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Archive for 11 junio 2013

—Sobre la “herejía de la eficiencia” en el mundo moderno

El antipersonalismo moderno

Una de las preocupaciones centrales del pensamiento de Dietrich von Hildebrand fue comprender la naturaleza del “antipersonalismo” moderno  —esta tendencia de los tiempos actuales por reducir la intrínseca importancia del hombre y pasar por alto su altísima dignidad como persona—  para desenmascarar sus solapados peligros. Este “antipersonalismo” se ha presentado, desde el comienzo de la modernidad, bajo múltiples formas; la cuestión central es que en todas ellas el hombre ha sucumbido, de una manera u otra, a una especie de idolatría: hacia el Estado, hacia la Nación, hacia la Raza, hacia la Clase Social.

Con todo, la forma de “antipersonalismo” que ha proliferado en el mundo tras el surgimiento de la época industrializada y que amenaza cada vez más con destruir al hombre es la que lo convierte en un simple instrumento de producción de bienes apersonales, esto es, de seres que, por estructura y contenidos propios, son ontológicamente inferiores al ser del hombre, si bien pueden ser portadores de notables valores desde otros puntos de vista.

Esta otra forma de “antipersonalismo” moderno está sustentada en una sobrevaloración del trabajo realizado por el hombre y ha derivado paulatinamente hacia una especie de herejía: la de la Eficiencia. Ésta no sólo es contraria a la vocación primordial y el destino fundamental del hombre  —la santidad—  sino que amenaza también con destruir la plenitud de la vida humana ya desde su forma puramente natural, al trastocar los sentidos originarios de otros fenómenos elementales de la misma, como la relajación, el descanso, la diversión, la contemplación.

La sobrevaloración del trabajo

Modalidades

Según Hildebrand, la sobrevaloración del trabajo que caracteriza a la segunda forma de “antipersonalismo” moderno tiene tres modalidades.

En la primera, el hombre se reduce a simple medio de producción de bienes apersonales. Aquí, el único valor que tiene el hombre es el de instrumento de producción de bienes materiales. Esta modalidad caracteriza por igual tanto al comunismo como al capitalismo.

En la segunda, se magnifican los logros del hombre en diversos campos (científico, técnico, artístico, deportivo, cinematográfico) en detrimento del mismo hombre. aquí, el centro de gravedad deja de ser lo que el hombre “es” para desplazarse a lo que el hombre “produce”.

En la tercera, se sitúa el trabajo humano por encima de otras dimensiones fundamentales de la existencia, como el descanso o la diversión. Aquí, se considera toda actividad humana desde la medida de la eficiencia y se coloca ésta como paradigma de todo lo serio y profundo de la vida.

Causas

Cada una de estas modalidades de sobrevaloración del trabajo  —que caracteriza a la segunda forma de “antipersonalismo” moderno—  ha surgido de alguna causa. En sus meticulosos análisis, Hildebrand identifica ante todo tres causas.

La causa de la primera modalidad de sobrevaloración del trabajo  —la reducción del hombre a simple medio de producción de bienes apersonales—  se halla en el desconocimiento de la superioridad ontológica del hombre respecto de otros seres con los cuales coexiste en el mundo. no se reconoce el estatuto ontológico del hombre como “persona” y, por tanto, se pasa por alto su diferencia fundamental respecto de los seres apersonales en medio de los cuales se encuentra. Esto se debe, según Hildebrand, al progresivo oscurecimiento de todo lo relativo a la naturaleza del hombre como “persona”. Para Hildebrand, aquí está el fundamento del antipersonalismo en todas sus formas.

Para Hildebrand, mientras no se tome consciencia de la diferencia abismal que separa a los seres personales de los seres apersonales será imposible comprender el valor ontológico del hombre. Desde un punto de vista teológico, puede decirse que sólo el hombre es imago Dei, mientras que los demás seres con los cuales comparte el mundo son vestigia Dei. Desde un punto de vista filosófico, puede decirse que aquello que distingue al hombre como persona de los demás seres que son apersonales es, por un lado, que se trata de un ser consciente, es decir, que está “despierto” (a diferencia de los demás seres que más bien “duermen”) y, por el otro, que es un ser que se posee a sí mismo, que no se “diluye”, ni se “suma”, ni se “pierde” en un contexto mayor, como los demás seres del mundo (que no son “individuos” en el sentido auténtico de la palabra). Además, cuenta con facultades que lo hacen único, como la facultad de conocer o la facultad de querer: la primera le permite tomar parte del mundo de manera inmaterial; la segunda le permite intervenir en el mundo de manera libre.

