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Archive for the ‘Cartas’ Category

Sobre el “temor de Dios”*

Estimado F.:

Un importante principio dentro de la filosofía es distinguir para no confundir. De lo contrario, uno puede hacerse una falsa idea de las cosas. En este caso, por ejemplo, es necesario distinguir entre “temor” y “miedo” para entender cómo debe ser la relación del hombre con Dios (ciertamente, en caso de que Él “exista”). La confusión sobre muchas cosas que en realidad son distintas no sólo pueden llevarnos a malos entendidos sino, sobre todo, a adherirnos a verdaderos prejuicios que sólo perjudican nuestra capacidad para entender adecuadamente las cosas.

I

Me da “miedo” que me muerda el perro que se acerca a mí cuando camino por una calle solitaria o que me asalte un ladrón cuando entro a una colonia para mí extraña; pero me da “temor” no encontrar las palabras exactas para decirle a mi esposa que la amo en una circunstancia especial o despertar a mi bebé con mis movimientos poco delicados cuando duerme plácidamente en casa.

Igualmente, me da “miedo” perder la tarjeta bancaria cuando viajo al extranjero por las incomodidades que ello representa o que me encuentre atrapado en el tráfico cuando voy camino al aeropuerto en mi auto para tomar el vuelo; pero me da “temor” que en algún momento suene un teléfono celular cuando escucho un gran concierto de Mozart en el teatro o que los cachorros de leopardo que fueron rescatados de su cautiverio finalmente no se adapten a la vida salvaje a la que pertenecen cuando se los libera.

II

El “miedo” tiene que ver con algo esencialmente negativo para uno, con algo que representa objetivamente un mal en nuestra vida (o la vida de otro); el “temor”, en cambio, está más vinculado a la especial consideración que tenemos a las circunstancias o a las personas, en razón de lo que merecen (honor, distinción, reconocimiento). No es extraño, por eso, que en algunas lenguas la palabra que expresa el “respeto” hacia algo o la “veneración” hacia alguien se forme con la ayuda de la palabra “temor”. En alemán, por ejemplo, “respeto” o “veneración” se dice “Ehrfurcht”, concepto que está compuesto de dos palabras: “Ehre”, que significa “honor”; “Furcht”, que significa “temor”.

III

¿Cómo podría “honrarse” a una persona o a una circunstancia si el sentimiento que mueve al hombre fuese el “miedo”? Pero el “temor” sí es capaz de hacerlo. En este sentido, “temer a Dios” significa que mis palabras, mis pensamientos, mis sentimientos, mis actitudes, mis acciones y, en general, todo lo que podríamos llamar “comportamiento” —tanto en su lado externo como en su forma interna— son de tal índole que en lugar de ofenderlo le rinden un “homenaje”; es decir, lo “respetan”, expresan “veneración” por Él. Un sentido análogo tenía aquella vieja expresión —hoy ya lamentablemente en desuso en el mundo moderno— de “temor filial”. ¡Sería una experiencia terrible como hombres si nuestra única relación con nuestros padres fuese el “miedo”!

Con gran afecto,

José R.

* Hace unos días, un antiguo alumno publicó en la red social que compartimos las siguientes palabras: “¿Temor a Dios? ¡Nunca! ¿Qué clase de hijo le teme a su padre? ¿O qué clase de Dios sería si sus hijos le temen?”. Con ellas, inmediatamente se abrió un enconado debate entre sus amigos sobre muchas cosas relacionadas que no es necesario señalar aquí. La presente carta fue mi modesta contribución al mismo. Puede descargarse el documento en formato pdf pinchando aquí: diazolguin (Sobre el temor de Dios).
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Sobre la felicidad*

Estimado F:

 Yo soy de aquellos que piensan que los hombres, ante todo, han sido llamados a esta vida para ser felices. Me parece que la palabra “felicidad” expresa, si bien de forma enigmática, lo más grande que aguarda el hombre para su vida. Si bien toda su coloración es subjetiva, creo que pone al descubierto una situación totalmente objetiva. Como diré un poco más adelante, los hombres son felices porque algo que ha sucedido a sus vidas lleva precisamente a sus vidas a un cumplimiento insospechado, pero que experimentan plenamente.

 

Aunque la felicidad es de naturaleza afectiva, me parece que no se la entiende adecuadamente sin implicar también las otras potencialidades del hombre. En ese sentido, no hay felicidad en el hombre que a su vez no pase por su inteligencia y por su voluntad. La felicidad es una experiencia, algo que se vive en diferentes grados de una cierta profundidad; no es un pensamiento, no es una idea; tampoco es una decisión, una determinación. Sin embargo, es verdad que para llegar a sentirla en el corazón hace falta que el hombre entienda con la inteligencia qué lo hace feliz y con su voluntad acepte libremente aquello que lo plenifica.

 

Y no sólo eso: la comprensión más penetrante, la meditación más detenida con la inteligencia, por un lado; el compromiso más férreo, la adhesión más sólida de la voluntad, por el otro, contribuyen de mejor manera a que la cualidad de la felicidad sea más pura y la permanencia de la felicidad sea más estable para el hombre. La inteligencia devela su autenticidad; la voluntad confirma su validez. Dicho con palabras más sencillas: sin la inteligencia y sin la voluntad, la felicidad no pasaría de ser una “emoción” cualquiera en el interior del hombre. Un sujeto corto de miras, un individuo que no se posee a sí mismo, seguramente puede darse ya por satisfecho con esto en su vida; pero no una persona que aspira a experimentar la plenitud de la vida.

 

Me gustaría, si tú me lo permites, detenerme a exponer con mayor detenimiento mi punto de vista. No lo haría si tu amistad de largos años no me diese la confianza suficiente para compartirte mis pensamientos más íntimos. Me han impulsado tus provocativas palabras y las aportaciones que han hecho tus distintos amigos. Pido perdón por anticipado por la extensión de mis reflexiones, pero un hombre en mis actuales condiciones creo que no desaprovecharía tampoco la posibilidad de participar en un diálogo tan sabroso para beneficiarse con tanta experiencia tan rica.

