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Archive for 1 marzo 2013

Sus ideas principales acerca de la Estética*

Dietrich von Hildebrand concibe la Estética de manera tradicional como “análisis filosófico de la belleza”,[1] tanto de las formas provenientes de la naturaleza (“belleza natural”) como de las obras producidas por los hombres (“belleza artística”).[2] Su primordial interés es circunscribir la esencia de la belleza en general y de los valores estéticos en particular partiendo exclusivamente de los datos recabados de la experiencia, no de las diversas construcciones teóricas que se han elaborado a través de la historia acerca de la belleza o sobre los valores estéticos.[3]

1. La originalidad ontológica de la belleza

La belleza como “dato originario” de la experiencia

La belleza se presenta en la experiencia del hombre como un “fenómeno originario”.[4] Esto significa, por un lado, que no puede ser reducida por el hombre a ninguna otra cosa que no sea ella misma; por el otro, que sólo puede ser comprendida desde los datos que ofrece de sí misma al hombre. La belleza pone al descubierto un aspecto nuevo de la realidad para el cual el hombre no tiene todavía los conceptos apropiados; por eso se presenta ante su entendimiento como una entidad “indefinible”.[5]

Tal carácter, sin embargo, no implica que la belleza carezca de una inteligibilidad propia  —luminosa y profunda—  pues de hecho permite al hombre plantearse la pregunta filosófica acerca de su esencia;[6] simplemente indica que el camino para su comprensión adecuada no pasa a través de conceptos y definiciones, sino de la aprehensión intuitiva de su naturaleza. Después de todo, es la penetración intuitiva en una realidad lo que mejor caracteriza al conocimiento del hombre que las definiciones logradas a partir de sus razonamientos, pues implica una mayor “compenetración espiritual” del hombre con esta misma realidad; mientras conceptos y definiciones “bordean” los objetos sobre los cuales se aplican, la intuición intelectual aprehende en forma inmediata y directa el “núcleo” mismo de estos objetos.[7]

La belleza como “dato importante” de la experiencia

El dato fundamental que presenta de sí misma la belleza ante el hombre es que se trata de un “valor”, esto es, de una cualidad que reviste a los objetos del mundo con una significatividad propia y una importancia intrínseca; por ejemplo, la imponencia de una montaña o la delicadeza de una melodía.[8] La belleza no se asemeja, en ese sentido, a las propiedades “neutras” que caracterizan también a los objetos del mundo  —como la altura de la montaña o la duración de la melodía—  mediante las cuales el hombre establece sus comportamientos pragmáticos más habituales respecto a ellos.[9] Ante la belleza, de hecho, el hombre asume otros comportamientos, como la admiración o la reverencia, que ponen en juego tanto la voluntad como la afectividad de éste.

Como valor, la belleza se hace presente al hombre a través de los movimientos de su afectividad y de su voluntad.[10] Ciertamente el hombre “sabe” de la belleza al entrar en relación con los objetos del mundo mediante el entendimiento;[11] pero ésta es, en sentido estricto, una cualidad de los objetos del mundo que el hombre más bien “siente” en su corazón y “disfruta” con su voluntad. Estas vivencias pueden variar en intensidad o en profundidad en el hombre, pero ambas son indispensables para que éste pueda tener “conocimiento” de la belleza.

Que la belleza se vivencia, sin embargo, no debe hacer perder de vista al hombre que ella es, en el fondo, un valor “objetivo”, por completo irreductible tanto a su afectividad como a su voluntad.[12] Ella, en efecto, no se hace presente al hombre como un “componente” de sus vivencias afectivas o como un “ingrediente” de sus vivencias volitivas, sino como un “objeto” al cual éstas vivencias se dirigen. Las vivencias afectivas y volitivas del hombre son, en sentido estricto, “partes” o “momentos” de su propia vida consciente; la belleza, en cambio, es “algo” ante lo cual se enfrenta el hombre con su vida consciente, sea con sus vivencias afectivas, sea con sus vivencias volitivas.[13]