En razón de todo esto, puede entenderse que sea “ilícito” considerar al hombre como medio para la producción de bienes apersonales: por un lado, porque el hombre es ontológicamente superior a los bienes que produce; por el otro, porque el hombre es un fin en sí mismo y nunca, más bien, un medio para otra cosa distinta de sí mismo.

La causa de la segunda modalidad de sobrevaloración del trabajo  —la magnificación de los logros del hombre en distintos campos—  es la secularización del mundo moderno, que ha destruido, por un lado, el sentido del verdadero fin del hombre (la santidad) y, por el otro, ha desplazado la auténtica realización de su humanidad (eficiencia). Esta secularización es resultado de un proceso que ha comenzado con el Renacimiento y ha llegado hasta estos días. Al convertirse el hombre en el centro del universo (en lugar de Dios) se ha terminado por desplazar el centro del hombre hacia sus logros o sus productos. Por eso, en la época actual se idolatran las figuras de los técnicos y de los inventores o de los deportistas y artistas.

Para comprender nuevamente cuál es el fin verdadero del hombre, según Hildebrand, es necesario verlo a la luz de los valores que encarna en su vida. Para Hildebrand, en efecto, el hombre está llamado a glorificar a Dios a través de los valores que encarna. En el plano natural, éstos son los valores morales, tales como la pureza, la justicia, la veracidad, la bondad; estos valores no sólo ocupan un lugar único en la vida del hombre, sino que además son los valores imprescindibles para realizar su vida. En el plano sobrenatural, son todos aquellos valores que permiten al hombre, por un lado, desarrollar la vida divina recibida en el bautismo y, por el otro, transformar su vida paulatinamente en la de Cristo; en una palabra, son todos aquellos valores que permiten al hombre ser “santo”, porque el hombre glorifica a Dios a través de la santidad de su vida.

En contraste con estos dos tipos de valores que encarna el hombre, los valores productivos ocupan un lugar secundario en la vida del hombre. Por importantes que puedan ser desde un punto de vista el progresivo dominio del hombre sobre la naturaleza o las grandes adquisiciones espirituales del hombre en diversos campos (científico, artístico, técnico, cultural, deportivo), desde otro punto de vista nada tiene que ver todo esto con el fin fundamental al cual ha sido llamado el hombre. Los éxitos alcanzados por el hombre en cualquiera de estos ámbitos no pueden compararse en absoluto con los valores naturales y sobrenaturales que está llamado a encarnar en su vida. Los valores naturales y los valores sobrenaturales transforman al hombre en un ser nuevo y distinto; los valores productivos transforman el mundo en el cual vive el hombre.

Así pues, el problema fundamental para el hombre no consiste en saber cuán eficiente fue al realizar en el mundo los valores productivos, sino en saber qué tan “bueno” o qué tan “santo” se volvió al encarnar los valores naturales y los valores sobrenaturales en su vida. Como dice Hildebrand, en la eternidad, el hombre no será juzgado por sus logros o su eficiencia, sino por su bondad y su santidad.

Antes de concluir este punto, Hildebrand aborda un cierto equívoco sobre el hombre que puede dar lugar al surgimiento de una paradoja sobre éste. Puesto que el hombre es persona, se encuentra en una incomparable superioridad respecto de todo aquello que es “objetivo”. Sin embargo, el hombre se halla “ordenado” por naturaleza a valores objetivos e incluso está “llamado” a dar a estos valores objetivos una respuesta adecuada. De hecho, los valores cualitativos del hombre como ser personal que es se constituyen a partir de esta relación del hombre con los valores objetivos. La relación del hombre con valores objetivos atentaría contra su condición de persona si tales valores fueran valores productivos. Al responder a los valores naturales y a los valores sobrenaturales  —al entregarse con toda libertad a éstos—  el hombre responde, en última instancia, a Dios, fuente última de todos ellos, como quintaesencia que es de todos los valores; mientras que entregarse a valores productivos conduce al hombre en última instancia a supeditarse a los bienes que son realizados a través de ellos.