 

 

I

 

La felicidad es un estado a través del cual el hombre experimenta el cumplimiento de su existencia. Como estado, es una situación anímica en la que se encuentra inmerso, una condición espiritual que lo atrapa totalmente. Sin embargo, se diferencia de los auténticos estados de ánimo en que implica su “yo” de manera directa, en que no ocurre en él de manera “inconsciente” y en que no tiene propiamente causas, sino más bien “motivos”.

 

En efecto, tras el estado de profunda felicidad hay siempre grandes razones. Estas razones pueden ser de diversa índole: haber nacido en un momento del tiempo (cumpleaños), haber concluido alguna etapa importante (estudios), haber tomado una decisión importante (matrimonio), haber recibido un don extraordinario (hijos), haber culminado un gran proyecto (negocio), haber emprendido una fabulosa aventura (viaje), haber hecho encuentros muy decisivos (amigos), haber vivido situaciones determinantes (transformaciones sociales), haber contado con entereza física (salud), haber podido ser productivo (trabajo). La realización de cada una de estas cosas ha contribuido a vivir este peculiar estado. Cada una, a su manera, ha puesto de relieve las múltiples formas como la vida llega a su propia plenitud.

 

 

II

 

La felicidad tiene un gran parentesco con la alegría, esa dicha que llega al hombre cuando acontece a su vida algo positivo. Sin embargo, se diferencia de ella en la forma como hace aparición en su consciencia: la alegría es súbita, expansiva, actual; la felicidad es paulatina, tranquila, sobreactual. Por lo mismo, la felicidad es más estable y perdurable en el hombre, mientras que la alegría es más voluble y efímera.

 

Tan pronto como llega la alegría, se retira y, aunque haya sido intensa, se evapora. La alegría puede ser desplazada inmediatamente por otra cosa (enojo, aburrimiento, dolor, cansancio) y nada impide que se transforme raudamente en su contrario (tristeza) apenas su motivo positivo es cambiado por uno negativo. En cambio, un hombre no deja de ser feliz porque de momento vive un dolor o está aburrido, lo afecta una tristeza o está muerto de cansancio.

 

Es posible que un hombre feliz esté disponible a vivir más ratos de alegría, pero es imposible que muchos ratos de alegría constituyan la felicidad del hombre. No estoy seguro que una vida llena tan sólo de alegrías al final pueda considerarse una vida feliz, pues también podría dar lugar a una existencia bastante inconsistente y frívola. Además, no es extraño que un hombre encuentre, entre los motivos para su felicidad, cosas dolorosas o desdichadas, como la persecución, el encarcelamiento, la enfermedad, el sufrimiento, no porque en sí mismas estas cosas sean positivas, sino porque al final pueden granjear al hombre cosas buenas.

 

 

III

 

La felicidad es una vivencia determinada de la existencia humana; posee una figura propia y tiene unas notas particulares. Pero a ella están vinculados otros actos ejecutados por el hombre. Cuando aun no se ha alcanzado, el hombre la desea; si ésta no aparece ante sus ojos, la busca; si su llegada no depende de sus manos, la espera; cuando finalmente ha llegado, la agradece. Este último acto, dicho sea de paso, es de una gran relevancia, porque funge como un “detector” de la felicidad para el hombre. De hecho, nadie podría estar agradecido sin haber experimentado de alguna manera la felicidad en su vida; la gratitud es una toma de consciencia de algo grande que ha ocurrido en la vida y eso no puede hacerlo más que inmensamente feliz.

 

Algo de lo que no estoy seguro es que la felicidad esté vinculada al querer del hombre. Si fuera así, no tendría sentido que el hombre la deseara o la buscara, la esperara o la agradeciera; sólo haría falta que él quisiese para que ella existiera. Pero todo esto contradice las evidencias. Si la felicidad estuviese a disposición del querer del hombre, ¿por qué hay tantos hombres infelices por todas partes? ¿Son infelices porque no quieren o porque, aunque quieran, no pueden ser felices? (No está de más decir que aquí se está hablando del “querer” en sentido estricto, no del “deseo” que se tiene sobre algo).

 

El acto de querer es tanto imperativo como creativo; basta que el hombre decrete algo para que este algo cobre existencia. Pero no está determinado a las mismas vivencias del hombre (con sus humores, sus emociones o sus sentimientos), sino a determinados estados de cosas que tienen que ver con la objetiva situación del mundo. Evidentemente, el hombre no puede querer que amanezca más temprano, que haga menos frío, que aumente su estatura, que no envejezca. Pero sí puede querer que un semejante no se ahogue, que otro semejante aprenda a escribir, que un individuo no se quede sin comer, que otro individuo se restablezca físicamente. En una palabra, puede querer que la injusticia no pase por sus manos y que la bondad se haga operativa a través de sus acciones.

 

Ciertamente, puede pensarse que impedir que una persona se ahogue o se muera de hambre o contribuir a que otra persona aprenda a escribir o se restablezca físicamente a través de la realización de ciertas acciones que se han querido son cosas que hacen feliz a un hombre; pero, en todo caso, no puede pasarse por alto que aquello que propiamente ha sido querido por el hombre no es la felicidad, sino la existencia misma de tales estados de cosas en el mundo. En cuanto tal, la felicidad no es el término al que tienden los actos de querer del hombre, sino la existencia de dichos estados de cosas porque, además de positivos, son en sí mismos buenos. La felicidad es un bien que adviene a tales hechos de manera sobreabundante. En cuanto el hombre la busca por sí misma no sólo desaparece, sino que además pervierte el sentido de sus acciones.

 

 

IV

 

Una de las razones por las que se piensa que la felicidad está vinculada al querer del hombre es precisamente ésta: que corona con su don sobreabundante muchas acciones que el hombre ha realizado libremente. Y como buena parte de estas acciones son precedidas de propósitos, objetivos, cometidos, planes, proyectos, cálculos con los que con gran frecuencia el hombre anticipa sus acciones, entonces se termina creyendo que en verdad la felicidad está a disposición del hombre, porque el hombre no deja continuamente de plantearse propósitos, establecerse cometidos, concebir planes, fijarse proyectos, ayudándose por lo demás de muchos cálculos.