La belleza como “dato objetivo” de la experiencia

Uno de los cometidos más importantes del “análisis filosófico” de la belleza es demostrar que ésta no es una entidad “subjetiva”; ni a la manera de un engaño o de una alucinación en las cuales comprueba el hombre la inexistencia de los objetos que cree percibir en la realidad,[14] ni en el modo como el hombre proyecta sus vivencias sobre la realidad[15] o hace asociaciones mentales con la realidad,[16] ni mucho menos en la forma de un efecto que los objetos de la realidad producen en la vida anímica del hombre,[17] sea como un sentimiento[18] o como un deseo[19] e incuso como una sensación corpórea.[20] Estos análisis ciertamente miran a evidenciar lo que no es en cuanto tal la belleza, pero presuponen constantemente la consciencia clara y precisa de lo que la belleza es en sí misma.

Un análisis sin prejuicios de la experiencia de la belleza puede enseñar al hombre que su afectividad y su voluntad juegan en ella un papel muy importante y, sin embargo, también secundario respecto a ésta.[21] Al experimentar la belleza, en efecto, la afectividad del hombre se “sacude” en lo más profundo, mientras que la voluntad del hombre se “deleita” de forma plena. La belleza “toca” al hombre, pero también lo “complace”; por un lado, lo “conmueve” pero, por el otro lado, lo “encanta”. Ambas cosas, con todo, no constituyen el centro temático de la experiencia de la belleza; no obstante su profundidad o su plenitud, estas vivencias del hombre no ocupan el primer plano de su conciencia. Ésta se dirige, más bien, a la dominante presencia de la belleza. En la medida que la presencia de la belleza se hace ante la conciencia del hombre más nítida, el sacudimiento de su afectividad se hace más “limpio” y el deleite de su voluntad se hace más “auténtico”. La belleza no es la “causa” que produce en el hombre tales vivencias, sino la “fuente” de donde dichas vivencias adquieren su contenido; al experimentarla, por eso, el hombre no gira propiamente sobre sí mismo, sino mira a lo que está más allá de sí mismo. La experiencia de la belleza implica para el hombre la trascendencia sobre su propio ser.

El hombre da cuenta de la secundariedad de su conmoción afectiva y de su complacencia volitiva en la experiencia de la belleza cuando invierte su posición con relación a ella; es decir, cuando pone en el centro de su conciencia no la belleza en cuanto tal sino propiamente estas vivencias. Esto, ya de suyo, implica un caso límite para el hombre, pues estas vivencias son de tal índole que no pueden surgir en su ser sin la conciencia explícita de un objeto como la belleza. La conmoción no es como un estado de ánimo ni la complacencia es como una simple tendencia, que alcanzan sus cometidos de manera ciega; el sentido de ambas vivencias exige la percepción de su objeto, la captación de la belleza.[22] Además, la cualidad de estas vivencias  —la profundidad de la conmoción afectiva y la plenitud de la complacencia volitiva—  se desfigura cuando éstas se buscan por sí mismas, al margen de la belleza, cuando ella se reduce a una mera “causa” que las produce. La profundidad de una y la plenitud de la otra están en relación intrínseca con la misma belleza, de los distintos niveles de nobleza o de altura de los objetos del mundo que la portan.

Con frecuencia es el lenguaje el primer recurso que tiene el hombre para poner de manifiesto la objetividad de la belleza. Las palabras que emplea en su vida cotidiana revelan muchas veces que la belleza posee una importancia propia, una significatividad intrínseca.[23] Aunque el “análisis filosófico” no se restringe al análisis de las expresiones, éste último puede prestar un servicio no deleznable para el adecuado desarrollo del primero. Hay fórmulas verbales que usa el hombre a las cuales es inherente la relación consigo mismo, no obstante estar hablando de otra cosa al mismo tiempo.