La causa de la tercera modalidad de sobrevaloración del trabajo  —el encumbramiento del trabajo en detrimento de otras dimensiones fundamentales de la vida—  se encuentra, por un lado, en el desconocimiento de las diversas dimensiones que tiene el trabajo del hombre y, por el otro, en la incomprensión de las otras dimensiones fundamentales de la vida (a las cuales no se contrapone el trabajo, sino más bien se integra con ellas).

Para Hildebrand, constituye un gran error situar todas los trabajos que puede desempeñar el hombre en el mismo plano, ya que entre ellos existen diferencias notables. Hacer esto, para Hildebrand, no denota otra cosa que la sobrevaloración que hace el hombre del trabajo y el adormecimiento de la conciencia de la vocación fundamental del hombre, que es la santidad.

Un análisis atento y cuidadoso de los distintos trabajos que puede desempeñar el hombre puede revelar importantes diferencias entre ellos. Sostiene Hildebrand que existen al menos tres categorías básicas de trabajos para el hombre.

Están, por un lado, todos aquellos trabajos que desempeña el hombre de carácter utilitario, sean artesanales (carpintero, zapatero, herrero, orfebre, costurero), sean industriales (obrero) e incluso campestre (campesino, granjero). A través de ellos, el hombre alcanza o produce algo que es necesario para la subsistencia propia y de sus semejantes (bienes de uso o bienes de consumo). A éstos se añaden, además, todos aquellos trabajos que tienen carácter de servicio, mediante los cuales el hombre proporciona a sus semejantes estos tipos de bienes utilitarios.

Están, por el otro, aquellos trabajos por cuyo concurso consigue el hombre bienes superiores, dotados de un valor excelso. Aquí se incluyen los trabajos del artista (poeta, músico, literato, dramaturgo, danzante, bailarín, pintor, escultor, arquitecto), del científico (tanto de ciencias naturales como de ciencias humanas o de ciencias formales), del político, del médico, del educador, del filósofo. La dignidad de estos trabajos  —así como de su preeminencia respecto de los anteriores—  reside en los valores a los cuales accede el hombre por su medio, como la belleza, la verdad, el bien común, la integridad anímica o la salud corporal, etc.

Están, finalmente, aquellos trabajos con los cuales el hombre pone en marcha una “vocación” muy particular de servicio a la humanidad en cuanto tal. Se trata de aquellos trabajos con los cuales se atiende “la viña del Señor” y se procura “el reino de Dios en la tierra”. Se trata de los trabajos desempeñados por el sacerdote, el misionero, el catequista que, a su vez, son ramificaciones del trabajo fundamental que compete al obispo como discípulo y sucesor de Cristo en el mundo.

Hildebrand sostiene que en los trabajos de cada categoría se ponen elementos específicamente humanos que desarrollan de alguna manera al hombre y lo disponen mejor al cumplimiento de su vocación primordial que es la santidad.

En los trabajos de la primera categoría, por ejemplo, el hombre desarrolla una serie de habilidades que le dan cierta competencia práctica y determinada sagacidad mental. Asimismo, ponen en juego una serie de cualidades morales en el hombre de carácter genérico, como la perseverancia, la diligencia, la responsabilidad, sin las cuales los fines prácticos del trabajo se pondrían en riesgo.

En los trabajos de la segunda categoría, en cambio, salen a flote en el hombre cualidades morales de índole superior, en correspondencia a las leyes inmanentes de sus respectivos objetos y a la nobleza de los valores por cuyo concurso acceden. Un artista, por ejemplo, con tal de alcanzar  con su arte la realización de una genuina belleza, además de acrecentar la conciencia artística que naturalmente posee también debe desarrollar virtudes que, en sentido positivo, le permiten entregarse plenamente a su tarea  (como la modestia y el espíritu de servicio) y, en sentido negativo, reducen en él las actitudes que pueden apartarlo de la consecución de esta tarea (como la ambición económica o la pretensión de notoriedad). Un filósofo, por su parte, además de las cualidades intelectuales que le permiten investigar la realidad con profundidad, debe destacarse, en sentido positivo, por un amor incondicional e insobornable a la verdad que busca y, en sentido negativo, por una renuncia sacrificada a toda construcción mental que no provenga de los datos investigados o se funden tan sólo en sus prejuicios ideológicos. Un educador, asimismo, además de la comprensión competente de la estructura psíquica  y espiritual de sus educandos (niños, jóvenes, adultos) y de las habilidades indispensables para compartir conocimientos, debe desarrollar, por un lado, amor y paciencia hacia cada uno de ellos y, por el otro, firmeza y justicia en la relación con cada uno de ellos. Una enfermera, en cambio, además de los conocimientos propios de su área (medicina básica) y de ciertas cualidades morales generales (como prudencia, responsabilidad, destreza), no sólo debe destacarse en cualidades morales elevadas como el amor y la paciencia a los enfermos (en analogía al trabajo educativo), sino también en cualidades morales específicas ante las necesidades materiales y espirituales de los enfermos, como la delicadeza, la discreción y la firmeza.