 

En realidad, es un gran misterio saber qué cosas hechas con sus manos hacen feliz al hombre. Muchas de ellas, que fueron concebidas con grandes expectativas, terminan más bien en rotundos fracasos. En lugar de hacer al hombre un poco más feliz, contribuyeron a que éste se vuelva más desdichado. Mas, aunque las cosas no fueran así de radicales, no puede olvidarse que la felicidad del hombre es propiamente de dos tipos, completamente distintos y, además, irreductibles. Usando las posibilidades que permite una misma metáfora, puede decirse que ambas tienen que ver con las “manos” del hombre, pero en situaciones diferentes.

 

Con sus manos, el hombre crea, inventa, hace, ejecuta; pero también recibe, acoge, abraza. Esto significa que hay una felicidad que el hombre, hasta cierto punto, “produce”; pero hay otra felicidad que al hombre, más bien, le es “dada”. Empleando nuevamente las metáforas, puede decirse que la primera es la felicidad de un artista, de un obrero, de un artesano, de un arquitecto, de un ingeniero, de un investigador, de todos aquellos hombres que de alguna manera “crean” algo con sus manos; en cambio, la segunda es la felicidad de un huérfano, de un discapacitado, de un enfermo, de un encarcelado, de un indigente, de un desheredado, en definitiva, de aquellos hombres que quizá por sí mismos no pueden hacer nada pero, precisamente por eso, puede “recibirlo” todo.

 

 

V

 

Es difícil saber cuál de estas dos felicidades es importante para el hombre; lo más seguro es que ambas sean esenciales. Pero cuando la felicidad que el hombre trata de producir con sus acciones tarda, se demora, no llega por diversas razones, tal vez lo sostenga en su vida aquella felicidad que sencillamente llega a su vida de forma gratuita. Así, por lo menos, ha sido para mí estos últimos años.

 

Cuando decidí, en compañía de mi esposa, acometer la empresa de estudiar un doctorado en otro país al que en absoluto conocía, con una edad ya no muy favorable y con un hijo pequeño entre los brazos, fue en virtud de una felicidad que de alguna manera barruntaba. Y aunque no me ha ido del todo mal, hay días en que simplemente pierdo el rumbo, me siento rebasado, solo, agotado, pesimista, frágil, envuelto en una penetrante sombra cuyo salida no siempre consigo vislumbrar del todo. Tras estas incertidumbres seguramente vendrá una felicidad finalmente conquistada, que tal vez me hará experimentar una de las cimas de la vida (o, por lo menos, algo que compense tantos esfuerzos).

 

Pero mientras ésta llega, hay días que viene a mí una felicidad misteriosa, inesperada, sorpresiva, benéfica, reparadora. A veces ha sido un día soleado, que inunda de luz el azul del cielo; otras veces ha sido el inmenso mar, que ruge incansable con su bravo oleaje. Algunas ocasiones la música de Mozart, de Schubert, de Beethoven, de Vivaldi, me sorprende con su belleza; otras ocasiones atrapa mi atención una buena novela o una interesante biografía. El nuevo Papa, al que casi no he tenido oportunidad de seguir en sus discursos por el exceso de trabajo, un día me tocó profundamente el corazón con sus palabras; lo mismo me ha sucedido cuando llego a visitar a unos amigos que hacen misión en barrios de pobreza extrema. Los mensajes de mis amigos que aun se acuerdan de mi existencia sitúan mi momento presente en una historia para mí entrañable, pero a veces me basta tan sólo con enterarme de una buena noticia proveniente de mi país o relacionada con esta nación que ahora me hospeda.

 

Entre todas estas razones, lo que lleva mi humanidad a una plenitud insospechada con bastante frecuencia es la convivencia con mi hijo. Ya su misma existencia fue, en su momento, un don inesperado para mí; pero él cada día me obsequia con unos instantes de una grandeza inusitada. Hoy por la mañana, para no ir más lejos, se acercó de puntitas hasta mi cama, me pasó los brazos por el cuello, me besó tiernamente en la mejilla y me dijo con ese acento que siempre me derrite, no sin antes ponerme uno de sus peluches entre los brazos: “buenos días, papá”. Quien me conoce, por eso, entiende por qué mi muro de este medio electrónico de encuentro y diálogo está saturado de sus ocurrencias. Sin ellas, ya no sabría cómo aguardar la felicidad que cada día intento acercar a mi vida a través de mis acciones. Seguramente, desde hace tiempo hubiese fracasado en el intento; me hubiese rendido ante las primeras decepciones.

 

Con gran cariño,

 

José R.

 


* Hace unas semanas, mi amigo F. escribió estas bellas palabras sobre la “felicidad” y la “libertad” en la red social que ocupa para comunicarse con sus amigos: “Toda la vida he escuchado, aprendido, recordado, imaginado, que hay que ser feliz. Pero una parte de mí me dice que es más importante, relevante, acuciante, ser libre. Porque hasta los animales parecer ser felices. Y ser libres nos hace más humanos… ¿Qué epitafio será mejor: ‘Aquí yace una persona que fue feliz’, o ‘Aquí descansa alguien que fue libre’?”. Muchos amigos suyos comentaron de inmediato estas palabras, dando así comienzo a una interesante discusión sobre tales tópicos. Esta carta es mi participación personal a este fascinante debate. La carta puede visualizarse en formato pdf  en el siguiente vínculo: diazolguin (Sobre la felicidad)

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Sobre el amor humano*

Querida S:

En El Taller del Orfebre, de Karol Wojtyla, hay unas palabras que siempre me han gustado, aunque no dejan de resonar en mi mente con un acento de misterio. Se encuentran en las últimas páginas de la obra y dicen:

“A veces la existencia humana parece demasiado breve para el amor. Otras veces, en cambio, ocurre lo contrario: el amor humano parece demasiado breve en relación a la existencia, o demasiado superficial. De todos modos, cada hombre tiene a su disposición una existencia y un amor. ¿Cómo hacer de ello un conjunto lleno de sentido?”.[1]

El “amor” es aquello para lo que fue hecho el hombre; contiene en sí una promesa de cumplimiento porque no hay otra cosa que mejor lo complete y al mismo tiempo lo haga feliz. La “existencia” es el entramado de infinitas circunstancias en las cuales se encuentra metido el hombre desde el nacimiento. El drama del hombre comienza desde que se da cuenta que una existencia sin amor es un verdadero infierno, aunque también cuando repara que el amor propiamente no existe, sino que hay que traerlo a la existencia.

