los mismo puede decirse del estado psíquico de “buen humor” con relación a la auténtica “alegría” y de la “contrición” genuina respecto del puro “remordimiento”. Esta diversidad es la que permite entender por qué términos como “emoción”, “sentimiento”, “pasión”  —empleados con frecuencia en el habla ordinaria para designar el entero mundo de las vivencias afectivas del hombre—  son, en el fondo, inadecuados para hacer justicia a las notables diferencias esenciales que existen entre estas vivencias, por qué no puede hacerse empleo de estos términos de manera unívoca e incluso analógica sin un paciente pero, sobre todo, meticuloso trabajo de penetración y clarificación previo realizado sobre este movedizo terreno.[22]

La crítica que puede hacerse al segundo prejuicio es que pasa por alto que la relación de las vivencias afectivas con el cuerpo depende de la naturaleza misma de las vivencias que en cada caso están en cuestión en el interior del hombre.[23]

Hay vivencias afectivas que no sólo están en relación estrecha con el cuerpo sino que son, por decirlo así, “voces” del mismo cuerpo, formas como éste se hace “sentir” en el interior del hombre, como el dolor de cabeza o el cansancio, la irritación de los ojos debido al excesivo contacto con la polución y la luz o el dolor experimentado en un brazo por el pinchazo de una inyección hipodérmica; también hay que contar entre estas vivencias el placer que se prueba al tomar un baño caliente en una tarde de frío o por la refrescante brisa que toca el rostro en un día soleado.[24] Estas vivencias afectivas están tan estrechamente ligadas al cuerpo que incluso se localizan en un específico lugar de éste.[25] Mediante ellas, el hombre toma consciencia directa de su propio cuerpo. Así pues, el carácter “corporal” de estas vivencias afectivas se evidencia en la misma cualidad de estas vivencias y en la naturaleza de su ser experimentadas por el hombre.[26]

Hay otras vivencias afectivas que no ostentan esta relación esencial con el cuerpo. Se trata de estados o de humores que tienen un rasgo marcadamente más “subjetivo”, como la depresión o la euforia, el malhumor o estar de buenas.[27] A través de ellas el hombre se sumerge dentro de sí mismo y se desvincula incluso de su propio cuerpo y del mundo entorno. Tales son los llamados “sentimientos psíquicos” o también “estados emocionales”.[28] Aunque estas vivencias pueden originarse por diversos factores corporales  —como la pésima alimentación, la introducción en él de ciertas sustancias químicas o la mala calidad del sueño—  no se trata de una relación consciente y significativa con el cuerpo, sino de una relación meramente “causal” con éste. El cuerpo se convierte en el “agente” que produce en el hombre esos estados o humores que, sin embargo, son vividos por éste positiva o negativamente con independencia de dicho agente; la conciencia o la inconsciencia de su “causa corporal” no modifica en modo alguno la experiencia interior de estas vivencias. Además, algunos de estos estados o humores pueden deberse a causas puramente anímicas y no sólo corporales, como la angustia que se suscita en el interior del hombre por una tensión psíquica no desalojada o el espanto que experimenta dentro de sí el hombre por una impresión no tramitada de forma adecuada.

Sin embargo, hay vivencias afectivas que no guardan ninguna relación con el cuerpo en los dos sentidos señalados antes, como la alegría por la conversión de un pecador por mucho tiempo reacio, el arrepentimiento por el mal objetivo infligido a otra persona de manera injusta, la compasión por las desgracias físicas o morales acontecidas a un conocido o el amor que nace espontáneamente en el corazón por la concepción de un nuevo hijo. Son esas vivencias afectivas que reciben el nombre de “sentimientos espirituales” en sentido estricto,[29] por medio de las cuales el hombre experimenta dentro de sí hechos significativos o responde a ellos con una palabra interior propia, si bien entre ellas existen todavía ulteriores diferencias fundamentales. Estas vivencias son independientes del cuerpo como cualquier acto de conocimiento realizado con el entendimiento o cualquier toma de posición asumida con la voluntad, por ello merecen recibir el apelativo de “espirituales”.[30] El hecho de que presenten “efectos vivenciados” en el cuerpo cuando se presentan en el interior del hombre  —como las palpitaciones aceleradas del corazón o los cambios de coloratura del rostro—  no hace que estas vivencias afectivas sean más “corporales” y, por lo mismo, menos “espirituales” que las vivencias cognoscitivas o las vivencias volitivas.[31] De hecho, aquí se comprueba una relación causal con el cuerpo en sentido inverso al de las otras vivencias, porque no son éstas las que se convierten en “efectos” de las alteraciones del cuerpo, sino es el cuerpo el que se convierte en “órgano expresivo” del espíritu a través de estas vivencias afectivas.[32]