Por último, en los trabajos de la tercera categoría, la santidad personal de vida es la virtud fundamental sin la cual el hombre no puede trabajar “en la viña del Señor” ni favorecer el advenimiento del “reino de Dios en la tierra”.

Con todo, para Hildebrand la ponderación más adecuada de los trabajos de cada categoría no proviene de lo que cada uno contribuye al perfeccionamiento del hombre desde el plano práctico o moral básico, sino en la forma como cada uno colabora a la realización del fin primordial del hombre, que es la santidad.

Así, por ejemplo, afirma que el perfecto cumplimiento de los trabajos de la primera categoría no conlleva en absoluto el cumplimiento de la vocación primordial del hombre. Ni las habilidades prácticas de cada trabajo, ni las cualidades morales que cada uno implica, garantizan al hombre alcanzar valores morales  elevados (como la justicia o la veracidad), como tampoco fundamentales valores sobrenaturales (como el amor o la humildad) y, mucho menos, el fin primordial para el cual ha sido creado en este mundo (la santidad). La historia muestra que han existido hombres que han llegado a ser santos sin haberse destacado por un cumplimiento ejemplar de trabajos de esta categoría (como Fray Junípero, uno de los primeros seguidores de Francisco de Asís, que era un pésimo cocinero).

Sostiene, incluso, que tampoco el cumplimiento de los trabajos de la segunda categoría implica necesariamente el cumplimiento de la vocación primordial del hombre, no obstante realizarse a través de ellos valores fundamentales para el hombre. Los valores morales superiores que desarrolla en el hombre este tipo de trabajos distan mucho todavía de equipararse con la santidad a la que aspira el hombre. Los artistas, los médicos, los educadores, los científicos, los filósofos que, a través de la historia, se han destacado por su santidad (Alberto Chmielowski, Riccardo Pampurri, Juan Bosco, Tomás de Aquino) no fueron santos por el ejercicio perfecto de su profesión, sino por haber practicado en su vida, hasta el heroísmo, otro tipo de virtudes elevadas, como el amor a Dios y al prójimo.

Afirma, de hecho, que hasta el cumplimiento cabal de los trabajos de la tercera categoría   —misionero, catequista, sacerdote, obispo—  es incapaz de facilitar al hombre el cumplimiento de su vocación primordial como hombre. Si bien es verdad que cierta santidad de vida ayuda a la mejor realización de este tipo de trabajos no quiere decirse con ello que la realización de estos trabajos hagan del hombre un santo. La historia testimonia sobre una gran cantidad de hombres que no han llegado a ser santos cumpliendo trabajos de misionero, catequista, sacerdote, obispo (como puede verse en la historia de los Papas de la época renacentista).

Según Hildebrand, el centro de gravedad del hombre se encuentra en la relación que mantiene con Dios y, de manera derivada, con su prójimo y el mundo de los valores genuinos. Su vocación primordial consiste en esto; aquí se fundamenta el valor del hombre como persona. En la medida que se pierde de vista esto, suele desplazarse el auténtico centro de gravedad del hombre hacia un punto importante aunque periférico; en este caso, se pasa de la persona hacia los productos de la persona. Este desplazamiento conduce paulatinamente al hombre a establecer entre las diferentes dimensiones que conforman su vida una falsa alternativa: la que existe, por ejemplo, entre “trabajo” por un lado y “descanso” por el otro. Al trabajo se adjudican, a veces inconscientemente, todas las categorías determinantes de la vida: importancia, seriedad, trascendencia; al descanso, en cambio, se atribuyen, muchas veces sin querer, todas las categorías inesenciales de la vida: superficialidad, trivialidad, inmanencia.

