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Archive for 19 noviembre 2013

Sobre la felicidad*

Estimado F:

 Yo soy de aquellos que piensan que los hombres, ante todo, han sido llamados a esta vida para ser felices. Me parece que la palabra “felicidad” expresa, si bien de forma enigmática, lo más grande que aguarda el hombre para su vida. Si bien toda su coloración es subjetiva, creo que pone al descubierto una situación totalmente objetiva. Como diré un poco más adelante, los hombres son felices porque algo que ha sucedido a sus vidas lleva precisamente a sus vidas a un cumplimiento insospechado, pero que experimentan plenamente.

 

Aunque la felicidad es de naturaleza afectiva, me parece que no se la entiende adecuadamente sin implicar también las otras potencialidades del hombre. En ese sentido, no hay felicidad en el hombre que a su vez no pase por su inteligencia y por su voluntad. La felicidad es una experiencia, algo que se vive en diferentes grados de una cierta profundidad; no es un pensamiento, no es una idea; tampoco es una decisión, una determinación. Sin embargo, es verdad que para llegar a sentirla en el corazón hace falta que el hombre entienda con la inteligencia qué lo hace feliz y con su voluntad acepte libremente aquello que lo plenifica.

 

Y no sólo eso: la comprensión más penetrante, la meditación más detenida con la inteligencia, por un lado; el compromiso más férreo, la adhesión más sólida de la voluntad, por el otro, contribuyen de mejor manera a que la cualidad de la felicidad sea más pura y la permanencia de la felicidad sea más estable para el hombre. La inteligencia devela su autenticidad; la voluntad confirma su validez. Dicho con palabras más sencillas: sin la inteligencia y sin la voluntad, la felicidad no pasaría de ser una “emoción” cualquiera en el interior del hombre. Un sujeto corto de miras, un individuo que no se posee a sí mismo, seguramente puede darse ya por satisfecho con esto en su vida; pero no una persona que aspira a experimentar la plenitud de la vida.

 

Me gustaría, si tú me lo permites, detenerme a exponer con mayor detenimiento mi punto de vista. No lo haría si tu amistad de largos años no me diese la confianza suficiente para compartirte mis pensamientos más íntimos. Me han impulsado tus provocativas palabras y las aportaciones que han hecho tus distintos amigos. Pido perdón por anticipado por la extensión de mis reflexiones, pero un hombre en mis actuales condiciones creo que no desaprovecharía tampoco la posibilidad de participar en un diálogo tan sabroso para beneficiarse con tanta experiencia tan rica.

 

 

I

 

La felicidad es un estado a través del cual el hombre experimenta el cumplimiento de su existencia. Como estado, es una situación anímica en la que se encuentra inmerso, una condición espiritual que lo atrapa totalmente. Sin embargo, se diferencia de los auténticos estados de ánimo en que implica su “yo” de manera directa, en que no ocurre en él de manera “inconsciente” y en que no tiene propiamente causas, sino más bien “motivos”.

 

En efecto, tras el estado de profunda felicidad hay siempre grandes razones. Estas razones pueden ser de diversa índole: haber nacido en un momento del tiempo (cumpleaños), haber concluido alguna etapa importante (estudios), haber tomado una decisión importante (matrimonio), haber recibido un don extraordinario (hijos), haber culminado un gran proyecto (negocio), haber emprendido una fabulosa aventura (viaje), haber hecho encuentros muy decisivos (amigos), haber vivido situaciones determinantes (transformaciones sociales), haber contado con entereza física (salud), haber podido ser productivo (trabajo). La realización de cada una de estas cosas ha contribuido a vivir este peculiar estado. Cada una, a su manera, ha puesto de relieve las múltiples formas como la vida llega a su propia plenitud.

 

 

II

 

La felicidad tiene un gran parentesco con la alegría, esa dicha que llega al hombre cuando acontece a su vida algo positivo. Sin embargo, se diferencia de ella en la forma como hace aparición en su consciencia: la alegría es súbita, expansiva, actual; la felicidad es paulatina, tranquila, sobreactual. Por lo mismo, la felicidad es más estable y perdurable en el hombre, mientras que la alegría es más voluble y efímera.

 

Tan pronto como llega la alegría, se retira y, aunque haya sido intensa, se evapora. La alegría puede ser desplazada inmediatamente por otra cosa (enojo, aburrimiento, dolor, cansancio) y nada impide que se transforme raudamente en su contrario (tristeza) apenas su motivo positivo es cambiado por uno negativo. En cambio, un hombre no deja de ser feliz porque de momento vive un dolor o está aburrido, lo afecta una tristeza o está muerto de cansancio.