La crítica que puede hacerse al tercer prejuicio es que pierde de vista que ciertas vivencias afectivas  —como el amor, la alegría, el enfado, la pena, la compasión, el gozo—  pierden toda su “razón de ser” cuando, sin justificación alguna, se desvinculan de los objetos y sucesos del mundo que las suscitan en el interior del hombre, como el matrimonio con una extraordinaria mujer o la pérdida del trabajo, una enfermedad prolongada o el éxito de algunos negocios, un paisaje admirable o la basura que hay en la calle.[33] Estas vivencias no son meros “estados psíquicos” que tienen lugar en el interior del hombre, simples “hechos empíricos” que expresan su compleja situación anímica; antes bien, son verdaderas “respuestas afectivas” de su corazón a ciertos sucesos y objetos del mundo de carácter significativo, una “réplica emocional” a la importancia intrínseca de éstos; por eso no pueden entenderse al margen de ellos ni pueden considerarse con independencia de ellos.[34] Por la misma razón, no tiene mucho sentido analizar estas vivencias afectivas desde el punto de vista de su duración anímica o su intensidad emocional  —como se hace, por ejemplo, con los estados corporales del dolor y del cansancio o los estados psíquicos del estrés y del embotamiento—  porque lo más específico de ellas no se encuentra en su constitución psicológica, sino en sus contenidos objetivos, que provienen propiamente de la realidad. Son estos contenidos objetivos los que permiten entender su pertinencia psicológica, su relevancia antropológica e incluso su justeza moral en el interior del hombre.

La separación de estas vivencias afectivas de los objetos que las suscitan comienza a tener lugar cuando se desplaza el tema específico de las mismas de los objetos que las motivan hacia su pura repercusión subjetiva.[35] Cuando se pasa, por ejemplo, de los motivos de la cólera a la cólera misma, de las causas de la tristeza a la tristeza como tal, de los objetos temidos al temor en sí, etcétera. Este desplazamiento en las vivencias afectivas del objeto que las motiva hacia su repercusión subjetiva tiene particular relevancia en las experiencias estéticas y en las experiencias morales del hombre, porque comienzan a cobrar más relevancia en ellas las repercusiones anímicas experimentadas que los valores estéticos y morales que están al origen de ellas.[36] La consecuencia más notoria de la separación de estas vivencias afectivas de los objetos que las suscitan se encuentra en el “subjetivismo emocional” que empieza a trastocar estas vivencias[37] o, peor aún, en la “subjetivación” que muchas veces se hace de la realidad objetiva, que atañe de alguna manera a estas vivencias pero no se identifica con ellas.[38] De esta manera, la belleza estética y el deber moral  ­—que son “datos” objetivos de la realidad, independientes ontológicamente del hombre—  se convierten en puros “sentimientos” humanos y, por tanto, en meras realidades psíquicas, esto es, en “emociones” de belleza o “sentimientos” de deber.[39]

El carácter “espiritual” de la afectividad

Que las vivencias afectivas tienen un carácter espiritual quiere decir, por otro lado, que su estructura fundamental es “intencional”. El concepto de “intencionalidad” hace referencia  —en términos generales—  a una relación significativa del hombre con ciertos objetos.[40] No toda relación del hombre con los objetos puede considerarse “significativa”, aunque desde cierto punto de vista pueda decirse que es una relación “llena de sentido”. Cuando el hombre, por ejemplo, busca el agua que requiere beber para subsanar su deshidratación o intenta descansar en el lecho para resarcir su fatiga corporal establece, ciertamente, relaciones “llenas de sentido” con los objetos que pueden satisfacer en él determinadas necesidades (agua, lecho), pero el sentido de estas relaciones no es “significativo” en modo alguno para el hombre porque son establecidas por éste de manera inconsciente y sin haber pasado por el mismo centro personal de su ser; son relaciones propiamente “teleológicas”.[41]