Esta alternativa falsa no sólo concentra indebidamente el peso de la vida en el trabajo; despotencia injustamente el valor genuino del descanso, pervierte su auténtico significado antropológico: por un lado, se identifica de manera indebida el descanso con la diversión; por el otro, se asimila con torpeza el descanso con el placer. De esta manera, cuando un hombre no está empeñado en alcanzar el sentido de su vida en el trabajo se abandona a sí mismo a la dinámica de la diversión o a la vorágine del placer cuando busca para su exhausta humanidad el descanso.

Esta falsa alternativa no puede dejar de traer nefastas consecuencias para el hombre. La más notoria se halla a nivel de la esfera religiosa, aquella donde se produce el encuentro y la relación del hombre con Dios. Una vida humana centrada en el trabajo no deja espacio para la relación con Dios en la alabanza (oración), la adoración (contemplación) y la entrega (amor), sólo en la producción y su eficiencia. Una vida humana reducida al descanso lúdico (diversión) o al descanso agradable (placer) no da lugar a vivencias profundas y compromisos radicales con valores importantes y elevados, sólo con pasatiempos entretenidos, como ir al cine o hacer deporte.

Para Hildebrand, la antítesis verdadera al trabajo no es el descanso propiamente, sino el esfuerzo de concentración del hombre mediante el cual impide la dispersión de sí mismo: la apertura contemplativa hacia Dios y los valores más elevados. Según Hildebrand, el hombre no puede confundir la “relajación” propia del descanso, que tiene lugar  —por así decir—  en la “periferia” de su propio ser y en la cual se reconstituyen sus energías tanto físicas como psíquicas, con la “relajación” que surge en el hombre por entrar en contacto con cosas elevadas y nobles, como una verdad metafísica, una belleza sublime, una virtud excelsa pero, sobre todo, Dios mismo, que se manifiesta a través de su creación y de su gracia. Esta forma de “relajación” tiene lugar  —en conformidad con el objeto que a cada momento está en cuestión—  en un estrato muy profundo del hombre, que está muy distante tanto del trabajo como del descanso.

La apertura contemplativa no es algo que está a disposición voluntaria del hombre. En gran medida, depende de la presencia y de la revelación en su vida de cosas revestidas de importancia: un hermoso paisaje, una obra de arte sublime, una verdad excelsa, una virtud noble. Al contacto con el valor superior de estos objetos, en el hombre se “actualiza” el estrato más profundo de su ser y se despliegan en él vivencias muy hondas que de otra manera no viviría. Sin embargo, esta apertura contemplativa del hombre corre el peligro de cerrarse cada vez más en él por la sobrevaloración del trabajo en la que vive y por la hipertrofia del placer que lo domina.

Otras esferas de la vida humana que se ven afectadas por la falsa alternativa que se da en el hombre entre trabajo y descanso son, por un lado, la esfera moral y, por el otro, la esfera familiar.

Respecto a lo primero, la falta de contemplación en el hombre impide ver la altura de los valores morales y escuchar el reclamo de sus exigencias intrínsecas. Un hombre incapaz de contemplar el mundo luminoso y también misterioso de los valores morales puede terminar reduciéndolos, tarde o temprano, a meras condiciones para desempeñar un trabajo con eficiencia, a cualidades que le permitan realizar un trabajo productivamente. De esta manera, el centro de atención se desplazará de valores como la humildad, la pureza, el amor o la justicia hacia valores como la fidelidad, la honradez, la constancia, la cortesía. Desde esta perspectiva, según Hildebrand, es muy fácil confundir la obligatoriedad metafísica de los valores morales con las leyes positivas decretadas por un Estado, donde ya no hay margen para la voz de la conciencia.

Respecto a lo segundo, en una vida escindida entre el trabajo y el descanso las relaciones familiares  —mediante las cuales el hombre constituye su persona—  no encuentran lugar para su adecuado desarrollo. Es evidente que las relaciones familiares no entran en la dinámica del trabajo, pero tampoco pueden supeditarse a los ratos de descanso. Conversar con la esposa, jugar con los hijos, pasear con la familia no son acciones que el hombre pueda cumplir cuando “descansa”. Ciertamente, cuando el trabajo agota al hombre éste busca reanimarse con las horas de descanso; sin embargo, no son las horas dedicadas al descanso lo que lleva el hombre a comprometer el sentido auténtico de las relaciones familiares, sino la concepción que tiene del trabajo como centro principal de la vida. Aunque el hombre pudiera reducir las horas de trabajo no por ello se modificaría la concepción que tiene del descanso como placer o entretenimiento.