Cuando, por ejemplo, dice: “es de gran ventaja para mí que tal persona no llegase a ser mi vecino” es claro que, más allá del hecho objetivo que enuncia, pone en claro también que su importancia está en relación al hombre que profiere tales palabras, que la significatividad de este hecho depende de las intenciones que abriga el hombre que las afirma. Mas, cuando se trata de la belleza, las palabras carecen de esta íntima referencia al hombre que se vale de ellas para referirse a los objetos de la realidad. Cuando dice “¡cómo es bello este paisaje!”, el tono emocional que manifiestan las palabras de este hombre no puede hacer olvidar que el punto central en ellas es afirmar una situación objetiva con relación al paisaje y no la conveniencia del paisaje con el hombre que así se expresa.

De hecho, en los juicios de valor estético, la referencia al hombre que lo formula no forma parte esencial del mismo; aunque a veces diga el hombre “para mí, esta melodía es bella”, el juicio estético es comprensible por sí mismo sin la fórmula “para mí” que le antecede. Aunque en la conversación cotidiana el hombre vincule ambas expresiones, la estructura de la segunda es independiente de la primera.

Una pregunta legítima que puede plantearse el hombre acerca de la belleza es si ella goza del mismo nivel de evidencia que otros valores cualitativos o, dicho de otra manera, si ella puede proporcionar al hombre que la experimenta una certeza absoluta acerca de sí misma. Esta pregunta también es esencial para poner de relieve la objetividad de la belleza.[24]

Independientemente de las respuestas que puedan darse a esta pregunta  —si es posible comparar, por un lado, los valores estéticos con los valores morales, aunque sean ambos de naturaleza cualitativa[25] o si existe, por otro lado, una sola modalidad o más bien muchas modalidades de evidencia absoluta de los objetos de la experiencia[26]—  una cosa es verdadera: un objeto cualquiera no puede declararse “objetivo” porque pueda ser aprehendido por muchos hombres, porque su reconocimiento alcanza ante los hombres un consenso universal.[27] En sentido estricto, la objetividad de un objeto cualquiera  —entre los que se cuenta también la belleza—  depende exclusivamente de sí mismo: de su índole propia, de su estructura precisa, de su contenido específico.[28]

2. Análisis filosófico de la belleza

Ahora bien, puesto que la belleza se presenta como un “valor” en los objetos del mundo  —una cualidad importante por sí misma, dotada de significatividad propia—  las empresas que debe acometer el hombre al analizar filosóficamente la belleza es determinar, en primer lugar, qué tipo de valor es la belleza;[29] en segundo lugar, qué rasgos básicos caracterizan a la belleza;[30] en tercer lugar, qué formas fundamentales hay de belleza.[31]

¿Qué tipo de valor es la belleza?

Es evidente que la belleza no es un valor ontológico, como ser “alguien” para una persona o ser “consciente” para un animal o ser “viviente” para una planta. Por un lado, ella no se “fusiona” con los objetos del mundo en los cuales inhiere; por el otro, admite gradaciones de mayor a menor plenitud y viceversa; igualmente, posee también una declarada antítesis de sí misma (la fealdad). Los valores ontológicos, tal como los muestra al hombre la experiencia, forman una inescindible unidad con los objetos del mundo que los sustentan, atañe por igual y en la misma medida a todos los objetos del mundo que pertenecen a la misma especie y, sobre todo, no tienen antítesis alguna de sí mismos, sino tan sólo su propia negación como objetos del mundo.[32]

La belleza, por su propia índole, es un valor cualitativo. Sin embargo, no pertenece a la familia de los “valores morales” ni a la familia de los “valores intelectuales” que descubre el hombre a través de la experiencia.[33] Comparte con ellos las características generales de los valores cualitativos que apenas se han mencionado: la independencia respecto de los objetos del mundo en los cuales inhieren, la gradación de mayor a menor o de menor a mayor en su plenitud y la existencia de su propia antítesis cualitativa. Pero, a diferencia de ellos, cuenta con características que la hacen conformar una familia de valor distinta.

¿Qué notas caracterizan a la belleza?