El primer paso está en el anhelo de encontrarlo; el segundo paso está en la sencillez para aceptarlo cuando éste llega; mas el paso decisivo se halla en todo el trabajo que hay que hacer para que se mantenga vivo, crezca y madure. Unas veces este trabajo consiste en impedir que las circunstancias se impongan sobre el amor que nos completa y nos hace felices; otras veces este trabajo reside en transformarnos de tal manera a nosotros mismos para que el amor pueda completarnos y hacernos felices. Acerca de esto, también El Taller del Orfebre dice sobre uno de sus personajes:

“Ana ha entrado en el camino del amor que perfecciona. Había que perfeccionar dando y recibiendo en proporción diferente a la de antes”.[2]

Es a raíz de esto como el amor se va volviendo “honesto y “sincero”; sobre todo, como el amor va alcanzando paulatinamente su “incondicionalidad”. Cuando cada vez estamos más dispuestos a dar la vida por el otro al que un día nos encontramos  —como bien dices en tu breve texto—  podemos estar ciertos entonces de que el amor es “para toda la vida”.

Con cariño,

José R.


* Escribí esta pequeña carta a raíz de esta frase que mi amiga S. publicó en una de las redes sociales que usa: “Aún me gustaría creer en el amor incondicional, en el amor sincero, honesto, en el amor para toda la vida, en el amor en el que se da la vida por el otro”. La carta puede visualizarse en el siguiente vínculo: diazolguin (Sobre el amor humano)
[1] Wojtyla, Karol, El taller del Orfebre. Meditación sobre el sacramento del matrimonio, expresada a veces en forma de drama, Bac, Madrid, 1980; p. 98.
[2] Ídem, p. 97.

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Sobre la esperanza y la desesperanza

Estimada F:

He estado estas últimas semanas tan absorbido en el proyecto de tesis doctoral que no he tenido oportunidad de seguir las diversas publicaciones que hacen mis amigos en sus redes sociales para saber cómo van o qué ha sucedido en sus vidas. Hoy por la mañana, sin embargo, me llamó poderosamente la atención el mensaje que tú pusiste y, sin saber a fondo sus motivos, me hizo reflexionar seriamente sobre lo que preguntabas, porque doy por hecho de que se trata de una cosa muy importante, respecto a lo cual, no puedo pasar de largo, con indiferencia.

Espero que no consideres mis palabras como una intromisión indebida a tu vida sino, más bien, como la puesta en común de cuanto me sucedido en la mía para ayudarte a clarificar lo que está sucediendo en este momento en la tuya. Créeme que no escribiría nada de cuanto estoy por decirte si no tuviera sobrada evidencia sobre estas cosas tan importantes de la vida.

I

 

Tanto la esperanza y la aceptación por un lado, como la desesperanza y la resignación por el otro, son “respuestas” que nuestro corazón da a los hechos significativos que suceden en la vida, son las diversas formas como nuestro ser, desde lo más hondo de sí mismo, se “sitúa” ante todas las cosas importantes de la vida. No son meros “estados emocionales” por los que vamos pasando en el transcurso de nuestra jornada, como el cansancio o el malhumor, el estar de buenas o eufóricos.

 

Por eso, para saber por qué estamos “desesperanzados” o “esperanzados” tenemos que mirar a la vida misma, a las cosas positivas o negativas que nos han sucedido en ella; a las cosas que, en una palabra, nos confieren una gran certeza o nos hunden en la incertidumbre. Aunque estas “respuestas” son expresiones auténticas de nuestra persona —después de todo, provienen de nuestro corazón, que es el núcleo mismo de nuestra persona— ellas provienen de tales sucesos, son engendradas en nuestro interior por tales hechos; las “motivan”, por un lado, la positiva importancia de unas cosas y, por el otro, la significación negativa de otras cosas.

 

Estas “respuestas” no son, por tanto, resultado de nuestra libertad ni surgen a partir de nuestra voluntad. Ante ellas somos más bien “impotentes”, porque no están a disposición de nuestros imperativos. Si nuestra libertad fuese tan potente como pensamos —y no digo que no lo sea para muchas cosas, aunque no para éstas— no tendríamos que preguntar cómo hacer para erradicar de nosotros la desesperanza o qué pasos dar para afincarnos firmemente en la esperanza; sencillamente, nuestra voluntad lo “decretaría” con sus decisiones. Estas “respuestas”, dicho sea de paso, tienen para nosotros algo más de “gratuidad” que de preceptos.

 

II

 

“Para poder esperar —decía un gran poeta francés que compuso uno de los homenajes más bellos que se hayan podido escribir a la esperanza— necesita el hombre haber recibido primero una gran gracia”. Es esta “gran gracia” la que hace al hombre mirar más allá del estrecho horizonte en el que lo tienen sumergido sus infortunios (la esperanza nos invita siempre a mirar en lontananza). Así como las preocupaciones y los temores se originan en nosotros a causa de todos esos infortunios, es una “gran gracia” la que hace nacer en nosotros el claro destello de la esperanza.

 

Los infortunios nos hacen clavar la mirada en el presente, y como en éste sólo están ellos, no podemos escaparnos de los intrincados laberintos de nuestros temores y de nuestras preocupaciones; una “gran gracia”, en cambio, hace que nos abramos a un futuro promisorio cuya primera prenda de su existencia es ella misma y sus primeros efectos en nosotros son, por un lado, la alegría y, por el otro, el consuelo. Esto es la “esperanza”: la positiva certeza que se tiene en un futuro (que no podemos ver) en razón de una evidencia presente (que sí podemos ver).