 

Es posible que un hombre feliz esté disponible a vivir más ratos de alegría, pero es imposible que muchos ratos de alegría constituyan la felicidad del hombre. No estoy seguro que una vida llena tan sólo de alegrías al final pueda considerarse una vida feliz, pues también podría dar lugar a una existencia bastante inconsistente y frívola. Además, no es extraño que un hombre encuentre, entre los motivos para su felicidad, cosas dolorosas o desdichadas, como la persecución, el encarcelamiento, la enfermedad, el sufrimiento, no porque en sí mismas estas cosas sean positivas, sino porque al final pueden granjear al hombre cosas buenas.

 

 

III

 

La felicidad es una vivencia determinada de la existencia humana; posee una figura propia y tiene unas notas particulares. Pero a ella están vinculados otros actos ejecutados por el hombre. Cuando aun no se ha alcanzado, el hombre la desea; si ésta no aparece ante sus ojos, la busca; si su llegada no depende de sus manos, la espera; cuando finalmente ha llegado, la agradece. Este último acto, dicho sea de paso, es de una gran relevancia, porque funge como un “detector” de la felicidad para el hombre. De hecho, nadie podría estar agradecido sin haber experimentado de alguna manera la felicidad en su vida; la gratitud es una toma de consciencia de algo grande que ha ocurrido en la vida y eso no puede hacerlo más que inmensamente feliz.

 

Algo de lo que no estoy seguro es que la felicidad esté vinculada al querer del hombre. Si fuera así, no tendría sentido que el hombre la deseara o la buscara, la esperara o la agradeciera; sólo haría falta que él quisiese para que ella existiera. Pero todo esto contradice las evidencias. Si la felicidad estuviese a disposición del querer del hombre, ¿por qué hay tantos hombres infelices por todas partes? ¿Son infelices porque no quieren o porque, aunque quieran, no pueden ser felices? (No está de más decir que aquí se está hablando del “querer” en sentido estricto, no del “deseo” que se tiene sobre algo).

 

El acto de querer es tanto imperativo como creativo; basta que el hombre decrete algo para que este algo cobre existencia. Pero no está determinado a las mismas vivencias del hombre (con sus humores, sus emociones o sus sentimientos), sino a determinados estados de cosas que tienen que ver con la objetiva situación del mundo. Evidentemente, el hombre no puede querer que amanezca más temprano, que haga menos frío, que aumente su estatura, que no envejezca. Pero sí puede querer que un semejante no se ahogue, que otro semejante aprenda a escribir, que un individuo no se quede sin comer, que otro individuo se restablezca físicamente. En una palabra, puede querer que la injusticia no pase por sus manos y que la bondad se haga operativa a través de sus acciones.

 

Ciertamente, puede pensarse que impedir que una persona se ahogue o se muera de hambre o contribuir a que otra persona aprenda a escribir o se restablezca físicamente a través de la realización de ciertas acciones que se han querido son cosas que hacen feliz a un hombre; pero, en todo caso, no puede pasarse por alto que aquello que propiamente ha sido querido por el hombre no es la felicidad, sino la existencia misma de tales estados de cosas en el mundo. En cuanto tal, la felicidad no es el término al que tienden los actos de querer del hombre, sino la existencia de dichos estados de cosas porque, además de positivos, son en sí mismos buenos. La felicidad es un bien que adviene a tales hechos de manera sobreabundante. En cuanto el hombre la busca por sí misma no sólo desaparece, sino que además pervierte el sentido de sus acciones.

 

 

IV

 

Una de las razones por las que se piensa que la felicidad está vinculada al querer del hombre es precisamente ésta: que corona con su don sobreabundante muchas acciones que el hombre ha realizado libremente. Y como buena parte de estas acciones son precedidas de propósitos, objetivos, cometidos, planes, proyectos, cálculos con los que con gran frecuencia el hombre anticipa sus acciones, entonces se termina creyendo que en verdad la felicidad está a disposición del hombre, porque el hombre no deja continuamente de plantearse propósitos, establecerse cometidos, concebir planes, fijarse proyectos, ayudándose por lo demás de muchos cálculos.

 

En realidad, es un gran misterio saber qué cosas hechas con sus manos hacen feliz al hombre. Muchas de ellas, que fueron concebidas con grandes expectativas, terminan más bien en rotundos fracasos. En lugar de hacer al hombre un poco más feliz, contribuyeron a que éste se vuelva más desdichado. Mas, aunque las cosas no fueran así de radicales, no puede olvidarse que la felicidad del hombre es propiamente de dos tipos, completamente distintos y, además, irreductibles. Usando las posibilidades que permite una misma metáfora, puede decirse que ambas tienen que ver con las “manos” del hombre, pero en situaciones diferentes.