Esto se evidencia, ante todo, por el tipo de objetos del mundo en el que inhieren. Los valores morales y los valores intelectuales son, a su manera, valores “personales”; pero la belleza es un valor que abarca por igual tanto los seres “personales” como los “impersonales”.[34] Hay belleza en una montaña[35] como en una melodía, en un artefacto como en un animal,[36] pero también belleza en un hombre: en su rostro,[37] en sus manos, en su torso, en sus pies, en la largura de sus cabellos, en el tono de su piel, incluso en el timbre de su voz.[38] Los valores morales, por su parte, inhieren únicamente en los hombres; de manera más específica, en los actos que éstos realizan por voluntad propia. Los valores intelectuales, en cambio, inhieren en los hombres no como resultado de sus acciones libres, sino como “capacidades” que han sido dadas a éstos para el despliegue de su propia vida. Tanto los valores morales como los valores intelectuales apelan de alguna manera a la libertad del hombre: ya sea para existir en el mundo como una acción concreta, ya sea como desarrollo de una capacidad tenida.

Una cuestión aparte es saber si la belleza inhiere tan sólo en objetos del mundo que son estructuralmente sensibles; de manera más específica, en aquellos objetos del mundo cuya constitución propia es ser audibles o visibles para el hombre.[39] Desde este punto de vista, que la belleza inhiera en seres tanto “personales” como “impersonales” muestra ser una cuestión menos decisiva que el hecho de estar conformados todos por igual por una estructura “sensible”. Con todo, que la belleza comprenda también a los seres personales da a ésta una cualidad única que no puede encontrarse en la belleza existente en los seres impersonales.[40]

Más importante parece ser la cuestión de si la belleza que reside en los objetos del mundo es puramente “sensible” o si ésta alcanza también claros niveles “espirituales”.[41] Es evidente para el hombre que en el matiz de un color o en el timbre de un sonido hay una peculiar belleza, lo mismo que en la forma de la hoja de un árbol o la eufonía de la voz humana; pero de esta forma básica y, por decirlo así, “primitiva” de belleza se destaca una belleza mucho más sublime por razón de su profundidad, de su riqueza y de su altura; es la belleza que hay en una escultura, en un edificio, en una composición musical, pero también en un paisaje compuesto de muchos elementos naturales. Se trata de una belleza de “segunda potencia” que hay en algunos objetos visibles y audibles del mundo, que se aparta con mucho de la belleza de “primera potencia” que hay en otros objetos visibles y audibles del mundo.[42]

Una cuestión más secundaria  —pero no por ello menos interesante a la mente del hombre—  con relación a los objetos del mundo en los cuales inhiere la belleza es determinar con precisión en cuáles de éstos comparece la belleza de manera “temática” y, por así decirlo, directa y cuáles son los objetos en los cuales la belleza comparece tan sólo de manera “atemática” y, en cierto sentido, indirecta.[43]

Es claro que hay objetos del mundo en los cuales la presencia de la belleza es exclusivamente temática, como la mayoría de las obras de arte (pintura, música, escultura, literatura);[44] hay otros objetos del mundo, en cambio, en los que la belleza es necesariamente atemática, a pesar de encontrarse presente en ellos, como una obra filosófica de gran nivel (los Diálogos de Platón o las Confesiones de san Agustín) o ciertos objetos empleados en los cultos religiosos (un cáliz o una custodia).[45] Sin embargo, existen objetos del mundo en los cuales la presencia de la belleza puede ser tanto temática como atemática (como en un edificio o en un mueble).[46]

Sin embargo, la diferencia más decisiva que existe entre los diversos valores cualitativos se halla en el “tema” que domina en todos ellos. En los valores morales, desde el más sencillo hasta el más noble, domina irrestrictamente el mismo tema; ellos conciernen a la bondad o a la maldad de los actos realizados libremente por el hombre.[47] En los valores intelectuales, por su parte, domina en medidas diversas el tema de la relación del entendimiento con los objetos de la realidad que conoce, la capacidad que tiene éste para captar, abarcar, penetrar, analizar la peculiaridad de cada uno.[48] En la belleza, en cambio, parece dominar más bien un doble tema: por una lado, ella es una cualidad cuya principal característica es “aparecer”, “mostrarse”, “hacerse ver”, “irradiar”, no pasar “desapercibida” allí donde se encuentra;[49] por el otro, ella es una cualidad en sí misma “deleitable”, porque comunica “goce”, “complacencia”, “regocijo”, “beatitud” al hombre que la capta.[50] Es en razón de este doble tema que a la belleza se aplica de forma genuina el concepto “estética”.