 

III

 

Los hechos que suceden en la vida son ya en sí mismos significativos: algunos son “positivos” y otros son “negativos”. Esta “significación”, sin embargo, no está en relación a nuestros intereses y necesidades, sino en función de su propia importancia. Que algo vivo muera, por ejemplo, no tiene una “significación negativa” porque lo deseamos tanto o nos haga mucha falta, sino porque en sí misma la vida tiene una importancia positiva que no se encuentra, por ejemplo, en las cosas inertes. Que en el contexto de nuestra existencia deseemos su muerte o nos haga falta su muerte no altera un ápice la intrínseca importancia de las cosas vivas —no asumen éstas, por ello, una “significación negativa”— aunque sí puede impedir las más de las veces su adecuada captación de nuestra parte.

 

Esto tiene gran importancia para el surgimiento de la esperanza en nuestros corazones. Ésta no se origina en nosotros “re- significado” la importancia de los hechos que suceden en la vida, sino captando adecuadamente el “significado positivo” que tienen los mismos hechos que suceden en la vida, dando cuenta plenamente de su intrínseca importancia. “Re-significar” las cosas presenta, al menos, dos problemas: ante todo, ésta puede hacerse cuando los hechos mismos han pasado (a posteriori, como decimos los filósofos; nachträglich, como dicen los analistas); después, ella proyectaría sobre los hechos un cierto subjetivismo (por el cual se diría que las cosas positivas después de todo “no fueron positivas” y que las cosas negativas al final de cuentas “no fueron negativas”).

 

La esperanza no requiere de complicadas “re-significaciones”. Ella surge espontáneamente en nuestros corazones apenas captamos el “significado positivo” que tienen los hechos que suceden en el mundo. Por idénticas razones, también puedo decir que ella se muere inmediatamente en nuestros corazones cuando somos testigos del “significado negativo” que portan muchos hechos que suceden en el mundo.

 

IV

 

El punto central, entonces, no está en “re-significar” los hechos que suceden en la vida —cómo habremos de proceder para conseguir esto— sino cómo llegamos a una comprensión más clara, más profunda y más amplia de la “importancia intrínseca” que tienen estos hechos; desvelar paulatinamente cómo nuestras vidas se van vertebrando y entretejiendo en torno a estos hechos que suceden en la vida en virtud de su “significado positivo”.

 

Pero, incluso el verdadero meollo de las cosas no está ni siquiera en esto: ni en llegar a una comprensión más clara, más profunda y más amplia de la “importancia intrínseca” de los hechos que suceden en la vida, ni en descubrir paulatinamente cómo nuestras vidas se entretejen misteriosamente a partir del “significado positivo” que poseen todos estos hechos. La cuestión verdadera —previa a todo esto, como ya decía antes— es la siguiente: ¿qué ha sucedido en mi vida?, ¿qué he encontrado en ésta? ¿qué me ha sido dado con ella? Y eso que me ha sucedido, ¿porta un significado positivo? ¿la importancia que conlleva es intrínseca o depende de otras cosas? Si a mi vida no ha sucedido nada, ningún hecho, algún acontecimiento, es imposible entonces esperanza alguna; si eso que ha sucedido en mi vida carece de importancia propia, también es imposible la esperanza; si fuese relativa a mis necesidades y deseos la importancia de eso que ha sucedido en mi vida, mi esperanza sería efímera.

 

Para responder estas preguntas, es fundamental el sentimiento de gratitud. Siempre he pensado que el sentimiento de gratitud es el preludio necesario de toda auténtica esperanza. Con su sola presencia, él mismo nos dice que nuestra vida es bienaventurada porque ha recibido “grandes cosas”; la gratitud es consciencia inequívoca de cosas positivas que han llegado a nuestras manos. Pero también nos deja en claro que podemos aguardar algo más grande en nuestra vida, que podemos abrigar enormes expectativas a partir de ello. En una palabra, que nuestra esperanza es “legítima” y “razonable”. El sentimiento de gratitud confiere a nuestra esperanza su indispensable dosis de “realismo”.

* * *

 

Espero que estas rápidas pinceladas puedan servirte para darte una idea acerca de la esperanza y de la desesperanza. Que puedan ilustrarte, sobre todo, los caminos por los que estas “respuestas” surgen en nuestro corazón. Quizá no te confieran la esperanza acerca de la cual preguntabas esta mañana, pero pueden indicarte quizá los lugares a donde debas mirar para encontrarla en el ámbito de tu propia vida.

Con gran cariño hacia tu persona.

José R.

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Sobre el cantar

Querido E.

I

En la continuidad de lo que se llama “vida” ocurren una serie de múltiples acontecimientos; éstos nos ligan de una u otra manera con las cosas que existen a nuestro alrededor. Cuando llueve, este hecho nos pone en contacto con el agua de tal forma que nos impulsa a guarecernos de ella; el sol a veces nos sofoca y nos acalora; en otras, aumenta la temperatura corporal aterida por el frío, como en el invierno.

Por esos contactos con las cosas aprendemos poco a poco a conocer sus nombres y a llamarlas una a una con éstos. Así, aprendemos desde pequeños lo que es el agua, el sol, el invierno, la flor, un suspiro, el dolor. Pero ese “llamar” a cada cosa no es en sentido estricto un “nombrar”, porque, en el fondo, ha salido más por las reacciones de necesidad de nosotros sobre las cosas que de su verdadero y auténtico valor. En efecto, del agua sabemos su nombre más por la sed que nos consume, la fatiga y el disgusto de mojarnos o el miedo de perecer en ella ahogados. Lo mismo puede decirse de las demás cosas. Una especie de lógica de placer o dolor, de beneficio o perjuicio, de atracción o repulsión nos sitúa en medio de ellas. Su nombre es más una “definición” de lo que causan en nosotros que lo que en verdad es cada una. Desde esta perspectiva, la respuesta más adecuada que el hombre puede darles es tan sólo su satisfacción o frustración por lo que reportan, pero nada más. 