 

Con sus manos, el hombre crea, inventa, hace, ejecuta; pero también recibe, acoge, abraza. Esto significa que hay una felicidad que el hombre, hasta cierto punto, “produce”; pero hay otra felicidad que al hombre, más bien, le es “dada”. Empleando nuevamente las metáforas, puede decirse que la primera es la felicidad de un artista, de un obrero, de un artesano, de un arquitecto, de un ingeniero, de un investigador, de todos aquellos hombres que de alguna manera “crean” algo con sus manos; en cambio, la segunda es la felicidad de un huérfano, de un discapacitado, de un enfermo, de un encarcelado, de un indigente, de un desheredado, en definitiva, de aquellos hombres que quizá por sí mismos no pueden hacer nada pero, precisamente por eso, puede “recibirlo” todo.

 

 

V

 

Es difícil saber cuál de estas dos felicidades es importante para el hombre; lo más seguro es que ambas sean esenciales. Pero cuando la felicidad que el hombre trata de producir con sus acciones tarda, se demora, no llega por diversas razones, tal vez lo sostenga en su vida aquella felicidad que sencillamente llega a su vida de forma gratuita. Así, por lo menos, ha sido para mí estos últimos años.

 

Cuando decidí, en compañía de mi esposa, acometer la empresa de estudiar un doctorado en otro país al que en absoluto conocía, con una edad ya no muy favorable y con un hijo pequeño entre los brazos, fue en virtud de una felicidad que de alguna manera barruntaba. Y aunque no me ha ido del todo mal, hay días en que simplemente pierdo el rumbo, me siento rebasado, solo, agotado, pesimista, frágil, envuelto en una penetrante sombra cuyo salida no siempre consigo vislumbrar del todo. Tras estas incertidumbres seguramente vendrá una felicidad finalmente conquistada, que tal vez me hará experimentar una de las cimas de la vida (o, por lo menos, algo que compense tantos esfuerzos).

 

Pero mientras ésta llega, hay días que viene a mí una felicidad misteriosa, inesperada, sorpresiva, benéfica, reparadora. A veces ha sido un día soleado, que inunda de luz el azul del cielo; otras veces ha sido el inmenso mar, que ruge incansable con su bravo oleaje. Algunas ocasiones la música de Mozart, de Schubert, de Beethoven, de Vivaldi, me sorprende con su belleza; otras ocasiones atrapa mi atención una buena novela o una interesante biografía. El nuevo Papa, al que casi no he tenido oportunidad de seguir en sus discursos por el exceso de trabajo, un día me tocó profundamente el corazón con sus palabras; lo mismo me ha sucedido cuando llego a visitar a unos amigos que hacen misión en barrios de pobreza extrema. Los mensajes de mis amigos que aun se acuerdan de mi existencia sitúan mi momento presente en una historia para mí entrañable, pero a veces me basta tan sólo con enterarme de una buena noticia proveniente de mi país o relacionada con esta nación que ahora me hospeda.

 

Entre todas estas razones, lo que lleva mi humanidad a una plenitud insospechada con bastante frecuencia es la convivencia con mi hijo. Ya su misma existencia fue, en su momento, un don inesperado para mí; pero él cada día me obsequia con unos instantes de una grandeza inusitada. Hoy por la mañana, para no ir más lejos, se acercó de puntitas hasta mi cama, me pasó los brazos por el cuello, me besó tiernamente en la mejilla y me dijo con ese acento que siempre me derrite, no sin antes ponerme uno de sus peluches entre los brazos: “buenos días, papá”. Quien me conoce, por eso, entiende por qué mi muro de este medio electrónico de encuentro y diálogo está saturado de sus ocurrencias. Sin ellas, ya no sabría cómo aguardar la felicidad que cada día intento acercar a mi vida a través de mis acciones. Seguramente, desde hace tiempo hubiese fracasado en el intento; me hubiese rendido ante las primeras decepciones.

 

Con gran cariño,

 

José R.

 


* Hace unas semanas, mi amigo F. escribió estas bellas palabras sobre la “felicidad” y la “libertad” en la red social que ocupa para comunicarse con sus amigos: “Toda la vida he escuchado, aprendido, recordado, imaginado, que hay que ser feliz. Pero una parte de mí me dice que es más importante, relevante, acuciante, ser libre. Porque hasta los animales parecer ser felices. Y ser libres nos hace más humanos… ¿Qué epitafio será mejor: ‘Aquí yace una persona que fue feliz’, o ‘Aquí descansa alguien que fue libre’?”. Muchos amigos suyos comentaron de inmediato estas palabras, dando así comienzo a una interesante discusión sobre tales tópicos. Esta carta es mi participación personal a este fascinante debate. La carta puede visualizarse en formato pdf  en el siguiente vínculo: diazolguin (Sobre la felicidad)
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