Los valores morales son de tal índole, que en su misma naturaleza se encuentra el pasar “desapercibidos”, “no mostrarse”, “desaparecer” de la vista, especialmente para el hombre que los encarna en su ser a través de su libertad; en cierto sentido, su tema propio  —la bondad o la maldad de las acciones libremente realizadas—  se falsearía si adquiriesen esta característica de “mostrabilidad” que es propia de la belleza; ellos ejercen su influjo en el hombre que los porta de forma “discreta”. Lo mismo puede decirse sobre la “delectabilidad” de estos valores morales: ellos no comparecen en las acciones del hombre para que éste se “deleite” en el hecho de portarlos por medio de sus acciones; aunque lo perfeccionan como hombre, lo hacen a condición de que éste no busque encarnarlos en su vida por el deleite que le procuran. Respecto a los valores intelectuales, queda abierta la cuestión si comparten en alguna medida estas dos características propias de la belleza o también permanecen al margen de ellas como los valores morales.

Estos dos temas fundamentales de la belleza no comprometen la “objetividad” de la belleza sobre la cual se ha hablado antes; no la hacen “depender” de las reacciones interiores del hombre (deleite) ni la supeditan a las facultades del hombre (ver). Aunque se afirma que la belleza instaura estos dos nexos con el hombre que la presencia, no puede pasarse por alto que estos nexos se establecen con el hombre por el hecho preciso de estar dotada la belleza de una importancia intrínseca y una significatividad propia. Tampoco puede perderse de vista, además, que la belleza posee una primacía respecto a las reacciones y a las facultades del hombre; ella se impone sobre el captar y sobre el gozar del hombre en razón precisamente de ser algo significativo en sí misma e importante por sí sola.[51]

La belleza, empero, no es el único valor que puede descubrir el hombre en el terreno de lo “estético” a través de la experiencia. De ser así, no podría hablarse de una “familia de valor” en el sentido auténtico de la palabra. Pero, al igual que los valores morales y los valores intelectuales, los valores estéticos comprenden una gran variedad de cualidades objetivas a las cuales convienen de una u otra manera la condición de “estéticos”: imponencia, apacibilidad, encanto, solemnidad, elegancia, comicidad, fineza, tragicidad, gracia, etcétera.[52] Una de las tareas más interesantes que aguarda al hombre que se dedica a la estética desde el punto de vista filosófico es dar cuenta de cada uno de los valores estéticos en su esencia propia. Pero, como ocurre ya en el campo de la ética, esta es una tarea bastante compleja y muy difícil, por no decir que inacabable.

¿Qué formas fundamentales hay de belleza?

El último cometido del hombre que se pregunta filosóficamente sobre ella a partir de los datos de la experiencia es determinar si la belleza es una realidad “unívoca” o existen sobre ella varias modalidades que la presenten como una realidad “análoga”. Dietrich von Hildebrand entiende la belleza al menos en dos sentidos distintos: uno amplio y otro estricto.[53]

De la belleza se habla en sentido estricto cuando el hombre hace referencia a la cualidad de valor que recoge de la experiencia de los objetos visibles y audibles del mundo, sean éstos creados por el hombre o provengan del ámbito de la naturaleza; por tales razones, esta belleza se denomina como “estética” en la forma más originaria de la palabra.