Las relaciones significativas con los objetos comienzan cuando el hombre, por un lado, cobra conciencia de la presencia de dichos objetos y, por el otro, comprende de alguna manera el sentido de éstos. Estas relaciones significativas con los objetos no serían posible si éstos, dicho sea de paso, no fuesen a su vez portadores de una importancia intrínseca o de una significatividad propia como razón de su sentido, tal como se ha dicho más arriba.[42] Estas relaciones significativas con los objetos tienen lugar, primordialmente, en el ámbito del conocimiento, pues todas las vivencias cognoscitivas que realiza el hombre son esencialmente conscientes e intelectivas. Pero también se encuentran en el ámbito de la voluntad, ya que ningún acto concreto de volición se encamina a su objeto respectivo de manera inconsciente y ciega.

Pero el ámbito de la afectividad tampoco es ajeno a las relaciones significativas con los objetos que corresponden a sus vivencias más características.[43] Vivencias afectivas de evidente carácter intencional son, por ejemplo, los sentimientos de alegría y de tristeza.[44] Alegría o tristeza son vivencias que surgen en el interior del hombre en razón de la “consciencia” que se tiene de ciertos hechos reales. Que un hombre encarcelado injustamente sea liberado o que una persona perdone a otra que le ha infligido un mal objetivo hacen surgir en el interior del hombre la alegría; la pérdida de un objeto personal entrañable o la muerte de un ser querido hacen surgir en el interior del hombre la tristeza. Estos sentimientos son “intencionales” porque no surgen nunca en el interior del hombre sin la relación significativa con estos hechos; implican, necesariamente, una toma de conciencia de estos hechos y un acto de comprensión de su sentido por parte del hombre. A su vez, estos hechos exigen tener como contenido una importancia intrínseca o una significatividad propia como fundamento de su sentido pues, si fuesen hechos “neutros” que ocurren en el mundo no habría ninguna razón para que en el interior del hombre se suscitasen estos sentimientos.[45] Estos tres factores están vinculados entre sí de manera íntima en el surgimiento de la alegría o de la tristeza en el hombre.

Todo esto quiere decir que dichos sentimientos son “motivados” en el hombre por estos hechos y, en razón de ello, no pueden entenderse “al margen” de éstos; su cualidad afectiva, por un lado, y su profundidad emocional, por el otro, dependen del contenido de valor de estos hechos y del lugar jerárquico en el ser que corresponde a éstos.[46] Sentimientos como la alegría o la tristeza no surgen en el interior del hombre sencillamente “porque sí”, sin “razón” alguna, incluso en los casos en que brotan en el interior del hombre de manera espontánea. Estos sentimientos, por eso, deben considerarse con todo derecho como “racionales”.

Por su parte, las vivencias afectivas cuya estructura fundamental no es intencional no pueden considerarse propiamente espirituales sino más bien “infra-espirituales”, ya que no se originan en el hombre de relaciones significativas con hechos intrínsecamente importantes o altamente significativos como los anteriores; son vivencias que no implican, en su estructura interna, ni una toma de conciencia por un lado, ni una capacidad de comprender por el otro. Esto significa, a su vez, que su presencia dentro del hombre se debe a factores distintos a los ya señalados, como el exceso de fatiga, la ausencia de sueño, cambios de temperatura, variaciones de luz y de calor, enfermedades prolongadas, comportamientos sedentarios, agentes irritantes; es decir, a causas psico-físicas. Tal es el caso, por ejemplo, de estados anímicos como el embotamiento o la melancolía, el malhumor o la irritabilidad.[47]

En este otro tipo de vivencias afectivas es donde mejor se aprecia la diferencia radical que existe entre lo que tiene lugar en el mundo externo como “suceso” y lo que ocurre en el mundo interno como “vivencia”. De esta manera, que el hombre haya amanecido eufórico o de buen humor nada tiene que ver con la liberación de otro hombre injustamente encarcelado o con el perdón que una persona prodiga a otra persona por los males objetivos que ésta le ha infligido; igualmente, que el hombre se encuentre cansado o melancólico son vivencias afectivas totalmente ajenas a la pérdida de un objeto personal entrañable o la muerte de un ser querido. Estas vivencias afectivas contribuyen, por esto, al “oscurecimiento”, la “distorsión” o el “ofuscamiento” de los sucesos del mundo cuando se hacen presentes en el interior del hombre. Muchas veces son, incluso, una fuente importante de “alteración” de la relación significativa del hombre con estos hechos que, en sí mismos, pueden ser importantes.