La vida cristiana del hombre también se ve afectada por la valoración exagerada del trabajo. Esto sucede no sólo cuando las actividades religiosas son sustituidas por la dinámica del trabajo, sino también cuando las actividades religiosas se ven bajo el prisma del trabajo. Puesto que el trabajo se erige como modelo de lo importante, trascendente y serio en la vida, no es nada extraño que las actividades religiosas  —como la oración, la caridad y la vida apostólica—  se vean bajo la misma dinámica. Entonces serán actividades que el hombre realizará con “conciencia del deber”, a través de valores como la lealtad, el orden, la constancia y la precisión. No se toma en cuenta que las actividades religiosas son de una índole por completo distinta a la dinámica del trabajo.

Integración del trabajo en la vocación

Puesto en claro de una vez por todas que el centro de la vida humana no se halla en el trabajo  —es decir, que éste no constituye la vocación primordial del hombre—  Hildebrand se pregunta cómo puede incorporarse la actividad laboral al fin primario del hombre, de tal manera que también se convierta en ámbito de su testimonio.

Primer paso

Hildebrand menciona que el primer paso decisivo para ello es impedir que la lógica inmanente del trabajo termine por absorber la vida del hombre. El hombre debe trabajar, debe poner lo mejor de sí mismo en la actividad laboral; pero, al mismo tiempo, no debe dejar que la dinámica interna del trabajo lo absorba. Esto se consigue revalorando el sentido de las actitudes contemplativas en la vida del hombre.

Éstas no sólo deben salir a flote cuando el hombre se encuentra en las horas de descanso  —como si fueran meros “pasatiempos” o “ratos de ocio” en su vida—  sino deben también atravesar la actividad laboral, introduciendo en ella un nuevo ritmo. A veces pueden interrumpir el trabajo para permitirle al hombre tomar consciencia nuevamente de cuál es verdaderamente la consistencia de la vida. Otras veces son reclamadas por la naturaleza misma del trabajo que se desempeña, llevando al hombre a considerar la consistencia de la vida más allá de las exigencias momentáneas que lo propician (como preparar una clase, investigar un tema, atender un enfermo).

Segundo paso

Otro paso decisivo para la incorporación del trabajo en la vocación primordial del hombre es tener clara consciencia de las diferencias decisivas que hay entre las distintas clases de trabajo.

Puesto que la primera categoría de trabajo consiste en producir bienes útiles que garanticen la subsistencia del hombre, no puede adquirir otro carácter en la vida del hombre más que el de medio. Por muy importantes que sean los bienes útiles que produce el hombre, éstos no pueden ser vistos por él como fines en sí mismos con relación a su vida. No obstante las exigencias que tienen los trabajos de esta categoría, al ocupar un lugar secundario en el contexto de la vida, pueden permitir al hombre entregarse con mayor dedicación a las actividades que conciernen al sentido de la vida, como el amor, la oración, la adoración. Dicho con otras palabras: los trabajos de esta categoría “ocupan” al hombre, pero no reclaman la “entrega total” del hombre; por eso, éste puede darse a través de la oración y la caridad a Dios y a su prójimo o, en la contemplación, a los valores morales y estéticos.

Los trabajos de la segunda categoría, en cambio, como están en relación con la realización de ciertos valores importantes de la vida  —la verdad, la belleza, la bondad—  no piden al hombre considerarlos como un simple medio en su vida; exigen al hombre, más bien, ahondar cada vez más en el sentido de estos valores, pero también reclaman al hombre un compromiso más frontal y más decidido con las exigencias intrínsecas de estos valores.

Tercer paso

El tercer paso decisivo para incorporar el trabajo en la vocación primordial del hombre se halla en el sacrificio. Cualquier trabajo que realice el hombre  —sea de la primera, de la segunda o de la tercera categoría—  puede ser realizado por él con la intención de ofrecerlo a Dios como ocasión de su glorificación. Tal es el sentido del auténtico sacrificio. El hombre que vive con la conciencia de que a través del trabajo también obedece a Dios y da gloria a su nombre no vive el trabajo como una actividad que se halla al margen del fin primordial de su vida, sino que también se incorpora a éste.


* Fuente: Hildebrand, Dietrich von, Heiligkeit und Tüchtigkeit, Habbel, Regensburg, 1969; pp. 09-65. El documento puede descargarse en formato pdf en el siguiente vínculo: diazolguin (El antipersonalismo en la esfera del trabajo humano).
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