Pero se habla de la belleza en un sentido amplio cuando se alude también a otros valores que no pertenecen a la familia de los valores estéticos en sentido propio como, por ejemplo, los valores morales. A estos valores, en efecto, les corresponde una cierta “belleza” en razón de la cual son atrayentes y deleitables para el hombre; esta es una forma de belleza que puede denominarse como “metafísica”. Todo valor positivo que descubre el hombre en el ámbito moral puede decirse que es “bello” por su propia índole como, por otro lado, puede decirse que es “feo” todo valor negativo que descubre también en el terreno moral. Esta es la razón por la que un hombre poseedor de valores morales positivos resulta tan “atractivo” y “amable” para otros hombres.[54] Una cuestión secundaria al respecto  —pero no menos importante—  es determinar cómo llega el hombre a conocimiento de esta forma de belleza de los valores morales: si en forma análoga a la belleza de los objetos del mundo sensibles y audibles (es decir, por medio de la percepción de sus sentidos) o de otra forma cognoscitiva proporcional a ellos.[55]

Respecto de los valores intelectuales puede hablarse también de una cierta “belleza”, si bien de características “estéticas” mucho más modestas que en relación con los valores morales. Esto no significa, sin embargo, que no sean “bellos” en sentido auténtico.[56]

También en el ámbito de los valores ontológicos  —y no sólo en el de los cualitativos—  puede encontrarse una “belleza” en el sentido amplio de la palabra.[57] La nobleza y dignidad del hombre considerado como persona irradia cierta “belleza”, lo mismo que la vida consciente en cuanto tal de un animal o la vida como tal de una planta. Igual puede decirse de las facultades espirituales del hombre, que son valores ontológicos derivantes de su condición de persona, como el entendimiento o la voluntad o la memoria. A ellas corresponde también una “belleza” considerada en el sentido amplio de la palabra. La agudeza del entendimiento, la precisión de la memoria o la potencia de la voluntad son, hasta cierto punto, “admirables” y “deleitables” para el hombre, cuando tiene oportunidad de dar cuenta de ellas en la experiencia.


* Fuente: Hildebrand, Dietrich von, Ästhetik, Band I, Kohlhammer, Stuttgart, 1977.
[1] I: 24.
[2] I: 15; 23-24.
[3] I: 16; 24.
[4] I: 25.
[5] I: 64. En esto, Hildebrand sigue el planteamiento de William David Ross que desarrolla en estas páginas, pero sin admitir sus tesis de fondo.
[6] I: 15.
[7] I: 64.
[8] I: 25.
[9] I: 25.
[10] I: 57-58; 353-358.
[11] I: 349-353.
[12] I: 28-63.
[13] I: 32-34.
[14] I: 38-40.
[15] I: 47-52.
[16] I: 52-57.
[17] I: 29-30.
[18] I: 35-36.
[19] I: 42-44.
[20] I: 34-36.
[21] I: 62-63.
[22] I: 353.
[23] I: 28.
[24] I: 66; 69-75.
[25] I: 71-72.
[26] I: 72-74.
[27] I: 70-71.
[28] I: 74-75.
[29] I: 81-87.
[30] I: 90-92.
[31] I: 371-372.
[32] I: 81-82.
[33] I. 82-86.
[34] I: 87-89.
[35] Sobre este tema en concreto, ver: I: 288-289.
[36] Sobre este tema en concreto, ver: I: 147-148; 290-291.
[37] Sobre este tema en concreto, ver: I: 135-143.
[38] Sobre el tema del cuerpo humano en general, ver: I: 143-144.
[39] I: 88; 113-134.
[40] I: 139-140.
[41] I: 149-152; 153-178; 193-203.
[42] I: 105-106; 149-151.
[43] I: 269-277.
[44] I: 270; 274.
[45] I: 270-271.
[46] I: 273-274.
[47] I: 83-84.
[48] I: 84-86.
[49] Hildebrand denomina a esta característica “Aussehendimension”; I: 90-92.
[50] Hildebrand denomina a esta característica “Fruendum”; I. 90-92.
[51] I: 65-66.
[52] Tratamientos particulares  —breves o extensos—  de algunos de estos valores estéticos pueden verse en: I: 86-87; 140-143; 371-375; 377-382; 383-414.
[53] I: 90; 100-101.
[54] I: 90.
[55] I: 107-112.
[56] I: 100.
[57] I: 100-101.
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