Formas principales de “vivencias afectivas” espirituales

Ahora bien: las vivencias afectivas cuya estructura fundamental es “intencional” son de dos especies distintas.[48]

Hay vivencias afectivas   —como la conmoción o la compasión, la aflicción o la tribulación—  que ponen de manifiesto el modo como los eventos de la realidad “afectan” al corazón del hombre. El arrepentimiento de una persona que ha infligido un mal objetivo a otra persona o la muerte de un hombre que en vida se destacó por ser humilde, honesto y bondadoso, por ejemplo, son sucesos que “tocan” el corazón del hombre y lo “rompen”; la concepción de un hijo largamente esperado o la audición de una pieza musical excepcionalmente bella, asimismo, son acontecimientos que “sacuden” el corazón del hombre y lo “derriten”.[49] Es a esta primera clase de vivencias afectivas a la que conviene con toda propiedad el nombre de “afectos”.[50]

Por su parte, hay vivencias afectivas  —como el amor y el odio, la alegría o la tristeza—  que evidencian la forma como el hombre “responde” con su corazón a los eventos de la realidad. El hombre, por ejemplo, “sale” al encuentro del encanto de otra persona o del examen superado positivamente con su amor o con su alegría; el hombre, igualmente, se “dirige” con su odio o con su tristeza a una persona que le ha infligido un gran mal o a la pérdida de un objeto personal entrañable. Estas vivencias afectivas son las “palabras” con las que el corazón del hombre se pronuncia de manera positiva o negativa ante los acontecimientos de la vida o los sucesos del mundo.[51] Es por eso que a esta segunda clase de vivencias afectivas corresponde propiamente el nombre de “emociones”.[52]

En ambas especies de vivencias afectivas existe una relación significativa con hechos de la realidad que pone claramente en evidencia su estructura “intencional”. En cada una, sin embargo, esta relación significativa con los hechos de la realidad se realiza de manera distinta. En el primer tipo de vivencias afectivas la relación significativa va de los sucesos del mundo hacia el corazón del hombre, pues son éstos los que “penetran” en las profundidades de éste; en el segundo tipo de vivencias afectivas, en cambio, la relación significativa va del corazón del hombre hacia los acontecimientos de la realidad, porque es éste quien se “expresa” ante ellos desde su interior. Los afectos siguen una dinámica “centrípeta” hacia el corazón del hombre; las emociones recorren una dinámica “centrífuga” desde el corazón del hombre.[53]

No obstante sus esenciales diferencias, existen entre estas dos especies de vivencias afectivas precisas relaciones de sentido. El segundo tipo de vivencias afectivas tiene como presupuesto el primer tipo de vivencias afectivas, pues es improbable que el hombre se “sitúe” con su corazón ante acontecimientos de la realidad sin que éstos primeros hayan “tocado” de alguna manera su corazón; eso significa que los afectos preceden a las emociones. Por otro lado, el primer tipo de vivencias se continúa en el segundo tipo de vivencias afectivas, pues es improbable que un hombre cuyo corazón ha sido “tocado” por un suceso de la realidad no se “pronuncie” después ante ese suceso de la realidad con su mismo corazón; eso quiere decir que las emociones secundan a los afectos.

Estas “relaciones de sentido” entre ambas especies de vivencias afectivas pueden expresarse de otra manera todavía. La ausencia prolongada de vivencias afectivas del segundo tipo (emociones) puede llegar a degenerar el auténtico sentido de las vivencias afectivas del primer tipo (afectos), pues éstas no sólo buscan que el hombre se vea “afectado” en su corazón por los sucesos de la realidad, sino que éste también sea capaz de “responder” con su corazón a estos mismos sucesos con el pasar del tiempo. Asimismo, la falta continua del primer tipo de vivencias afectivas (afectos) impide el surgimiento del segundo tipo de vivencias afectivas (emociones), ya que las “respuestas” del corazón del hombre a los acontecimientos de la realidad se originan en un corazón que primero ha sido “afectado” por los acontecimientos de la realidad. Las emociones liberan a los afectos del narcisismo afectivo; los afectos salvaguardan a las emociones de la superficialidad afectiva.