Lo anterior ocurre  —si me permites usar una metáfora—  porque el hombre sólo se abisma a ellas con los “ojos” que, vistos en su evidencia más inmediata, son nada más que órganos físico-neurológicos, cuya dinámica propia es “reaccionar” ante lo que “ven”. Porque son órganos, su preocupación es la “vida” y mantenerla en marcha; en cuanto órganos físicos, su manera de contacto con las cosas es la contigua periferia con las mismas; al ser órganos físico-neurológicos, su dinamismo intrínseco es la reacción ante lo presente, como más arriba decíamos. Por ello solamente “ven”.

Si los “ojos” es lo único que tiene el hombre para establecer una relación con lo que existe, con los acontecimientos que continuamente nos tocan y alcanzan, su “vida” es una vida por completo “ciega”. Los ojos, en cuanto “sólo ojos”, son completamente ciegos. La razón es que solamente “ven” lo que una necesidad interior los impulsa a ver en una cosa: tal o cual peligro; ese u otro beneficio. Pero, fuera del margen de estas necesidades, las cosas no nos interesan y, por ende, su valor se nos escapa de la mano.

II

Al escuchar ayer tu concierto Detrás de una mirada pude descubrir que el hombre  —en este caso “yo”—  no es tan sólo “ojos”, sino también una “mirada”. Gracias a ella, aprendimos a “mirar” las cosas y no nada más a “verlas”.  

No sé por qué embrujos, ignoro por qué encantos, desconozco por qué magia, la voz tuya y la de F., las cuerdas de la guitarra heridas por tu mano, la atmósfera claroscura de los faros de luz, el silencio tenue en el ambiente, de pronto nos hicieron surgir ante la mirada la sencilla candidez de cada cosa, el encanto peculiar de cada una, el misterio profundo que reside en ellas. Al seguir la letra de tus cantos, a veces con mi propio canto, a veces sólo con la atenta escucha, súbitamente las cosas emergieron delante de nosotros con sus nombres específicos, sus nombres propios, no ya el que tienen cuando tenemos necesidades, sino el que desde siempre  —en la mirada de Dios tal vez—  han tenido.

“Cantar” es la manera de hacer posible un encuentro con la realidad, penetrarla en su hondura, re-descubrirla en su existencia. Al mismo tiempo, es la condición que nos permite abismarnos a ellas en el respeto y, ¿por qué no?, en la adoración. De esta manera, las cosas no se usan, sino se aman; ya no se emplean, sino se contemplan; no sólo satisfacen, sino que reportan paz.

Como pude comprobar ayer con tus canciones, “cantar” nos hace mirar el misterio de la flor, del agua, de la luz, la noche, el dolor, las lágrimas o de un simplísimo suspiro como nunca antes lo habían hecho. Por lo tanto, “cantar” es abrir un espacio entre la realidad y nuestra realidad; al abrirse este espacio, permite morar; al morar, es posible moverse en libertad.

“Cantar” es una de las maneras como el hombre accede a la libertad. Cuando el hombre canta lo hace porque su deseo de libertad lo impulsa. Incluso pienso que si alguien no supiera cantar debería de aprender, porque sin cantar no puede ser “hombre” o, mejor dicho, no se le revela el “Hombre”, su esencia, el Misterio. Pero, si no todos pueden cantar, ¿cómo acceder a la libertad? Escuchando; prestando el oído y el corazón a los que cantan, no solamente el oído. Al escuchar al trovador, el hombre que atiende con el corazón re-crea las cosas que se cantan con él, participa de su trabajo, hace que las cosas cotidianas resuenen con su acento también en su interior.

III

Entre “mirada” y “misterio de las cosas” existe un circulus non vitiosus imposible de deshacer, porque mutuamente se constituyen: sin la mirada no hay misterio de las cosas; sin el misterio de las cosas no hay mirada en el hombre.

Sin embargo, queda hacer una ulterior pregunta: ¿por qué la realidad se presenta ante el hombre como “misterio de las cosas” y no ya como satisfactores? ¿Por qué la mirada se posa sobre ellas como “mirada” y no tanto como “ojos”? En una palabra, ¿cuál es el puente de unión entre ambas realidades? Creo que la respuesta se halla en lo que está “detrás” de una mirada. 

¿Qué se esconde “detrás” de una mirada? (he de reconocer que la expresión no es muy exacta, porque en sentido verdadero no hay nada detrás de una mirada, sino se encuentra ya “en” la mirada misma). Lo que está “detrás” de una mirada es siempre desconocido para un hombre, nos es inefable, también nos resulta un misterio. ¿Cómo saberlo, entonces? Por aquello que mira: la realidad y su valor intrínseco.

Cuando un hombre “mira” que en la flor hay un misterio, que en las lágrimas se encierra un misterio, empieza a mirar, también, que dentro de él emerge “algo” proporcional a ese misterio, “algo” que corresponde a toda la hondura y anchura de ese misterio de la flor o de las lágrimas. Cuando escuchaba tus canciones, las voces unidas tuya y de F., no sólo poco a poco iba emergiendo delante de mí el secreto encanto de cada cosa, la magia inexaurible de cada pequeña realidad, sino también, y al mismo tiempo, “eso” que hay dentro de mí que se miraba en cada cosa, “eso” que delataba su presencia cuando tú nos hacías mirar la realidad.

IV

“Eso” escondido en mí, en ti y en cada hombre, no es posible de-finirlo, pues no se le puede encerrar, limitar en unos conceptos fijos; por ello, el hombre adopta otro recurso: lo com-prende a través de una “imagen”, por medio de un “símbolo”. Y no hay símbolo o imagen que exprese de mejor manera “eso” dentro de nosotros que el corazón. Lo que mira el “misterio de las cosas” es el corazón; lo que hace posible en el hombre una “mirada” es su corazón.

“Cantar”, por lo tanto, es la posibilidad que hace emerger la libertad en el hombre porque le descubre que éste tiene un corazón. Cuando se canta  —y en ello se descubre el corazón, la raíz de la mirada—  lo que hace el hombre es negarse a que la vida muera, a que la vida se pierda en el absurdo; lo que hace es preservar la frescura y el vigor de su propio corazón.  

La fuerza y la violencia en el hombre sólo lo encaminan a “vencer” y “dominar” la realidad, a reducirla a nuestros impulsos básicos, a nuestros instintos. Pero así, la fuerza y la violencia sólo nos defienden, pero no nos hacen ser “humanos”, ya que ésta no emerge del corazón. En cambio, “cantar” nos deja inermes ante el ambiente, nos deja desprotegidos ante las cosas más fuertes, nos vuelve como niños pequeños ante la vida; y, sin embargo, nos preserva de morir en la vergüenza, caer ante la humillación, vencernos ante la violencia. “Cantar” nos hace humanos. ¡Cuánta debilidad se encierra en ello! ¡Cuánto significado, sin embargo, encierra! Es como decía, de alguna manera el apóstol Pablo: cum infirmus, tunc poteor (“cuando soy débil, entonces soy fuerte”). Si canto, nada puedo ante la ley del más fuerte; pero si no canto, nada puedo conmigo mismo. Y solamente esto es lo que preserva mi vida de ser una existencia absurda, de la gris monotonía que a veces nos envuelve.

V

Estas son algunas cosas que pasaban por mi mente y sentimientos en el momento que te escuchaba; hubiera querido decírtelo en el momento y en persona, pero no pude: estaba demasiado emocionado de escucharte. Ahora, mientras estoy sentado ante la “máquina”, ya no están presentes en mí esos sentimientos, pero he tratado de penetrarlos con el pensamiento. Sin la emoción de un momento la vida no se vuelve amable; pero sin la comprensión de esa emoción, la vida se pierde en los fragmentos de lo que se prueba, no llega a unidad consigo misma. 

Sólo una última cosa me falta por decirte.

Luigi Giussani dice que cuando se descubre el misterio de las cosas decir “misterio” es ya estar delante de una surgente inagotable que se llama gracia. Las cosas nos resultan un “misterio” porque, en el fondo, son un “don”, una “gracia” que nos viene de “Otro” que es más grande. ¿Y cómo responde el hombre ante el misterio de las cosas en su don más puro? Con una palabra y actitud parecida a “gracia”: la gratitud.

“Agradecer” es el acto más legítimo como el hombre tiene de responder ante las cosas que se le abren, que se le dan en su misterio. En el fondo, es la manera como el hombre responde al “rostro bueno del Misterio que hace todas las cosas”, ante el “Tú” presente que nos llama a través de ellas.

Por eso viene la última definición de lo que es el canto: “cantar” es la ayuda adecuada que el hombre tiene para agradecer por el “misterio de las cosas” cuando otros caminos le son vedados.

David, el segundo rey que tuvo Israel, después del terrible pecado de adulterio que cometió con Betsabé y el asesinato del esposo de ésta, Urías, no tuvo otra manera de ponerse delante del Misterio nuevamente que cantando; volvió a ponerse delante de la gran Presencia con lo único humano que aun le quedaba, no destrozado por el pecado: su canto. De ahí nació esa bellísima composición que es el salmo 50.

También lo mío es una carta en la misma óptica: es un agradecimiento porque, con tu voz y tus canciones, con tu interpretación y tu guitarra, he podido andar el camino desandado de mi vida frente a esa gran Presencia. Un agradecimiento por haberme puesto delante nuevamente de mi propio corazón; por haberme colocado ante el misterio de las cosas con la mirada; y, por último, por haberme re-conducido, aunque fuera sólo por el canto, al camino del Rostro verdadero que a veces  —muchas veces—  olvido.

Con cariño,

 

José R.

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22 de enero

Querido Pablo:

Han pasado dos años que llegaste a este mundo y entraste a mi vida. El sentimiento que sobrecogió mi corazón cuando, al nacer, te recibí en mis brazos no fue propiamente entusiasmo o alegría, exaltación o júbilo, sino “agradecimiento”: conciencia viva de que a mi persona le había sido otorgado un bien muy grande, que es tu presencia misma. Por eso, el aspecto más sobresaliente de este agradecimiento no es que se trata de un sentimiento mío, sino que eres tú su único contenido. 

Después de dos años, puedo decirte que este sentimiento no se ha marchado ni ha venido a menos dentro de mí, sino que se ha instalado de manera cada vez más decisiva en los meandros más profundos de mi alma. Tan lleno estoy de ti, que ya no puedo mirar mi vida sin contemplar tu rostro. Contigo he conocido qué significa pasar de la negra incertidumbre a la claridad de la esperanza, de la soledad dolorosa a la feliz compañía, del monólogo estéril al diálogo fecundo; me basta contemplar tus ojos, escuchar tu risa y jugar contigo todos los días para llegar a la conciencia plena de estas cosas.

En estos dos años he aprendido que dar la vida a quien no la tiene no es el sentido genuino de lo que la “paternidad” significa, sino en aprender a ensanchar el espíritu de tal forma que puede acogerse de buena gana la vida que gratuitamente se nos ofrece de no sé dónde. En última instancia, ser “padre” no significa otra cosa para mí más que aprender a decir que te pertenezco. Y esto, hijo mío, ni me entristece ni me apesadumbra, sino que constituye el motivo más grande de mi vida.

¡Feliz cumpleaños!

 José R.

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Sobre la poesía

Querida M:

 

 

I

 

Dice Octavio Paz que el hombre escribe poesía porque la poesía es la otra voz de las cosas, de la realidad.[1] Normalmente, desde que nacemos, nos topamos con las cosas en su evidencia más inmediata, en lo que ellas a primera vista nos muestran, lo que su ser habla a nuestros ojos en su presencia directa. Pero, conforme pasa el tiempo, esta voz se desgasta, se decolora y, entonces, paulatinamente se nos hacen grises y monótonas. Nos cansan.