* La “psicología de la afectividad” de Dietrich von Hildebrand puede encontrarse principalmente en las siguientes obras y artículos: Hildebrand, Dietrich von, Ethik, Kohlhammer, Stuttgart, 1973; Hildebrand, Dietrich von, The Heart. An analysis of Human an Divine Affectivity, St. Augustine’s Press, Indiana, 20073; Hildebrand, Dietrich von, The Art of Living, Sophia Institute Press, Manchester, New Hampshire, 19943; Hildebrand, Dietrich von, “Die geistigen Formen der Affektivität”, en: Situationsethik und kleinere Schriften, Gesammelte Werke, Band VIII, Kohlhammer, Stuttgart, 1973; pp. 195-208. De todas estas obras y artículos, he empleado las traducciones españolas que existen hasta el momento: Hildebrand, Dietrich von, Ética, Encuentro, Madrid, 1983; Hildebrand, Dietrich von, El corazón. Un análisis de la afectividad humana y divina, Palabra, Madrid, 19972; Hildebrand, Dietrich von, “El corazón Humano”, en: Actitudes Morales Fundamentales, Palabra, Madrid, 2003; pp. 167-186; Hildebrand, Dietrich von, Las formas espirituales de la afectividad, colección “Excerpta Philosophica” n. 19, Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense, Madrid, 1996.
[1] El corazón, 56.
[2] El corazón, 58-58, nota 3.
[3] Ibídem.
[4] Ética, 194-204.
[5] El corazón, 24; 26; 57.
[6] El corazón, 60.
[7] El corazón, 57.
[8] El corazón, 57.
[9] El corazón 58.
[10] El corazón, 58-59.
[11] El corazón, 133-139.
[12] El corazón, 15.
[13] El corazón, 40-41.
[14] El corazón, 47-47.
[15] El corazón, 41-46.
[16] El corazón, 33-36; 72; Ética, 124; 203.
[17] El corazón, 73-80.
[18] Las formas espirituales de la afectividad, 18-20; “El corazón humano”, 175-177; Ästhetik I: 34-36.
[19] El corazón, 36-37.
[20] El corazón, 34; 88.
[21] El corazón, 34.
[22] Ética, 124; 203; El corazón, 34.
[23] Las formas espirituales de la afectividad, 18-20; “El corazón humano”, 175-177.
[24] El corazón, 60.
[25] El corazón, 60-61; Las formas espirituales de la afectividad, 18; “El corazón humano”, 176.
[26] El corazón, 61.
[27] El corazón, 64-65.
[28] El corazón, 64-65; Las formas espirituales de la afectividad, 18-19; “El corazón humano”, 176.
[29] El corazón, 65-72.
[30] Las formas espirituales de la afectividad, 19-20.
[31] Las formas espirituales de la afectividad, 20.
[32] Ética, 202.
[33] El corazón, 36-37.
[34] El corazón, 99-100.
[35] El corazón, 37.
[36] Ibídem.
[37] El corazón, 99-100.
[38] El corazón, 38; Ética, 123-124.
[39] El corazón, 38-39.
[40] Ética, 190; El corazón, 65-66.
[41] Ética, 193-194.
[42] Ética, 190-193.
[43] El corazón, 60.
[44] Las formas espirituales de la afectividad, 10-18; “El corazón humano”, 170-175.
[45] Ética, 128-129.
[46] El corazón, 66-67.
[47] El corazón, 68-69.
[48] Ética, sobre el “ser afectados”, ver: 206-209; 223-225; sobre las “respuestas afectivas”, ver: 201-204.
[49] Ética, 208.
[50]Afficere”, en latín, indica esta capacidad que tiene el hombre de ser “tocado” y “alterado” por los acontecimientos del mundo afectivamente.
[51] Ética, 201.
[52]E-movere”, en latín, pone en evidencia el movimiento de los afectos hacia una dirección opuesta al individuo que los experimenta.
[53] Ética, 208.
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