 

            El poeta  —no importa si es sublime o sólo un escolar de quince años—  es aquel hombre que grita a sus congéneres: “¡no es posible que todo se reduzca a nada! Escúchenme bien: ¡no es posible!”. Y es comprensible: es un hombre que ha nacido con un oído tan fino, una mirada tan aguda, que logra “escuchar” y “ver” en las cosas una secreta belleza, un encanto sutil que requiere un esfuerzo particular para captarlo. Sin embargo, no basta que lo pregone tan sólo: es necesario hacer “ver” y “escuchar” a los hombres las cosas mismas en su originaria fuente. No debe cansarse con decirlo con su propia “voz”; antes bien, ha nacido con la capacidad de “prestar” su propia “voz” a las cosas para que ellas se comuniquen por su medio. Entonces, toda la serie de versos y métricas, de ritmos y de rimas no son otra cosa que el servicio que el poeta presta a la realidad para que ella se deje ver y escuchar.[2] El resultado de esto es, como decía un poeta polaco  —el Papa Wojtyla—  que el poeta nos hace ver a los demás hombres, “las sencillas cosas de siempre”, en su encanto peculiar.[3]

 

            Cuando la vida se nos torna cansada y fatigosa, se vuelve pesada y difícil, obscura y muda por todo lo que en la marcha cotidiana se nos pide, podemos después tornar a casa y abrir un libro de poesía  —o escribirla en sencillas hojas de cuaderno—  para ver de nuevo todo con una luz distinta, para recrearnos otra vez con la otra voz que la vida tiene.[4] Toda poesía  —prosigue Octavio Paz—  ya sea el canto de la cólera de un héroe, el amor desolado de una muchacha o la descripción de un paisaje silencioso en un haikú japonés  —que es tan extenso como un suspiro—  nos abisma a una distinta comunión con el cosmos, nos hermana con los hombres de otra forma.[5] De ahí que sea comprensible por qué la poesía sea tan ambigua para todo poeta: porque es un “oficio”, pero también un “sacramento”, una “tarea” pero, asimismo, una “pasión”, un “quehacer” pero, al mismo tiempo, un “misterio”.[6] En conclusión: es tomar la savia de la vida en los sentidos, engendrarla en el corazón y darla a luz  —como un hijo—  en la habilidad de las palabras que salen de la boca. La poesía es una pedagógica introducción a la esperanza y a la fe (no necesariamente “confesional”): por ella “esperamos” una vida otra; “creemos” otra vez que así será.

 

 

II

 

            A través de las poesías que gentilmente me has prestado, máxime cuando estas poesías son las tuyas, he podido barruntar lo que te escribo, he recordado nuevamente la razón. De nueva cuenta ya no me avergüenzo de ser yo mismo poeta, de prestar mi voz a la otra voz: me has permitido recordar el para qué existo. Pero, además, también esto: descubrir que en este camino, que el “Destino bueno” que nos hace desde la eternidad de su corazón ha trazado para mí, la marcha de mi vida no es solitaria, porque veo ahora un nuevo rostro que camina junto al mío: el tuyo. En efecto, detrás de cada palabra, dentro de cada verso, en el fondo de cada línea de tus poemas, se logra vislumbrar las huellas de tu rostro, los perfiles de tu cara, porque cada uno ha salido de tu sangre y de tu corazón; llevan tu nombre y el sabor de tu persona.

 

            Por eso agradezco que hayas podido superar tu vergüenza propia (que perfectamente entiendo) para permitirme posar mis ojos en tus escritos; ¡qué importa si estaban mal escritos o temblorosos de faltas de ortografías! Lo importante es que allí se puede ver la vida de otra forma, se escucha la “voz” del ser de otra manera. También uno puede escuchar el “nombre” de las cosas de las palabras vacilantes de un tartamudillo. Es más: si ya así entiendo cosas diferentes, ¿qué no será cuando aprendas a modular tu “voz” hasta hacerla fluida?

 

            Ojalá pueda decirte lo que aprecio tu detalle; pero, ya que las palabras me faltan para hacerlo, que al menos lo que escribo en estas líneas te puedan reflejar en algo lo que siento dentro de mí.

 

Con hondo cariño,

 

José R.


[1]

 “Entre la revolución y la religión, la poesía es la otra voz. Su voz es otra porque es la voz de las pasiones y las visiones; es de otro mundo y es de este mundo, es antigua y es de hoy mismo, antigüedad sin fechas. […] Todos los poetas en esos momentos largos o cortos, repetidos o aislados, en que son realmente poetas, oyen la voz otra. Es suya y es ajena, es de nadie y es de todos. […] Todos, poetas uniformados o en harapos, poetas mujeres y poetas hombres, poetas de todos los sexos y de ninguno, de todas las profesiones, creencias, partidos y sectas, poetas vagabundos por los cuatro confines y poetas que nunca han abandonado su ciudad, su barrio y su cuarto, todos han oído, no fuera sino adentro de ellos mismos, […] la otra voz. Nunca la voz de ‘aquí y ahora’, la moderna, sino la de allá, la otra, la del comienzo”, Octavio Paz, La otra voz. Poesía y fin de siglo, Seix Barral, 1990; pp. 131. 132-133

[2]
  “La singularidad de la poesía moderna no viene de las ideas o de las actitudes del poeta: viene de su voz. Mejor dicho: del acento de su voz. Es una modulación indefinible, inconfundible y que, fatalmente, la vuelve otra. Es la marca, no del pecado, sino de la diferencia original. […] Un poema puede ser moderno por sus temas, su lenguaje y su forma, pero por su naturaleza profunda es una voz antimoderna. El poema expresa realidades ajenas a la modernidad, mundos y estratos psíquicos que no sólo son más antiguos sino impermeables a los cambios de la historia”. Ídem., p. 133

[3]
 Cf. Karol Wojtyla, El taller del Orfebre, bac, Madrid, 1887³; p. 82

[4]
 “La poesía es la Memoria hecha imagen y la imagen convertida en voz. La otra voz no es la voz de ultratumba: es la del hombre que está dormido en el fondo de cada hombre”. Op. cit., p. 136

[5]
 p. 138

[6]
 Ídem., p. 5

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